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《一千零一夜》連載六           ★★★★
《一千零一夜》連載六
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:38:21

 

HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN

Schahrazada dijo:

“Una noche entre las noches, el califa Harun Al-Rachid dijo a Gia­far Al-Barmaki: “Quiero que reco­rramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y walíes. Estay resuelto a destituir a aquellos de quienes me den que­jas,” Y Giafar respondió: “Escucho y obedezco.”

Y el califa, y Giafar, y Massrur el porta-alfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron a un anciano decrépito que a la cabeza llevaba una canasta y una red de pescar, y en la mano un palo y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:

Me dijeron: “¡por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la noche!”

Yo les contesté: “¡Os ruego, que no habléis de ese modo! ¡No hay más ciencia que la del Destino!”

¡Porque, yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tin­tero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y los que apos­tasen por mí, perderían su apuesta!

¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!

¡En verano, se te agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!

¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofen­sas y todas las burlas!. ¿Quién es más desdichado?

Y si no clama ante los hombres, si no a su miseria, ¿quién le compadecerá?

¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?

Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Giafar: “Los versos y el aspecto de este pobre hombre indican una gran miseria.” Después se aproximó al viejo, y le dijo: “¡Oh jeique! ¿cuál es tu oficio?” Y él res­pondió: “¡Oh señor mío! Soy pesca­dor. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y ¡Alah no me con­cedió aún el pan que ha de alimen­tar a mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir.” Entonces el califa le dijo: “¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares.” Y el viejo se regocijó al oirle, y contestó; “¡Acep­to cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!”

Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levan­tarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró a entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.

Entonces Giafar y Massrur car­garon con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apar­taron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levan­taron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

Ante aquel espectáculo, las lágri­mas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: ¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y se arroja a las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del juicio, y pesará eter­namente en mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate. En cuanto a ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer, a la que quiero ven­gar mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compa­ñía de cuarenta de tus primos los Baramka!” Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: “Concé­deme para ello no más que un plazo de tres días.” Y el califa respondió: “Te lo otorgo.”

Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciu­dad, pensando: “¿Cómo voy a saber quién. ha matado a esa joven, ni dónde he de buscarlo para presen­társelo al califa? Si le llevase a otro para que pereciese en vez del asesi­no, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.” Y Giafar llegó a su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el ca­lifa le dijo: “¿Dónde está el asesino de la joven?” Giafar respondió: “No poseo la ciencia de adivinar lo invi­sible y lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciu­dad al asesino.” Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen a Giafar a la puerta de palacio, encargando a los pregoneros quedo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera:

“Quien desee asistir a la cruci­fixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la de cuarenta Ba­ramka, parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo.”

Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Giafar y sus pri­mos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo; pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.

Cuando se hubo levantado el patí­bulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pron­to, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y lle­gando entre las manos de Giafar, le dijo: “¡Que te liberten, oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la.joven despedaza­da y la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias con­migo!»

Cuando escuchó Giafar las pala­bras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del man­cebo. Y hubo de pedirle explicacio­nes más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó a la gente, se acercó muy de prisa a Giafar y, al joven, les saludó; y les dijo: ¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.” Pero el joven repuso: “¡Oh visir! este viejo jeique no sabe lo que se dice. Te repito que, yo soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único, a quien se castigue.”. Entonces el jeique exclamó: “¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y, estoy can­sado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos. Repito que el asesino soy yo, Y conmigo se debe usar de represalias.”

Entonces, Giafar, con el consen­timiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y le dijo: “¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.” Y el califa preguntó: “¿En dónde está?” Giafar dijo: “Este joven afir­ma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él.” Entonces el califa contempló al jeique y al mozo, y les dijo: “¿Cuál de vosotros. dos ha matado a la joven?'' Y el mancebo respondió: “¡Fui yo!” Y el jeique dijo: “¡No; fui yo solo!” El califa, sin preguntar más, dijo a Giafar entonces: “Llévate a los dos y cru­cifícalos,” Pero Giafar hubo de repli­carle: “Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.” Y entonces el joven exclamo: “¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la tierra en la profun­didad que ocupa, que soy el único que asesino a la joven! Oid las prue­bas.” Y describió el hallazgo; cono­cido sólo por el califa, Giafar y. Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite dei asom­bro, le dijo: “¿Y porqué has come­tido esa muerte? ¿Por qué la confie­sas antes de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?” Entonces dijo el mancebo:

“Sabe, ¡oh Príncipe de los Cre­yentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeique, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.

Hace dos meses cayó gravemente enferma, y llamé en seguida a los médicos mas sabios, que no tardaron en curarla ¡con ayuda de Alah! Al cabo de un mes empezó a hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes, de salir de casa, me dijo:. “Antes de entrar en el hammam, desearía sa­tisfacer un antojo.” Y le pregunté: “¿Qué antojo es ese?” Y me contes­tó: “Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.” Inmediatamente me fui a la calle a comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé a casa muy triste, sin atreverme a ver a mí mujer, y pasé toda la noche pen­sando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huer­tos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un jardi­nero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: “¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte cómo no sea en Bassra; en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conse­guirlas; pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa.”

Entonces volví junto a mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió a preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir a Bassra, y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Bassra por tres dinares.

Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dio muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, a un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto a cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentán­dola; y estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias a Alah; recobró la salud, y entonces pude salir y marchar a mi tienda para comprar y vender.

Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado a la vuerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana: Y le dije: “¡Eh, buen amigo! ¿de dón­de has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?” Y el negro se echó a reir, y me contestó: “Me la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: “Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cor­nudo de mi esposo ha ido a Bassra expresamente a comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.” Y en seguida me dio ésta que llevo en la mano.”

Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se obscu­recía; cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y efecti­vamente, la tercera manzana no esta­ba ya allí. Y pregunté a mi esposa: “¿En dónde está la otra manzana?” Y me contestó: “No sé que ha sido de ella.” Esto era una comproba­ción de las palabras del negro. En­tonces me abalancé sobre ella, cuchi­llo en mano, y apoyando en su vien­tre mis rodillas, la cosí a cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresurada­mente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos.

¡Por eso, ¡oh Emir de las Creyen­tes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!

La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vio, pude volver a casa. Y encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: “¿Por qué lloras?” Y él me contestó: “Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: “¿De dónde has sacado esta manzana?” Y le contesté: “Es de mi padre, que se fue y se la trajo a mi madre con otras dos, com­pradas por tres dinares en Bassra. Porque mi madre está enferma.” Y a pesar de ello, el negro no me la devolvió sino que me dio un golpe y se fue con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!”

Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro había men­tido respecto a la hija de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente!

Entonces empecé a derramar abun­dantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeique que está aquí conmigo. Y le conté la triste histo­ria. Entonces se sentó a mi lado, y se puso a llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta media noche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.

Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.”

Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: “¡Por Alah que no he de matar más que a ese negro pérfido!...”

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 19a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que el califa juró que no mataría mas que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: “¡Trae a mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.”

Y Giafar salió llorando, y dicién­dose: “dónde lo podré hallar para traerlo a su presencia? Si es extraor­dinario que no se rompa' un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?... ¡Indudablemente, Él que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segun­da! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy a emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!”

Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí, e hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dis­puesto a matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez a la mas peque­ña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: “¿Qué llevas ahí?” Y la niña contestó: “¡Oh padre! una manzana. Me la ha dado nuestro negro Rihán. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me la diese tuve que pagar a Rihán dos dinares.”

Al oir las palabras ; “negro” y “manzana”, Giafar sintió un gran júbilo, y exclamó: “¡Oh Libertador!” Y en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: “¿De dónde has sacado esta manzana',” Y contestó el negro: “¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar a unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y. le di un golpe, mientras el niño me decía llorando: “Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana; y mi padre ha ido a buscarla a Basara, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido esa para jugar.” Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer, caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he dado por dos dinares a mi ama más pequeña.”

Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dis­puso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:

Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en des­hacerte de él? .

¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?

Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro, y lo llevó ante el cali­fa, a quien contó la historia.

Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escri­biese tal historia en los anales para que sirviera de lección a los huma­nos.

Entonces Giafar le dijo: “No tie­nes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su herma­no Chamseddin.”

Y el califa exclamó: “¿Y qué his­toria es esa, más asombrosa que la que acabamos de oir?” Y Giafar dijo: “¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi negro Rihán.” Y el califa respondió: “¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.”

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