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《一千零一夜》連載七           ★★★★
《一千零一夜》連載七
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:38:18

 

HISTORIA DEL VISIR NUREDDIN, DE SU HERMANO EL VISIR CHAMSEDDIN Y DE HASSAN BADREDDIN

Entonces, Giafar Al-Barmaki dijo:

“Sabe, ¡oh Comendador de los Creyentes! que había en el país de Mesr un sultán justo y benéfico. Este sultán tenía un visir sabio y prudente, versado en las ciencias y las letras. Y este visir, que era. muy viejo, tenía dos hijos que parecían dos lunas. El mayor se llamaba Chamseddin y el menor Nureddin; pero Nureddin, el más pequeño, era ciertamente más guapo y mejor for­mado que Chaniseddin, el cual, por otra parte, era perfecto. Pero nadie igualaba en todo el mundo a Nured­din. Era tan admirable, que en nin­guna comarca se ignoraba su hermo­sura, y muchos viajeros iban a Egip­to, desde los países más remotos, sólo por el gusto de contemplar su per­fección y las facciones de su rostro.

Pero quiso el Destino que falle­ciera su padre el visir. Y el sultán se condolió mucho. Enseguida man­dó llamar a los dos jóvenes, hizo que se aproximaran a él, les regaló trajes de honor, y les dijo: “Desde ahora desempeñaréis junto a mí el cargo de vuestro padre:” Entonces ellos se alegraron, y besaron la tie­rra entre las manos del sultán. Des­pués hicieron que duraran todo un mes las exequias fúnebres de su padre, y en seguida empezaron a desempeñar su nuevo cargo de visi­res, y cada uno ejercía durante una semana las funciones del visirato. Y cuando el sultán salía de viaje, sólo llevaba consigo a uno de los dos hermanos.

Y una noche entre las noches, ocurrió que el sultán tenía que salir a la mañana siguiente, Y habién­dole tocado el cargo de visir aquella semana a Chamseddin, el mayor, los dos hermanos departían sobre asuntos diversos para entretener la velada. En el transcurso de la con­versación, el mayor dijo al menor: “¡Oh hermano mío! creo que debe­mos pensar en casarnos, y mi inten­ción es que nos casemos la misma noche.” . Y Nureddin contestó: “Há­gase según tu voluntad, ¡oh hermano mío! pues estoy de acuerdo contigo en esta y en todas las cosas.” Y convenido ya entre los dos este pri­mer punto, Chamseddin dijo a Nureddin: “Cuando, gracias a Alah; nos hayamos unido con dos jóvenes, y suponiendo que nuestras mujeres conciban la primera noche de nues­tras bodas, y que luego den a luz en un mismo día (¡si Alah lo quiere!) tu esposa un niño y la mía una niña; tendremos que casar uno con otro a los dos primos.” Y Nureddin repuso: “¡Oh hermano mío! ¿y qué piensas pedir entonces como dote a mi hijo para darle a tu hija?” Y Chamseddin dijo: “Pediré a tu hijo, como precio de mi hija, tres mil dinares de oro, tres huertos y tres de los mejores pueblos de Egipto. Y realmente esto será bien poca cosa, comparado con mi hija. Y si tu hijo no quiere aceptar ese contrato, no habrá nada de lo dicho.” Al oírlo, respondió Nureddin: “Pero ¿estás soñando? ¿Qué dote quieres pedirle a mi hijo? ¿Has olvidado que somos dos hermanos, y hasta dos visires en uno solo? En vez de esas exigencias, deberías ofrecer como presente tu hija a mi hijo, sin pensar en pedirle ninguna dote. Además, ¿no sabes que el varón vale siempre más que la hembra? Y he aquí que el varón es mi hijo, ¿y aún aspiras a que lleve la dote, cuando es tu hija quien debiera traerla? Obras como aquel comerciante que no quiere, vender su mercancía, y para asustar al parroquiano empieza por pedirle cuatro veces su precio.” Entonces dijo Chamseddin: “Sin duda te figu­ras que tu hijo es más noble que mi hija, lo cual demuestra que care­ces en absoluto de razón y sentido común, y sobre todo de agradeci­miento. Porque al hablar del visirato, olvidas que tan altas funciones me las debes a mí solo, y si te asocié conmigo, fue por lástima únicamente, para que pudieses ayudarme en mi labor. ¡Pero, en fin, ya está dicho! Puedes creer lo que gustes; porque yo desde el momento en que piensas así, ¡ya no quiero casar a mi hija con tu hijo ni aun a peso de oro!” Mucho le dolieron estas palabras a Nureddin, que contestó: “¡Tampoco yo quiero casar a mi hijo con tu hija!” Y Chamseddin replicó enton­ces: “Pues no hay para qué hablar más del asunto. Y como mañana tengo que marchar con el sultán, no dispongo de tiempo para que com­prendas lo inconveniente de tus pala­bras. Pero después, ¡ya verás! ¡Cuan­do regrese, si Alah lo permite, suce­derá lo que ha de suceder!”

Entonces Nureddin se alejó, muy apenado por está escena, y se fue a dormir solo, con sus tristes pensa­mientos.

A la mañana siguiente salió de viaje el sultán, acompañado del visir Chamseddin, y se dirigió hacia la ribera del Nilo, lo atravesó en hacia para llegar a Guesirah, y desde allí hasta las Pirámides.

En cuanto a Nureddin, después de haber pasado aquella noche con­trariadísimo por el modo de proceder de su llermano, se levantó casi al amanecer, hizo sus abluciones, dijo la primera oración matinal, y des­pués se dirigió a su armario, del cual sacó una alforja, y la llenó de oro, pensando siempre en las pala­bras despectivas de Chamseddin y en la humillación sufrida. Y enton­ces recitó estas estrofas:

¡Marcha, amigo mío! ¡Abandónalo todo, y marcha! ¡Otros amigos encon­trarás en vez de los que dejas! ¡Mar­cha! ¡Deja la ciudad y arma tu tienda de campaña! ¡Y vive en ella! ¡Allí, y nada más que allí, encontrarás las delicias de la vida!

¡En las moradas civilizadas y esta­bles, no hay fervor ni hay amistad! ¡Créeme! ¡Huye de tu patria! ¡Arrán­cate del suelo de tu patria! ¡Intérnate en países extranjeros!

¡Escucha! ¡He comprobado que el agua que se estanca se corrompe; podría librarse de su podredumbre corriendo nuevamente! ¡Pero de otro modo es incurable!

¡He observado también la luna llena, y pude averiguar el número de sus ojos, de sus ojos de luz! ¡Pero si no hubiese seguido sus revoluciones en el espacio, no habría podido conocer los ojos de cada cuarto de luna, los ojos que me miraban!

¿Y el león? ¿Sería posible cazar al león si no hubiese salido del espeso bosque?... ¿Y la flecha? ¿Mataría la flecha si no escapara violentamente del arco tenso?

¿Y el oro y la plata? ¿No serían polvo vil si no hubiesen salido de sus yacimientos? ¿Y el armonioso laúd? ¡Ya sabes! ¡Sólo sería un pedazo de leño si el obrero no lo arrancase de la tierra para darle forma!

¡Expátriate y alcanzarás las cumbres! ¡Si permaneces adherido a tu suelo, jamás escalarás la altura!

Cuando acabó de recitar estos ver­sos, mandó a uno de sus esclavos que le ensillase una mula torda, poderosa y rápida para la marcha. Y el esclavo preparó la mejor de todas las mulas, le puso una silla guarnecida de brocado y de oro, con estribos indios y una gualdrapa de terciopelo de Ispahán. Y lo hizo tan bien, que la mula parecía una recién casada con su traje nuevo y brillante. Después todavía dispuso Nureddin que le echasen encima de todo un tapiz grande de seda y otro más pequeño, de raso, terminado lo cual, colocó entre los dos tapices la alforja llena de oro y de alhajas.

En seguida dijo a este esclavo y a todos los demás: “Me voy a dar una vuelta por fuera de la ciudad, hacia la parte de Kaliaubia, donde pienso pasar tres noches. Siento una opresión en el pecho, y voy a dilatar mis pulmones respirando el aire li­bre. Pero prohibo a todo el mundo que me siga.”

Y provisto de víveres para el cami­no, montó en la mula y se alejó rápidamente. No bien salió del Cairo, anduvo tan ligero, que al mediodía llegó a Belbeis, donde se detuvo. Bajó de la mula para descansar y dejarla descansar, comió algo, com­pró en Belbeis cuanto podía necesi­tar para él y para la mula, y reanudó el viaje. Dos días después, precisa­mente al mediodía, merced al paso de su mula, entró en Jerusalén, la ciudad santa. Allí se apeó de la mula, descansó y la dejó reposar, extrajo del saco algo de comida, y después de alimentarse colocó el saco en el suelo para que le sirviese de almoha­da, luego de haber extendido el tapiz grande de seda, se durmió, pen­sando siempre con indignación en la conducta de su hermano.

Al otro día, al amanecer, montó de nuevo y no dejó de caminar a buen paso, hasta llegar a la ciudad de Alepo. Allí se hospedó en uno de los khanes de la ciudad y dejó trans­currir tranquilamente tres días, des­cansando y dejando descansar a la mula, y cuando hubo respirado bien el aire puro de Alepo, pensó en continuar el viaje. Y al efecto, montó otra vez en la mula, después de haber comprado los maravillosos dulces que se hacen en Alepo, relle­nos de piñones y almendras, cubier­tos de azúcar, y que le gustaban mu­cho desde la niñez.

Y dejó que la mula se encaminase por donde quisiese, pues al salir del Alepo ya no sabía adónde dirigirse. Y cabalgó día y noche, hasta que una tarde, después de puesto el sol, se encontró en la ciudad de Bassra, pero no sabía que aquella ciudad fuese Bassra. Y no supo su nombre hasta después de llegado al khan, donde se lo dijeron. Se apeó enton­ces de la mula, la descargó de los dos tapices, de las provisiones y de la alforja, y encargó al portero del khan que la paseara un poco, para que no se enfriase por descansar en seguida. Y en cuanto a `Nureddin, él mismo tendió su tapiz, y se sentó en el khan para reposar.

El portero del khan cogió la mula de la brida, y se fue con ella. Pero ocurrió la coincidencia de que preci­samente entonces el visir de Bassra hallábase sentado a la ventana de su palacio, contemplando la calle, y al divisar una mula tan hermosa, con sus magníficos jaeces de gran valor, sospechó que esta mula perte­necía indudablemente a algún visir entre los visires extranjeros, o acaso a algún rey entre los reyes. Y se puso a mirarla, sintiendo, una gran perplejidad. Y después ordenó a uno de sus esclavos que le trajese, en seguida al portero que paseaba a la mula. Y el esclavo corrió en busca del portero, y lo llevó ante el visir. Entonces el portero avanzó un paso y besó la tierra entre las manos del visir, que era un anciano de mucha edad y muy respetable. Y el visir dijo al portero: “¿Quién es el amo de esta mula, y qué posición tiene?” El portero contestó: “¡Oh mi 'señor! el amo de esta mula es un joven muy hermoso, lleno de seduc­ciones, ricamente vestido, como hijo de algún gran mercader, y toda su aspecto impone el respeto y la admi­ración.”

Al oirle, el visir se puso de pie, montó a caballo, y marchando apre­suradamente al khan, entró en el patio. Cuando lo vio Nureddm, corrió a su encuentro y le ayudó a apearse del caballo. Entonces el visir le dirigió el saludo acostumbrado, y Nureddin se lo devolvió y lo recibió muy cordialmente. Y el visir se sentó a su lado, y le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿de dónde vienes y por qué estás en Bassra?” Y Nureddin contestó: “¡Oh mi señor! vengo del Cairo, mi ciudad natal. Mi padre era visir del sultán de Egipto, pero murió al ser llamado a la misericordia de Alah.” Después contó toda su historia, desde el prin­cipio hasta el fin. Y luego añadió: “No he de volver a Egipto hasta después de haber recorrido el mundo, visitando todas las ciudades y todas las comarcas.”

Y el visir contestó a Nureddin: “Hijo mío, prescinde de esas ideas de continuo viaje, porque causarán tu perdición. Sabe que el viajar por países extranjeros es la ruina y lo último de lo último. Atiende esta advertencia, pues temo que te perju­diquen los percances de la vida y del tiempo.”

Después el visir ordenó a sus escía­vos que desensillaran la mula y le quitasen los tapices y las sedas, y se llevó consigo a- Nureddin, alojan­dole en su casa, y lo dejó descansar, luego de haberle proporcionado todo lo que necesitaba.

Nureddin permaneció algún tiem­po en casa del visir, el visir le veía diariamente y le colmaba de consi­deraciones y favores. Y acabó por estimarle enormemente, hasta el pun­to de que un día le dijo: “Hijo mío, ya soy muy viejo, y no tengo ningún hijo varón. Pero Alah me ha concedido una hija que te iguala en belleza y perfecciones. Y hasta ahora se la he negada a cuantos me la pidieron en matrimonio. Pero a ti, a quien quiero con todo el cariño de mi corazón, he de preguntarte si consientes en aceptarla como esclava tuya. Porque yo deseo fervientemente que seas el esposo de mi hija. Y si quieres aceptar, marcharé en busca del sultán y le diré que eres un sobri­no mío, recién llegado de Egipto, y que has venido a Bassra expresa­mente para pretender a mi hija en matrimonio. Y el sultán, por cariño a mí, te dará el visirato, porque yo ya estoy muy viejo y necesito des­cansar. Y así podré encerrarme muy a gusto en mi casa para no salir de ella.”

Al óir esta proposición, bajó los ojos Nureddin, y después dijo: “Es­cucho y obedezco.”

Entonces el visir llegó al colmo de la alegría, e inmediatamente orde­no a sus esclavos que preparasen el festín y adornasen e iluminasen la sala de recepción, la más espaciosa de todas, reservada especialmente al más grande entre los emires.

Después reunió a todos sus ami­gos, e invitó a todos los nobles del reino y a todos los mercaderes de Bassra, y todos acudieron a presen­tarse entre sus manos. Entonces, el visir, para explicarles el haber elegi­do a Nureddin con preferencia a todos los demás, les dijo: “Yo tenía un hermano que era visir ets Egipto, y Alah le había favorecido con dos hijos, como a mí me favoreció con una hija, según sabéis. Mi hermano, poco antes de morir, me encargó que casara a mi hija con uno de sus hijos, Y yo se lo prometí. Y precisamente este joven a quien veis es uno de los dos hijos de mi hermano el visir de Egipto. Ha venido a Bassra con tal objeto. ¡Y mi mayor anhelo es que se escriba su contrato con mi hija, y que viva con ella en mi casa!”

Entonces contestaron todos. “¡Sea como dices! ¡Ponemos sobre nuestra cabeza cuanto hagas!”

Y todos tomaron parte en el gran festín, bebieron toda clase de vinos, y comieron una cantidad prodigiosa de pasteles y confituras. Y después, rociada la sala, con agua de rosas, según costumbre, se despidieron del visir y de Nureddin:

Entonces el visir mandó a sus esclavos que llevasen a Nureddin al hammam y le diesen un buen baño. Y el visir le regaló uno de sus mejo­res trajes entre sus trajes, y después le envió toallas, palanganas de cobre, pebeteros y todas las demás cosas necesarias para el baño. Y Nureddin se bañó y salió del hammam con su traje nuevo, y estaba más hermoso que la luna llena en la más bella de las noches. Después Nureddin cabalgó en su mula torda, encami­nándose hacia el palacio del visir, y al pasar por las calles le admira­han todos, elogiando su hermosura y la obra de Alah. Y descendió de la mula, entró en casa del visir y le besó la mano. Entonces el visir...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 20a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que entonces el visir se levantó, acogiendo con júbilo al her­moso Nureddin y diciéndole: “Entra, ¡oh hijo mío! en la cámara de tu esposa, y sé dichoso. Mañana te lle­varé a ver al sultán. Y ahora sólo me resta implorar de A¡ah que te conceda todos sus favores y todos sus bienes.”

Entonces Nureddin besó otra vez la mano del visir su suegro, y entró en el aposento de la doncella. ¡Y sucedió lo que había de suceder!

Y esto fue lo referente a Nureddin. En cuanto a Chamseddin su her­mano... he aquí lo que ocurrió. Terminada la expedición que hizo con el sultán de Egipto, hacia el lado de las Pirámides, regresó inme­diatamente a su casa. Y se inquietó mucho al no encontrar a su hermano Nureddin. Y preguntó por él a sus esclavos; que le respondieron: “Nues­tro amo Nureddin; el mismo día que te fuiste con el sultán, montó en una mula enjaezada con gran lujo, como en los días solemnes, y nos dijo: “Me voy hacia la parte de Kaliubia, estaré, fuera unos días, pues noto opresión en el pecho y necesito aire libre; pero que no me siga nadie.” Y desde entonces no hemos vuelto a tener noticias suyas.”

Entonces Chamseddin deploró mu­cho la ausencia de su hermano, y fue aumentando su dolor de día en día, hasta que acabó por convertirse en una aflicción inmensa., Y pensaba: “Seguramente, el motivo de que se haya marchado no es otro que aquellas palabras tan duras que le dije la víspera de mi viaje con el sultán. Y esto y no otra cosa le ha obligado a huir. Pero es preciso que repare la falta cometida contra él y disponga que lo busquen.”

Y Chamseddin fue inmediatamente a ver al sultán; y le refirió lo que ocurría. Y el sultán mandó escribir mensajes autorizados con su sello v los envió con emisarios de a caba­llo en todas direcciones a todos sus lugartenientes en todas las comarcas, Y les decía en estos pliegos que Nureddin había desaparecido y que precisaba buscarle fuese donde fuese.

Pero transcurrido algún tiempo, todos los correos regresaron sin nin­guna noticia, porque ni uno solo había ido a Bassra, donde, estaba Nureddin: Entonces Chamseddin, lamentándose hasta el límite de las lamentaciones, exclamó: “¡Mía es toda la culpa! ¡Todo esto me ocurre por mi poco tacto y mi falta de discreción!”

Pero como todo tiene su término, Chamseddin acabó por consolarse, Y un día pidió en matrimonio a la hija de un gran comerciante del Cairo, hizo su contrato con ella y con ella se casó. ¡Y sucedió lo que había de suceder!

Y se dio la coincidencia de que la misma noche que penetró Cham­seddin en la cámara nupcial, fue justamente la misma en que Nured­din penetró en el aposento de la hija del visir de Bassra. Y permitió Alah esta coincidencia del matrimonio de los dos hermanos en la misma noche, para demostrar que manda en el destino de las criaturas.

Y todo se verificó además según lo habían combinado los dos herma­nos antes de su querella, pues las dos esposas quedaron preñadas la misma noche: parieran él mismo día y a la misma hora, y la de Chamseddin, visir de Egipto, parió una niña cuya hermosura no tuvo igual en todo el país, y la de Nureddin, de Bassra, dio a luz un niño tan hermoso que no había otro como él en todo el mundo. Ya lo dijo el poeta:

¡El niño!... ¡Cuán delicado es!... ¡Y qué gentil! ¡Y qué gracioso!..,. ¡Beber su boca! ¡Beber esta boca hace olvidar las cosas llenas y los vasos desbordantes!

¡Beber en sus labios, apagar la sed en la frescura de sus mejillas y mirarse en el manantial de sus ojos, es olvi­dar la púrpura de los vinos, sus aromas, su sabor y toda su embriaguez!

¡Si viniese la misma Belleza a com­pararse con este niño, bajaría humilla­da la cabeza!

Y si le preguntaseis: “¡Oh Belleza! ¿Qué te parece? ¿Viste jamás nada semejante?” Ella contestaría: “¡Como él, verdaderamente, ninguno!”

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