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《一千零一夜》連載五           ★★★★
《一千零一夜》連載五
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:38:21

 

Al ver aquello, ¡oh señora mía! empecé a golpearme, y a gritar, y a gemir, y me desgarré las zopas, arro­jándome desesperado al suelo. Pero mi amigo muerto estaba, cumplién­dose el Destino para que no mintie­ran las predicciones de los astrólogos. Alcé los ojos y las manos hacia el Altísimo, y repuse: “¡Oh, señor del universo! Si he cometido un crimen, dispuesto estoy a que me castigue tu justicia.” En este momento sentía­me animoso ante la muerte. Pero ¡oh señora mía! nuestros anhelos nunca se satisfacen ni para el bien ni para el mal.

Entonces, no siéndome posible soportar la estancia en aquel sitio, y además, como sabía que el joyero no tardaría en comparecer, subí la escalera, salí y cerré la trampa, cubriéndola de tierra, como estaba antes.

Cuando me vi fuera, me dije: “Voy a observar ahora lo que ocurra; pero ocultándome, porque si no, los esclavos me matarían con la peor muerte.” Y entonces me subí a un árbol copudo que estaba cerca de la trampa, y allí quedó en acecho. Una hora más tarde apareció la barca con el anciano y los esclavos. Desem­barcaron todos, llegaron apresurada­mente junto al árbol, y al advertir la tierra recientemente removida, atemorizáronse, quedando abatidísi­mo el viejo. Los esclavos cavaron apresuradamente, y levantando la trampa, bajaron con el pobre padre. Éste empezó a llamar a gritos a su hijo, sin que el muchacho respon­diera, y le buscaron por todas partes; hallándolo por fin tendido en el lecho con el corazón atravesado.

Al verle, sintió el anciano que se le partía el alma, y cayó desmayado. Los esclavos, mientras tanto, se lamentaban y afligían; después subie­ron en hombros al joyero. Sepultaron el cadáver del joven envuelto en un sudario, transportaron al padre den­tro de la barca, con todas las riquezas y provisiones que quedaban aún, y desaparecieron en la lejanía sobre el mar.

Entonces, apenadísimo, bajé del árbol, medité en aquella desgracia, lloré mucho, y anduve desolado todo el día y toda la noche. De repente noté que iba menguando el agua, quedando seco el espacio entre la isla y la tierra firme de enfrente. Di gracias a Alah, que quería librarme de seguir en aquel paraje mal­dito, y empecé a caminar por la arena invocando su santo nombre. Llegó en esto la hora de ponerse el sol. Vi de pronto aparecer muy a lo lejos como una gran hoguera, y me dirigí hacia aquel sitio, sospe­chando que estarían cociendo algún carnero; pero al acercarme advertí que lo que hube tomado, por hoguera era un vasto palacio de cobre que se diría incendiado por el sol poniente.

Llegué hasta el límite del asombro ante aquel palacio magnífico, todo de cobre. Y estaba admirando su sólida construcción, cuando súbita­mente vi salir por la puerta principal diez jóvenes de buena estatura, y cuyas caras eran una alabanza al Creador por haberlas hecho tan hermosas. Pero aquellos diez jóvenes eran todos tuertos del ojo izquierdo, y sólo no lo era un anciano alto y venerable, que hacía el número once.

Al verlos exclamé; “¡Por Alah, que es extraña coincidencia! ¿Cómo estarán juntos diez tuertos, y del ojo izquierdo precisamente?” Mientras yo me absorbía en estas reflexiones, los diez jóvenes se acercaron, y me dijeron: “¡La paz sea contigo!” Y yo les devolví el saludo de paz, y hube de referirles mi historia, desde el principio hasta el fin, que no creo necesario repetirte, ¡oh señora mía!

Al oirla, llegaron aquellos jóvenes al colmo de la admiración, y me dijeron: “¡Oh señor! Entra en esta morada, donde serás bien acogido. Entré con ellos, y atravesamos mu­chas salas revestidas con telas de raso. En el centro de la última, que era la más hermosa y espaciosa de todas, había diez lechos magníficos formados con alfombras y colchones, y entre aquéllos otra alfombra, pero sin colchón, y tan rica como las demás. Y el anciano se sentó en ésta, y cada uno de los diez jóvenes en la suya, y me dijeron: “¡Oh señor! Siéntate en el testero de la sala, y no nos preguntes acerca de lo que aquí veas.”

A los pocos momentos se levantó el viejo, salió y volvió varias veces, llevando manjares y bebidas, de lo cual comimos y bebimos todos.

Después recogió las sobras el anciano, y se sentó de nuevo. Y los jóvenes le preguntaron: “¿Cómo te sientas sin traernos lo necesario para cumplir nuestros deberes?” Y el an­ciano, sin replicar palabra, se levantó y salió diez veces, trayendo cada vez sobre la cabeza una palangana cu­bierta con un paño de raso y en la mano un farol, que fue colocando delante de cada joven. Y a mí no me dio nada, lo cual hubo de contra­riarme.

Pero cuando levantaron las telas de raso, vi que las jofainas sólo contenían ceniza, polvo de carbón y kohl. Se echaron la ceniza en la cabe­za, el carbón en la cara y el kohl en el ojo derecho, y empezaron a lamentarse y a llorar, mientras de­cían: “¡Sufrimos lo que merecemos por nuestras culpas y nuestra deso­bediencia!” Y aquella lamentación prosiguió hasta cerca del amanecer. Entonces se lavaron en nuevas palan­ganas que les llevó el viejo, se pusie­ron otros trajes, y quedaron como antes de la extraña ceremonia.

Por más que aquello, ¡oh señora mía! me, asombrase con el más con­siderable asombro, no me atreví a preguntar nada, pues así me lo habían ordenado. Y a la noche siguiente hicieron lo mismo que la primera, y lo mismo a la tercera y a la cuarta. Entonces ya no pude callar más, y exclamé: “¡Oh mis señores! Os ruego que me digáis por qué sois todos tuertos y a qué obedece el que os echéis por la cabeza ceniza, carbón y kohl, pues, ¡por Alah! prefiero la muerte a la incertidumbre en que me habéis sumido.” Entonces ellos replicaron: “¿Sabes que lo que pides es tu perdición?” Y yo contesté: “Venga mi perdición antes que la duda.” Pero ellos me dijeron: “¡Cui­dado con tu ojo izquierdo!” Y yo respondí: “No necesito el ojo izquier­do si he de seguir en esta perpleji­dad.” Y por fin exclamaron: “¡Cúm­plase tu destino! Te sucederá lo que nos sucedió; mas no te quejes, que la culpa es tuya. Y después de perdido el ojo izquierdo, no podrás venir con nosotros, porque ya somos diez y no hay sitio para el undécimo.”

Dicho esto, el anciano trajo un carnero vivo. Lo degollaron, le arran­caron la piel, y después de limpiarla cuidadosamente, me dijeron: “Vamos a coserte dentro de esa piel; y te colocaremos en la azotea del palacio. El enorme buitre llamado Rokh, capaz de arrebatar un elefante, te levantará hasta las nubes, tomándote por un carnero de veras, y para devorarte te llevará a la cumbre de una montaña muy alta, inaccesible a todos los seres humanos. Entonces con este cuchillo, de que puedes armarte, rasgarás la piel de carnero, saldrás de ella, y el terrible Rokh, que no ataca a los hombres, desapa­recerá de tu vista. Echa después a andar hasta que encuentres un pala­cio diez veces mayor que el nuestro y mil veces más suntuoso. Está reves­tido de chapas de oro, sus muros se cubren de pedrería, especialmente de perlas y esmeraldas. Entra por una puerta abierta a todas horas, como nosotros entramos una vez, y ya verás lo que vieres. Allí nos deja­mos todos el ojo izquierdo. Desde entonces soportamos el castigo mere­cido y expiamos nuestra culpa ha­ciendo todas las noches lo que viste. Esa es en resumen nuestra historia, que más detallada llenaría todas las páginas de un gran libro cuadrado. Y ahora, ¡cúmplase tu destino!”

Y como persistiera en mi resolu­ción, diéronme el cuchillo, me cosie­ron dentro de la piel de carnero, me colocaron en la azotea y se marcha­ron. Y de pronto noté que cargaba conmigo el terrible Rokh, remontan­do el vuelo, y en cuanto comprendí que, me había depositado en la cum­bre de la montaña, rasgué con el cuchillo la piel que me cubría, y salí de debajo de ella dando gritos para asustar al terrible Rokh. Y se alejó volando pesadamente, y vi que era todo blanco, tan ancho como diez elefantes y más largo que veinte camellos.

Entonces eché a andar muy de prisa, pues me torturaba la ímpacien­cia por llegar al palacio. Al verlo, a pesar de la descripción hecha por los diez jóvenes, me quedé admirado hasta el límite de la admiración. Era mucho más suntuoso de lo que me habían dicho. La puerta, principal, toda de oro, por la cual entré, tenía a los lados noventa y nueve puertas de maderas preciosas, de áloe y de sándalo. Las puertas de la salas eran de ébano con incrustaciones de oro y de diamantes. Y estas puertas conducían a los salones y a los jar­dines, donde se acumulaban todas las riquezas de la tierra y del mar.

No bien llegué a la primera habi­tación me vi rodeado de cuarenta jóvenes, de una belleza tan asombrosa, que perdí la noción de mí mismo, y mis ojos no sabían a cuál dirigirse con preferencia a las demás, y me entró tal admiración, que hube de detenerme, sintiendo que me daba vueltas la cabeza.

Entonces todas se levantaron al verme, y con voz armoniosa me dije­ron: “¡Que nuestra casa sea la tuya!, ¡oh convidado nuestro! ¡Tu sitio está sobre nuestras cabezas y en nuestros ojos!” Y me ofrecieron asiento en un estrado magnífico, sentándose ellas más abajo en las alfombras, y me dijeron: “¡Oh señor, somos tus esclavas, tu cosa, y tú eres nuestro dueño y la corona de nues­tras cabezas!”

Luego todas se pusieron a servir­me: una trajo agua caliente y toallas, y me lavó los pies; otra me echó en las manos agua perfumada, que vertía de un jarro de oro; la tercera me vistió un traje de seda con cin­turón bordado de oro y plata, y la cuarta me presentó una copa llena de exquisita bebida aromada con flo­res. Y ésta me mirada, aquélla me sonreía, la de aquí me guiñaba los ojos, la de más allá me recitaba versos, otra abría los brazos, exten­diéndolos perezosamente delante de mí, y aquélla otra hacía ondular su talle. Y la una suspirada: “¡ay!”, y otra: “¡huy!”, y ésta me decía: `¡Ojos míos!”, la de más allá: “¡Oh alma mía!”, la otra: “¡Entraña de mi vida!”, y la otra: “¡Oh llama de mi corazón!”

Después se me acercaron todas, y comenzaron a acariciarme, y me dijeron: “¡Oh convidado nuestro, cuéntanos tu historia, porque estamos sin ningún hombre hace tiempo, y nuestra dicha será ahora completa!” Entonces hube de tranquilizarme, y les conté una parte de mi historia, hasta que empezó a anochecer.

Inmediatamente encendieron nu­merosas bujías, y la sala quedó ilumi­nada como por el más espléndido sol. Luego pusieron los manteles, sir­vieron los manjares más exquisitos y las bebidas más embriagadoras, y unas tañían instrumentos melodiosas, cantando con encantadora voz, otras bailaban, y yo seguía comiendo.

Después de estas diversiones, me dijeron: “Estáis cansado de resultas del viaje que habéis hecho, y hora es ya de que toméis algún reposo; vuestro aposento está preparado; mas, antes de retiraros, escoged en­tre nosotras una para que os sirva.”

Yo, señora, mía, no sabía cuál ele­gir, pues todas eran igualmente desea­bles. A ciegas alargué los brazos, y cogí a una; ¡pero al abrir los ojos, los volví a cerrar, deslumbrado por su hermosura! Entonces aquella jo­ven me asió de la mano y me con­dujo al dormitorio.

Las siguientes noches, ¡oh señora mía! se deslizaron de la misma ma­nera, cada noche con una de las hermanas.

Un año completo duró esta feli­cidad. Llegó el final del año. La mañana del último día vi a todas las jóvenes al pie de mi cama, sueltas las cabelleras, llorando amargamen­te, poseídas de un gran dolor, y me dijeran: “Sabe, ¡oh luz de nuestros ojos! que hemos de abandonarte, como abandonamos a otros antes que a ti. Eres, en realidad, el más liber­tino y agradable de todos. Por este motivo, no podremos vivir sin ti.” Y yo les dije: “¿,Y por qué habéis de abandonarme? Porque yo tampoco quiero perder la alegría de mi vida, que está en vosotras.” Ellas contesta­ron “Sabe que somos todas hijas de un rey, pero de madre distinta. Des­de nuestra pubertad vivimos en este palacio, y cada año pone Alah en nuestra camino un hermoso doncel que nos agrada, como nosotras a él. Pero cada año hemos de ausentarnos cuarenta, días para visitar a nuestro padre y a nuestras madres. Y hoy es el día de la marcha.” Entonces dije: “Pero delicias mías, yo me quedaré en este palacio alabando a 'Alah hasta vuestro regreso.” Y ellas contestaron: “Cúmplase tu deseo. Aquí tienes todas las llaves del palacio, que abren todas las puertas. Él ha de servirte de mo­rada, puesto que eres su dueño; pero guárdate muy bien de abrir la puerta de bronce que está en el fondo del jardín, porque no volverías a. vernos y te ocurriría una gran desgracia. ¡Cuida, pues, de no abrir esa puerta!

Dicho esto, me abrazaron y besa­ron todas, una tras otra, llorando y diciéndome: “¡Alah sea contigo!” Y partieron, sin dejar de mirarme a través de sus lágrimas.

Entonces, ¡oh señora mía! salí del salón en que me hallaba, y con las llaves en la mano empecé a recorrer aquel palacio, que aún no había teni­do tiempo de ver, pues mi cuerpo y mi alma habían estado encadena­dos entre los brazos de las jóvenes. Y abrí con la primera llave la pri­mera puerta.

Me vi entonces en un gran huerto rebosante de árboles frutales, tan frondosos, que en mi vida los había conocido iguales en el mundo. Cana­lillos llenos de agua los regaban tan a conciencia, que las frutas eran de un tamaño y una hermosura indeci­bles. Comí de ellas, especialmente bananas, y también dátiles, que eran largos coma los dedos de un árabe noble, y granadas, manzanas y melo­cotones. Cuando acabé de comer di gracias por su magnanimidad a Alah, y abrí la segunda puerta con la se­gunda llave.

Cuando abrí esta puerta, mis ojos y mi olfato quedaron subyugados por una inmensidad de flores que llenaban un gran jardín regado por arroyos numerosos. Había allí cuan­tas flores pueden criarse en los jardines de los emires de la tierra: jazmines, narcisos, rosas, violetas, jacintos, anémonas, claveles, tulipa­nes, renúnculos Y todas las flores de todas las estaciones. Cuando hube aspirado la fragancia de todas las flores, cogí un jazmín, guardándolo dentro de mi nariz para gozar su aroma, y di las gracias a Alah el Altísimo por sus bondades.

Abrí en seguida la tercera puerta, y mis oídos quedaron encantados con las voces de numerosas aves de todos los colores y de todas las espe­cies de la tierra. Estaban en una pajarera construida- con varillas de áloe y de sándalo. Los bebederos eran de jaspe fino y los comederos de oro. El suelo aparecía barrido y regado. Y las aves bendecían al Creador. Estuve oyéndolas cantar; y cuando anocheció me retiré.

Al día siguiente me levanté tem­prano, y abrí la cuarta puerta con la cuarta llave. Y entonces, ¡oh, seño­ra mía! vi cosas que ni en sueños podría ver un ser humano. En medio de un gran patio había una cúpula de maravillosa construcción, con escale­ras de pórfido que ascendían hasta cuarenta, puertas de ébano, labradas con oro y plata. Se encontraban­ abiertas y permitían ver aposentos, espaciosos, cada uno de los cuales contenía un tesoro diferente, y valía cada tesoro más que todo mi reino. La primera sala, estaba atestada de enormes montones de perlas, grandes y pequeñas, abundando las grandes, que tenían el tamaño de un huevo de paloma y brillaban como la luna llena. La segunda sala superaba en riqueza a la primera, y aparecía re­pleta de diamantes, rubíes rojos, ru­bíes azules y carbunclos. En la terce­ra había esmeraldas solamente; en la cuarta, montones de oro en bruto; en la quinta, monedas de oro de todas las naciones; en la sexta, plata virgen; en la séptima monedas de plata, de todas las naciones: Las demás salas estaban llenas de cuan­tas pedrerías hay en el seno de la tierra y del mar: topacios, turquesas, jacintos, piedras del Yemen, coma­línas de los más viejos colores, jarro­nes de jade, collares, brazaletes, cin­turones y todas las preseas, en fin, usadas en las cortes de reyes y de emires.

Y yo, ¡oh señora mía! levanté las manos y los ojos y di gracias a Alah el Altísimo por sus beneficios: Y así seguí cada día abriendo una o dos o tres puertas hasta el cuadra­pésimo; creciendo diariamente mi asombro, y ya no me quedaba, más que la llave de la puerta de bronce, y pensé en las cuarenta jóvenes, y me sentí sumido en la mayor feli­cidad.

Pero el Maligno hacíame pensar en la llave de la puerta de bronce, tentándome continuamente, y la ten­tación pudo más que yo, y abrí la puerta. Nada vieron mis ojos, mí olfato notó un olor muy fuerte y hostil a los sentidos, y me desmayé, cayendo por la parte de fuera de la entrada y cerrándose inmediatamente la puerta delante de mí. Guando me repuse, persistí en la resolución ins­pirada por el Cheitán, y volví a abrir, aguardando a que el olor fuese menos penetrante.

Entré por fin, y me encontré en una espaciosa sala, con el suelo cubierto de azafrán y alumbrada por bujías perfumadas de ámbar gris e incienso y por magníficas lámparas de plata y oro llenas de aceite aro­mático, que al arder exhalaba aquel olor tan fuerte. Y entre lámparas; y candelabros vi un maravilloso caballo negro con una estrella blanca en la frente, y la pata delantera derecha y la trasera izquierda tenían asimis­mo manchas blancas en los extre­mos. La silla era de brocado y la brida una cadena de oro; el pesebre estaba lleno de sésamo y cebada bien cribada; el abrevadero contenía agua fresca perfumada con rosas­

Entonces, ¡oh señora mía! costo mi pasión mayor eran los buenos caballos, y yo el jinete más ilustre de mi reino, me agradó mucho aquel corcel, y cogiéndole de la brida le saqué al jardín y lo monté; pero no se movió. Entonces le di en el cuello con la cadena de oro. Y de pronto, ¡oh señora mía! abrió el caballo dos grandes alas negras, que yo no había visto, relinchó de un modo espan­toso, dio tres veces con los cascos en el suelo, y voló conmigo por los aires.

En seguida, ¡oh señora mía! empe­zó todo a dar vueltas a mi alrededor, pero apreté los muslos y me sostuve como buen jinete. Y he aquí que el caballo descendió y se detuvo en la azotea del palacio donde había yo encontrado a los diez tuertos. Y entonces se encabritó terriblemente y logró derribarme. Luego se acer­có a mí, y metiéndome la punta de una de sus alas en el ojo izquierdo, me lo vació sin que pudiera yo im­pedirlo y emprendió el vuelo otra vez, desapareciendo en los aires.

Me tapé con la mano el ojo huero, y anduve en todos sentidos par la azotea, lamentándome a impulsos del dolor. Y de pronto vi delante de mí a los diez mancebos, que decían: “¡No quisiste atendernos! ¡Ahí tienes el fruto de tu funesta terquedad! Y no puedes quedarte entre nosotros, por­que ya somos diez. Pero te indica­remos el camino para que marches a Bagdad, capital del Emir de los Creyentes Harún Al-Rachid, cuya fama ha llegado a nuestros oídos y tu destino quedará entre sus ma­nos.”

Partí, después de haberme afeitado y puesta este traje de saaluk, para no tener que soportar otras desgra­cias, y viajé día y noche, no parando hasta llegar a Bagdad, morada de paz, donde encontré a estos dos tuer­tos, y saludándoles, les dije: “Soy extranjero” Y ellos me contestaron: “También lo somos nosotros.” Y así, llegamos los tres, a esta bendita casa, ¡oh señora mía!

¡Y tal es la causa de mi ojo huero y de mis barbas afeitadas!”

Después de oír tan extraordina­ria historia, la mayor de las tres don­cellas dijo al tercer saakik. “Te per­dono. Acaríciate un poco la cabeza y vete.”

Pero el tercer saaluk contestó: ¡Por Alah! No he de irme sin oír las historias de los otros.”

Entonces la joven, volviéndose hacia el califa, hacia el visir Giafar y hacia el porta-alfanje, les dijo: “Contad vuestra historia.”

Y Giafar se le acercó, y repitió el relato que ya había contado a la joven portera al entrar en la casa. Y después de haber oído a Giafar, la dueña de la morada les dijo:

“Os perdono a todos, a los unos y a los otros. ¡Pero marchaos en seguida!”

Y todos salieron a la calle. Enton­ces el califa dijo a los saalik: “Com­pañeros, ¿adónde vais?” Y éstos con­testaron: “No sabemos dónde ir.” Y el califa les dijo: “Venid a pasar la noche con nosotros.” Y ordenó a Giafar: “Llévalos a tu casa y mañana me los traes, que ya veremos lo que se hace.” Y Giafar ejecutó estas órdenes.

Entonces entró ere su palacio el califa, pero no pudo dormir en toda la noche. Por la mañana se sentó en el trono, mandó entrar a los jefes de su Imperio, y cuando hubo despachado los asuntos y se hubieron marchado, volvióse hacia Giafar, y le dijo Tráeme las tres jóvenes, las dos perras y los tres saaluk.” Y Gia­far salió en seguida, y los puso a todos entre las manos del califa. Las jóvenes se presentaron ante él cubier­tas con sus velos. Y Giafar les dijo: “No se os castigará, porque sin cono­cernos nos habéis perdonado y favo­recido. Pero ahora estáis en manos del quinto descendiente de Abbas, el califa. Harún Al-Rachid. De modo que tenéis que contarle la verdad.”

Cuando las jóvenes oyeron las palabras de Giafar, que hablaba en nombre del Príncipe de los Creyen­tes, dio un paso la mayor, y dijo: “¡Oh Emir de los Creyentes! Mi historia es tan prodigiosa, que si se escribiese con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería una lección para quien la leyese con respeto.”

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 16a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que la mayor de las jóvenes se puso entre las manos del Emir de los Creyentes y contó su historia del siguiente modo:

HISTORIA DE ZOBEIDA, LA MAYOR DE IAS JÓVENES

¡Oh Príncipe de los Creyentes! Sabe que me llamo Zobeida; un her­mana, la que abrió la puerta, se llama Amina, y la más joven de to­das, Fahima. Las tres somos hijas del mismo padre, pero no de la mis­ma madre. Estas dos perras son otras hermanas mías, de padre y madre.

Al morir nuestro padre nos dejó cinco mil dinares, que se repartieron por igual entre nosotras. Entonces mis hermanas Amina y Fahima se separaran de mí para irse con su madre, y yo y las otras dos herma­nas, estas dos perras que aquí ves, nos quedamos juntas. Soy la más joven de las tres, pero mayor que Amina y Fahima, que están entre tus manos.

Al poco tiempo de morir nuestro padre, mis dos hermanas mayores se casaron y estuvieron algún tiempo conmigo en la misma casa. Pero sus maridos no tardaron en prepararse a un viaje comercial; cogieron los mil dinares de sus mujeres para comprar mercaderías, y se marcha­ron todos juntos, dejándome comple­tamente sola.

Estuvieron ausentes cuatro años; durante las cuales se arruinaron mis cuñados, y después de perder sus mercancías, desaparecieron, abando­nando en país extranjero a sus mu­jeres.

Y mis hermanas pasaron toda clase de miserias y acabaron por llegar a mi casa como unas mendigas. Al ver aquellas dos mendigas, no pude pensar que fuesen mis hermanas, y me alejé de ellas; pero entonces me hablaron, y reconociéndolas, les dije: ,”¿Qué os ha ocurrido? ¿Cómo os veo en tal estado?” Y respondie­ron: “¡Oh hermana! Las palabras ya nada remediarian, pues el cálamo corrió por lo que había mandado Alah.” Oyéndolas se conmovió de lástima mi corazón, y las llevé al hammam, poniendo a cada una un traje nuevo, y les dije: “Hermanas mías, sois mayores que yo, y creo justo que ocupéis el lugar de mis pa­dres. Y como la herencia que me tocó; igual que a vosotras, ha sido bendecida por Alah y se ha acrecen­tado considerablemente, comeréis sus frutos conmigo, nuestra vida se­rá respetable y honrosa, y ya no nos separaremos.” Y las retuve en mi casa y en mi corazón.

Y he aquí que las colmé de bene­ficios, y estuvieron en mi casi duran­te un año completo, y mis bienes eran sus bienes. Pero un día me dijeron: “Realmente, preferimos el matrimonio, y no podemos pasarnos sin él, pues se ha agotado nuestra paciencia al vernos tan solas.” Yo les contesté: “¡Oh hermanas! Nada bueno podréis encontrar en el matri­monio, pues escasean los hombres honrados. ¿No probasteis el matri­monio ya? ¿Olvidáis lo que os ha proporcionada?”

Pero no me hicieron caso, y se empeñaron en casarse sin mi consen­timiento. Entonces les di el dinero para las bodas y les regalé los equipos necesarios. Después se fueron con sus maridos a probar fortuna. Pero no haría mucho que se habían ido, cuando sus esposos se burlaron de ellas, quitándolas cuanto yo les di y abandonándolas. De nuevo regre­saron ambas desnudas a mi casa, y me pidieron mil perdones, dicién­dome: “No nos regañes, hermana. Cierto que eres la de menos edad de las tres, pero nos aventajas a todas en razón. Te prometemos no volver a pronunciar nunca la palabra casa­miento.” Entonces les dije: “¡Oh her­manas mías! Que la acogida en mi casa os sea hospitalaria. A nadie quiero como a vosotras.” Y les di muchos besos, y las traté con mayor generosidad que la primera vez.

Así transcurrió otro año entero, y al terminar éste, pensé fletar una nave cargada de mercancías y mar­charme a comerciar a Bassra. Y efectivamente, dispuse un barco, y lo cargué de mercancías y géneros y de cuanto pudiera necesitarse durante la travesía, y dije a mis hermanas: “¡Oh hermanas! ¿Preferís quedaros en mi casa mientras dure el viaje hasta mi regreso, o viajar conmigo?” Y me contestaron: “Viajaremos con­tigo, pues no podríamos, soportar tu ausencia.” Entonces las llevé conmi­go y partimos todas juntas.

Pero antes de zarpar había cuida­do yo de dividir mi dinero en dos partes; cogí la mitad, y la otra la escondí, diciéndome: “Es posible que nos ocurra alguna desgracia en el barco, y si logramos salvar la vida, al regresar, si es que regresamos, encontraremos aquí algo útil.”

Y viajamos día y noche; pero por desgracia, el capitán equivocó la ruta. La corriente nos llevó hasta un mar distinto por completo al que nos diri­gíamos. Y nos impulsó un viento muy fuerte, que duró diez días. Entonces divisamos una ciudad en lontananza, y le preguntamos al capi­tán: “¿Cuál es el nombre de esa ciudad adonde vamos?” Y contestó: “¡Por Alah que no lo sé! Nunca le he visto, pues en mi vida había entrado en este mar. Pero, en fin, lo importante es que estamos por fortuna fuera de peligro: Ahora sólo os queda bajar a la ciudad y exponer vuestra mercancías; Y si podéis vennderlas, os aconsejo que las vendáis.”

Una hora después volvió á acer­cársenos, y nos dijo: “¡Apresuraos a desembarcar, para ver en esa pobla­ción las maravillas del Altísimo!”

Entonces desembarcamos, pero apenas hubimos entrado en la ciu­dad, nos quedamos asombradas. Todos los habitantes estaban con­vertidos en estatuas de piedra negra. Y sólo ellos habían sufrido esta petri­ficación, pues en los zocos y en las tiendas aparecían las mercancías en su estado normal, lo mismo que las cosas de oro y de plata. Al ver aque­llo llegamos al límite de la admira­ción, y nos dijimos: “En verdad que la causa de todo esto debe de ser rarísima.”

Y nos separamos, para recorrer cada cual a su gusto las calles de la ciudad, y recoger por su cuenta cuan­to oro, plata y telas preciosas pudiese llevar consigo.

Yo subí a la ciudadela, y vi que allí estaba el palacio del rey. Entré en el palacio por una gran puerta de oro macizo, levanté un gran corti­naje de terciopelo, y advertí que todos los muebles y objetos eran de plata y oro. Y en el patio y en los aposentos, los guardias y chambe­lanes estaban de pie o sentados, pero petrificados en vida. Y en la última sala, llena de chambelanes, tenientes y visires, vi al rey sentado en su trono, con un traje tan suntuoso y tan rico, que desconcertaba, y apa­recía rodeado de cincuenta mama­lik con trajes de seda y en la mano los alfanjes desnudos: El trono estaba incrustado de perlas y pedrería, y cada. perla brillaba como una estre­lla. Os aseguro qué me faltó poco para volverme loca.

Seguí andando, no obstante, y llegué a la sala del harén, que hubo de parecerme más maravillosa toda­vía, pues era toda de oro, hasta las celosías de las ventanas. Las paredes estaban forradas de tapices de seda: En las puertas y en las, ventanas pen­dían cortinajes de raso y terciopelo. Y vi por fin, en medio de las esclavas petrificadas, a la misma reina, con un vestido sembrado de perlas deslumbrantes, enriquecida su corona por toda clase de piedras finas, osten­tando collares y redecillas de oro admirablemente cincelados. Y se ha­llaba también convertida en una esta­tua de piedra negra.

Seguí andando, y encontré abierta una puerta, cuyas hojas eran de plata virgen, y más allá una escalera de pórfido de siete peldaños, y al subir esta escalera y llegar arriba, me hallé en un salón de mármol blanco, cubierto de alfombras tejidas de oro, y en el centro, entre grandes cande­labros de oro, una tarima también de oro salpicada de esmeraldas y turquesas, y sobre la tarima un lecho incrustado de perlas y pedrería, cu­bierto con telas preciosas. Y en el fondo de la sala advertí una gran luz, pero al acercarme me enteré de que era un brillante enorme, como un huevo de avestruz, cuyas facetas despedían tanta claridad, que basta­ba, su luz para alumbrar todo el aposento.

Los candelabros ardían vergonzo­samente ante el esplendor de aquella maravilla, y yo pensé. “Cuando estos candelabros arden, alguien los ha encendido.”

Continué andando, y hube de pe­netrar asombrada en otros aposentos, sin hallar a ningún ser viviente. Y tanto me absorbía esto, que me olvidé de de mi persona, de mi viaje, de mi nave y de mis hermanas. Y todavía seguía maravillada, cuando la noche se echó encima. Entonces quise salir de palacio; pero no di con la salida, y acabé por llegar a la sala donde estaba el magnifico lecho y el brillan­te y los candelabros encendidos. Me senté en el lecho, cubriéndome con la colcha de razo azul bordada de plata y de perlas, y cogí el Libro Noble, nuestro Corán, que estaba escrito en magníficos caracteres de oro y bermellón, e iluminado con delicadas tintas, y me puse a leer algunos versículos para santificarme, y dar gracias a Alah, y reprender­me; y cuando hube meditado en las palabras del Profeta (¡Alah le ben­diga!) me tendí para conciliar el sueño, pero no pude lograrlo. Y el insomnio me tuvo despierta hasta media noche.

En aquel momento oí una voz dulce y simpática que recitaba El Corán. Entonces me levanté y me dirigí hacia el sitio de donde prove­nía aquella voz. Y acabé por llegar a un aposento cuya puerta aparecía abierta. Entré con mucho cuidado, poniendo a la parte de afuera la antorcha que me había alumbrado en el camino, y vi que aquello era un oratorio. Estaba iluminado por lám­paras de cristal verde que colgaban del techo, y en el centro había un tapiz de oraciones extendido hacia Oriente; y allí estaba sentado un hermoso joven que leía el Corán en alta voz, acompasadamente. Me sorprendió mucho, y no acertaba a comprender cómo había podido librarse de la suerte de todos los otros. Entonces avancé un paso y le dirigí mi saludo de paz, y él vol­viéndose hacia mí y mirándome fija­mente, correspondió a mi saludo. Luego le dije: “¡Por la santa verdad de los versículos del Corán que recitas, te conjuro a que contestes a mi pregunta!”

Entonces, tranquilo y sonriendo con dulzura, me contestó: “Cuando expliques quién eres, responderé a tus preguntas.” Le referí mi historia, que le interesó mucho, y luego le interrogué por las extraordinarias cir­cunstancias que atravesaba la ciudad. Y él me dijo: “Espera un momento.” Y cerró el Libro Noble, lo guardó en una bolsa de seda y me hizo sentar a su lado. Entonces le miré atentamente, y vi que era hermoso como la luna llena, sus mejillas parecían de cristal; su cara tenía el color de los dátiles frescos, y estaba adornado de perfecciones, cual si fuese aquel de quien habla el poeta en sus estrofas:

¡El que lee en los astros contem­plaba la noche! ¡Y de pronto surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:

¡Es el mismo Zohal, que dio a este astro la negra cabellera destrenzada, semejante a un cometa!

¡En cuanto al carmesí de sus mejillas, Mirrikh fue el encargado de extenderlo! ¡Los rayos penetrantes de sus ojos son las flechas mismas del Arquero de las siete estrellas!

¡Y Hutared le otorgó su maravillosa sagacidad y Abylssuha su valor de oro!

¡Y el astrólogo no supo qué pensar al verle, y se quedó perplejo! ¡Enton­ces, inclinándose hacia él sonrió el astro!

Al mirarle, experimentaba una profunda turbación de mis sentidos, lamentando no haberle conocido an­tes, y en mi corazón se encendían como ascuas. Y le dije: “¡Oh dueño y soberano mío, atiende a mi pre­gunta!” Y él me contestó:. “Escucho y obedezco.” Y me contó lo siguiente:

“Sabe, ¡oh mi honorable señora! que esta ciudad era de mi padre. Y la habitaban todos sus parientes y súbditos. Mi padre es el rey, que habrás visto en su trono, transfor­mado en estatua de piedra. Y la reina, que también habrás visto, es mi madre. Ambos profesaban la reli­gión de los magos adoradores del terrible Nardún. Juraban por el fuego y la luz, por la sombra y el calor, y por los astros que giran.

Mi padre estuvo mucho tiempo sin hijos. Yo nací a fines de su vida, cuando transpuso ya el umbral de la vejez. Y fui criado por él con mucho esmero, y cuando fui creciendo se me eligió para la verdadera felicidad.

Había en nuestro palacio una anciana musulmana, que creía en Alah y en su Enviado; pero oculta­ba sus creencias y aparentaba estar conforme con las de mis padres. Mi padre tenía en ella gran confianza, y muy generosa con ella, la colmaba de su generosidad, creyendo que compartía su fe y su religión. Me confió a ella, y le dijo: “Encárgate de su cuidado; enséñale las leyes de nuestra religión del Fuego y dale una educación- excelente, atendién­dole en todo.”

Y la vieja se encargó de mí; pero me enseñó la religión del Islam, des­de los deberes de la purificación y de las abluciones, hasta las santas fórmulas de la plegaria. Y me ense­ñó y explicó el Corán en la lengua del Profeta. Y cuando, hubo termi­nado de instruirme, me dijo: “¡Oh hijo mío! Tienes que ocultar estas creencias a tu padre, profesándolas en secreto, porque si no, te mata­ría.”­

Callé, en efecto; y no hacía mucho que había terminado mi instrucción, cuando falleció la santa anciana, repitiéndome su recomendación por última vez. Y seguí en secreto siendo un creyente de Alah y de su Profeta. Pero los habitantes de esta ciudad, obcecados por su rebelión y su cegue­ra, persistían en la incredulidad. Y un día la voz de un muecín, invi­sible retumbó como el trueno, lle­gando a los oídos más distantes:

¡Oh vosotros los que habitáis esta ciudad! ¡Renunciad a la ado­ración del fuego y de Nardún, y adorad al Rey único y Poderoso!”

Al oír aquello se sobrecogieron todos y acudieron al palacio del rey, exclamando: “¿Qué voz aterradora es esa que hemos oído? ¡Su amenaza nos asusta!” Pero el rey les dijo: “No os aterréis y seguid firmemente vuestras antiguas creencias.”

Entonces sus corazones se inclina­ron a las palabras de mi padre, y no dejaron de profesar la adoración del fuego. Y siguieron en su error, hasta que llegó el aniversario del día en que habían oído la voz por pri­mera vez. Y la voz se hizo oír por segunda vez, y luego por tercera vez, durante tres años seguidos. Pero a pesar de ello, no cesaron en su extravío. Y una mañana, cuando apuntaba el día, la desdicha y la mal­dición cayeron del cielo y los convir­tió en estatuas de piedra negra, co­rriendo la misma suerte sus caballos y sus mulos, sus camellos y sus ganados. Y de todos los habitantes fuí el único que se salvó de esta desgracia. Porque era el único cre­yente.

Desde aquel día me consagro a la oración, al ayuno y a la lectura del Corán.

Pero he de confesarte, ¡oh mi honorable dama llena de perfeccio­nes! que ya estoy cansado de esta soledad en que me encuentro, y quisiera tener junta a mí a alguien que me acompañase.” Entonces le dije:

“¡Oh joven dotado de cualidades! ¿Por qué no vienes conmigo a la ciudad de Bagdad? Allí encontrarás sabios y venerables jeiques versados en las leyes y en la religión. En su compañía aumentarás tu ciencia y tus conocimientos de derecho divino, y yo, a pesar de mi rango, será tú esclava y tu cosa. Poseo numerosa servidumbre, y mía es la nave que hay ahora en el puerto abarrotada de mercancías. El Destino nos arrojó a estas costas para que conociése­mos la población y ocasionarnos la presente aventura. La suerte, pues, quiso reunirnos.”

Y no dejé de instarle a marchar conmigo, hasta que aceptó mi ruego. En ese momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 17a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡óh rey afor­tunado! que la joven Zobeida no dejó de instar al mancebo, y de ins­pirarle el deseo de seguirla, hasta que éste consintió.

Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos­. Y la joven Zobéida se acostó enton­ces y durmió a los pies del príncipe. ¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!

Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún Al-Rachid, Gíafar y los tres saalik:

“Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos a revisar los tesoros, cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciu­dad, donde encontramos al capitán y a mis esclavos, que me buscaban desde el día antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven y la causa de la metamor­fosis de los habitantes de la ciudad con todos sus detalles. Y su relato les sorprendió mucho.

En cuanto a mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaran secretamente la perfidia contra mí. Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumentaba el cariño del principe. Esperamos a que nos fuera propicio el viento, desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: ¡Oh hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?” Y les contesté: “Mi propósito es que nos casemos.” Y acercándome a él, le declaré: “¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego que no me rechaces.” Y entonces me respondió: “Escucho y obedezco.” Al oírlo, me volví hacia mis hermanas y les dije; “No quiero más bienes que a este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan a ser de vuestra propiedad.” Y me contes­taron: “Tu voluntad es nuestro gus­to.” Pero se reservaban la traición y el daño.

Continuamos bogando con viento favorable, y salimos del mar del Terror, entrando en el de la Segu­ridad. Aun navegamos por él algu­nos días, hasta llegar cerca de la ciudad de Bassra, cuyos edificios se divisaban a lo lejos. Pero nos sor­prendió la noche, hubimos de parar la nave y no tardamos en dormir­nos.

Durante nuestro sueño se levanta­ron mis hermanas, y cogiéndonos a mí y al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los mártires. En cuanto a mí estaba escrito que me salvara, pues apenas caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de.una isla próxima. Puse a secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché a andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había huellas de pasos de seres hu­manos, hijos de Adán. Este camino comenzaba en la playa y se internaba en la isla. Entonces, después de ponerme los vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar a la orilla opuesta, desde la que se veía en lontananza la ciudad de Bassra. Y de pronto advertí una culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme a la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de impro­viso la culebra desplegó dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo llegué al límite del asombro.

Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio, y dormí próximamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada a mis plantas a una negra joven y her­mosa, que me estaba acariciando los pies. Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: “¿Quién eres y qué quieres?” Y me contestó: “Me he apresurado a venir a tu lado, porque me has hecho un gran favor matando a mi enemigo. Soy la cule­bra a quien libraste de la serpiente. Yo soy una efrita. Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba matarme. Y tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he encantado en forma de perras negras, y te las he traído.” Entonces vi las dos perras atadas a un árbol detrás de mí. Luego, la efrita prosiguió: “En seguida llevé a tu casa de Bag­dad todas las riquezas que había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave a pique. En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte. ¡Por­que Alah es el único Resucitador!”

Dicho esto, me cogió en brazos, desató a mis hermanas, las cogió también, y volando nos transportó a las tres, sanas y salvas, a la azotea de mi casa de Bagdad, o sea aquí mismo.

Y encontré perfectamente instala­das todas las riquezas y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado.

Después me dijo la efrita: “¡Por la inscripción santa del sello de Solei­mán, te conjuro a que todos los días pegues a cada perra trescientos lati­gazos! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te convertiré también en perra.”

Y yo tuve que contestarle: “Es­cucho y obedezco.”

Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las empecé a azotar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas,

Y tal es mi historia. Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! Que mi hermana Amina te va a contar la suya, que es aún más sorprendente que la mía.”

Ante este relato, el califa Harún Al-Rachid llegó hasta el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la noche anterior, y le dijo: “Sepa­mos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de esos, golpes con que lasti­maron tu cuerpo.”

HISTORIA DE AMINA, LA SEGUNDA JOVEN

Al oír estas palabras del califa, la joven Amina avanzó un paso, y llena de timidez ante las miradas im­pacientes, dijo así:

“¡Oh Emir de los Creyentes! No, te repetiré las palabras de Zobeida acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre mu­rió, yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos a vivir solas con nuestra madre, mien­tras mi hermana Zobeida y las otras dos marcharon con la suya.

- Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo esposo, dejándome como parte legal de herencia, según ordena nuestro código oficial, ochenta mil dinares en oro.

Me apresuré a comprarme con ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares: Y no hube de carecer absolutamente de nada.

Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino a visitar­me una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara tenía la nariz aplastada, peladas las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, Y le goteaba la nariz. Bien la describió el poeta:

¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis, le enseñaría todos los fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio únicamente! ¡Podría desen­redar a mil mulos que se hubieran enredado en una telaraña, y no rom­pería la tela!

La vieja me saludó y me dijo: “¡Oh señora llena de gracias y cualidades! Tengo en mi casa a una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo a rogarte (¡Alah otorgará la recompensa a tu bondad!) que te dignes honrarnos asistiendo a la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan humilde, que no conoce a nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la protección, del Altísimo.” Y después la vieja se echó a llorar y comenzó a besarme los pies. Yo que no conocía su perfidia, sentí lástima de ella, y le dije: “Escucho y obedezco.” Entonces dijo: “Ahora me ausento, con tu venia, y entre­tanto vístete, pues al anochecer vol­veré a buscarte.” Y besándome la mano, se marchó.

Fui entonces al hammam y me perfumé; después elegí el más hermo­so de mis diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran veló azul de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego de prolongarme los ojos con kohl. Y he aquí que volvió la vieja y me dijo: “¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia.” Llevé con­migo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar a una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de mármol y sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un pala­cio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegadas a la puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y a la entrada encontramos un corre­dor revestido de tapices y colgaduras. Colgaban dei artesonado lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros encendidos tam­bién y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales preciosos. Atra­vesamos este corredor, y llegamos a una sala tan maravillosa, que sería inútil describirla.

En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un techa de mármol incrustado de perlas y cubierto con un moscjuitero de raso.

Entonces vimos salir del lecho una joven tan bella como la luna. Y me dijo: “¡Marhaba!. ¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor honor humano! ¡Anastina! ¡Eres nuestro dulce consuelo, nues­tro orgullo! Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:

¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita de huésped tan encan­tador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante la huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!

¡Y exclamarían en su lengua: “¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor a las personas adornadas de grandza y de generosidad!”

Luego se sentó, y me dijo: “¡Oh hermana mía! He de anunciarte que ­tengo un hermano que te vio cierto día en una boda. Y este joven es muy gentil, y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche, te ama con todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente. Y él es quien ha dado dinero a la vieja para que fuese a tu casa y te trajese aquí con el pretexto que ha inven­tado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas cosas, porque son lícitas.”

Cuando oí tales palabras, y me vi conocida y estimada en aquella man­sión, le dije a la joven: “Escucho y obedezco.” Entonces, mostrando una gran alegría, dio varias palmadas. Y a esta señal, se abrió una puerta y entró un joven como la luna, según dijo el poeta:

¡Ha llegado a tal grado de hermo­sura, que se ha convertido en obra ver­daderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!

¡Ha llegado a la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres si enlo­quece de amor a todos los humanos!

¡Su hermosura resplandece a la vista, por estar inscrita en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!

Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven avanzó y fue a sentarse junto a su hermana, y en seguida entro el kadi con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí escri­bió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus sellos, y se fueron todos.

Entonces el joven se me acercó, y me dijo: “¡Sea nuestra noche una noche bendita!” Y luego añadió: ¡Oh señora mía! quisiera imponerte un condición.” Yo le contesté “Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?” Entonces se incorporo, trajo el Libro Sagrado, y me dijo. “Vas a jurar por el Corán que nunca elegi­rás a otro más que a mí, ni sentirás inclinación hacia otro.” Y yo juré observar la condición aquella. Al oirme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que su amor penetraba hasta el fon­do de mi corazón.

En seguirla los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos la noche, uno en bra­zos de otro, hasta que fue de día.

Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al con­cluir este mes, pedí permiso a mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este per­miso. Entonces me vestí y llevé conmigo a la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré a la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y a quien conocía muy de antiguo. Y añadió: “Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre.” Después, volviéndose hacia el mer­cader, le dijo: “Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama. “ Y dijo él: “Escucho y obedezco.” Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciendo­me observar sus cualidades, y yo le dije: “No me importan sus cuali­dades ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido más que a comprar lo que necesitamos, para volvernos luego a casa.”

Y cuando hubimos escogido la ­tela, ofrecimos al mercader el dinero de su importe. Pero él se negó a coger el dinero, y nos dijo: Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda.” Entonces le dije a la vieja: “Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela.” Y él exclamó: “¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras. Todo eso os lo regalo. En cambio, ¡oh hermosa joven, concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor a ese beso que a todas las mercancías de mi tienda.” Y la vieja le dijo riéndose: “¡Oh guapo mozo!, Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable.” Y a mí me dijo: “¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No tengas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso úni­camente, y en cambio, podrás esco­ger y tomar lo que más te plazca de todas esas telas preciosas.” Enton­ces contesté: “¿No sabes que estoy ligada por un juramento?” Y la vieja replicó: “Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también.” Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que hube de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo,” a fin de que no vieran nada los tran­seúntes. Entonces el joven mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios a mi mejilla y me besó. Pera a la vez me mordió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emocion.

“Cuando volví en mí, me encontré echada en las, rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto a la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido. En­tonces la vieja me dijo: “¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha! Y luego añadió: “Ahora tene­mos que volver a casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente.” Entonces me levan­té, y sin poder dominar mis pensa­mientos y mi terror por las conse­cuencias, eche a andar hacia mi casa, y mi espanto iba creciendo según mas acercábamos. Al llegar, entré en mi aposento y me fingí enferma.

A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: “¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?” Yo le contesté: “Nada. Estoy .bien.” Entonces me miró con atención, y dijo: “Pero ¿qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?” Y yo le dije enton­ces: “Cuando salí hoy con tu per­miso a comprar esas telas, un came­llo cargado de leña ha tropezado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desga­rrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!” Entonces se llenó de ira, y dijo: “¡Mañana mismo iré a ver al gober­nador para reclamar contra los carne­lleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar a todos!”-Al oírle, repliqué compasiva: “¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con peca­dos ajenos! Además, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que empezó a galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara, haciéndome esta herida en la mejilla.” Entonces exclamó él: “¡Mañana iré a ver a. Giafar Al-Barmaki, y, le contaré esta historia, para que maten a todos los arrieros de la ciudad.” Y yo le repuse: “Pero ¿vas a matar a todo el mundo por causa mía? Sabe que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, a quien gobierna.” Al oírme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: “¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas a sufrir el castigo de tu crimen!” Y me trató con las palabras más duras, y a una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me saca­ron de la cama y me tendieron en el centro del patio. Entonces mi esposa mandó a uno de estos negros que me sujetara por los hombros y se sentara sobre mí y a otro negro que se apoyase en mis rodillas para suje­tarme las piernas. Y en seguida avan­zó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo., “¡Oh mi señor! la asestaré un golpe que la partirá en dos mitades. Y otro negro añadió: “Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará a los peces del río de la Dejla, pues así debe castigarse a quien hace trai­ción al juramento y al cariño.” Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:

¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se robe­laría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría a mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos, nobles! ¡Porque no alcanzará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!

Entonces rni esposo dijo al negro que empuñaba la espada: “¡Oh valiente Saad! ¡Hiere a esa pérfida!” Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: “Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida.” Enton­ces le dije: “¡Oh servidor, de Alah el Optimo! dame nada más el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento.” Después, levanté al cielo la mirada, la volví a bajar y reflexioné acerca del estado mísero e ignominioso en que me veía, arra­sándoseme en lágrimas los ojos, y recité llorando estas estrofas:

¡Encendiste en mis entrañas la pasión, para enfriarte después! ¡Hiciste que mis ojos velarán largas noches, para dormirte luego!

¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos?

¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!

¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste más que para ser causa de mi desdicha y de la de toda mi juventud?

¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo muera escri­báis en la losa de mi tumba: “¡Aquí yace un gran culpablel ¡Uno que amó!”

¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor, dirigirá a mi tumba una mirada compasiva!

Terminados los versos, seguía llo­rando, y al oírme y ver mis lágrimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo-estas estancias:

¡Si así dejé a la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni can­sancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!

¡Ha querido asociar a otro a nuestra ventura, cuando ni mi corazón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!

Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de con­moverle, y dije para mí: “Me torna­ré sumisa y humilde. Y acaso me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas.” Y le dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:

¡En verdad te juro que, si quisieses ser justo no mandarías que me mata­sen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la separación nunca supo ser justo!

¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina o algún otro todavía más ligero!

¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!

Terminados los versos, mis sollo­zos continuaban. Y entonces me miró, me rechazó con ademán vio­lento, me llenó de injurias, y me recitó estos otros:

¡Atendiste a un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir todo tu abandono!

¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado; desdeñando mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo tuviste!

¡Y me apasionaré por otra, ya que a otro te inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros no tendré yo la culpa, sino tú solamente!

Y al concluir estos versos, dijo al negro: “¡Córtala en dos mitades! ¡Ya no es nada mío!”

Cuando el negro dio un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo ya segura mi muerte, me confié en Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar a la vieja, que se arrojó a los pies del joven, se puso a besarlos, y le dijo: “¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo a que perdones a esta cria­tura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldi­ciones caigan sobre ti.” Y luego rompió a llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: “¡Basta! Gracias a ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida.”

Entonces ordenó algo a los negros, e inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillero me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda espe­ranza de sobrevivir a tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fue, dejándome tendida en el suelo, man­dando a los esclavos que me aban­donasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme después a mi antigua casa, a favor de la obs­curidad. Y los esclavos lo hicieron así, llevándome a mi antigua casa, como les había ordenado su amo.

Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme, a causa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco a poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡To­dos habéis visto sus huellas!

Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fue víctima, de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruido, lo mismo que la calle donde estuvo, desde uno hasta el otro extremo. Y en el lugar de todas aquéllas maravillas no había más que montones de basura acumu­lados por las barreduras de la ciu­dad. Y a pesar de todas mis tenta­tivas, no conseguí noticias de mi esposo.

Entonces regresé al lado de Fahi­ma que seguía soltera, y ambas fuimos a visitar a Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y la de sus hermanas conver­tidas en perras. Y ella me contó su historia y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida me dijo: “¡Oh her­mana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte. ¡Pero gracias a Alah, ambas vivimos aún! ¡Per~ manezeamos juntas desde ahora! ¡Y sobre toda que no se pronuncie siquiera la palabra matrimonio!”

Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de pro­veedora, y baja al zoco todos, los días para comprar cuanto necesita­mos; yo tengo la misión de abrir la puerta a los que llaman y de recibir a nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, corre con el peso de la casa.

Y así hemos vivido muy a gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo al mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invita­mos a descansar en casa un momen­to. Y entonces entraron los tres saalik, que nos contaron sus histo­rías, y en seguida vosotros, vestidos de mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído a tu poder, ¡oh príncipe de los Cre­yentes!

¡Esta es mi historia!”

Entonces el califa quedó profun­damente maravillado, y...

En este momento de su narración, Schabrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 18a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­ttmado! que el califa Harún Al­-Rachid quedó maravilladísimo al oír las historias de las dos jóvenes Zobei­da y Amina, que estaban ante él con su hermana Fahima, las dos perras negras y los tres saalik, y dispuso que ambas historias, así como las de los tres saalik, fuesen escritas por los escribas de palacio con buena y esmerada letra, para conservar los manuscritos en sus archivos.

En seguida dijo a la joven Zobei­da: “Y después, ¡oh mi noble seño­ra! ¿no has vuelto a saber nada de la efrita que encantó a tus hermanas bajo la forma de estas dos perras?” Y Zobeida repuso: “Podría saberlo, ¡oh Emir de los Creyentes! pues me entregó un mechón de sus cabellos, y me dijo: “Cuando me necesites, quema un cabello de estos y me presentaré, por muy lejos que me halle, aunque estuviese detrás del Cáucaso.” Entonces el califa le dijo: “¡Dame uno de esos cabellos!” Y Zobeida le entregó el mechón, y el califa cogió un cabello y lo quemó. Y apenas hubo de notarse el olor a pelo chamuscado, se estremeció todo el palacio con una violenta sacudi­da, y la efrita surgió de pronto en forma de mujer ricamente vestida. Y como era musulmana, no dejó de decir al califa: “La paz sea contigo, ¡oh Vicario de Alah!” Y el califa le contestó: “¡Y desciendan sobre ti la paz, la misericordia de Alah, y sus bendiciones!” Entonces ella le dijo: “Sabe, ¡oh Príncipe de los Cre­yentes! que esta joven, que me ha llamado por deseo tuyo, me hizo un gran favor, y la semilla que en mí sembró siempre germinara, porque jamas he de agradecerla bastante los beneficios que la debo. A sus herma­nas las convertí en perras, y no las maté para no ocasionarla a ella mayor sentimiento. Ahora, si tú, ¡oh Príncipe de los Creyentes! deseas que las desencante, lo haré por con­síderación a ambos, pues no has de olvidar que soy musulmana.” Enton­ces el califa dijo: “En verdad que deseo las libertes, y, luego estudiare­mas el caso de la joven azotada, y si compruebo la certeza de su narra­ción, tomaré su defensa y la vengaré de quien la ha castigado con tanta injusticia.” Entonces la efrita dijo: ¡Oh Emir de los Creyentes! dentro de un instante te indicaré quién trató así a la joven Amina, quedándose con sus riquezas. Pero sabe que es el más cercano a ti entre los huma­nos.”

Y la efrita cogió una vasija de agua, e hizo sobre ella sus conjuros, rociando después a las dos perras, y diciéndoles: “¡Recobrad inmediata­mente vuestra primitiva forma huma­na!” Y al momento se transformaron las dos perras en dos jóvenes tan hermosas; que honraban a quien las creo.

Luego, la efríta, volviéndose hacia el califa, le dijo: “El autor de los malos tratos contra la joven Amina es tu propio hijo El-Amín.” Y le refirió la historia, en cuya veracidad creyó el califa por venir de labios de una segunda persona, no humana, sino efrita.

Y el califa se quedó muy asom­brado, pero dijo: “¡Loor a Alah porque intervine en el desencanto de las dos perras!” Después mandó llamar a su hijo El-Amín; le pidió explicaciones, y El-Amín respondió con la verdad. Y entonces el califa ordenó que se reuniesen los kadíes y testigos en la misma sala en don­de estaban los tres saalik, hijos de reyes, y las tres jóvenes, con sus dos hermanas desencantadas recien­temente.

Y con auxilio de kadies y testigos, casó de nuevo a su hijo El-Amín con la joven Amina; a Zobeida con el primer saalik, hijo de rey; a las otras dos jóvenes con los otros dos saalik, hijos de reyes; y por últirno mandó extender su propio contrato de casamiento con la más joven de las cinco hermanas, la virgen Fahi­ma, .¡la proveedora agradable y dulce!

Y mandó edificar un palacio para cada pareja, enriqueciéndoles para que pudieran vivir felices.

“Pero -dijo Schaharazada diri­giéndose al rey Schahriar- no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea más prodigiosa que la que ahora sigue.”
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