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《一千零一夜》連載三十八           ★★★★
《一千零一夜》連載三十八
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:36:53

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 856 NOCHE

Schahrazada dijo:

“Y había llevado a la casa la trinca en cuestión, de la que Kasín no podría servirse, y allí había espe­rado el regreso de su amo. En po­cas palabras, ella le puso al corrien­te de lo que pensaba hacer, plan que el leñador aprobó manifestando al mismo tiempo la admiración que sentía por su ingenio.

A la mañana siguiente, la dili­gente Morgana fue a ver al mis­mo vendedor de drogas y, con ros­tró lleno de lágrimas y con muchos suspiros, le pidió una droga que de ordinario sólo se da a los en­fermos moribundos, añadiendo: “Si este remedio no le cura, se ha perdido toda esperanza”; y al mismo tiempo tuvo cuidado de informar a todos las vecinos del barrio de la supuesta gravedad de Kasín, el her­mano de Alí Babá. Al día siguente por la mañana, cuando las gentes del barrio se despertaron, al oír gritos y lamentaciones, no dudaron de que eran proferidos par la esposa de Kasín, por la esposa del hermano de Kasín; por la joven Morgana y por todos los parientes, para así anun­ciar la muerte de Kasín.

Durante este tiempo, Morgana continuó realizando su plan dicién­dose: “Hija mía, no todo consiste en hacer pasar una muerte violen­ta por una muerte natural, ya que además hay un gran peligro: de­jar que las gentes se den cuenta de que el dífunto está cortado en seis trozos” Sin tardanza, corrió a casa de a un viejo zapatero re­mendón del barrío, que no lo conocía y, saludándole, le puso en la mano un dinar de oro y le dijo.: “¡Oh jeique Mustafá, tu trabajo me es necesario!” El viejo remendón que era hombre de naturaleza alegre, respondió: “¡Oh día luminoso, ben­dito por tu venida, oh rostro de lu­na! ¡Habla oh mi dueña, y te res­ponderé con la obedienda!” Morga­na le dijo: “¡Oh, mi tío Mustafá! ¡Levántate y ven conmigo, pero antes coge lo necesario para coser cuero!” Cuando él hizo lo que ella le pedía, tomó un pañuelo y ven­dándole los ojos, le dijo: “¡Es condición imprescindible! ¡Sin esto no hacemos nada!”; pera el zapatero gri­tó: “¡Oh joven ¿quieres que por un dinar reniegue de la fe de mis pa­dres o cometa algún robo o crimen extraordinario?” La joven le cortes­tó: “¡Alejado sea el maligno, oh jei­que! ¡Tranquiliza tu conciencia! No es nada de lo que imaginas, pues solo se trata de hacer una costura.” Mientras hablaba le puso en la mano una segunda pieza de oro que con­venció al remendón.

Morgana le cogió de la mano, con los ojos ya vendados, y le llevó a la casa de Alí Babá y allí le quitó el pañuelo y mostrándole el cuerpo del difunto, cuyos miembros ella misma había reunido, le dijo:' “Te he tráído aquí de la mano a fin de que cosas los seis trozos que ves”; y como el jeique retrocediese espantado, la ani­mosa Morgana le puso una nueva moneda de oro en la mano y le pro­metió otra más si hacía el trabajo rápidamente, lo que decidió al zapa­tero a ponerse a trabajar. Cuando concluyó la costura, Margana le volvió a vendar los ojos y despúés de darle la recompensa prometida, le dejó, apresurándose a regresar a su casa, volviendo la vista de vez en cuando para ver si era observada por el zapatero.

Una vez que llegó, tomó el cuer­po reconstruido de Kasín, lo perfumó con incienso y lo amortajó ayudada por Alí Babá. Y para evi­tar que los hombres que trajeran las parihuelas sospechasen nada, ella misma fue por ellas pagando genero­samente. Después, siempre ayudada por Alí Babá, puso el cuerpo en la caja mortuoria y la recubrió con te­las adecuadas. Mientras tanto, llega­ran el imán y demás dignatarias de la mezquita, y cuatro vecinos carga­ron las parihuelas sobre sus hom­bros; el imán se puso a la cabeza del cortejo seguido por los lectores del Corán.

Morgana, iba tras los portado­res llorosa y gimiente, golpeándose el pecho y mesándose los cabellos, en tanto que Alí Babá cerraba, la marcha, acompañado de algunos ve­cinos. Así llegaron al cementerio mientras que en la casa de Alí Babá las mujeres dejaban oír sus lamenta­ciones y gritos de dolor.

La verdad de aquella muerte que­dó al abrigo de toda indiscreción, sin que persona alguna sospechase lo más leve de la funesta aventura.

Por lo que respecta a los cua­renta ladrones, durante un mes se abstuvieron de volver a su refu­gio por temor a la putrefacción de los abandonados restos de Kasín, pero una vez que regresaron, su asombro no tuvo límites al no en­contrar los despojos de Kasín, ni se­ñal alguna de putrefacción. Esta vez reflexionaron seriamente acerca de la situación, y finalmente, el jefe de los cuarenta, dijo: “Sin duda hemos sido descubiertos y se conoce nues­tro secretos si no lo remediamos prontamente, todas las riquezas que nosotros y nuestros antecesores he­mos acumulado con tantos trabajos y peligros, nos serán arrebatadas por el cómplice del ladrón que hemos castigado. Es preciso que sin pérdida de tiempo matemos al otro, para lo que hay un solo medio, y es, que alguien que sea a la vez el más astu­to y audaz, vaya a la ciudad disfra­zado de derviche extranjero, y, usan­do de toda su habilidad, descubra quién es aquel al que nosotros hemos descuartizado y en qué casa ha­bitaba. Todas estas pesquisas deben ser hechas con gran prudencia, ya que una palabra de más podría com­prometer el asunto y perdemos a todos sin remedio, Estimo que aquel que asuma este trabajo debe compro­meterse a sufrir la pena de muerte si da pruebas de ineptitud en el cum­plimieto de su misión.” Al momen­to, uno de los ladrones, exclamó: “Me ofrezco para la empresa y acep­to las condiciones.” El jefe y sus camaradas le felicitaron colmándole de elogios y, disfrazado de derviche extranjero, partió rápidamente.

El bandido entró en la ciudad y vio que todas las casas y tiendas es­taban todavía cerradas a causa de lo temprano de la hora; únicamente la tienda del jeique Mustafá, el remen­dón, estaba abierta, y el zapatero, con la lezna en la mano, se disponía a arreglar una babucha de cuero de color de azafrán; al levantar la mira­da y ver al derviche, se apresuró a saludarle. Éste le devolvió el saludo y se admiró de que a su edad tuviese tan buena vista y manos tan expertas. El anciano, muy halagado y satisfe­cho, respondió: “¡Oh derviche! ¡Por Alah, que todavía puedo enhebrar la aguja al primer intento y puedo co­ser los seis trozos de un muerto en el fondo de un sótano poco iluminado!” El ladrón-derviche, al oír es­tas palabras, se alegró mucho y ben­dijo su destino que le conducía por el camino más corto hacia el logro de su misión, y aprovechando la ocasión, simuló asombro y exclamó: “¡Oh faz de bendición! ¿Seis trozos de un hombre? ¿Qué es lo que quie­res decir? ¿Es que en este país tenéis la costumbre de cortar a los muertos en seis pedazos y coserlos después?”

El jeique Mustafá se echó o reír y respondió: “¡No, por Alah! Aquí no se acostumbra hacer eso, pero yo sé lo que me digo y tengo muchas ra­zones para decirlo, mas por otra par­te, mi lengua es corta y esta mañana no me obedece.” El derviche-ladrón comenzó a reír, no tanto por el aire con que el remendón pronunciaba sus frases, como por atraerse su favor, y haciendo ademan de estrechar su mano, le dio una pieza de oro, diciendo: “¡Oh padre de la elocuen­cia! ¡Oh tío! ¡Que Alah me guarde de meterme donde no debo, pero si en mi calidad de extranjero puedo dirigirte una súplica, ésta será que me hagas la gracia de decirme don­de se levanta la casa en cuyo só­tano cosiste los restos del muerto!” .

Ei viejo remendón; respondió: “¡Oh jefe de los derviches! No podré indicártela, ya que yo mismo no la conozco. Sólo sé que, con los ojos vendados, fui conducido a ella por una joven embrujadora que hace las cosas coa una celeridad pasmosa. Sin embargo, si me vendasen los ojos de nuevo, podría encontrar la casa guiándome por las cosa que palpé con mis manos durante el camino; porque debes saber, sabio derviche, que el hombre ve con sus dedos co­mo con sus ojos, sobre todo si su piel no es tan dura como la de los cocodrilos. Por mi parte, tengo en­tre los clientes, cuyos honorables pies calzo, muchos ciegos clarividentes, gracias al ojo que tienen en cada dedo, pues no todos han de ser como el malvado barbero que todos los viernes me rapa la cabeza despelle­jándome atrozmente, ¡que Alah le maldiga!”

En este momento de su narración, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 857 NOCHE

Dijo Schahrazada:

“El derviche-ladrón, exclamó: “¡Benditos sean los pechos que te han alimentado y ojalá puedas enhe­brar la aguja durante mucho tiem­po y calzar, pies honorables, oh jei­que de buen augurio! ¡No deseo na­da, más que seguir tus indicaciones, a fin de que me ayudes a encontrar la casa en la que suceden cosas tan prodigiosas!”

El jeique Mustafá se levantó y el derviche le vendó los ojos, le llevó a la calle de la mano y mar­cho a su lado hasta la misma ca­sa de Alí Babá, ante la cual, Mus­tafá, le dijo: “Ciertamente es ésta; reconozco la casa por el olor que exhala a estiércol de asno y por este pedruzco que ya he pisado en otra ocasión.” El ladrón, muy contento, se apresuró a hacer una señal en la puerta de la casa con un trozo de tiza, antes de quitarle la venda al remendón. Después; mirando con agradecimiento a su compañero, le gratificó con otra pieza de oro y le prometió que le compraría las ba­buchas que necesitase hasta el fin de sus días; acto seguido, se apresuró a tomar el camino der bosque para ir a anunciar a su jefe el descubrí­miento que había hecho, pero como ya se verá, el ladrón no sabía que corría derecho a ver saltar su ca­beza sobre sus hombros.

En efecto, la diligente Morgana salió para ir a comprar provisiones y a su regreso del mercado notó que sobre la puerta había una mar­ca blanca; y examinándola con atención, pensó: “Esta marca no se ha hecho ella sola y la mano que la ha hecho no puede ser sino una mano enemiga, por lo que es pre­cisa, conjurar el maleficio”; y, co­rriendo a buscar un trozo de yeso, hizo una señal exactamente igual en las puertas de todas las casas de la calle; a derecha e izquierda. Cada vez que hacía una marca, dirigiéndose al autor de la primera señal, mentalmente, decía; “¡Los cin­co dedos de mi mano derecha en tu ojo izquiierdó, y los de mi mano izquierda en tu ojo derecho!”; por­que sabía que no hay fórmula más poderosa para conjurar las fuerzas invisibles, evitar los maleficios, y ha­cer caer sobre la cabeza del maldi­ciente las calamidades, ya sufridas o inminentes.

Cuando los malhechores, aleccio­nados por su compañero, entraron de dos en dos en la ciudad y se dirigieron a la casa señalada, se asombraron mucho al ver que to­das las puertas ele las casas de aque­lla calle tenían la misma señal. A una orden de su jefe regresaron a su cueva del bosque y una vez que estuvieron todos reunidos de nuevo, arrastraron hasta el centro del circu­lo que formaban al ladrón que tan mal había tomado sus precauciones y le condenaron a muerte; a conti­nuación y a una señal del jefe, le cortaron la cabeza. Pero como la ne­cesidad de encontrar al autor de to­do aquel asunto era más urgente que nunca, un segundo ladrón se ofreció a ir a investigar; el jefe escuchó la oferta con agrado y el ladrón par­tió de inmediato para la ciudad, don­se se puso en contacto con, el jeique Mustafá y se hizo conducir hasta la casa en la que se presumía fue­ron cosidos los seis trozos, e hizo en uno de los ángulos de la puerta una señal roja y regresó al bosque­

Cuando los ladrones, guiados por su compañero; llegaron a la calle de Ali Babá, encontraron que todas las puertas estaban marcadas con una señal roja, exactamente en el mismo sitio, ya que la sutil Morgana, al igual que la primera vez, había to­mado sus precauciones.

A su retorno a la caverna, la cabe­za del segundo ladrón-guía, siguió la misma suerte que la de su predece­sor, pero aquello no contribuyó a arreglar el asunto y sólo sirvió para disminuir la tropa en dos hombres, los más valerosos. El jefe reflexionó un buen rato acerca de la situación y dijo: “No encargaré este asunto a nadie más que a mí mismo”; y par­tió solo para la ciudad. Una vez en ella, no hizo como los demás, pues cuando Mustafá le hubo indicado la casa de Alí Babá no perdió el tiem­po marcando la puerta con yeso, si­no que observó atentamente su ex­terior para fijarlo en su memoria, ya que desde fuera aquella casa ofre­cía el mismo aspecto que todas las demás; cuando terminó su examen, regresó al bosque y reuniendo, a los treinta y siete ladrones supervivien­tes les dijo: “El autor del daño que hemos sufrido está descubierto, pues­to que conozco su casa. ¡Por Alah, que su castigo será terrtble! Por vuestra parte, daos prisa en traerme aquí treinta y ocho grandes tinajas de barro, de cuello largo y vientre ancho, todas vacías, excepto una que llenaréis de aceite de oliva; además, cuidad de que ninguna esté rajada.”

Los ladrones que estaban habitua­dos a ejecutar sin rechistar las órde­nes de su jefe, marcharon al mercado para comprar as treinta y ocho tinajas, que una vez compradas, car­garon de dos en dos en los caballos y regresaron al bosque. Reunidos de nuevo, el jefe dijo: “¡Despojaos de vuestras ropas y que cada uno se meta en una tinaja llevando única­mente sus armas, su turbante y sus babuchas.” Sin decir palabra, los treinta y siete ladrones saltaron de dos en dos sobre los caballos porta­dores de tinajas y como cada ca­ballo llevaba un par de aquéllas, una a la derecha y otra a la izquierda, cada bandido se dejó caer en una. De esta manera, se encontraron re­plegados sobre ellos mismos, con las rodillas tocando las barbillas, igual que están los pollos en el huevo a los veinte días. Se colocaron llevando en una mano la cimitarra y en otra un hatillo y las babuchas en el fondo de la tinaja. La única que iba llena de aceite iba de pareja con el ladrón que hacía el número treinta y siete.

Cuando los ladrones terminaron de colocarse -en las tinajas lo más cómodamente posible, el jefe se acercó y examinándolas una por una, cerró las bocas de los recípien­tes con fibra de palmera, a ñn de ocultar el contenido y al mismo tiempo, permitir a sus hombres res­pirar libremente. Para que los vian­dantes no pudiesen abrigar duda al­guna del contenido, tomó aceite de la tinaja que estaba llena y frotó con él las paredes externas de las demás tinajas. Entonces, el jefe se disfrazó, de mercader de aceite y conduciendo los caballos portadores der aquella mercancía improvisada se dirigió hacia la ciudad. Alah le pro­tegió y llegó sin contratiempo, por la tarde, ante la casa de Alí Babá, y para que todo se acabase de po­ner a su favor, Alí Babá en persona estaba a la puerta de su casa, sen­tado en el umbral, tomando el fres­co antes de la oración de la tarde.

En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 858 NOCHE

Ella dijo:

“El jefe detuvo los caballos. y después de saludar, a Alí Babá, le dijo: “¡Oh mi dueño! Tu esclavo es mercader de aceite y no sabe dónde ir a pasar la noche en una ciudad en la que no conoce a nadie, y es­pera de tu generosidad que le con­cedas hospitalidad hasta mañana, a él y a sus bestias, en el patio, de tu casa.” Al oír esta petición, el cora­zón de Alí Babá se ablandó acor­dándose de los tiempos en que fue pobre y, lejos de reconocer al jefe de los ladrones, al que había visto y oído en el bosque, se levantó en su honor y dijo: “¡Oh mercader de aceite! ¡Hermano mío, que mi mo­rada te sirva de descanso y que en ella puedas encontrar ayuda y fami­lia! ¡Sé bien venido!”; mientras ha­blaba le cogió de la mano y junto con los caballos, le condujo hasta el patio, y llamando a Morgana y a otro esclavo, les ordeno que ayuda­sen al huésped de Alah a descargar las vasijas y dar de comer a los ani­males. Cuando las vasijas estuvieron colocadas en buen orden en un ex­tremo del patio y los caballos ata­dos junto al muro y colgando del cuello de cada uno un saco lleno de avena, Alí Babá, siempre tan afa­ble, tomó a su huésped de la mano y le condujo al interior de la casa, donde le hizo sentar en el sitio de honor para tomar la comida de la tarde. Después que hubieron comí­do, bebido y dado las gracias a Alah por sus favores; Alí Babá, no que­riendo incomodar a su huésped, se retiró diciendo: “¡Oh mi dueño! ¡Mi casa es tu casa y lo que hay en ella, te pertenece!” Pero el mercader de aceite le llamó y le dijo: “¡Por Alah, oh mi huésped! Muéstrame el sitio de tu honorable casa en el que pue­da dar descanso a mis intestinos”; Alí Babá le condujo al lugar indica­do, que estaba situado en un ángulo de la casa, cerca de donde estaban las tinajas, y se apresuró a retirarse a fin de no perturbar las funciones digestivas del mercader de aceite.

Y, en efecto, el jefe de los bandi­dos no dejó de hacer lo que tenía que hacer; cuando terminó se aproximó a las tinajas, e inclinándose sobre cada una de ellas, dijo en voz baja: “Cuando oigas que unas piedrecitas golpean tu tinaja, no olvides salir y acudir junto a mí” y habiendo or­denado a su gente lo que debía ha­cer, penetró en la casa. Morgana, que le esperaba a la puerta de la cocina con una lámpara de aceite en la mano, le condujo a la habitación que le había preparado y se retiró. El bandido, por estar mejor dispuesto para la ejecución de su proyecto, se tendió sobre el lecho en el que pensaba dormir hasta la media no­che, y no tardó en roncar estrépito­samente. Y entonces pasó lo que de­bía pasar.

En efecto, mientras Morgana es­taba en su cocina, fregando los platos y cacerolas, la lámpara fal­ta de aceite, se apagó. Precisamen­te la provisión de aceite de la ca­sa se había acabado y Morgana, que había olvidado proveerse duran­te el día, se contrarió mucho y lla­mó a Abdalá, el nuevo esclavo de Alí Babá, a quien hizo partícipe de su contrariedad; éste comenzó a reír y dijo: “¡Por Alah, oh Morgana! Hermana mía, ¿cómo puedes decirme que no tenemos aceite en la casa cuando en este momento hay en el patio, apoyadas contra el muro, treinta y ocho tinajas llenas de acei­te de oliva y que; a juzgar por el olor, debe ser de excelente calidad? ¡Hermana mía!, no veo en ti la di­ligencia, entendimiento y recursos de Morgana;” Después añadió: “¡Her­mana mía, me vuelvo a dormir para poder levantarme con la aurora a fin de acompañar al baño a nuestro amo Alí Babá!”, y se fue a dormir no lejos de donde el mercader de acei­te resoplaba como un fuelle.

Morgana algo confundida por las palabras de Abdalá, tomó la vasija del aceite y fue al patio a llenarla en una de las tinajas. Se aproximó a la primera de ellas, la destapó y me­tió la vasija en la abertura, pero el cacharro, en lugar de sumergirse en aceite, chocó violentamente con­tra algo residente; aquella cosa se movió y se oyó una voz que decía: “¡Por Alah! ¡El guijarro que ha lan­zado el jefe debe ser del tamaño de una roca, por lo menos! ¡Éste es el momento!” y sacando la cabeza, se aprestó a salir de la tinaja. Mor­gana al encontrar a un ser viviente en aquella tinaja en lugar del aceite que esperaba, pensó que había lle­gado la hora de su destino, y, muy sorprendida en un principio, no pu­do dejar de pensar: ,”¡Soy muerta y todos los habitantes de la casa “perecerán sin remedio!; pero la vio­lencia de su emoción le devolvió todo su coraje y en vez de comen­zar a gritar aterrada, se inclinó so­bre la boca de la tinaja y dijo: “¡No, mozo, no! Tu amo duerme todavia. Espera que se despierte.”

Morgana era muy sagaz y lo había adivinado todo, pero para comprobar la gravedad de la situación quiso ins­peccionar las demás tinajas. Aunque la tentativa no dejaba de ser peligro­sa, se aproximó a cada, una, y, tan­teando la cabeza que asomaba tan pronto como la destapaba, decía: “¡Paciencia y .hasta luego!”; de esta manera contó hasta treinta y siete ca­bezas barbudas y vio que la tinaja númetro treinta y ocho era la única que estaba llena de aceite. Entonces, tomó la vasija y, con calma, fue a encender su lámpara para poder po­ner en ejecución el proyecto que su ingenio le había sugerido para sor­tear el peligro inminente.

De vuelta al patio, encendió fuego bajo la caldera que servia para la co­lada, y, sirviéndose de la vasija, la llenó de aceite; como el fuego estaba fuerte, el líquido no tardó en hervir. Entonces, llenó un gran cubo con aquel aceite hirviendo, aproximando­se a una tinaja, la destapó, vertiendo de golpe el liquido abrasador sobre la cabeza que intentaba salir, y al mo­mento, el bandido murió abrasado. Morgana, con mano segura, hizo correr la misma suerte a todos los que estaban encerrados en las tinajas y todos murieron abrasados, pues nin­gún hombre, aunque estuviese ence­rrado en una tinaja de siete paredes podría escapar al destino atado a su cuello. Una ves que realizó su designio, Morgana apagó el fuego, y, cubriendo las bocas de las tinajas con la fibra de palmera, regresó a la cocina, apagó la linterna, y que­dó a oscuras, resuelta a esperar el desenlace del asunto, que no se hizo esperar mucho tiempo.

En efecto, hacia la medianoche, el mercader de aceite se despertó y asomó la cabeza por la ventana que daba al patio, y no viendo ni oyendo nada, pensó que todos los de la casa debían estar durmiendo. Tal como había dicho a sus hom­bres, arrojó sobre las tinajas unos guijarros- que con él llevaba; co­mo tenía el ojo seguro y la mano hábil acertó todos los blancos y esperó, no dudando de que vería surgir a sus hombres blandiendo las armas, mas nada sucedió. Pensando que se habían dormido, les arrojó mas guijarros, pero no apareció ca­beza alguna. El jefe de los bandidos se irritó mucho con sus hombres, a los que creía dormidos, y se dirigió hacia ellos, pensando: “¡Hijos de pe­rrol ¡No valen para nada!”, pero al acercarse a las tinajas hubo de re­troceder, tan espantoso era el olor a aceite quemado y a carne abrasada que exhalaban. Se aproximó de nue­vo y tocando las paredes de una de ellas sintió que estaban tan calien­tes como las paredes de un horno y levantando las tapas vio a sus hom­bres, uno tras otro, humeantes y sin vida.

A la vista de este espectáculo, el jefe de los ladrones comprendió de qué manera tan atroz habían pe­recido sus hombres, y, dando un sal­to prodigioso, alcanzó la cima del muro, se descolgó a la calle, y dan­do sus piernas al viento se perdió en la oscuridad de la noche.

En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 859 NOCHE

Schahrazada dijo:

“Y llegando a su cueva, se sumer­gió en sombrías reflexiones acerca de lo que debía hacer para vengar lo que debía ser vengado. En cuanto a Morgana, que acababa de salvar la casa de su dueño y las vidas de cuantos habitaban en ella, una vez que se hubo dado cuenta de que con la huida del mercader de aceite ha­bía desaparecido todo peligro, espe­ró tranquilamente a que amaneciera para ir a despertar a su dueño Alí Babá. Cuando éste se hubo vestido, sorprendido de que se le despertara tan temprano sólo para ir al baño, Morgana le llevó ante las tinajas y le dijo: “¡Oh, mi dueño! ¡Levanta la primera tapa y mira dentro!” Alí Babá, al hacerlo, se horrorizó y Mor­gana se apresuró a contarle cuanto había pasado, sin omitir un detalle, mas no es útil repetirlo aquí; e igual­mente le contó la historia de las marcas blancas y rojas de las puer­tas, pero tampoco es de utilidad re­petirla.

Cuando Alí Babá hubo escucha­do el relato de su esclava, lloró de emoción, y, estrechando a la jo­ven con ternura contra su corazón, le dijo “¡Bendita hija y bendito el vientre que te llevó! Ciertamente que el pan que has comido en está casa no ha sido comido con ingratitud. ¡Eres mi hija y la hija de la madre de mis hijos y de ahora en adelan­te serás mi primogénita!”, y conti­nuó diciéndole palabras amables, agradeciéndole su sagacidad y va­lentía. Después de esto, Alí Babá, ayudado por Morgana y el esclavo Abdalá, procedió al entierro de los ladrones, cuyos cuerpos, tras pensar­lo mucho, decidió enterrar en una fosa enorme que cavaría en el jar­dín, haciéndolo él mismo para no llamar la atención de los vecinos. Así es como se desembazaró de aque­lla gente maldita.

Muchos días transcurrieron en ca­sa de Alí Babá en medio del rego­cijo y de la alegría, menudearon los comentarios sobre los detalles de aquella aventura prodigiosa y dando gracias a Alah por su protección. Morgana era mas querida que nunca y Alí Babá junto con sus dos esposas e hijos, se esforzaba en darle mues­tras de su agradecimiento y amistad.

Un día el hijo mayor de Alí Babá, que era quien regía la antigua tien­da de Kasín, dijo a su padre: “Padre mío, no sé qué hacer para agradecer a mi vecino el mercader Hussein to­das las atenciones con que me abru­ma desde su reciente instalación en el mercado. He aquí que ya he acepta­do en cinco ocasiones participar, de su comida del mediodía, sin ofrecerle nada en cambio. ¡Oh padre! Yo de­searía invitarle aunque no fuese más que una sola vez y resarcirle de to­das sus atenciones con un festín sun­tuoso y único, ya que convendrás en que es conveniente agasajarle debi­damente, en justa correspondencia, a las atenciones que ha tenido para conmigo.”

Alí Babá, rspondió: “¡Hijo mío, ciertamente ése es el mas gran­de de los deberes! Tendrás que de­jarlo todo a mi cargo y no preo­cuparte por nada. Precisamente, ma­ñana viernes, día de descanso, lo aprovecharás para invitar a tu veci­no Hussein a venir a tomar con nos­otros el pan y la sal, y si por dis­creción busca algún pretexto, no te­mas insistir y tráele a nuestra casa, en la que espero que encuentre un agasajo digno de su generosidad.”

A la mañana siguiente, después de la oración, el hijo de Alí Babá invitó a Hussein, el mercader que reciente­mente se había instalado en el mer­cado, a dar un paseo. En compañía de su vecino, dirigió sus pasos precisamerae hacia el barrio donde es­taba su casa. Alí Babá, que los esperaba en el umbral, se acercó a ellos con rostro sonriente y después de saludarlos, expresó a Hussein su gratitud por las deferencias que te­nía para con su hijo y le invito cor­dialmente a que entrase en su casa a descansar y a compartir con su hijo y con él, la comida de la tarde, y añadió: “¡Bien sé que haga lo que haga, no podré recompensar las aten­clones que has tenido con mi hijo, pero, en fin, espero que aceptes el pan y la sal de la hospitalidad!”

Hussein respondió: “¡Por Alah, oh mi dueño! Tu hospitalidad es gran­de ciertamente, pero ¿cómo puedo aceptarla si tengo hecho juramento de no probar nunca alimentos sazo­nados con sal y de no probar jamás ese condimento?” Alí Babá, respon­dió: “No tengo más que decir una palabra en la cocina y los alimen­tos serán preparados sin sal ni nada parecido.” Y de tal modo instó al mercader; que le obligó a entrar en su casa. Rápidamente corrió a preve­nir a Morgana para que no echara sal a los alimentos y prepararan las viandas, rellenos y pasteles, sin la ayuda de aquel condimento. Morga­na, muy sorprendida por el horror de aquel huésped hacia la sal, no sa­biendo a qué atribuir un deseo tan extraño comenzó a reflexionar so­bre el asunto, pero no olvidó preve­nir a la cocinera negra de que debía atenerse, a la orden de su dueño Alí Babá..

Cuando la comida estuvo lista, Morgana la sirvió en los platos y ayudó al esclavo Abdalá a llevarla a la sala del festín, y, como era de natural muy curiosa, de vez en cuan­do echaba una ojeada al huésped a quien no le gustaba la sal.

Cuando la comida terminó, Morgana se retiró para dejar a su dueño conversar a gusto con su invitado. Al cabo de una hora la joven entró nuevamente en la sala, y, con gran sorpresa de Alí Babá, ataviada co­mo una danzarina: la frente adorna­da con una diadema de zequíes de oro, el cuello rodeado por un collar de ámbar, el talle ceñido con un cinturón de mallas de oro, y brazale­tes de oro con cascabeles en las mu­ñecas y tobillos, según la costumbre de las danzarinas de profesión. De su cintura colgaba el puñal de em­puñadura de jade y larga hoja que sirve para acompañar las figuras de la danza. Sus ojos de gacela enamo­rada, ya tan grandes de por sí y de tan profunda mirada, estaban pintados con kohl negro hasta las sienes, lo mismo que sus cejas, alargadas en amenazador arco. Así ataviada y adornada, avanzó con pasos medi­dos, erguida y con los senos enhies­tos. Tras ella entró el joven esclavo Abdalá llevando en su mano dere­cha, a la altura de la cintura, un tambor sobre el que redoblaba muy lentamente, acompañando los pasos de la esclava.

Cuando Morgana llegó ante su dueño, se inclinó graciosamente y sin darle tiempo a recuperarse de la sorpresa que le había producido aquella entrada inesperada, se vol­vió hacia el joven Abdalá y le hi­zo una ligera seña. Súbitamente, el redoble del tambor se aceleró Morgana bailó ágil como un pa­jaro, todos los pasos imaginables, dibujando todas las figuras, como lo hubiese hecha en el palacio de los reyes una danzarina de profe­sión. Danzó como sólo pudo ha­cerlo ante Seúl, sombrío y triste, Da­vid, el pastor. Bailó la danza de los velos, la del pañuelo, la del bastón, las danzas de los judíos, de los grie­gos, de los etíopes, de los persas y de los beduinos, con una ligereza tan maravillosa que, ciertamente, sólo Balkin, la amante reina de Solimán, hubiese podido hacerlo igual.

Terminó de bailar sólo cuando el corazón de su dueño, el hijo de su dueño y el del mercader invitado de su amo cesaron de latir y la con­templaron con ojos arrobados. En­tonces, comenzó la danza del puñal; en efecto, sacando de improviso el puñal de su funda de plata, ondu­lante por su gracia y actitudes, dan­zó al ritmo acelerado del tambor, con el puñal amenazador, flexible, ardiente, salvaje y como sostenida por alas invisibles.

La punta del arma tan pronto se dirigía contra algún enemigo invisible como hacia los bellos senos de la exaltada adolescente. En aquellos momentos, la concurrencia profería un grito de alarma, tan próximo pa­recía estar el corazón, de la danza­rina de la punta mortífera del arma, pero poco a poco el ritmo del tambor se hizo más lento y le atenuó su re­doble hasta el silencio completo, y Morgana cesó de bailar.

La joven se volvió hacia el es­clavo Abdalá, quien a una nueva señá, le arrojó el tambor que ella atrapó al vuelo, y se sirvió de él para tenderlo a los tres espectado­res, según la costumbre de las bai­larinas, solicitando su dádiva. Alí Babá, aunque molesto en un princi­pio por la inesperada entrada de su esclava, pronto se dejó ganar por tanto encanto y arte y arrojó un di­nar de oro en el tambor. Morgana se lo agradeció con una profunda re­verencia y una sonrisa y tendió el tambor al hijo de Alí Babá, que no fue menos generoso que su padre. Llevando siempre el tambor en la mano izquierda, lo presentó al hués­ped a quien no le gustaba la sal. Hussein tiró de su bolsa y se dispo­nía a sacar algún dinero para aque­lla bailarina codiciable, cuando de súbito Morgana, que había retroce­dido dos pasos, se abalanzó contra él como un gato salvaje y le clavó en el corazón el puñal que blandía en la diestra. Hussein con los ojos fuera de las órbitas, medio exhaló un suspiro, y, cayendo de bruces sobre el tipaz, dejó de existir. Alí Babá y su hijo, en el colmo del espanto y de la indignación, se lan­zaron hacia Morgana, que tembloro­sa por la emoción, limpiaba su pu­ñal en el velo de seda y como la creyesen víctima del delirio y de la locura, la asieron de las manos para quitarle el arma, pero ella con voz tranquila, les dijo: “¡Oh amos míos! ¡Alabemos a Alah que ha dirigido el brazo de una débil joven, para así castigar al jefe de vuestros enemi­gos! ¡Ved si este muerto no es el mercader de aceite, el capitán de los ladrones, el hombre que no quiso probar la sal de la hospitalidad!”

Mientras hablaba, despojó de su manto al cuerpo caído, y mostró ba­jo sus largas barbas, al enemigo que había jurado su destrucción. Cuan­do Alí Babá reconoció en el cuerpo inanimado de Hussein al mercader de aceite dueño de las tinajas y jefe de los bandidos, comprendió que por segunda vez debía su vida y la de su familia a la adhesión atenta y al coraje de la joven Morgana, por lo que abrazándola, con lágrimas en los ojos; le dijo: “¡Oh Morgana, hi­ja mía! Para que mi dicha sea com­pleta, ¿quieres entrar definitivamente en mi familia como esposa de mi hijo, ese bello joven que aquí está con nosotros?” Morgana besó la ma­no de Alí Babá y respondió: “Aca­to y obedezco.”

El matrimonio de Morgana con el hijo de Alí Babá se celebró sin tardanza ante el kadí y los testigos, en medio de gran alegría y rego­cijo. El cuerpo del jefe de los han­didos, ¡que, él sea maldito!, se en­terró en secreto en la fosa común que había servido de sepultura a sus antiguos compañeros.

En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

PERO CUANDO LLEGO LA 860 NOCHE

Dijo Schahrazada:

“Después del matrimonio de su hijo, Alí Babá escuchaba atentamen­te las opiniones de Morgana, y, si­guiendo sus consejos, durante algún tiempo se abstuvo de volver a la ca­verna por temor de encontrar a los dos bandidos restantes, cuya muerte ignoraba, y que en realidad, como tú sabes, rey afortunado, habían sido ejecutados por orden de su capitán.

Hasta que pasó un año no estuvo tranquilo a ese respecto, pero una vez hubo transcurrido ese tiempo se decidió a visitar la caverna en com­pañía de su hijo y de la avisada Mor­gana. Ésta, que durante el camino no dejó de observar cuanto veía, al llegar a la roca se apercibió de que los arbustos y las grandes hierbas obstruían por completo el sendero que rodeaba a aquélla y que, por otra parte, en el suelo no había ras­tro de pisadas humanas ni huella al­guna de caballos, por lo que, dedu­ciendo que desde mucho tiempo atrás nadie debía haberse acercada a aquellos parajes, dijo a Alí Babá: “¡Oh tío mío! ¡No hay inconvenien­te; podemos entrar sin peligro!” Alí Babá extendió las manos hacia la puerta de piedra y pronunció la fórmula mágica, diciendo “¡Sésamo, ábrete!” Lo mismo que otras veces, la huerta obedeció como si fuese mo­vida por servidores invisibles y se abrió dejando paso libre a Alí Babá, a su hijo, y a la joven Morgana. El antiguo leñador comprobó que, en efecto, nada había cambiado desde su última visita al tesoro; por lo que se apresuró a mostrar a Morgana y a su hijo las fabulosas riquezas, de las que era él único dueño.

Una vez que vieron cuanto había en la caverna, llenaron de oro y pe­drería tres sacos grandes que habían llevado con ellos y, volviendo sobre sus pasos, después de pronunciar la fórmula de apertura, salieron de la cueva.

Dese entonces vivieron con tran­quilidad, usando con moderación y prudencia las riquezas que les había otorgado el Generoso, que.es el úni­co grande. Así es como Alí Babá, el leñador propietario de tres asnos por toda fortuna, llegó a ser, gra­cias a su destino, el hombre más rico y respetado de su ciudad natal.

¡Gracias a Aquel que da sin medi­da a los humildes de la tierra! He aquí, ¡oh rey afortunado! -continuó diciendo Schahrazada-; lo que sé de la historia de Alí Babá y los cua­renta ladrones, pero ¡más sabio es Alah!

El rey Schahriar dijo:

  -Ciertamente, Schahrazada, que ésta es una historia asombrosa, pues la joven Morgana no tiene par en­tre las mujeres de hoy. Bien lo sé yo, que me vi obligado a cortar la cabeza de todas las desvergonzadas de mi palacio.
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