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《一千零一夜》連載十           ★★★★
《一千零一夜》連載十
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:38:14

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 22a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que Giafar prosiguió así la historia contada al califa Harún Al­Rachid:

“El cobarde jorobeta, creyendo que le hablaba el efrit, tenía un mie­do horrible, y no se atrevía a con­testar. Entonces, muy enfurecido, el visir le increpó: “¡Respóndeme, joro­bado maldito, o te atravieso con este alfanje!”:Y entonces el jorobado, sin sacar del agujero la cabeza, contestó desde dentro: “¡Por Alah! ¡Oh jefe de los efrits, tenme compasión! Te juro que te he obedecido, sin mover­me de aquí en toda la noche.” Al oírle, el visir ya no supo qué pensar, y exclamó: “Pero ¿qué estás dicien­do? No soy ningún efrit, sino el padre de la novia,” Y el jorobado, dando un gran suspiro, contestó entonces: “Pues márchate de aquí, que nada tengo que ver contigo. Y vete antes de que aparezca el terrible efrit, arrebatador de almas. Además, te odio, porque tú tienes la culpa de todas mis desdichas, al casarme con la querida de los búfalos, los asnos y los efrits. ¡Malditos seáis tú, tu hija y todos los que obran tan mal como vosotros!” Y el visir le dijo: “Pero ¿estás loco? Sal de ahí, para que escuche bien eso que acabas de contar.” Entonces el jorobado repli­có: “Acaso esté loco; pero no lo estaré hasta el punto de moverme de este sitio sin permiso del terrible efrit. Porque me ha prohibido salir del agujero antes de que amanezca. Así, pues, vete y déjame en paz. Pero antes dime: ¿falta mucho para que salga el sol?” Y el visir, cada vez más perplejo, contestó: “¿Pero qué efrit es ese del cual hablas?” Y entonces el jorobado le contó la his­torta, su ida al retrete para hacer sus necesidades antes de entrar al cuarto de la desposada, la aparición del efrit bajo las diversas formas de rata, gato, perro, asno y búfalo, y por fin la prohibición hecha y el trato sufrido. Y terminado el relato, rom­pió a llorar.

Entonces el visir se acercó al joro­bado, y tirándole de los píes le sacó del agujero. Y el jorobado, con la faz lastimosamente embadurnada de amarillo, gritó al visir: “¡Maldito seas tú, y maldita tu hija, la amante de los búfalos!” Y por temor de que se le apareciese de nuevo el efrit echó a correr con todas sus fuerzas, dando alaridos y sin atreverse a vol­ver la cara. Y llego al palacio, fue á ver al sultán, y le explicó su aven­tura con el efrit.

En cuanto al visir Chamseddin, regresó como loco al aposento de su hija Sett El-Hosn, y le dijo: “Hija mía, noto que pierdo la razón. Aclá­rame lo sucedido.” Entonces, Sett El-Hosn le dijo: “Sabe ¡oh padre mío! que el joven encantador que logró los honores de la boda durmió toda la noche conmigo, gozando mis primicias; y tendré un hijo segura­mente. Y en prueba de lo que hablo, ahí en la silla tienes su turbante, sus calzones en el diván, y su calzoncillo en mi cama. Además, en sus calzones encontrarás algo que ha escondido y que yo no pude adivinar.” A estas palabras, se dirigió el visir hacia la silla, cogió el turbante, y le dio vuel­tas en todos sentidos para examinarlo bien, y luego exclamó: “¡Es un tur­bante como el de los visires de Bassra y de Mossul!” Después desenrolló la tela, y encontró un pliego que allí estaba cosido, y se apresuró a guar­darlo, y examinó luego los calzones, encontrando en ellos el bolsillo con los mil dinares que el judío había dado a Hassán Badreddin. Y en el bolsillo había un papel, donde el judío había escrito lo siguiente: “Yo comerciante de Bassra,declaro haber entregado la cantidad de mil dinares al joven Hassán Badreddin, hijo del visir Nureddin (a quien Alah haya recibido en Su misericordia), por el cargamento de la primera nave que arribe a Bassra.” Al leer el papel, el visir Chamseddin lanzó un grito y quedó desmayado. Cuando volvió en sí se apresuró a abrir el pliego que había encontrado en el turbante, e inmediatamente conoció la letra de su hermano Nureddin. Y entonces empezó a llorar, y a lamentarse, diciendo: “¡Pobre hermano mío! ¡po­bre hermano mío!”

Y cuando se hubo calmado un poco, exclamó: “¡Alah es Todopo­deroso!” Y dijo a Sett El-Hosn: “¡Oh hija mía! ¿sabes el nombre de aquel a quien te has entregado esta noche? Pues es Hassán Badreddin, mi sobrino, el hijo de tu tío Nured­din. Y esos mil dinares son tu dote. ¡Alah sea loado!” Después recitó es­tas dos estrofas:

¡Vuelvo a encontrar sus huellas, y al instante me domina el deseo! ¡Y al recordar la mansión de la dicha, derra­mo todas las lágrimas, de mis ojos!

Y pregunto y grito, sin lograr res­puesta: “¿Quién me ha arrancado lejos de él? ¡Oh! ¡tenga piedad de mí el autor de mis desventuras, y permítame que vuelva!”

En seguida leyó cuidadosamente la Memoria de su hermano, y encon­tró relatada toda la vida de Nured­din y el nacimiento de su hijo Badreddin. Y quedó muy maravilla­do, sobre todo cuando contrastó las fechas anotadas por su hermano con las de su propio casamiento en El Cairo, y del nacimiento de Sett El­-Hosn. Y vio que estas fechas con­cordaban perfectamente.

Y tanto hubo de asombrarse, que se apresuró a ir en busca del sultán para contarle la historia y mostrarle aquellos papeles. Y el sultán se asom­bró también de tal modo, que mandó a los escribas de palacio redactasen tan admirable historia para conser­varla escrupulosamente en el archivo. En cuanto al visir Chamseddin, marchó a su casa y esperó en com­pañía de su hija el regresa de su sobrino Hassán Badreddin. Pero aca­bó por darse cuenta de que Hassán había desaparecido. Y no pudiendo explicarse la causa, se dijo: “¡Por Alah! ¡Qué aventura tan extraordi­naria es esta aventura! No he cono­sido otra semejante...”

Al llegar a este momento de su narración, Shahrazada vio aparecer la mañana, y discreta, interrumpió su relato, para no cansar al sultán Schabriar, rey de las islas de la India y de la China.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 23a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que Giafar al-Barmakí, visir del rey Harún Al-Rachid, prosiguió de este modo la historia que con­taba al califa:

“Orando el visir, Chamseddin se convenció de que su sobrino Hassán Badreddin había desaparecido, se dijo: “Puesto que el mundo está hecho de vida y de muerte, nada tan oportuno como que procure que mi sobrino Hassán encuentre a su regreso esta vivienda igual que la ha dejado.” Y el visir Chamseddin cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, y anotó uno por uno todos los muebles y enseres de la casa, en esta forma: “Tal armario está en tal sitio; tal cortina en tal otro”, y así sucesivamente. Cuando terminó, selló el papel después de leérselo a su hija Sett El-Hosn, y lo guardó con mucho cuidado en la caja de los papeles. Después recogió el turbante, el gorro, los calzones, el ropón y el bolsillo, e hizo con todo ello un paquete; que guardó con el mismo esmero.

En cuanto, a Sett El-Hosn la hija del visir, quedó preñarla efectiva­mente la primero noche de bodas, y a los nueve meses cumplidos parió un hijo tan hermoso como la luna y que se parecía a su padre en todo, en lo bello, lo gentil y lo perfecto. En seguida que nació lo lavaron las mujeres y le ennegrecieron los ojos con kohl. Después lo confiaron a las criadas y a la nodriza. Y por su her­mosura sorprendente se, llamó Agib.

Pero cuando el admirable Agib llegó, día por día, mes por mes y año por año, a cumplir los siete de su edad, su abuelo el visir Cham­seddin le mandó a la escuela de un maestro muy famoso, recomendán­doselo mucho a este maestro. Y Agib, acompañado diariamente, del esclavo negro Said, eunuco de su padre, iba a la escuela para regresar a su casa al mediodía y al anochecer. Y así fue a la escuela durante cinco años, hasta cumplir los doce. Pero a todo esto los demás niños de la escuela no podían soportar a Agib, que les pegaba y les insultaba y les decía: “¿Cuál de vosotros puede compararse conmigo? Mi padre es el visir de Egipto.” Al fin se reunie­ron los niños y fueron a quejarse al maestro contra la conducta de Agib, Y el maestro, al ver que sus exhor­taciones al hijo del visir no daban resultado, sin atreverse a despedirle, por ser quien era, dijo a los otros niños: “Os voy a indican una cosa que en cuanto se la digáis le impe­dirá volver a la escuela. Mañana a la hora del recreo os reuniréis todo en torno de Agib y os diréis los unos a los otros; “¡Por Alahl ¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero para jugarlo es preciso que diga en alta voz cada uno su nombre, y el nombre de su padre y de su madre. Pues el que no pueda decir el nom­bre de su padre y de su madre será considerado como hijo adulterino y no jugará con nosotros.”

Y aquella mañana, cuando Agib hubo llegado a la escuela, todos los niños se reunieron a su alrededor, y uno de ellos dijo: “¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero nadie podrá jugar sino con la condición de decir su nombre y los de sus padres ¡Empecemos, uno a uno!” Y les guiñó el ojo.

Entonces avanzó uno de los niños, y dijo: “Me llamo Nahib, mi madre se llama Nahiba y mi padre Izeddin.” Y otro dijo: “Yo me llamo Naguib, mi madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá.” Y el ter­cero y el cuarto y los otros se expre­saron en la misma forma. Cuando le tocó el turno a Agib, dijo orgullo­samente: “Yo soy Agib, mi madre se llama Sett El-Hosn y mi padre se llama Charaseddin, visir de Egipto,”

Pero todos las niños replicaron: “¡No, por Alah! ¡El visir no es tu padre!” Y Agib gritó enfurecido: “¡Alah os confunda! ¡El visir es mi padre;!” Pero los niños comenzaron a reírse y a palmotear, y le volvie­ron la espalda, gritando: “¡Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre! ¡Chamseddin no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No jugarás con nosotros.” Y los niños se desbandaron, riendo a car­cajadas.

Entonces Agib, sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los sollozos. Y en seguida se le acercó el maestro, y le dijo: “Pero ¡cómo, Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le conoce. Porque el sultán había casado a Sett El-Hosn con un pala­frenero jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por toda la ciudad que la noche de su boda los efrits le habían ence­rrado a él para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha contado también historias asombrosas de búfalas, pe­rros, borricos y otros seres semejan­tes. De modo ¡oh mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé, pues humilde ante Alah y con tu compañeros, que te miran como a hijo adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño vendido en el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe, pues, que el visir Chamseddin no es más que tu abuelo, y que tu padre nadie lo conoce. Y en adelante pro­cura ser modesto.”

Después de oír al maestro de es­cuela, Agib salió corriendo a casa de su madre Sett El-Hosn, llorando tanto, que no, pudo al principio articular palabra. Entonces su madre empezó a consolarle, viéndole tan conmovido, se le llenó el corazón de lástima, y le dijo: “¡Hijo mío, cuéntale a tu madre la causa de tu pena!” Y le besó y le acarició. Entonces el pequeño le dijo: “Dime, madre, y quién es mi padre?” Y Sett El-Hosn, muy asombrada, dijo; “¡Pues el visir!” Y Agib le contestó, ahogado por el llanto: “¡No; ese no es mi padre! ¡No me ocultes la ver­dad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad, con este puñal me mataré ahora mismo.”' Y Agib le repitió a su madre las palabras del maestro de escuela.

Entonces, al recordar a su primo y marido, la hermosa Sett El-Hosn recordó también su primera noche de bodas y la belleza y encantos del maravilloso Hassán Badreddin- El­-Bassrauí, y lloró muy emocionada, suspirando estás, estrofas:

¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se ausentó hacia lo más distante de nuestra mo­rada!

¡Mí pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y aguardándole, he perdido asimismo el sueño repara­dor y toda la paciencia!

¡Me abandonó, y con él me abando­nó la dicha, arrebatándome la tran­quilidad! Y desde entonces perdí todo reposo!

¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al correr, sus arroyos llenan los mares;

Que no pasa un día sin que mi deseo me empuje hacía él y palpite mí corazón con el dolor de su ausencia;

Por eso su imagen se alza frente a mí, y al mirarla, aumentan mi cariño, mi anhelo y mis recuerdos!

¡Oh! ¡Su imagen amada es siempre lo primero que se presenta a mis ojos en la primera hora de la mañana! ¡Y así ha de ser siempre, pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!

Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar a su madre, se echó a llorar también. Y mientras los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las voces. Y al ver cómo lloraban, se le opri­mió el corazón, y dijo muy alarma­do: “Hijos míos, ¿por qué lloráis así?” Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oírla, se acordó de lodas las desventuras pasa­das, las que le habían ocurrido a él, a su hermano Nureddin, a su sobri­no Hassán Badreddin, y por último a su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de llorar también. Y se fue muy deses­perado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aquella situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia los países de Levante, y llegar a la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar a su sobrino Hassán Ba­dreddin. Rogó asimismo que el sul­tán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países las gestiones necesarias para encon­trar y atraerse a su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto, se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil veces y hacer votos por su engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmedia­tamente hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.

Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesi­vamente, en dirección a Damasco, y por fin llegaron sin dificultad a Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el meidán de Hasba, donde armaron sus tiendas para des­cansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:

¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada parecido!

¡La noche cubre amorosamente a­ Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la sombra de sus árboles frondosos!

¡El rocío en las ramas de estos árbo­les no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve a merced de la brisa que las empuja!

¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blan­cas nubes derraman gotas para la es­critura!

La servidumbre del visir fue a visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de los Bani-Ommiah, situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.

Agib marchó también a la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel eunuco Said. Y el eunuco le seguía muy próximo y llevaba en la mano un látigo capaz de matar, a un camello, pues sabía la fama que tienen los habitantes de Damas­co, y con aquel látigo quería impe­dirles acercarse a su amo el hermoso Agib. Y efectivamente, no se enga­ñaba, pues apenas hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se percataron de lo encan­tador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa del Norte, más delicioso que el agua fresca para el paladar del sediento y más grato que la salud para el convale­ciente. Y en seguida la gente de la calle, de las casas y de las tiendas siguieron a Agib, sin dejarle, a pesar del látigo del eunuco. Y otros corrían para adelantarse y se senta­ban en el suelo, a su paso, para contemplarle más tiempo y mejor. Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron a una pastelería, donde se detuvieron para escapar de tan indiscreta muchedum­bre.

Y precisamente aquella pastelería era la de Hassán Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano pastelero que adoptó a Hassán, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassán estaba ocupado en preparar un plato deliciosa con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vio pararse a Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino con­movido con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: “¡Oh mi joven señor! Acabas de conquistar mi cora­zón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraí­do hacia ti desde el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de probar mis dulces, sen­cillamente por piedad?” Y Hassán, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.

Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció tam­bién el corazón, y volviéndose hacia el esclavo, le dijo: “¡Said! Este pos­telero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerle, y probemos lo que nos ofrece. Y así aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade a su vez de nosotros y haga que logren buen éxito las pes­quisas, para encontrar a mi padre.”

Pero Said, al oír a Agib, exclamó: ¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por Alah! ¡De ningún modo! No es propio del hijo de un visir entrar en una pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella. ¡Oh! ¡No puede ser! Si lo haces por temor a estas gentes, que te siguen, y por eso quieres entrar, en esa tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo alguno!”

Y Hassán Badreddin se afectó muchísimo al oír al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: “¡Oh eunuco! ¿Por, qué no quieres apia­darte y darme el gusto de entrar en mi tienda? ¡Porque tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos admi­rables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que aparece­ras tan blanco por fuera como por dentro lo eres.” Entonces el buen eunuco se echó a reír a carcajadas, y exclamó: “¿Es de veras? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate a decírmelo!” En seguida Hassán le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:

¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!

¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza, que los ángeles del cielo bajan a su vez para servirle!

Estas versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassán, que el eunuco se con­movió y se sentió halagadisimo, hasta el punto de que, cogiendo de la ma­no a Agib, entró con él en la tienda.

Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró a hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de gra­nada preparados con azúcar y almen­dras mondadas, perfumado todo de­liciosamente y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido: “¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como prove­choso!

Agib, después de probar los pri­meros bocados, invitó a sentarse al pastelero, y le dijo: “Puedes quedar­te con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos.” Y Hassán Badreddín se apresuró a replicar: “Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, sien­do tan joven, la pérdida de un ser querido?” Y Agib contestó: “¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi co­razón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! Porque mí abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca.” Y Agib, al recordar su desgracia, rompió a llo­rar, mientras que Badreddin, emocio­nado por aquel dolor lloraba tam­bien. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfu­mada, dispuesta con tanto arte, comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.

Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.

Y apenas se hubo marchado Agib, Hassán sintió que su alma se iba con él, y no pudo sustraerse al deseo de seguirle. Cerró en seguida su tien­da, y sin sospechar que Agib era su hijo, marchó a buen paso, para alcan­zarles antes de que hubiesen tras­puesto la puerta principal de la ciudad.

Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y vol­viéndose hacia él, le dijo: Pastelero, ¿por qué nos sigues?” Y Badreddín respondió: “Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad, y he que­rido alcanzaros para qué vayamos juntos y regresar después en seguida. Además, vuestra partida me ha arran­cado el alma del cuerpo.”

Estas palabras indignaran profún­damente al eunuco, que exclamó: “¡Parece que va a salirnos muy caro el dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este hombre nos lo va a amargar! ¡Y he aquí que ahora nos seguirá a todas partes!” Entonces, Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy colorado, y balbuceó: “¡Déjalo, Said, que el camino de Alah es libre para todos los musulmanes!” Y añadió después: “Si viene hasta las tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echare­mos.” Y dicho esto, Agib bajó la cabeza y continuó andando, y el eunuco marchaba a pocos pasos de­tras de él.

En cuanta a Hassán, no dejó de seguirles hasta el meidán de Hasba, dónde estaban las tiendas. Y enton­ces Agib y el eunuco se volvieron, viéndole a pocos pasos detrás de ellos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib, temiendo que el eunuco se lo contase todo a su abuelo: ¡que Agib había entrado en una pastelería y que el pastelero había seguido a Agib! Y asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió a mirar a Hassán, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz en los ojos. Y Agib, sospechando que esta llama de los ojos del pastelero era una llama equívoca, se puso aún más furioso y lanzó con toda su fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente. Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las tiendas. En cuanto a Hassán Badred­din; cayo al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre. Pero afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y con un trozo de su turbante se vendó la heri­da. Después comenzó a reconvenirse de este modo: “¡Verdaderamente, toda la culpa la tengo yo! He pro­cedido muy mal al cerrar la tienda y seguir a ese hermoso muchacho, haciéndose creer que le acosaba con fines sospechosos.” Y suspiró des­pués: “¡Alah karimi” Luego regresó a la ciudad, abrió la tienda y siguió preparando sus pasteles y vendién­dolos como antes hacía, pensando siempre, lleno dolor, en su pobre madre, que en la ciudad de Bassra le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte de la pastelería. Y se puso a llorar, y para, consolarse, recitó esta estrofa:

¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño. ¡Porque el infor­tunio jamás te hará justicia!

En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassán Badreddin, transcurridos los tres días de descan­so en Damasco, dispuso que levan­tasen el campamento del meidán, y continuando su viaje a Bassra, siguió el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en todas partes hacía investigaciones. De Alepo marchó a Mardin, después a Mossul y luego a Diarbekir. Y llegó por último a la cuidad de Bassra.

Entonces, apenas hubo descansa­do, se apresuró a presentarse al sultán de Bassra; que le recibió con mucha amabilidad, preguntándole el motivo de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que era hermano de su antiguo visir Nureddin. Y al oír el nombre de Nureddin exclamó el sultán: “¡Alah lo tenga en su. gracia!” Y añadió: “Efectivamente, Nureddin fue mi visir, y lo quise mucho, y murió hace quince años. Y dejó un hijo llamado Hassán Badreddin, que era mi favorito predilecto; mas un día desapareció, y no hemos vuelto a saber de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, e hija de mi antiguo visir, el antecesor de Nureddin.

Esta noticia -colmó de alegría a Chamseddin, que dijo: “¡Oh rey! ¡Quisiera ver a mi cuñada!” Y el rey lo consintió.

Chamseddin corrió a casa de su difunto hermano inmediatamente después de haber averiguado las se­ñas. Y no tardó en llegar, pensando durante todo el camino en Nured­din, muerto lejos de él, con la tris­teza de no poder abrazarle. Y llo­rando, recitó estas dos estrofas:

¡Oh! ¡Vuelva yo a la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo besar sus paredes!

¡Pero no es el amor a estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!

Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando a un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arca­das de granito, embellecida con mar­moles de todos los colores. En el umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vio el nombre de su hermano Nureddin grabado con le­tras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:

¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas las noches se las pido al relámpago que brilla!

¡Cuando duermo, hasta cuando duer­ma, el deseo, el aguijón del deseo, el peso del deseo, la sierra afilada del deseo, trabaja en mí! ¡Y nunca clamó estos dolores!

¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡Mi corazón está destrozado, cortado en pedazos, por el dolor de esta ausencia!

¡Oh! ¡Qué día bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que al fin pudiéramos reunirnos!

¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con el amor de otro! ¡Mi corazón no es bas­tante grande para encerrar otro amor!

Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta llegar a aquél en que estaba generalmente su cuñada, la madre de Hassán Badreddin El-Bassrauí.

Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella estan­cia, y allí pasaba días y noches en continuo llanto. Y había mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su cúpula, para que figurase, la tumba de su pobre hijo, al cual creía muerto des­de mucho tiempo atrás.. Y allí dejaba transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.

Al llegar junto a la puerta, Cham­seddin oyó a su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos:

¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encan­tos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?

¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplan­decer dentro de ti la luna y florecer el ramo?

Entonces entró el visir Charnsed­din saludó a su cuñada con el mayor respeto y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassán, su hijo, había estado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hasn que­dó preñada y parió a Agib. Des­pués añadió: “Agib ha venido con­migo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y mi hija.”

La viuda, que hasta aquel momen­to había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renun­cia a los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante a su cuñada el visir de Egipto, se levantó apresura­damente, y se cho a los pies de Charrmseddin, besándoselos, y recitó en honor suyo estas estrofas:

¡Por Alah! ¡Colma de beneficios a aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oírse!

¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!

El visir ordenó que buscasen en seguida a Agib, y cuando éste se pre­sentó, su abuela se abrazó a él llo­rando. Y Chamseddin le dijo; “¡Oh mi señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje a Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassán!” Y la abuela de Agib respondió: “Escucho y obedezco.” Y en el mismo instante fue a disponer todas las cosas nece­sarias, y los víveres, y toda su ser­vidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.

Entonces el visir Chamseddin fue a despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos rega­los para él y para el sultán de Egip­to. Después, Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la mar­cha acompañados de toda su séquito.

Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente a Damasco. Hicieran alto en la plaza de Kánun, armaron las tiendas, y el visir dijo: “Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar regalos como se los merece el sultán de Egipto.”

Y mientras el visir recibía a los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerle sus géneros, Agib dijo, al eunuco: “Babá Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y qué le ocurrió a aquel pastelero cuyos dulces nos cominos, y tenien­do que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien.” Y el eunuco respon­dio: “Escucha y obedezco.”

Entonces Agib y el eunuco aban­donaron el campamente, porqué Agib obraba con un ciego impulso, como movido por un cariño filial incons­ciente. Llegados a la ciudad, andu­vieron por todos los zocos hasta que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marcha­ban a la mezquita de los Bani-Om­miau para la oración del asr.

Y precisamente en dicho momento estaba Hassán Badreddin en su tien­da, ocupado en confeccionar el nus­mo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces, Agib pudo observar al pas­telero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido. Y se le enterneció más, el corazón, y le dijo. “¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras me hace venir a saber de tí. ¿No me recuerdas?” Y apenas lo vio Hassán, se le conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desor­denadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y hu­mildemente recitó estas estrofas:

¡Pensé reconvenir a mi amante, pero en cuanto le vi lo olvidé todo, y no pude dominar mi lengua ni mis ojos!

¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía, pero no lo pude conseguir!

¡He aquí cómo, después de haber escrito pliegos y pliegos de reconven­ciones, al hallarle ante mí iré, fue imposible leer ni una palabra!

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