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《一千零一夜》連載十一           ★★★★
《一千零一夜》連載十一
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:38:10

 

Luego añadió: “¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescen­dencia y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡,áh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, cómo la otra vez. Y me arrepiento de haer cometido la locura de seguir­te.” Y Agib contestó: “¡Por Alah, que eres un amigó peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos aquí, por­que vamos a pasar toda la semana en Damasco, a fin de que mi abuelo pueda comprar regalos para el sul­tán.” Entonces Badreddin exclamó: ¡Lo juro ante vosotros!” Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció al instante una terrina de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: “Ven, y come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito a nuestras pesqui­sas.” Y Hassán se sintió muy feliz al sentarse frente a ellos. Pera no dejaba ni un instante de contemplar a Agib: Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente, que Agib, cohibido, le dijo: “¡Por Alah! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que quieras devorar mi cara con tus ojos.” Y a sus frases respondió Ba­dreddin con estas estrofas:

¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no puedo revelar, un pensamiento íntimo y ocul­to que nunca traduciré en palabras!

¡Oh tú, que humillas a la brillante luna, orgullosa de su belleza! ¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas a la mañana y a la resplandeciente aurora!

¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un signo mortal y unos voto que de continuo se acrecientan y embellecen!

¡Y ahora ardo y me derríto por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso! ¡Estoy seguro de morir de esta sed abrasadora! ¡Y sin embargo, tus labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!

Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en otro sentido; dirigidas al eunuco. Y así estuvo diciendo versos durante una hora, tan pronto dedicados a Agib como al esclavo. Y luego que sus huéspedes se hubieron saciado, Hassán se levantó a fin de traerles lo indispensable para que se lava­sen. Y al efecto les presentó un hermoso jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la cintura. Y en seguida les roció con agua de rosas, sirvién­dose de un aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el es­tante más alto de su tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solem­nes. Y no contento aún, salió un instante para volver en seguida, tra­yendo en la mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció una a cada uno, dicien­do “Aceptadlo y coronad así vues­tra condescendencia.” Entonces Agib cogió una alcarraza y bebió, y luego se la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez a Agib, que bebió y se la volvió a entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo habían estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se retiraron muy de prisa para llegar al campamento antes de que se ocul­tase el sol.

Y llegados a las tiendas, Agib se apresuró a besar la mano a su abuela y a su madre Sett El-Hose. Y la abuela le dio otro beso, acordán­dose de su hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y des­pués recitó estas dos estrofas:

¡Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de reunirse algún día, nada habría aguardado ya desde que te fuiste!

¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor que el tuyo! ¡Y Alah mi señor, que conoce todos los secretos, puede atestiguar que lo he cumplido!

Después le dijo a Agib: “Hijo mío, ¿por dónde estuviste?” Y él contestó: “Por los zocos de Damasco.” Y ella dijo: “Ya debes tener mucho apeti­to.” Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada, deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas pri­meras nociones había dado a su hijo Badreddin siendo él muy niño.

Y ordenó al eunuco: “Puedes co­mer con tu amo Agib.” Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: ¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo!, ¡No podré comer ni un bocado!” Pero fue a sentarse junto a su señor.

Y Agib, que se había sentado tam­bién, se encontraba con el estómago lleno de cuanto había comido y bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho menos. Porque la culpa era de él, pues no podía estar más ahito de lo que estaba. Así es que, haciendo un gesto de repugnancia, dijo a su abuela: “¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho.” Y la abuela, despechada, exclamó: “¿Có­mo te atreves a decir que no están bien hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en el arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassán Badreddin, y eso porque yo le enseñé?” Pero Agib repuso: “¡Por Alah, abuela, que a este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas a mi madre ni a mi abuelo; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde nos ha obsequiado un paste­lero, ofreciéndonos este mismo plato. ¡Ah! ¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su sabor delicioso habría despertado el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado por ti no se le puede comparar ni con mucho, abuela mía.”

Y la abuela, enfurecida al oír estas palabras, lanzó una terrible mirada el eunuco Said y le dijo...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Entonces, su hermana, la joven Doniazada, le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y agradables son, tus palabras, y cuán delicioso y en­cantador ese cuento!”

Y Schahazada sonrió y dijo: “Sí, hermana mía; pero nada vale com­parado con lo que os contaré la pró­xima noche, si vivo aún, por merced de Alah y gusto del rey.”

Y el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré antes de oír la conti­nuación de su historia, pues real­mente es una historia en extremo asombrosa y extraordinaria.”

Salió el sol e inmediatamente el rey Schahriar fue a la sala de sus jus­ticias, y se llenó el diván con la mul­titud de visires, chambelanes, guar­dias y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y destituciones, y gobernó y despachó los asuntos pendientes, hasta que hubo acabado el día.

Y luego se levantó el diván, regre­só el rey al palacio, y cuando llegó la noche fue a buscar a Schahrazada, la hija del visir.

Y ERA LA 24a. NOCHE

Y la joven. Doniazada, se apre­suró a levantarse del tapiz y dijo a Schahrazada:

¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan hermoso de la historia del bello Hassán Badreddin y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin: Estabas precisa­mente en estas palabras: “La abuela lanzó una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo...” “¿Qué le dijo?”

Y Schahrazada, sonriendo a su hermana, repuso: “La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me lo permita.”

Entonces, el rey, que aguardaba impaciente el final del relato, dijo a Schahrazada: “Puedes continuar.” Y Schahrazada dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que la abuela de Agib se encolerizó mucho, miró al esclavo de una manera terrible, y le dijo: “Pero ¡desdichado! ¡Así has perver­tido a este niño! ¿Cómo te atreviste a hacerle entrar en tiendas de coci­neros o pasteleros?” A estas palabras de la abuela de Agib, el eunuco, muy asustado, se apresuró a negar, y dijo: “No hemos entrado en ninguna pas­telería; no hicimos más que pasar por delante.” Pero Agib insistió te­nazmente: “¡Por Alah! Hemos entra­do y hemos comido muy bien.” Y maliciosamente añadió: “Y te repito, abuela, que aquel dulce estaba mu­cho mejor que este que nos ofreces.”

Entonces la abuela se marchó in­dignada en busca del visir para ente­rarle de aquel “terrible delito del eunuco de alquitrán”. Y de tal modo excitó al visir contra el esclavo, que Chamseddin, hombre de mal genio, que solía deshogarse a gritos contra la servidumbre, se apresuró a mar­char con su cuñada en busca de Agib y el eunuco. Y exclamó: “¡Said! ¿Es cierto que entraste con Agib en una pastelería?” Y el eunuco, ate­rrado, dijo: “No es cierto, no hemos entrado.” Pero Agib, maliciosamente, repuso: “¡Sí que hemos entrado! ¡Y además, cuánto hemos comido! ¡Ay, abuela! Tan rico estaba, que nos hartamos hasta la nariz. Y luego hemos tomado un sorbete delicioso, con nieve, de lo más exquisito. Y el complaciente pastelero no economizó en nada el azúcar, como la abuela.” Entonces aumentó la ira del visir, y volvió a preguntar al eunuco, pero éste seguía negando. En seguida el visir le dijo: ¡Said! Eres un embuste­ro. Has tenido la audacia de desmentir a este niño, que dice la ver­dad, y sólo podría creerte si te comieras toda esta terrina preparada por mi cuñada. Así me demostrarías que te hallas en ayunas.”

Entonces, Said, aunque ahíto por la comilona en casa de Badreddin, quiso someterse a la prueba. Y se sentó frente a la terrina, dispuesto a empezar; pero hubo de dejarlo al primer bocado, pues estaba hasta la garganta. Y tuvo que arrojar el boca­do que tomó, apresurándose a decir que la víspera había comido tanto en el pabellón con los demás escla­vos, que había cogido una indiges­tión: Pero el visir comprendió en seguida que el eunuco había entrado realmente aquel día en la tienda del pastelero. Y ordenó que los otros esclavos lo tendiesen en tierra, y él mismo, con toda su fuerza, le propi­nó una gran paliza. Y el eunuco, lleno de golpes, pedía piedad, pero seguía gritando: “¡Oh mi señor, es cierto que cogí una indigestión!” Y como el visir ya se cansaba de pe­garle, se detuvo y le dijo: “¡Vamos! ¡Confiesa la verdad!” Entonces el eunuco se decidió y dijo: “Sí, mi señor, es verdad. Hemos entrado en una pastelería en el zoco. Y lo que se nos dio allí de comer era tan rico, que en mi vida probé una cosa semejante. ¡No como este plato horrible y detestable! ¡Par Alah! ¡Qué malo es!”

Entonces el visir se echó a reír de muy buena gana; pero la abuela no pudo dominar su despecho, y dijo: “¡Calla, embustero! ¿A que no traes un plato como éste? Todo eso que has dicho no es más que una invención tuya. Ve, si no, a buscar una terrina de este mismo dulce. Y si la traes, podremos com­parar mi trabajo y el de ese pastele­ro, Mi cuñado será quien juzgue.” Y el eunuco contestó: “No hay inconveniente. “Entonces la abuela le dio medio dinar y una terrina de porcelana, vacía.

Y el eunuco salió, marchando a la pastelería, donde dijo al pastelero “He aquí que acabamos de apostar en favor de ese plata de granada, que sabes hacer, contra otro que han preparado los criados. Aquí tienes medio dinar, pero preséntalo con toda tu pericia, pues, si no, me apa­learán de nuevo. Todavía me duelen las costillas.” Entonces Hassán se echó a reír y le dijo: “No tengas cuidado; sólo hay en el mundo una persona que sepa hacer este dulce, y es mi madre. ¡Pero está en un país muy lejano!” `

Después Badreddin llenó muy cui­dadosamente la terrina, y aún hubo de mejorarla añadiéndole un poco de almizcle y de agua de rosas. Y el eunuco regresó a toda prisa al cam­pamento. Entonces la abuela de Agib tomó la terrina y se apresuró a pro­bar el dulce, para darse cuenta de su calidad y su sabor. Y apenas lo llevó a los labios, exhaló un grito y cayó de espaldas.

Y e! visir y todos los demás no salían de su asombro, y se apresu­raron a rociar con agua de rosas la cara de la abuela, que al cabo de una hora pudo volver en sí. Y dijo: “¡Por Alah! ¡El autor de este plato de granada no puede ser más que mi hijo Hassán Badreddin y no otro alguno! ¡Estoy segura de ello! ¡Soy la única que sabe prepararlo de esta manera, y sólo se lo enseñé a mi hijo Hassán!”

Y ál oírla, el visir llegó al límite de la alegría y de la impaciencia, y exclamó: “¡Alah va a permitir por fin que nos reunamos!” En seguida llamó a sus servidores, y después de meditar unos momentos, concibió un plan, y les dijo: “Id veinte de vosotros inmediatamente a la paste­lería de ese Hassán, conocido en el zoco por Hassán Él-Bassrauí, y haced pedazos cuanto haya en la tienda. Amarrad al pastelero con la tela de su turbante y traédmelo aquí, pera sin hacerle daño alguno.”

Luego montó a caballo, y provista de las cartas oficiales, se fue a la casa del gobierno para ver al lugar­teniente que representaba en Damasco a su señor el sultán de Egipto. Y mostró las cartas del sultán al lugar­teniente gobernador; que se inclinó al leerlas, besándolas respetuosamen­te y poniéndoselas sobre la cabeza con veneración., Después, volviéndose al visir, le dijo: “Estoy a tus órde­nes. ¿De quién quieres apoderarte?” Y el visir le contestó: “Solamente de un pastelero del zoco.” Y el gobernador dijo: “Pues es muy fácil.” Y mandó a sus guardias que fuesen a prestar auxilio a los servidores del visir. Y después de despedirse del go­bernador, volvió el visir a sus tien­das.

Por su parte, Hassán Badreddin vio llegar gente armada con palos, piquetas y hachas, que invadieron súbitamente la pastelería, haciéndolo pedazos todo, tirando por los suelos los dulces y pasteles, y destruyendo, en fin, la tienda entera. Después, apoderándose del espantadísimo pos­telero, le ataron con la tela de su turbante; sin decir palabra. Y Hassán pensaba: “¡Por Alah! La causa de todo esto debe haber sido esa maldi­ta terrina. ¿Qué habrán encontrado en ella?”

Y acabaron por llevarle al cam­pamento, a presencia del visir. Y Hassán Badreddin, muy asustado, exclamó: “¡Señor! ¿Qué crimen he cometido?” Y el visir le dijo: “¿Eres tú quien ha preparado ese dulce de granada?” Y Hassán repuso: “¡Oh mi señor! ¿Has encontrado en él algo por lo cual deban cortarme la cabeza?” Y el visir replicó severa­mente.' “¿Cortarte la cabeza? Eso sería un castigo demasiado suave. Algo peor te ha de pasar, como irás viendo.”

Porque el visir había encargada a las dos damas que le dejasen obrar a su gusto, pues no quería darles cuenta de sus investigaciones hasta su llegada al Cairo.

Llamó, pues a sus esclavos, y les dijo: “Que se me presente uno de nuestros camelleros. Y traed un cajón grande de madera.” Y los esclavos obedecieron en seguida. Después, por orden del visir, se apoderaron del atemorizado Hassán y le hicieron entrar en el cajón, que cerraron cuidadosamente. En seguida lo car­garon en el camello, levantaron las tiendas, y la comitiva se puso en marcha. Y así caminaron hasta la noche. Entonces se detuvieron para comer, y a fin de que Hassán tam­bién comiese, le dejaron salir unos instantes, encerrándole después de nuevo. Y de este modo prosiguieron el viaje. De cuando en cuando se detenían, y se hacía salir a Hassán para encerrarle luego de ser sometido a un interrogatorio del visir, que le preguntaba cada vez: “¿Eres tú el que preparó el dulce de granada?” Y Hassán contestaba siempre: “¡Oh mi señor! Así es, en verdad.” Y el visir exclamaba: “¡Atad a ese hom­bre y encerradle en el cajón!”

Y de este modo llegaron al Cairo. Pera antes de entrar en la ciudad, el visir hizo que sacaran a Hassán del cajón y se lo presentasen. Y entonces dispuso: “¡Que venga en seguida un carpintero!” Y el carpin­tero compareció, y el visir le dijo: “Toma las medidas de alto y de ancho para construir una picota que le vaya bien a este hambre, y adáp­tala a un carretón, que arrastrará una pareja de búfalos.” Y Hassán, espantado, exclamó: “¡Señor! ¿Qué vas a hacer conmigo?” Y el visir dijo: “Clavarte en la picota y llevarte por la ciudad para que todos te vean.” Y Hassán repuso: “Pero ¿cuál es mi crimen, para que me castigues de ese modo?” Entonces el visir Chamseddin le dijo: “¡La negligen­cia con que preparaste el plato de granada! Le faltaban condimento y aroma.” Y al oirlo Hassán se aporreó con las manos la cabeza, y dijo: “¡Por Alah! ¡Todo eso es mi crimen! ¿Y no es otra la causa de este su­plicio del viaje, de que sólo me hayas dado de comer una vez al día, y pienses, por añadidura, cla­varme en la picota?” Y el visir res­pondió: “Ciertamente, esa es toda la causa; ¡por la falta de condimento!

Entonces Hassán llegó al límite del asombro, y levantando los brazos al cielo se puso a reflexionar pro­fundamente. Y el visir le dijo: “¿En qué piensas?” Y Hassán respondió: “¡Por Alah! Pienso en que hay mu­chos locos, en este mundo. Porque si tú no fueses el más loco de todos los locos, no me hubieras tratado así porque falte un poco de aroma en un plato de granada.” Y el visir dijo: “He de enseñarte a que no reincidas, y no veo otro medio.” Pero Hassán exclamó: “Pues tu ma­nera de proceder es un crimen mu­chísimo mayor que el mío, y debías empezar por castigarte!” Entonces el visir contestó: “¡No te preocupes! ¡La picota es lo que más te con­viene!”

Y mientras tanto, el carpintero seguía preparando allí mismo el pos­te del suplicio, y de cuando en cuan­do dirigía miradas a Hassán, como queriéndole decir: “¡Por Alah, que has de estar muy a tu gusto!”

Pero a todo esto se hizo de noche. Y se apoderaron de Hassán y nueva­mente lo encerraron en el cajón. Y su tío le dijo: “¡Mañana te crucifi­caremos!” Después aguardó a que Hassán se hubiese dormido dentro de su cárcel. Entonces dispuso que cargasen la caja en un camello y dio la orden de partir, no detenién­dose hasta llegar al palacio.

Y fue entonces cuando quiso reve­lárselo todo a su hija y a su cuñada. Y dijo a su hija Sett El-Hosn: “¡Loado sea Alah, que nos ha per­mitido encontrar a tu primo Hassán Badreddin! ¡Ahí le tienes! ¡Marcha, hija mía, y sé feliz! Y procura colo­car los muebles, los tapices y todo lo de la casa y de la cámara nupcial exactamente lo mismo que estaban la noche de tus bodas.” Y Sett El­-Hosn, casi en el límite de la emoción, dio al momento las órdenes necesa­rias, y sus siervas se levantaron en seguida, y pusieron manos a la obra, encendiendo los candelabros. Y el visir les dijo: “Voy a auxiliar vuestra memoria.” Y abrió un armario, y sacó el papel con la lista de los mue­bles y de todos los objetos, con la indicación de los sitios que ocupa­ban. Y fue leyendo muy detenida­mente está lista, cuidando que cada cosa se pusiera en su lugar. Y tan a maravilla se hizo todo, que el observador más inteligente se habría creído aún en la noche de la boda de Sett El-Hosn con el jorobado.

En seguida el visir colocó con sus propias manos las ropas de Hassán donde éste las dejó: el turbante en la silla, el calzoncííllo en el lecho, los calzones y el ropón en el diván, con la bolsa de los mil dinares y el contrato del judío, volviendo a coser en el turbante el pedazo de hule con los papeles que contenía.

Después recomendó a Sett El-­Hosn que se vistiese como la prime­ra noche, disponiéndose a recibir a su primo y esposa Hassán Badreddin, y que cuando éste entrase, le dijera: “¡Oh, cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Por Alah! Si estás indis­puesto, ¿por qué no lo dices? escaso no soy tu esclava?” Y le recomendó también, aunque en realidad Sett El-­Hosn no necesitaba esta advertencia, que se mostrase muy cariñosa con su primo y le hiciese pasar la noche lo más agradablemente posible.

Y luego el visir apuntó la fecha de este día bendito. Y fue ál aposento donde estaba Hassán encerrado en el cajón. Lo mandó sacar nventras dormía, le desató las piernas, lo des­nudo y no le dejó más que una cami­sa fina y un gorro en la cabeza, lo mismo que la noche de la boda. Y después se escabulló, abriendo las puertas que conducían a la cámara nupcial, para que Hassán se desper­tase solo.

Y Hassán no tardó en despertarse, y atónito al verse casi desnudo en aquel corredor tan maravillosamente alumbrado, y que no se le hacía desconocido, dijo: “¡Por Alah! ¿es­taré despierto o soñando?”

Pasados los primeros instantes de sorpresa, se arriesgó a levantarse y mirar a través de una de las puertas que se abrían en el pasillo. Y al momento perdió la respiración. Aca­baba de reconocer la sala donde se había celebrado la fiesta en honor suyo y con tal detrimento para el jorobado. Y al mirar por la puerta que conducía a la cámara nupcial, vio su turbante encima de una silla y en el diván su ropón y sus calzo­nes. Entonces, llena de sudor la frente, se dijo: “¿Estaré despierto? ¿Estaré soñando? ¿Estaré loco?” Y quiso avanzar, pero adelantaba un paso y retrocedía otro, limpiándose a cada momento la frente, bañada de un sudor frío. Y al fin exclamó: “¡Por Alah! No es posible dudarlo. ¡Esto es un sueño! Pero ¿no estaba yo amarrado y metido en un cajón? ¡No; esto no es un sueño!” Y así llegó hasta la entrada de la cámara nupcial, y cautelosamente avanzó la cabeza.

Y he aquí que Sett El-Hosn, ten­dida en el lecho, en toda su hermo­sura, levantó gentilmente una de las puntas del mosquitero de seda azul y dijo: “¡Oh dueño querido! ¡Cuán­to tiempo has estado en el retrete! Ven en seguida!”

Y entonces el pobre Hassán se echó a reír a carcajadas, como un tragador de haschich o un fumador de opio, y gritaba: “¡Oh, qué sueño tan asombroso! ¡Qué sueño tan em­brollado!” Y avanzó con infinitas precauciones, como si pisara serpien­tes, agarrando con una mano el fal­dón de la camisa y tentando en el aire con la otra, como un ciego o como un borracho.

Después, sin poder resistir la emo­ción, se sentó en la alfombra y em­pezó a reflexionar profundamente. Y es el caso que veía allí mismo, delante de él, sus calzones tal como eran, abombados y con sus pliegues bien hechos, su turbante de Bassra, su ropón, y colgando, los cordones de la bolsa.

Y nuevamente le habló Sett El­-Hosn desde el interior del lecho y le dijo: “¿Qué haces, mi querido? ¡Te veo perplejo y tembloroso! ¡Ah! ¡No estabas así al principio!” Entonces, Badreddin, sin levantar­se y apretándose la frente con las manos, empezó a abrir y a cerrar la boca, con una risa de loco, y al fin pudo decir: “¿Qué principio? ¿Y de qué noche? ¡Por Alah! ¡Sí hace años y años que me ausenté!”

Entonces Sett El-Hosn le dijo: “¡Oh querido mío! ¡Tranquilízate! ¡Por el nombre de Alah sobre ti y en torno de ti! ¡Traquilízate! Hablo de esta noche que acabas de pasar en mis brazos. Saliste un instante y has tardado cerca de una hora. Pero ya veo que no te encuentras bien: ¡Ven, ojos míos, a que te de calor; ven, alma mía!

Pero Badreddin siguió riendo co­mo un loco, y dijo: “¡Puede que digas la verdad! ¡Es posible qué me haya dormido en el retrete y que ha­ya soñado!” Después añadió: “¡Pero qué sueño tan desagradable! Figúra­te que he soñado que era algo así como cocinero o pastelero en la ciu­dad de Damasco, en Siria, muy lejos de áquí, y que vivía diez años en ese oficio. He soñado también con un muchacho, seguramente hijo de noble, al que acompañaba un eunuco. Y me ocurrió con él tal aventura. ..” Y el pobre Hassán, notando que el sudor le bañaba la frente, fue a en­jugarla, pero entonces tentó la hue­lla de la piedra que le había herido, y dio un salto y dijo: “¡Por Alah! ¡Esta es la cicatriz de la pedrada que me tiró aquel muchacho!” Des­pués reflexionó un instante, y añadió: “¡Es efectivamente un sueño! Este golpe es posible que me lo hayas dado tú hace un momento.” Y luego dijo: “Sigo contándote mi sueño. Llegué a Damasco, pero no sé como. Era una mañana, y yo iba como ahora me ves, en camisa y con un gorro blanco: el gorro del jorobado: Y los habitantes no sé qué querían hacer conmigo. Heredé la tienda de un pastelero, un viejecillo muy ama­ble. ¡Pero claro, esto no ha sido un sueño! Porque he preparado un pla­to de granada que no tenía bastante aroma.... ¿Y después?... ¿Pero he soñado todo esto o ha sido realidad?...”

Entonces Sett El-Hosn exclamó: ¡Querido mío, realmente has soñado cosas muy extrañas! ¡Por favor, pro­sigue hasta el final!”

Y Hassán Badreddin, interrum­piéndose de cuando en cuando para lanzar exclamaciones, refirió a Sett El Hosn- toda la historia, real o soñada, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: “¡Cuando píen­so que por poco me crucifican! ¡Y me hubiesen crucificado si no se disi­pa oportunamente el sueño! ¡Por Alah! ¡Todavía sudo al acordarme del cajón!”

Y Sett El-Hosn le preguntó: “¿Y por qué te querían crucificar?” Y él contestó: “Por haber aromatizado poco el dulce de granada. ¡Oh! Me esperaba la terrible picota con un carretón arrastrado por dos búfalos del Nilo. Pero gracias a Alah, todo ha sido un sueño... Y a fe que la pérdida de mi pastelería, destruida por completo, me dio mucha pena.”

Entonces, Sett El-Hosn, que ya no podía más, saltó de la cama, se echó en brazos de Hassán Badreddin; y estrechándole contra su pecho empe­zó a besarle: Pero él no se mo­vía: Y de pronto dijo: “¡No, no! ¡Esto no es un sueño! ¡Por Alah! ¿dónde estoy?¿dónde está la ver­dad?”

Y el pobre Hassán, llevado suave­mente al lecho en brazos de Sett El-Hosn, se tendió extenuado y cayó en un sueño profundo, velado por su esposa, que de cuando en cuando le oía murmurar: “¡Es la realidad! ¡No! ¡Es un sueño!”

Con la mañana volvió la calma al espíritu de Hassán Badreddin, que al despertarse se encontró en brazos de Sett El-Hosn, viendo al pie del lecho a su tío el visir Chamseddim, que en seguida le deseó la paz. Y Badreddin le dijo: ¡Por Alah! ¿No has sido tú quien mandó que me atasen los brazos y has dispuesto la destrucción de mi tienda? ¡Y todo ello por estar poco aromatizado el dulce de granada!”

Entonces, el visir Chamseddin, co­mo ya no había razón para callar, le dijo:

¡Oh hijo mío! Sabe que eres Hassán Badreddin, hijo de mi difun­to hermano Nureddin, visir de Bass­ra. Y si te he hecho sufrir tales tratos ha sido para tener una nueva prueba con qué identificarte y saber que eras tú, y no otro, el que entró en la casa de mi hija la noche de la boda. Y esa prueba la he tenido al ver que conocías (pues yo estaba escondido detrás de ti) la casa y los muebles, y después tu turbante, tus calzones y tu bolsillo, y sobre todo, la etiqueta de esta bolsa y el pliego sellado del turbante, que contiene las instrucciones de tu padre Nureddin. Dispénsame, pues, hijo mío; porque no tenía otro medio de cono­certe, ya que no te hube visto nunca, pues naciste en Bassra. ¡Oh hijo mío! Todo esto se debe a una divergencia que surgió hace muchos años entre, tu padre Nureddin y yo, que soy tu tío.”

Y el visir le contó toda la historia, y después le dijo: “¡Oh hijo mío! En cuanto a tu madre, la he traído de Bassra, y la vas a veir, lo mismo que a tu hijo Agib, fruto de tu pri­mera noche de bodas con tu prima” Y el visir corrió a llamarlos.

El primero en llegar' fue Agib, que esta vez se echó en brazos de su padre, y Badreddin, lleno de ale­gría, recitó estos versos:

¡Cuando te fuiste, me puse a llorar, y las lágrimas se desbordaban de mis párpados!

¡Y juré que si Alah reunía alguna vez a los amantes, afligidos por su separación, mis labios no volverían a hablar de la pasada ausencia!

¡La felicidad ha cumplido lo que ofreció y ha pagado su deuda! ¡Y mi amigo ha vuelto! ¡Levántate hacia aquel que trajo la dicha y recógete los fal­dones de tu ropón para servirle!

Apenas concluyó de recitar, cuan­do llegó sollozando la abuela de Agib, madre de Badreddin, y se pre­cipitó en los brazos de'su hijo, casi desmayada de júbilo.

Y a la vuelta de grandes expansio­nes y lágrimas de alegría se contaron mutuamente sus historias y sus penas y todos sus padecimientos.

Dieron después gracias a Alah por haberlos reunido sanos y salvos, y volvieron a vivir en la felicidad y en­tre puras delicias y sin privarse de nada, ¡hasta que les visitó la Sepa­radora de los amigos, la Destruc­tora de la felicidad, la Irreparable, la Inevitable!”

Y esta es ¡oh rey afortunado! -dijo Schahrazada al rey Schah­riar la historia maravillosa que el visir Giafar Al-Barmaki” refiria al califa Harún Al-Rachid, Emir de los Creyentes de la ciudad de Bag­dad. Y son estas también las aven­taras del -visir Chamseddin, de su hermano el visir Nureddin y, de Hassán Badreddin, hijo de Nured­;d¡n

Y el califa Harún Al-Rachid dijo:

“¡Por Alah, que todo esto es verda­deramente asombroso!” Y admirado hasta el límite de la admiración, sonrió agradecido a su visir Giafar, y ordenó a los escribas de palacio que escribiesen con oro y con su más bella letra esta maravillosa his­toria y que la conservasen cuidado­samente en el armario de los papeles, para que sirviese de lección a los hijos de, los hijos.

Y la discreta y sagaz Schahrazada, dirigiéndose al rey Schahriar, sultán de la India y de la China, prosiguió de este modo: “Pero no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea tan admirable cómo la que ahora te contaré sino estás cansado!” Y el rey Schahriar le preguntó: “¿Qué historia es esa?” Y Schahrazada dijo: “Es mucho más admirable que todas las otras.” Y el rey Schahriar preguntó: “Pero ¿cómo se llama?” Y ella dijo:

“Es la historia del sastre, el joro­bado, el judío, el nazareno y el bar­bero de Bagdad.”

  Entonces el rey exclamó: “¡Te lo concedo! ¡Puedes contarla!”
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