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《一千零一夜》連載八           ★★★★
《一千零一夜》連載八
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:38:18

 

Al hijo de Nureddin se le llamó Hassán Badreddin, a causa de su hermosura.

Su nacimiento motivó grandes re­gocijos públicos el séptimo día se dieron fiestas y banquetes dignos de príncipes.

Terminados los festejos, el visir de Bassra fue con Nureddin a ver al sultán. Entonces Nureddin besó la tierra entre las manos del sultán, y como estaba dotado de una gran elocuencia y era muy versado en las bellezas literarias, le recitó estos ver­sos del poeta:

¡Ante él se inclina y se eclipsa el mayor de los bienhechores; pues ha conquistado el corazón de todos los seres elegidos!

¡Canto sus obras, aunque no son, obras, sino cosas tan bellas que debe­ría formarse con ellas un collar que adornara el cuello!

¡Y si beso la punta de tus dedos, es porque no son dedos, sino la llave de todos los beneficios!

Tanta gustaron al sultán estos versos, que obsequió espléndidamente a Nureddin y a su suegro el visir, ignorando aún lo del matrimonio y cuanto se relacionaba con su exis­tencia, por lo cual preguntó al visir después de haber felicitado a Nured­din: “¿Quién es este joven tan hermoso y tan elocuente?”

Entonces el visir contó al sultán toda la historia, desde el principio al fin, y le dijo: “Este joven es sobrino mío.” Y el súltán exclamó: ­¿Y cómo no había yo oído hablar de él?” Y el visir dijo: “¡Oh mi soberano y señor! Sabe que un her­mano mío era visir de Egipto. Al morir dejó dos hijos, el mayor de los cuales heredó el cargo, y el otro, que es éste,, ha venido a buscarme, pues prometí y juré a mi hermano que casaría a mi hija con uno de mis sobrinos. Así es que apenas llegó lo casé con mi hija. Este sobrino mío es joven, como ves, y yo ya soy demasiado viejo y estoy sordo y no puedo atender a los negocios del rei­no. Por eso vengo a pedir a mi sobe­rano el sultán que se digne nombrar a mi sobrino, que es también mi yerno, para el cargo de visir. Y pue­do asegurarte que merece este cargo, pues es hombre de buen consejo, pródigo en ideas excelentes y muy ducho en el modo de despachar los asuntos.”

Entonces el sultán miró con más detenimiento a Nureddin; y quedó encantado de este examen, aceptó el consejo de su anciano visir y nombró para el cargo a Nureddin en lugar de su suegro, y le regaló un magnífico traje de honor, el mejor de todos los que pudo encontrar, y una mula de sus propias caballerizas, y le señaló sus guardias y sus cham­belanes.

Nureddin besó entonces la mano del sultán, y salió con su suegro, y ambos regresaron a su casa en el colmo de la alegría y besaron al recién nacido Hassán Badreddin y dijeron: “El nacimiento de esta cria­tura nos trajo buena suerte.”

Al día siguiente, Nureddin fue a palacio a desempeñar sus nuevas funciones, y al llegar besó as tierra entre las manos del sultán, y recitó estas dos estrofas:

¡Para ti son nuevas las felicidades todos los días, y las prosperidades también! ¡Y el envidioso se consume de despecho!

¡Ojalá sean blancos para ti todos los días, y negros los días de todos los envidiosos!

Entonces el sultán le permitió que se sentara en el diván del visirato, y Nureddin se sentó en el diván del visirato. Y empezó a desempeñar su cargo, despachando los asuntos pendientes y administrando justicia como si llevara muchos años de visir, y lo hizo tan a conciencia ante el sultán, que que se maravilló de su inte­ligencia, de su comprensión para aquéllos asuntos y de su admirable manera de administrar justicia, y le distinguió más aún, entrando en gran intimidad con él.

Y Nureddin siguió desempeñando a maravilla sus elevadas funciones; pero no por eso olvidó la educación de su hijo Hassán Badreddin, a pe­sar de todos los asuntos del reino. Porque Nureddin era cada día más poderoso y más favorecido del sul­tán, que aumentó el número de sus chambelanes, servidores, guardias y correos. Y llegó a ser tan rico, que pudo dedicarse al comercio en gran escala, fletando naves mercantes que recorrían todo el mundo, constru­yendo molinos y ruedas elevadoras de agua y plantando magníficos huertos y jardines. Y todo esto antes de que su hijo cumpliera los cuatro años.

Falleció entonces el anciano visir, suegro de Nureddin; y éste le hizo un entierro solemne, al cual asistie­con él y todos los grandes del reino.

Y desde entonces Nureddin se consagró exclusivamente a la educa­ción de su hijo. Y lo confió al sabio más versado en leyes religiosas y civiles. Este sabio venerable iba todos los días a dar lecciones de lectura al niño Hassán Badreddin, y poco a poco, con método, le inició en la interpretación del Corán, que acabó por aprenderse de memoria, y después el sabio siguió años y años enseñando a su discípulo todos los conocimientos útiles. Y Hassán no dejaba de crecer en hermosura, gra­cia y perfección, como dice el poeta:

¡Este joven! ¡Es la luna, y, como ella, resplandece de hermosura, aun­que el sol tome el esplendor de sus rayos de las anémonas de sus mejillas!

¡Es el rey de la hermosura por su distinción sin igual! ¡Y habrá que suponer que prestó su lozanía a las flores y las praderas!

Durante todo aquel tiempo, el jo­ven Hassán Badreddin no abandonó un instante el palacio de su padre Nureddin, pues el sabio le exigía una gran atención a sus lecciones Pero cuando Hassán cumplió los quince años y ya no tuvo que aprender nada más del viejo maestro, su padre le llamó, le puso el traje más lujoso que encontró entre los suyos, le hizo que montara en la mejor de sus mulas y se dirigió con él al palacio del sultán, atravesando con nume­roso séquito las calles de Bássra. Y todos los habitantes, al ver al joven Hassán Badreddin; prorrumpían en gritos de admiración, por su hermo­sura, la esbeltez de su talle, su gracia y sus modales encantadores. Y excla­maban: “¡Por Alah! ¡Es hermoso como la luna! ¡Que Alah lo libre del mal de ojo!” Y aquello duró hasta la llegada de Badreddin y su padre al palacio, y entonces com­prendió la gente el sentido de las estrofas del poeta.

Cuando el sultán vio la hermosura del joven Hássán Badreddin, quedó tan sorprendido, que perdió la res­piración y se olvidó de respirar durante un buen rato. Y le mandó acercarse, y le estimó mucho, le hizo su favorito, colmándole de regalos, y dijo a su padre Nureddin: “Visir, es absolutamente indispensable que me lo envíes todos los días, pues comprendo que no podría pasarme sin él.” Y el visir Nureddin tuvo que contestar: “Escucho y obedez­co.”

Cuando Hassán Badreddin hubo llegado. a ser amigo y favorito del sultán, su padre Nureddin cayó gra­vemente enfermo, y sospechando que no tardaría Alah en llamarle a Su misericordia, mandó a buscar a su hijo y le dirigió las últimas adver­tencias, diciéndole: “Sabe, ¡oh hijo mío! que este mundo es para nosotros una morada pasajera, porque el mun­do futuro es eterno. Por eso antes de morir quiero darte algunas instruc­ciones: óyelas bien y ábreles tu cora­zón.” Y Nureddin explicó a su hijo Hassán las mejores, normas para conducirse como es debido con sus semejantes y guiarse en la vida.

Luego se acordó Nureddin de su hermano Chamseddin, el visir de Egipto, y de su país, y de sus parien­tes y de todos sus amigos del Cairo, y al recordarlos no pudo dejar de llorar por no haberlos vuelto a ver. Pero en seguida se acordó de que tenía que aconsejarle algo más a Hassán, y le dijo: “Hija mío, conser­va en tu memoria las palabras que voy a decirte, porque son muy impor­tantes. Sabe que tengo en El Cairo un hermano llamado Chamseddin, que es tío tuyo, y además visir de Egipto. Hace tiempo que nos sepa­ramos algo disgustados, y yo estoy aquí, en Bassra, sin licencia suya. Voy, pues, a dictarte mis últimas disposiciones sobre esta. Toma un papel y un cálamo y escribe lo que dicte.”

Entonces Hassán Badreddin cogió una hoja de papel, extrajo el tintero del cinturón, sacó del estuche el me­jor cálamo, que era el que estaba mejor cortado, lo mojó en la estopa empapada en tinta que estaba dentro del tintero, se sentó, dobló el pliego de papel sobre la mano izquierda, y cogiendo el cálamo con la derecha, le dijo a Nureddin: “¡Oh padre mío, escucho tus palabras!” Y Nureddin empezó a dictar: “En nombre de Alah el Clemente, el. misericordio­so...” Y continuó dictando en segui­da a su hijo toda su historia, desde el principio hasta el fin, y además le dictó la fecha de su llegada a Bassra, y de su casamiento con la hija del viejo visir, y le dictó su genealogía completa, sus ascendien­tes directos e indirectos, con sus nombres; el nombre de su padre y de su abuelo, su origen, su grada de nobleza personal adquirida, y en fin, toda su linaje paterno y materno.

Después le dijo: “Conserva cui­dadosamente ese pliego de papel. Y si por mandato del Destino te ocu­rriese alguna desgracia en tu vida, regresa al país de origen de tu padre, en donde nací yo, o sea El Cairo, la ciudad próspera; pregunta allí por tu tío el visir, que vive en nuestra casa, y salúdale de mi parte, deseán­dole la paz, y dile que he muerto afligido de morir en el extranjero, lejos de él, y que antes de morir no tenía más deseo que verle. He aquí, ¡ah hijo mío Hassán! los consejos que quería darte. ¡Te conjuro a que no los olvides!”

Entonces Hassán Badreddin dobló cuidadosamente, el papel, después de echarle arenilla, secarlo y sellarlo con el sello de su padre el visir, y luego lo colocó en el forro de su turbante, y lo cosió allí, habiéndolo envuelto en un pedazo de hule para preservarlo de la humedad.

Hecho esto, no pensó más que en llorar, besando la mano de su padre Nureddin y afligiéndose al comprender que se quedaba solo, siendo tan joven, y privado de la compañía de su padre. Y Nureddin no dejó de dar consejos a su hijo Hassán Badreddin hasta que entregó el alma.

Entonces Hassán Badreddin sintió un pesar grandísimo, así como el sultán y todos los emires, y los gran­des y los humildes. Y enterraron a Nureddin según su rango.

Hassán Badreddin hizo durar dos meses las ceremonias del luto, y durante todo éste tiempo no salió un instante de su casa y hasta olvidó la visita al palacio para saludar al sultán, según costumbre.

Y el sultán no comprendió que era la aflicción la que retenía al hermoso Hassán Badreddin lejos de él, sino que pensó que Hassán lo abandonaba y lo menospreciaba. Y entonces se indignó mucho, y en vez de nombrara Hassán sucesor, de su padre el visir Nureddin, nombró a otro para ese cargo, haciendo pri­vado suyo a un joven chambelán.

No contento con esto, hizo más el sultán contra Hassán Badreddin. Mandó sellar y confiscar todos sus bienes, todas sus casas y todas sus propiedades, y después dispuso que prendiesen a Hassán Badreddin y se lo llevasen encadenado. Y en seguida el nuevo visir, en compañía de varios chambelanes, se dirigió a la casa del joven Hassán, que no podía sospechar la desgracia que le ame­nazaba.

Pero afortunadamente, había entre los esclavos de su palacio un joven mameluca que quería mucho a Has­sán Badreddin. En cuanto supo lo que pasaba, echó a correr, y llegó a casa del joven, Hassán, el cual halló muy triste, con la cabeza baja y el corazón dolorido, sin dejar de pensar en la muerte de su padre. Y el esclavo le enteró entonces de lo que ocurría. Y Hassán le preguntó: “¿Pero no tendré tiempo para coger algo con que subsistir durante mi huida al extranjero?” Y el mameluco le dijo: “El tiempo urge. No pienses más que en salvar tu persona.”

Al oírle, el joven Hassán, vestido tal como estaba, y sin llevar nada consigo, salió apresuradamente, des­pues de echarse la orla de su túnica por encima de la cabeza para que no lo conociesen. Y siguió caminando hasta que se vio fuera de la ciudad.

Al saber los habitantes de Bassra que se había intentada prender a Hassán Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin, y la confiscación de sus bienes y su probable senten­cia de muerte, se afligieron en extre­mo y exclamaron: “¡Qué lástima de hermosura y de joven tan agrada­ble!” Y Hassán, al recorrer las calles sin que le conociesen, oía estos lamentos y exclamaciones. Pero aún se apresuró más, y siguió andando, hasta que la suerte y el destino hicie­ron que precisamente pasase por el cementerio donde estaba el tourbeh de su padre. Entonces entró en el cementerio y caminando par entre las tumbas llegó a la tourbeh de su padre. Y se quitó la ropa que le cubría la cabeza, entró bajo la cúpula de la tourbeh, y resolvió pasar allí la noche.

Pero mientras permanecía sentado y sumido en sus pensamientos, vio que se le acercaba un judío de Bassra, mercader conocidísima en la ciudad. Este mercader judío regresaba de un pueblo cercano, encaminándose a Bassra. Y al pasar cerca de la tourbeh de Nureddin, miró hacia el interior, y vio al joven Hassán Badreddin, a quien conoció en segui­da, Entonces entró, se acercó a él respetuosamente y le dijo: “¡Oh mi señor! ¡qué mal semblante tienes y qué desmejorado estás, siendo tan hermoso! ¿Te ha ocurrido alguna nueva desgracia además del falleci­miento de tu padre el visir Nureddin, a quien respeté, y que tanto me quería y estimaba? ¡Téngale Alah en Su misericordia!” Pero Hassán Badreddin no quiso revelarle el ver­dadero motivo de su trastorna, y le contestó: “Esta tarde, mientras esta­ba durmiendo, se me presentó mi difunto padre, y me ha reconvenido porque no visitaba su tourbeh. De pronto me desperté lleno de terror y remordimiento, y me vine aquí en seguida. Y aún estoy baja aquella impresión tan penosa.”

Entonces el judío le dijo: “¡Oh mi señor! Hace tiempo, que pensaba ir en tu busca para hablarte de un asunto, y ahora me favorece la casua­lidad, puesta que te encuentro. Sabe, pues, ¡oh mi joven señor! que tú padre el visir, con quien estaba yo en relaciones mercantiles, había fle­tado naves que ahora vuelven carga­das de mercancías. Estas naves vienen consignadas a él. Si quisieras ceder­me su carga, te ofrecería mil dinares por cada una, y te pagaría al con­tado.”

Y el judío sacó de su bolsillo un monedero lleno de oro, contó mil dinares, y se los ofreció en seguida a Hassán, que no dejó de aceptar este ofrecimiento, ordenado por Alah para sacarlo del apuro en que se hallaba. Y el judío añadió: Ahora, ¡oh mi señor! ponme el recibo, pro­visto de tu sello.” Y Hassán Badred­din cogió el papel que le alargaba el judío, así como el cálamo, mojó éste en el tintero de cobre, y escribió en el papel:

“Declaro que quien ha escrito este papel es Hassán Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin (¡Alah lo haya acogido en su misericordia!), y que ha vendida al judío N., hijo de N., mercader de Bassra, el carga­mento de la primera nave que llegue a la ciudad de Bassra y forme parte de las pertenecientes a mi padre Nureddin. Y vendo esto por mil dinares, y nada más.” Luego puso su sello en la parte inferior de la hoja, y se la entregó al judío, que lo saludó respetuosamente y se fue. Entonces Hassán rompió a llorar, pensando en su padre, en su posición pasada y en su suerte presente; pero como ya se había hecho de noche, le venció el sueño y se quedó dor­mido en la tourbeh. Y así siguió hasta que salió la luna, y como en aquel momento se le había escurrido la cabeza de encima de la piedra de la tourbeh, hubo de dar una vuelta completa, echándose de espaldas, y la luna iluminó por completo su rostro, que resplandecía con toda su belleza.

Aquel cementerio era frecuentado por efrits de la buena especie, efrits musulmanes y creyentes.Y por ca­cualidad, aquella noche,, una encan­tadora efrita volaba por allí, tornando el fresco, y vio a la luz de la luna al joven Hassán que estaba durmiendo, y observó su belleza y sus hermosas proporciones, y quedándose maravi­llada, dijo: “¡Gloria a Alah! ¡Oh, qué hermoso joven! ¡Cómo me ena­moran sus hermosos ojos, que me figuro muy negros y de una blancu­ra... !” Pero después pensó: “Mien­tras se despierta, voy a seguir mi paseo por los aires.” Y echó a volar, subió muy arriba buscando el fresco, y se encontró en lo más alto con uno de sus compañeros, un efrit también musulmán. Le saludó muy gentil­mente y él le devolvió el saludo con mucha deferencia. Entonces ella le preguntó: “¿De dónde vienes, com­pañero?” Y él le contestó; “Del Cairo.” Y la efrita volvió a pregun­tar: “¿Les va bien a los buenos creyentes del Cairo?” Y el efrit con­testó: “Gracias a Alah, les va bien.” Entonces la efrita le dijo: “Compa­ñero, ¿quieres venir conmigo para admirar la hermosura de un joven que está durmiendo en el cementerio de Bassra?” Y el efrit dijo: “Estoy a tus órdenes.” Entonces se cogieron de la mano, descendieron juntos al cementerio, y se pararon delante de Hassán, dormido. Y la efrita dijo al efrit, guiñándole el ojo: “¿Eh? ¿Tenía yo razón?” Y el efrit, asom­brado por la maravillosa hermosura de Hassán Badreddin, exclamó: “¡Por Alah! ¡No he visto cosa pare­cida! Después reflexionó un momen­to, y dijo: “Sin embargo, hermana mía, he de decirte que he visto a otra persona que puede compararse con este joven tan hermoso.” Y la efrita exclamó: “¡No es posible!” Y dijo el efrit: “¡Por Alah, que la he visto! Ha sido bajo el clima de Egipto, en El Cairo, y es la hija del visir Chamseddin” La efrita dijo: “Pues no la conozco.” Y el efrit le replicó: “Escucha. He aquí la historia de esa joven:

“Su padre, el visir Chamseddin, ha caído en desgracia por causa de ella. Habiendo oído el sultán de Egip­to hablar a sus mujeres de la belleza extraordinaria de la hija del visir, se la pidió en matrimonio a su padre. Pero el visir Chamseddin, que había pensado otra cosa para su hija, se vio en una gran confusión, y dijo al sultán: “¡Oh mi señor y soberano! Ten la bondad de permitirme que me excuse, y perdóname por ello. Ya sabes la historia de mi pobre hermano Nureddin, que era visir conmigo. Ya sabes que desapareció un día, sin que hayamos vuelto a saber de él. Y el motivo de su mar­cha no pudo ser más leve.” Y contó al sultán detalladamente este motivo. Y después añadió: “He jurado ante Alah, el día que nació mi hija, que, ocurriera lo que ocrriera, no la casaría más que con el hijo de mi hermano Nureddin. Y han transcu­rrido desde entonces dieciocho años. Pero afortunadamente, he sabido hace pocos días que mi hermano Nureddin se había, casado con la hija del visir de Bassra, y que había tenido un hijo. Por lo tanto, mi hija, está destinada y escriturada a su primo, el hijo de mi hermanó Nu­reddin. En cuanto a ti, ¡oh mi señor y soberano! puedes elegir otra joven. El Egipto está lleno de ellas. ¡Y muchas son bocado de rey!”

Pero el sultán, al oirle, se enfure­ció mucho y grito: “¿Qué has dicho, miserable visir? Te quise honrar des­cendiendo hasta ti para casarme con tu hija, ¿y aún te atreves a negár­mela, alegando ese pretexto tan estú­pido? ¡Está muy bien! Pero ¡juro por mi cabeza que te obligaré a casarla, a despego de tu nariz, con el último de mis servidores!” Y el sultán tenía un palafrenero contra­hecho y jorobado, con una joroba delante y otra joroba detrás, y le mandó llamar en seguida y dispuso que se escribiese su contrato de ma­trimonio con la hija del visir Cham­seddin, a pesar de las súplicas del padre. Y además, mandó que la bo­da se celebrase lujosamente y con música.”

“Así los he dejado, ¡oh hermáná mía! en el momento en que los escla­vos de palacio rodeaban al jorobado y le dirigían bromas egipcias muy graciosas, llevando cada uno en la mano las velas de la boda para acom­pañar al novio. Y éste tomaba el baño en el hammam, entre las risas y las burlas de los esclavos. Y efec­tivamente, hermana mía, el joroba­do es muy feo y repulsivo.” Y el efrit, al recordarle, escupió en el suelo con un gesto de repugnan­cia. Después dijo: “En cuanto a la joven, es la criatura más bella que he visto en mi vida. Puedo ase­gurarte que es todavía más hermosa que este mancebo. La llaman Sett El-Hosn, y se merece el nombre. Ha quedado llorando amargamente, alejada de su padre, al cual se le ha prohibido asistir a la ceremonia. Y. está sola, en media de los festejos, entre los músicos, danzarines y can­tadoras. Y el repugnante palafrenero no tardará en salir del hammam, y le aguardan para empezar la fiesta.

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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