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《一千零一夜》連載三十六           ★★★★
《一千零一夜》連載三十六
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:36:57

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 765 NOCHE

Ella dijo:

“...Escupo en tu cara. Piso tu cabeza, ¡oh Aladino! ¡oh pájaro de horca! ¡oh rostro de pez y de brea!” Y durante una hora de tiempo estu­vo escupiendo al aire y al suelo, ho­llando con los pies a un Aladino imaginario y abrumándote a jura­mentos atroces y a insultos de todas las variedades, hasta que se calmó un poco. Pero entonces resolvió ven­garse a toda costa de Aladino y ha­cerle expiar las felicidades de que en detrimento suyo gozaba con la posesión de aquella lámpara mágica que le había costado al mago tantos esfuerzos y tantas- penas inútiles. Y sin vacilar un instante se puso en camino para la China. Y como la rabia y el deseo de venganza le da­ban alas, viajó sin detenerse, medi­tando largamente sobre los medios de que se valdría para apoderarse de Aladino; y no tardó en llegar a la capital del reino de China. Y paró en un khan, donde alquiló una vi­vienda. Y desde el día siguiente a su llegada empezó a recorrer los si­tios públicos y los lugares más fre­cuentados; y por todas partes sólo oyó hablar del emir Aladino, de la hermosura del emir Aladino, de la generosidad del emir Aladino y de la magnificencia del emir Aladino. Y se dijo: “¡Por el fuego y por la luz que no tardará en pronunciarse éste nombre para sentenciarlo a muerte!” Y llegó al palacio de Aladi­no, y exclamó al ver su aspecto im­ponente; “¡Ah! ¡ah! ¡ahí habita aho­ra el hijo del sastre Mustafá, el que no tenía un pedazo de pan que echar­se a la boca al llegar la noche! ¡ah! ¡ah! ¡pronto verás, Aladino, si mi Destino vence o no al tuyo, y si obligo o no a tu madre a hilar lana, como en otro tiempo, para no morir­se de hambre, y si cavo o no con mis propias manos la fosa adonde irá ella a llorar!” Luego se acercó a la puerta principal del palacio, y después de entablar conversación con el portero consiguió enterarse de que Aladino había ido de caza por varios días. Y pensó: “¡He aquí ya el principio de la caída de Aladino! ¡En ausencia suya podré obrar más libremente! ¡Pero, ante todo, es preciso que sepa, si Aladino se ha lle­vado la lámpara consigo o si la ha dejado en el palacio! Y se apresuró a volver a su habitación del khan, donde cogió su mesa geomántica y la interrogó. Y el horóscopo le reve­ló que Aladino había dejado la lám­para en el palacio.

Entonces el maghrebín, ebrio de alegría, fue al zoco de los caldere­ros y entró en la tienda de un mer­cader de linternas y lámparas de co­bre, y le dijo: “¡Oh mi señor! nece­sito una docena de lámparas de co­bre completamente nuevas y muy bruñidas!” Y contestó el mercader: “¡Tengo lo que necesitas!” Y le pu­so delante doce lámparas muy bri­llantes y le pidió un precio que le pagó el mago sin regatear. Y las cogió y las puso en un cesto que había comprado en casa del cestero. Y salió del zoco.

Y entonces se dedicó a recorrer las calles con el cesto de lámparas al brazo, gritando: “¡Lámparas nue­vas! ¡A las lámparas nuevas! ¡Cam­bio lámparas nuevas por otras vie­jas! ¡Quien quiera el cambio que venga por la nueva!” Y de este modo se encaminó al palacio de Ala­dino.

En cuanto los pilluelos de las ca­lles oyeron aquel pregón insólito y vieron el amplio turbante del magh­rebín dejaron de jugar y acudieron en tropel. Y se pusieron a hacer pi­ruetas detrás de él, mofándose y gri­tando a coro: “¡Al loco! ¡al loco!” Pero él, sin prestar la menor aten­ción a sus burlas, seguía con su pregón, que dominaba las cuchufletas: “¡Lámparas nuevas! ¡A las lámparas nuevas! ¡Cambio lámparas nuevas por otras viejas! ¡Quien quiera el cambio que venga por la nueva!”

Y de tal suerte; seguido por la burlona muchedumbre de chiquillos, llegó a la plaza que había delante de la puerta del palacio y se dedicó a recorrerla de un extremo a otro para volver sobre sus pasos y reco­menzar, repitiendo, cada vez más fuerte, su pregón sin cansarse. Y tanta maña se dio, que la princesa Badrú’l-Budur, que en aquel mo­mento se encontraba en la sala de las noventa y nueve ventanas, oyó aquel vocerío insólito y abrió una de las ventanas y miró a la plaza. Y vio a la muchedumbre insolente y burlona de pilluelos, y entendió el extraño pregón del maghrebín. Y se echó a reír. Y sus mujeres entendie­ron el pregón y también se echaron a reír con ella. Y le dijo una “¡Oh mi señora! ¡precisamente hoy, al lim­piar el cuarto de mi amo Aladino, he visto en una mesita una lampara vieja de cobre! ¡Permíteme, pues, que vaya a cogerla y a enseñársela a ese viejo maghrebín, para ver si realmente, está tan loco como nos da a entender su pregón, y si con­siente en cambiárnosla por una lám­para nueva!” Y he aquí que la lam­para vieja de que hablaba aquella esclava era precisamente la lámpara mágica de Aladino. ¡Y por una des­gracia escrita por el Destino, se ha­bía olvidado él, antes de partir, de guardarla en el armario de nácar en que generalmente la tenía escondi­da, y la había dejado encima de la mesilla! ¿Pero es posible luchar con­tra los decretos del Destino?

Por otra parte, la princesa Badrú'l­-Budur ignoraba completamente la existencia de aquella lámpara y sus virtudes maravillosas. Así es que no vio ningún inconveniente en el cam­bio de que le hablaba su esclava, y contestó: “¡Desde luego! ¡Coge esa lámpara y dásela al agha de los eu­nucos, a fin de que vaya a cambiar­la por una lámpara nueva y nos ria­mos a costa de ese loco!” Entonces la joven esclava fue al aposento de Aladino, cogió la lám­para mágica que estaba encima de la mesilla y se la entregó al alha de los eunucos. Y el agha bajó al punto a la plaza, llamó al maghrebín, le enseñó la lámpara que tenía, y le dijo: “¡Mi señora desea cambiar es­ta lámpara por una de las nuevas que llevas en ese cesto!”

Cuando el mago vio la lámpara la reconoció al primer golpe de vista y empezó a temblar de emoción. Y el eunuco le dijo: “¿Qué te pasa? ¿Acaso encuentras esta lampara de­masiado vieja para cambiarla?” Pe­ro el mago, que había dominado ya su excitación, tendió la mano con la rapidez del buitre que cae sobre la tórtola, cogió la lámpara que le ofrecía el eunuco y se la guardó en el pecho. Luego presentó al eunuco el cesto, diciendo: “¡Coge la que más te guste!” Y el eunuco escogió una lámpara muy bruñida y comple­tamente. nueva, y se apresuro a lle­vársela a su ama Badrú’l-Budur, echándose a reír y burlándose de la locura del maghrebín. ¡Y he aquí lo referente al agha de los eunucos y al cambio de la lámpara mágica en ausencia de Aladino!

En cuanto al mago, echó a correr en seguida, tirando el cesto con su contenido a la cabeza de los pillue­los, que continuaban mofándose de él, para impedirles que le siguieran. Y de tal modo desembarazado, fran­queó recintos de palacios y jardines y se aventuró por las calles de la ciu­dad, dando mil rodeos, a fin de que perdieran su pista quienes hubiesen querido perseguirle. Y cuando llegó a un barrio completamente desierto, se saco del pecho la lámpara y la frotó. Y él efrit de la lámpara res­pondió a esta llamada, apareciéndó­se ante él al punto, y diciendo: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!” Porque el efrit obedecía indistintamente a quien­quiera que fuese el poseedor de aquella lámpara, aunque, como el mago, fuera por el camino de la maldad y de la perdición.

Entonces el maghrebín le dijo: ¡Oh efrit de la lámpara! te ordeno que cojas el palacio que edificaste para Aladino y lo transportes con todos los seres y todas las cosas que contiene a mi país, que ya sabes cuál es, y que está en el fondo del Magh­reb, entre jardines. ¡Y también me transportarás a mí allá con el pala­cío!” Y contestó el efrit esclavo de la lámpara: “¡Escucho y obedez­co! ¡Cierra un ojo y abre un ojo, y te encontrarás en tu país, en medio del palacio de Aladino!” Y efecti­vamente, en un abrir y cerrar de ojos se hizo todo. Y el maghrebín se en­contró transportado, con el palacio de Aladino en medio de su país, en el Maghreb africano. ¡Y esto es lo referente a él!

Pero en cuanto al sultán; padre de Badrú’l-Budur, al despertarse el siguiente día salió de su palacio, co­mo tenía por costumbre, para ir a visitar a su hija a la que quería tan­to. Y en el sitio en que se alzaba el maravilloso palacio no vio más que, un amplio meidán agujereado por las zanjas vacías de los cimientos. Y en el límite de la perplejidad, ya no supo si habría perdido la razón; y empezó a restregarse los ojos para darse cuenta mejor de lo que veía. ¡Y comprobó que con la claridad del sol saliente y la limpidez de la ma­ñana no había manera de engañarse, y que el palacio ya no estaba allí! Pero quiso convencerse más aún de aquella realidad enloquecedora, y su­bió al piso más alto, y abrió la ven­tana que daba enfrente de los apo­sentos de su hija. Y no vio palacio ni huella de palacio, ni jardines ni huella de jardines, sino sólo un inmenso meidán donde, de no estar las zanjas, habrían podido los caballeros justar a su antojo.

Entonces, desgarrado de ansiedad, el desdichado padre empezó a gol­pearse las manos una contra otra y a mesarse la barba llorando, por más que no pudiese darse cuenta exacta de la naturaleza y de la magnitud de su desgracia. Y mientras de tal suerte desplomábase sobre el diván, su gran visir entró para anunciarle, como de costumbre, la apertura de la sesión de justicia. Y vio el estado en que se hallaba, y no supo qué pensar. Y el sultán le dijo: “¡Acér­cate aquí!” Y el visir se acercó, y el sultán le dijo: “¿Dónde está el palacio de mi hija?” El otro dijo:

¡Alah guarde al sultán! ¡pero no comprendo lo que quiere decir!” El sultán dijo: “¡Cualquiera creería ¡oh visir! que no estás al corriente de la triste nueva!” El visir dijo: “Claro que no lo estoy, ¡oh mi señor! ¡por Alah, que no sé nada, absolutamente no!” El sultán dijo: “¡En ese caso, no has mirado hacia el palacio de Aladino!” El visir dijo: “¡Ayer tar­de estuve a pasearme por los jardi­nes que lo rodean, y no he notado ninguna cosa de.particular, sino que la puerta principal estaba cerrada a causa de la ausencia del emir Aladi­no!” El sultán dijo: “¡En ese caso, ¡oh visir! mira por esta ventana y dime si no notas ninguna cosa de particular en ese palacio que ayer viste con la puerta cerrada!” Y el visir sacó la cabeza por la ventana y miró, pero fue para levantar los bra­zos al cielo, exclamando: “¡Alejado sea el Maligno!” ¡el palacio ha des­aparecido!” Luego se encaró con el sultán, y le dijo: “¡Y ahora ¡oh mi señor!' ¿vacilas en creer que ese pa­lacio, cuya arquitectura y ornamen­tación admiraban tanto, sea otra cosa que la obra de la más admirable he­chicería? Y el sultán bajó la cabeza y reflexionó durante una hora de tiempo. Tras de lo cual levantó la cabeza, y tenía el rastro revestido de furor. Y exclamó: “¿Dónde está ese malvado, ese aventurero, ese mago, ese impostor, ese hijo de mil perros, que se llama Aladino?” Y el visir contestó con el corazón dilatado de triunfo: “¡Está ausente de casa; pero me ha anunciado su regreso para hoy antes de la plegaria del medio­día! ¡Y si quieres, me encargo de ir yo mismo a informarme acerca de él sobre lo que ha sido del palacio con su contenido!” Y el rey se puso a gritar: “No ¡por Alah! ¡Hay que tratarle como a los ladrones, y a los embusteros! ¡Que me le traigan los guardias cargado de cadenas!”

Al punto el gran visir salió a co­municar la orden del sultán al jefe de los guardias, instruyéndole acerca de cómo debía arreglarse para que no se le escapara Aladino. Y acom­pañado por cien jinetes, el jefe de los guardias salió de la ciudad al canino por donde tenía que volver Aladino, y se encontró con él a cien farasanges de las puertas. Y en se­guida hizo que le cercaran los jine­tes, y lo dijo: “Emir Aladino, ¡oh amo nuestro! ¡dispénsanos por fa­vor! ¡pero el sultán, de quien somos esclavos, nos ha ordenado que te de­tengamos y te pongamos entre sus manos cargado de cadenas como los criminales! ¡Y no podemos desobe­decer una orden real! ¡Pero repe­timos que nos dispenses por tratarte así, aunque a todos nosotros nos ha inundado tu generosidad!”

Al oír estas palabras del jefe de los guardas, a Aladino se le trabó la lengua de sorpresa y de emoción. Pero acabó por poder hablar, y dijo: ¡Oh buenas gentes! ¿Sabéis, al me­nos, por qué motivo os ha dado el sultán semejante orden, siendo yo inocente de todo crimen con respec­to a él o al Estado?” Y contestó el jefe de los guardias: “¡Por Alah, que no lo sabemos!” Entonces Aladino se apeó del su caballo, y dijo.: “¡Ha­ced de mí lo que os haya ordenado el sultán, pues las órdenes del sul­tán estás por encima de la cabeza y de los ojos!” Y los guardias, muy a disgusto suyo, se apoderaron de Aladino, le ataron los brazos, le echa­ron al cuello una cadena muy gorda y muy pesada, con la que también le sujetaron por la cintura, y cogien­do el extremo de aquella cadena le arrastraron a la ciudad, haciéndole caminar a pie mientras ellos seguían a caballo su camino.

Llegados que fueron los guardias a los primeros arrabales de la ciudad, los transeúntes que vieron de este modo a Aladino no dudaron de que el sultán, por motivos que ignora­ban, se disponía a hacer que le cor­taran la cabeza. Y como Aladino se había captado, por su generosidad y su afabilidad, el afecto de todos los súbditos del reino, los que le vieron apresuráronse a echar a andar detrás de él, armándose de sables unos, y de estacas otros y de piedras y palos los demás. Y aumentaban en número a medida que el convoy se aproximaba a palacio; de modo que ya eran millares y millares al llegar a la plaza del meidán. Y todos gri­taban y protestaban, blandiendo sus armas y amenazando a los guardias, que a duras penas pudieron conte­nerles y penetrar en palacio sin ser maltratados. Y en tanto que los otros continuaban vociferando y chi­llando en el meidán para que se les devolviese sano y salvo a su señor Aladino, los guardias introdujeron a Aladino, que seguía cargado de ca­denas, en la sala donde le esperaba el sultán lleno de cólera y de an­siedad.

No bien tuvo en su presencia a Aladino, el sultán, poseído de un fu­ror inconcebible, no quiso perder el tiempo en preguntarle qué había sido del palacio que guardaba a su hija Badrú’l-Budur, y gritó al porta­alfanje: “¡Corta en seguida la ca­beza a este impostor maldito!” Y no quiso oírle ni verle un instante más. Y el porta-alfanje se llevó a Aladino a la terraza desde la cual se dominaba el meidán en donde estaba apiñada la muchedumbre tu­multuosa, hizo arrodillarse a Aladi­no sobre el cuero rojo de las eje­cuciones, y después de vendarle los ojos le quitó la cadena que llevaba al cuello y alrededor del cuerpo, y le dijo: “¡Pronuncia tu acto de fe antes de morir!” Y se dispuso a dar­le el golpe de muerte, volteando por tres veces y haciendo flamear el sable en el aire en torno a él. Pero en aquel momento, al ver que el porta-alfanje iba a ejecutar a Aladi­no, la muchedumbre empezó a es­calar los muros del palacio y a for­zar las puertas. Y el sultán vio aque­llo, y temiéndose algún aconteci­miento funesto se sintió poseído de gran espanto. Y se encaró por el porta-alfanje, y le dijo: “¡Aplaza por el instante el acto de cortar la cabe­za a ese criminal!” Y dijo al jefe de los guardias:- ¡Haz que pregonen al pueblo que le otorgo la gracia de la sangre de ese maldito!'? Y aquella orden, pregonada en seguida desde lo alto de las terrazas, calmó el tu­multo y el furor de la muchedumbre, e hizo abandonar su propósito a los que forzaban las puertas y a los que escalaban los muros del palacio.

Entonces Aladino, a quien se ha­bía tenido cuidado de quitar la ven­da de los ojos y a quien habían sol­tado las ligaduras que le ataban las manos a la espalda, se levantó del cuero de las ejecuciones en donde estaba arrodillado y alzó la cabeza hacia el sultán, y con los ojos llenos de lágrimas le preguntó: “Oh rey del tiempo! ¡suplico a tu alteza que me diga solamente el crimen que he podido cometer para ocasionar tu cólera y esta desgracia!” Y con el color muy amarillo y la voz llena de cólera reconcentrada, el sultán le dijo: “¿Que te diga tu crimen, mi­serable? ¿Es que finges ignorarlo? ¡Pero no fingirás más cuando te lo haya hecho ver con tus propios ojos!” Y le gritó: “¡Sígueme!” Y echó a andar delante de él y le condujo al otro extremo del palacio, hacia la parte que daba al segundo meidán, donde se erguía antes el pa­lacio de Badrú’l-Budur rodeado de sus jardines, y le dijo: “¡Mira por esta ventana y dime, ya que debes saberlo; qué ha sido del palacio que guardaba a mi hija!” Y Aladino sa­có la cabeza por la ventana y miró. Y no vio ni palacio, ni jardín, ni huella de palacio o de jardín, sino el inmenso meidán desierto, tal cómo estaba el día en que dio él al efrit de la lámpara orden de construir allí la morada maravillosa. Y sintió tal estupefacción y tal dolor y tal con­moción, que estuvo a punto de caer desmayado. Y no pudo pronunciar una sola palabra. Y el sultán le gritó: “Dime, maldito impostor, ¿dónde, está el palacio y dónde está mi hija, el núcleo de mi corazón, mi única hija?” Y Aladino lanzó un gran sus­piro y vertió abundantes lágrimas; luego dijo: “¡Oh rey del tiempo, no lo sé!” Y le dijo el sultán: “¡Escu­chame bien! No quiero pedirte que restituyan tu maldita palacio; pero sí te ordeno que me devuelvas a mi .hija. Y si no lo haces al instante o si no quieres decirme qué ha sido de ella, ¡por mi cabeza, que haré que te corten la cabeza!” Y en el límite de la emoción, Aladino bajó los ojos y reflexionó durante una hora de tiempo. Luego levantó la cabeza, y dijo: “¡Oh rey del tiempo! ninguno escapa a su destino. ¡Y si mi destino es que se me corten la cabeza por un crimen que no he cometido, ningún poder logrará salvarme! Sólo te pido, pues, antes de morir, un plazo de cuarenta días para hacer las pesqui­sas necesarias con respecto a mi es­posa bienamada, que ha desapareci­do con el palacio mientras yo estaba de caza y sin que pudiera sospechar cómo ha sobrevenido esta calami­dad te lo juro por la verdad de nuestra fe y los méritos de nuestro señor Mahomed (¡con él la plegaria y la paz!)” Y el sultán contestó: “Está bien; te concederé lo que me pides. ¡Pero has de saber que, pa­sado ese plazo, nada podrá salvarte de entre mis manos si no me traes a mi hija! ¡Porque sabré apoderarme de ti y castigarte, sea donde sea el paraje de la tierra en que te ocultes!” Y al oír estas palabras Aladino salió de la presencia del sultán, y muy ca­bizbajo atravesó el palacio en medio de los dignatarios, que se apenaban mucho al reconocerle y verle tan de­mudado por la emoción y el dolor. Y llegó ante la muchedumbre y em­pezó a preguntar, con torvos ojos: ¿Dónde esta mi palacio? ¿Dónde está mi esposa?” Y cuantos le veían y oían dijeron: “¡El pobre ha perdido la razón! ¡El haber caído en desgracia con él sultán y la proxi­midad de la muerte le han vuelto lo­co!” Y al ver que ya sólo era para todo el mundo un motivo de compa­sión, Aladino se alejó rápidamente sin que nadie tuviese corazón para seguirle. Y salió de la ciudad, y co­menzó a errar por el campo, sin saber lo que hacía. Y de tal suerte llegó a orillas de un gran río, presa de la desesperación, y diciéndose: “¿Dón­de hallarás tu palacio, Aladino y a tu esposa Badrú’l-Budur, ¡oh pobre!? ¿A qué país desconocido irás a bus­carla, si es que está viva todavía? ¿Y acaso sabes siquiera cómo ha desaparecido?” Y con el alma obs­curecida por estos pensamientos, y sin ver ya más que tinieblas y tris­teza delante de sus ojos, quiso arro­jarse al agua y ahogar allí su vida y su dolor. ¡Pero en aquel momento se acordó de que era un musulmán, un creyente, un puro! dio fe de la unidad de Alah y de la misión de Su Enviado. Y reconfortado con su acto de fe y su abandono a la voluntad del Altísimo, en lugar de arrojarse al agua se dedicó a hacer sus ablu­ciones para la plegaria de la tarde. Y se puso en cuclillas a la orilla del río y cogió agua en el hueco de las manos y se puso a frotarse los dedos y las extremidades. Y he aquí que, al hacer estos movimientos, frotó el anillo que le había dado en la cueva el maghrebín. Y en el mismo mo­mento apareció el efrit del anillo, que se prosternó ante él, diciendo: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla: ¡Soy él servidor del anillo en la tierra, en el aire y en el agua!' Y Aladino re­conoció perfectamente, por su as­pecto repulsivo y por su voz aterra­dora, al efrit que en otra ocasión hubo de sacarle del subterráneo. Y agradablemente sorprendido por aquella aparición, que estaba tan le­jos de esperarse en el estado mise­rable en que se encontraba, interrum­pió sus abluciones y se irguió sobre ambos pies, y dijo al efrit: “¡Oh efrit del anillo, oh compasivo, oh excelente! ¡Alah te bendiga y te ten­ga en su gracia! Pero apresúrate a traerme mi palacio y mi esposa, la princesa Badrú’l-Budur!” Pero el efrit del anillo le contestó: “¡Oh due­ño del anillo! ¡lo que me pides no está en mi facultad, porque en la tierra, en el aire y en el agua yo sólo soy servidor del anillo! ¡Y sien­to mucho no poder complacerte en esto, que es de la competencia del servidor de la lámpara! ¡A tal fin, no tienes más que dirigirte a ese efrit, y él te complacerá!” Entonces Ala­dino, muy perplejo, le dijo: “¡En ese caso, ¡oh efrit del anillo! y puesto que no puedes mezclarte en lo que no te incumbe, transportando aquí el palacio de mi esposa, por las vir­tudes anillo a quien sirves te ordenó que me transportes a. mí mismo al paraje de la tierra en que se halla mi palacio, y me dejes, sin hacerme sufrir sacudidas, debajo de las ventanas de mi esposa, la prince­sa Badrú’l-Budur!”

Apenas había formulado Aladino esta petición, el efrit del anillo con­testó con el oído y la obediencia, y en el tiempo en que se tarda sola­mente en cerrar un ojo y abrir un ojo, le transportó al fondo del Magh­reb, en medio de un jardín magnífi­co, donde se alzaba, con su her­mosura arquitectural, el palacio de Badrú’l-Budur. Y le dejó con mucho cuidado debajo de las ventanas de-la princesa, y desapareció:

Entonces, a la vista de su palacio, sintió Aladino dilatársele el corazón 'y tranquilizársele el alma y refres­cársele los ojos. Y de nuevo entra­ron en el la alegría y la esperanza. Y de la misma manera que está pre­ocupado y no duerme quien confía una cabeza al vendedor de cabezas cocidas al horno, así Aladino, a pe­sar de sus fatigas y sus penas, no quiso descansar lo más mínimo. Y se limitó a elevar su alma hacia el Creador para darle gracias por sus bondades y reconocer que sus desig­nios son impenetrables para las cria­turas limitadas. Tras de lo cual se puso muy en evidencia debajo de las ventanas de su esposa Badrú'l­Budur.

Y he, aquí que, desde que fue arrebatada con el palacio por el ma­go maghrebín, la princesa tenía la costumbre de levantarse todos los días a la hora del alba, y se pasaba el tiempo llorando y las noches en vela, poseída de tristes, pensamientos en su dolor por verse separada de su padre y de su esposo bienamado, además de todas las violencias de que la hacía víctima el maldito magh­rebín, aunque sin ceder ella. Y no dormía, ni comía, ni bebía. Y aque­lla tarde, por decreto del destino, su servidora había entrado a verla para distraerla. Y abrió una de las ventanas de la sala de cristal, y miró hacia fuera, diciendo: “¡Oh mi se­ñora! ¡ven a ver cuán delicioso es el aire de esta tarde!” Luego lanzó de pronto un grito, exclamando: “¡Ya setti, ya setti! ¡He ahí a mi amo Aladino, he ahí a mi amo Aladinol ¡Está bajo las ventanas del pa­lacio...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­ría, y y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGó LA 769 NOCHE

Ella dijo:

“¡Ya setti, ya settí! ¡He ahía mi amo Aladino, he ahí a mi amo Ala­dino! ¡Está bajo las ventanas del palacio!”

Al oír estas palabras de su servi­dora, Badrú’l-Budur se precipitó a la ventana, y vio a Aladino, el cual la vio también. Y casi enloquecie­ron ambos de alegría. Y fue Badrú'l-Budur la primera que pudo abrir la boca, y gritó a Aladino: “¡Oh querido mío! ¡ven pronto, ven pron­to! ¡mi servidora va a bajar para abrirte la puerta secreta! ¡Puedes su­bir aquí sin temor! ¡El mago maldi­to está ausente por el momento!” Y cuando la servidora le hubo abierto la puerta secreta, Aladino subió al aposento de su esposa y la recibió en sus brazos. Y se besaron, ebrios de alegría, llorando y riendo. Y cuan­do estuvieran un poco calmados se sentaron uno junto a otro, y Aladi­no dijo a su esposa: “¡Oh Badrú'l-­Badur! ¡antes de nada tengo que pre­guntarte qué ha sido de la lámpara de cobre qué dejé eri mi cuarto so­bre una mesilla antes de salir de caza!” Y exclamó la princesa: “¡Ah! ¡querido mío, esa lámpara precisa­mente es la causa de nuestra desdi­cha! ¡Pero todo ha sido por mi cul­pa, sólo por mi culpa!” Y contó a Aladino cuanto había ocurrido en el palacio desde, su ausencia, y cómo, por reírse de la locura del vendedor de lámparas, había, cambiado la lám­para de la mesilla por una lámpara nueva; y todo lo que ocurrió después, sin olvidar un detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y concluyó di­ciendo: “Y sólo después de transpor­tarnos aquí con el palacio es cuando el maldito maghrebín ha venido a revelarme qué, por el poder de su hechicería y las virtudes de la lám­para cambiada, consiguió arrebatar­me a tu afecto con el fin de poseer­me. ¡Y me dijo que era maghrebín y que estábamos en Maghreb, su país!” Entonces Aladino, sin hacer­le el menor reproche, le preguntó: “¿Y qué desea hacer contigo ese maldito?” Ella dijo: “Viene una vez al día, nada más a hacerme una vi­sita, y trata por todos los medios de seducirme. ¡Y como está lleno de perfidia, para vencer mi resistencia no ha cesado de afirmarme, que el sultán te había hecho cortar la ca­beza por impostor, y que, al fin y al cabo, no eras más que el hijo de una pobre gente, de un miserable sastre llamado Mustafá, y que sólo a él debías la fortuna y los honores de que disfrutabas! Pero hasta aho­ra no ha recibido de mí, por toda respuesta, más que el silencio del desprecio y que le vuelva la espalda. ¡Y se ha visto obligado a retirarse siempre con las orejas caídas y la nariz alargada! ¡Y a cada vez temía yo que recurriese a la violencia! Pero hete aquí ya. ¡Loado sea Alah!” Y Aladino le dijo: “Dime ahora ¡oh Badrú'l-Budur! en qué sitio del pa­lacio está escondida, si lo sabes, la lámpara qué consiguió arrebatarme ese maldito maghrebín.” Ella dijo: “Nunca la deja en el palacio, sino que la lleva en el pecho continua­mente. ¡Cuántas veces se la he visto sacar en mi presencia para enseñár­mela como un trofeo!” ¡Entonces Aladino le dijo: “¡Está bien! pero ¡por tu vida, que no ha de seguir en­señándotela mucho tiempo! ¡Para eso únicamente te pido que me dejes un instante solo en esta habitación!” Y Badrú’l-Budur salió de la sala y fue a reunirse con sus servidoras.

Entonces Aladino frotó el anillo mágico qué llevaba al dedo, y dijo al efrit que se presentó: “¡Oh efrit del anillo! ¿conoces las diversas especies de polvos soporíferos?” El efrit con­testó: “Es lo que mejor conozco!” Aladino dijo: “¡En ese caso te or­deno que me traigas una onza de bang cretense, una sola toma del cual sea capaz de derribar a un ele­fante!” Y desapareció el efrit, pero para volver al cabo de tin momento, llevando en los dedos una cajita, que entrego a Aladino, diciéndole: “¡Aquí tienes ¡oh amo del anillo! bang cretense de la calidad más fi­na!” Y se fue Y Aladino llamó a su esposa Badrú’l-Budur, y le dijo: “¡Oh mi señora Badrú’l-Budur! si quieres que triunfemos de ese mal­dito maghrebín, no tienes más que seguir el consejo que voy, a darte. ¡Y te advierto que el tiempo apremia, pues me has dicho que el maghrebín estaba a punto de llegar para inten­tar seducirte! ¡He aquí, pues, lo que tendrás que hacer!” Y le dijo: “¡Ha­rás estas cosas, y le dirás estas otras cosas!” Y le dio amplias instruccio­nes respecto a la conducta que debía seguir con el mago. Y añadió: “En cuanto a mí, voy a ocultarme en esta arca. ¡Y saldré en el momento opor­tuno!” Y le entregó la cajita de bang, diciendo: “¡No te olvides de lo que acabo de indicarte!” Y la dejó para ir a encerrarse en el arca.

Entonces la princesa Badrú’l-Budur, a pesar de la repugnancia que tenía a desempeñan el papel consa­bido, no quiso perder la oportuni­dad de vengarse del mago, y se pro­puso seguir las instrucciones de su esposo Aladino. Se levantó, pues, y mandó a sus mujeres que la peinaran y la pusieran el tocado que sentaba mejora su cara de luna, y se hizo vestir con el traje más hermoso de sus arcas. Luego se ciñó el talle con un cinturón de oro incrustado de diamantes, y se adornó el cuello con un collar de perlas nobles de igual tamaño, excepto la de en medio, que tenía el volumen de una nuez; y en las muñecas y en los tobillos se puso pulseras de oro con pedrerías que casaban maravillosamente con los colores de los demás adornos. Y perfumada y semejante a una hurí escogida, y, más brillante que las rei­nos y sultanas más brillantes, se mi­ró enternecida en su espejo, mientras sus mujeres maravillábanse de su belleza y prorrumpían en exclama­ciones de admiración. Y se tendió perezosamente en los almohadones, esperando la llegada del mago.

No dejó éste de ir a la hora anun­ciada. Y la princesa, contra lo que acostumbraba, se levantó en honor suyo, y con una sonrisa le invitó a sentarse juntó a ella en el diván. Y el maghrebín, muy emocionado por aquel recibimiento, y deslumbrado por el brillo de los hermosos ojos que le miraban y pon la belleza arre­batadora de aquella, princesa tan deseada, sólo permitió sentarse al borde del diván por cortesía y defe­rencia. Y la princesa, siempre son­riente, le dijo: “¡Oh mi señor! no te asombres de verme hoy tan cam­biada, porque mi temperamento, que por naturaleza es muy refractario a la tristeza, ha acabado por sobre­ponerse a mi pena y a mi inquietud. Y además, he reflexionado sobre tus palabras con respecto a mi esposo Aladino, y ahora estoy convencida de que ha muerto a causa de la te­rrible cólera de mi padre el rey. ¡Lo que esta escrito ha de ocurrir! Y mis lágrimas y mis pesares no darán vi­da a un muerto. Por eso he renun­ciado a la tristeza y al duelo y he resuelto no rechazar ya tus propo­siciones y tus bondades. ¡Y ese es el motivo de mi cambio de humor!” Luego añadió: “¡Pero aun no. te he ofrecido los refrescos de amistad!” Y se levantó, ostentando su deslum­bradora belleza, y se dirigió a la mesa grande en que estaba la ban­deja de los vinos y sorbetes, y mien­tras llamaba a una de sus servido­ras para que sirviera la bandeja, echó un poco de bang cretense en la co­pa de oro que había en la bandeja. Y el maghrebín no sabía cómo dar­le gracias por sus bondades. Y cuan­do se acerco la doncella con la ban­deja de los sorbetes, cogió él la capa y dijo a Badrú’l-Budur: “¡Oh prin­cesa! ¡por muy deliciosa que sea está bebida no podrá refrescarme tanto como la sonrisa de tus ojos!” Y tras de hablar así se llevó la co­pa a los labios y la vació de un solo trago, sin respirar. ¡Pero al instante fue a caer sobre el tapiz con la ca­beza antes que con los pies, a las plantas de Badrú’l-Budur!

Al ruido de la caída Aladino lan­zó un inmenso grito de triunfo y salió del armario para correr en se­guida hacia el cuerpo inerte de su enemigo. Y se precipito sobre él, le abrió la parte superior del traje y le sacó del pecho la lámpara que estaba allí escondida. Y se encaró con Badrú'l-Budur; que acudía a be­sarle en el límite de la alegría, y le dijo: “¡Te ruego que me dejes solo, otra vez! ¡Porque ha de terminarse hoy todo!” Y cuando se alejó Ba­drú'l-Budur, frotó la lámpara en el sitio que sabía, y al punto vio aparecer al efrit de la lámpara, quien, después de la fórmula acostumbra­da, esperó la orden. Y Aladino le dijo: “¡Oh efrit de la lámpara! ¡por las virtudes de esta lámpara que sir­ves, te ordeno que transportes este palacio, con todo lo que contiene, a la capital del reino de la China, situándolo exactamente en el mismo lugar de donde lo quitaste para traer­lo aquí! ¡Y hazlo de manera que el transporte se efectúe sin conmoción, sin contratiempo y sin sacudidas!” Y el genni contestó: “¡Oír es obede­cer!” Y desapareció. Y en el mismo momento, sin tardar más tiempo del que se necesita para cerrar un ojo y abrir un ojo, se hizo el transporte, sin que nadie lo advirtiera, porque apenas si se hicieron sentir dos li­geras agitaciones, una al salir y otra a la llegada.

Entonces Aladino, después de comprobar que el palacio estaba en realidad frente por frente al palacio del sultán, en el sitio que ocupaba antes, fue en busca de su esposa Badrú’l-Budur y la besó mucho, y le dijo: “¡Ya estamos en la ciudad de tu padre! ¡Pero, como es de, noche; más vale que esperemos a mañana por la mañana para ir a anunciar al sultán nuestro regreso! Por el mo­mento, no pensemos más que en re­gocijamos con nuestro triunfo y con nuestra reunión, ¡oh Badrú'l-­Budur!” Y como desde la víspera Aladino aun no había comido nada, se sentaron ambos y se hicieron ser­vir por los esclavos una comida su­culenta en la sala de las noventa y nueve ventanas cruzadas. Luego pasaron juntos aquella noche en medio de delicias y dicha.

Al día siguiente salió de su pala­cio el sultán para ir, según costum­bre, a llorar por su hija en el para­je donde no creía encontrar más que las zanjas de los cimientos. Y muy entristecido y dolorido, echó una ojeada por aquel lado, y se quedó estupefacto al ver ocupado de nuevo el sitio del meidán por el palacio magnífico, y no vacío, como él se imaginaba, Y en un principio creyó que sería efecto de la niebla o de algún ensueño de su espíritu inquie­to, y se frotó los ojos varias veces. Pero como la visión subsistía siem­pre, ya no pudo dudar de su rea­lidad, y sin preocuparse de su digni­dad de sultán echó a correr agitando los brazos y lanzando gritos de ale­gría, y atropellando a guardias y por­teras subió la escalera de alabastro sin tomar aliento, no obstante su edad, y entró en la sala de la bóve­da de cristal con noventa y nueve ventanas, en la cual precisamente es­peraban su llegada, sonriendo, Ala­dino y Badrú’l-Budur. Y al verle se levantaron ambos y corrieron a su encuentro. Y besó él a su hija, derra­mando lágrimas de alegría y en el límite de la ternura; y ella tam­bién.

Y. cuando pudo abrir la boca y ar­ticular una palabra, dijo: “¡Oh hija mía! ¡veo con asombro que no se te ha demudado el rostro ni se te ha puesto la tez más amarilla, a pesar de todo lo sucedido desde el día en que te vi por última vez! ¡Sin em­bargo, ¡oh hija de mi corazón! debes haber sufrido mucho, y no habrás visto sin alarmas y terribles angustias cómo te transportaban de un sitio a otro con todo el palacio! ¡Porque, nada más que con pensarlo, yo mis­mo me siento invadido por el temblor y el espanto! ¡Daté prisa, pues, ¡oh hija mía! a explicarme el motivo de tan escaso cambio en tu fisonomía, y a contarme, sin ocultarme nada, cuanto te ha ocurrido desde el co­mienzo hasta el fin!” Y Badrú'l-Bu­dur contestó: “¡Oh padre mío! has de saber que si se me ha demudado tan poco el rostro es porque ya he ganado lo que había perdido con mi alejamiento de ti y de mi esposo Ala­dino. Pues la alegría de volver a entre a ambos me devuelve mi frescura y mi color de antes. Pero he sufrido y he llorado mucho, tanto por verme arrebatada a tu afecto y al de mi esposo bienamado, como por haber caído en poder de un mal­dito mago maghrebín que es el causante de todo lo que ha su­cedido, y que me decía cosas des­agradables y quería seducirme des­pués de raptarme. ¡Pero todo fue por culpa de mi atolondramiento, que me impulsó a ceder a otro lo que no me pertenecía!” Y en seguida contó a su padre toda la historia con los menores detalles, sin olvidar nada. Pero no hay ninguna utilidad en repetirla. Y cuando acabó de hablar, Aladino, que no había abierto la boca hasta entonces, se encaró con el sultán, estupefacto hasta el límite de la estupefacción, y le mos­tró, detrás de una cortina, el cuerpo inerte del mago, que tenía la cara toda negra por efecto de la violencia del bang, y le dijo: “¡He aquí al im­postor, causante de nuestra pasada desdicha y de mi caída en desgracia! ¡Pero Alah le ha castigado!”

Al ver aquello, el sultán, entera­mente convencido de la inocencia de Aladino, le besó muy tiernamente, oprimiéndole contra su pecho, y le dijo: “¡Oh hijo mío Aladino! ¡no me censures con exceso por mi conduc­ta para contigo, y perdóname los ma­los tratos que te infligí! ¡Porque merece alguna excusa el afecto que experimento por mi hija única Badrú’l-Budur, y bien sabes que el co­razón de un padre está lleno de ternura, y que hubiese preferido yo perder todo mi reino antes que un cabello de la cabeza de mi hija bien­amada!” Y Contestó Aladino: “Ver­daderamente, tienes excusa, ¡oh pa­dre de Badrú'l-Budur! porque sólo el afecto que sientes por tu hija, a la cual creías perdida por mi culpa, te hizo usar conmigo procedimientos enérgicos. Y no tengo derecho a re­procharte de ninguna manera. Por­que a mí me correspondía prevenir las asechanzas pérfidas de ese infame mago y tomar precauciones contra él. ¡Y no te darás cuenta bien de toda su malicia hasta que, cuando tenga tiempo, te relate yo la histo­ria de cuanto me ocurrió con él!” Y el sultán besó a Aladino una vez más, y le dijo: “En verdad ¡oh Ala­dino! que es absolutamente preciso que busques ocasión de contarme todo eso. ¡Pero aun es más urgente desembarazarme ya del espectáculo de ese cuerpo maldito que yace ina­nimado a nuestros pies, y regocijar­nos juntos de tu triunfo!” Y Aladino dio orden a sus efrits jóvenes de que se levaran el cuerpo del maghrebín y lo quemaran en medio de la plaza del meidán sobre un montón de es­tiércol y echaran las cenizas en el hoyo de la basura. Lo cual se eje­cutó puntualmente en presencia de toda la ciudad reunida, que se ale­graba de aquel castigo merecido y de la vuelta del emir Aladino a la gracia del sultán.

Tras de lo cual, por medio de los pregoneros, qué iban seguidos por tañedores de clarines, de timbales y de tambores, el sultán hizo anun­ciar que daba libertad a los presos en señal de regocijo público; y man­dó repartir muchas limosnas a los pobres y a los menesterosos. .Y por la noche hizo iluminar toda la ciu­dad, así como su palacio y el de Ala­dino y Badrú’l-Budur: Y así fue cómo Aladino, merced a la bendición que llevaba consigo, escapó por segunda vez a un peligro de muerte. Y aque­lla misma bendición debía aun sal­varle por tercera vez, como vais a saber, ¡oh oyentes míos!

En efecto, hacía ya algunos meses que Aladino estaba de regreso y llevaba con su esposa una vida feliz bajo la mirada enternecida y vigilante de su madre, que entonces era una dama venerable de aspecto impo­nente, aunque desprovista de orgullo y de arrogancia, cuando la esposa del joven entró un día, con rostro un poco triste y dolorido, en la sala de la bóveda de cristal, donde él estaba casi siempre para disfrutar la vista de los jardines, y se le acercó, y le dijo: “¡Oh mi señor Aladino! Alah, que nos ha colmado con sus favores a ambos, hasta el presente me ha negado el consuela de tener un hijo. Porque ya hace bastante tiempo que estamos casados y no siento fecun­dadas por la vida mis entrañas: ¡Ven­go, pues, a suplicarte que me permi­tas mandar venir al palacio a una santa vieja llamada Fatmah que ha llegado a nuestra ciudad hace unos días, y a quien todo el mundo venera por las curaciones y alivios que pro­porciona y por la fecundidad que otorga a las mujeres sólo con la im­posición de sus manos...

  En esté momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, se calló discretamente.
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