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《一千零一夜》連載三十四           ★★★★
《一千零一夜》連載三十四
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:01

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 746 NOCHE

Ella dijo:

“... ¡Y no se habla de otra cosa quede su ciencia y de sus remedios maravillosas! ¿Quieres que vaya a buscarle?” Entonces Aladino levantó la cabeza, y con un topo de voz muy triste, contestó: “¡Sabe oh madre! que estoy bueno y no sufro de en­fermedad! ¡Y si me ves en este estado de mudanza, es porque hasta el pre­sente me imaginé que todas las mu­jeres se te parecían! ¡Y sólo ayer hube de darme cuenta de que no había tal cosa!” Y la madre de Ala­dino alzó los brazos y exclamó: “¡Alejado sea el Maligno! ¿qué estás diciendo, Aladino?” El joven con­testó: “¡Estate tranquila, que sé bien lo que me digo! ¡Porque ayer vi entrar en el hammam a la princesa Badrú'l-Budur, hija del sultán, y su sola vista me reveló la existencia de la belleza! ¡Y ya no estoy para nada! ¡Y por eso no tendré reposo ni podré volver en mí mientras no la obtenga de su padre el sultán en ma­trimonio!

Al oír estas palabras, la madre de Aladino pensó que su hijo había per­dido el juicio, y le dijo: “¡El nom­bre de Alah sobre ti, hijo mío! ¡vuel­ve a la razón! ¡ah! ¡pobre Aladino, piensa en tu condición y desecha esas locuras!” Aladino contestó: “¡Oh madre mía! no tengo para qué volver a la razón, pues no me cuento en el número de los locos. ¡Y tus palabras no me harán renunciar a mi idea de matrimonio con El Sett Badrú'l-Bu­dur, la hermosa hija del sultán! ¡Y tengo más intención que nunca de pedírsela a su padre en matrimonio!” Ella dijo: “¡Oh hijo mío! ¡por mi vida sobre ti, no pronuncies tales palabras, y ten cuidado de que no te oigan en la vecindad y transmitan tus palabras al sultán, que te haría ahorcar sin remisión! Y además, si de verdad tomaste una resolución tan loca, ¿crees que vas a encontrar quien se encargue de hacer esa pe­tición?” El joven contestó: “¿Y a quién voy a encargar de una misión tan delicada estando tú aquí, ¡oh madre!? ¿y en quién voy a tener más confianza que en ti? ¡Sí, ciertamente, tú serás quien vaya a hacer al sultán esa petición de matrimonio!” Ella exclamó: “¡Alah me preserve delle­var a cabo semejante empresa, ¡oh hijo mío! ¡Yo no estoy, como tú, en el límite de la locura! ¡Ah! ¡bien veo al presente que te olvidas de que eres hijo de uno de los sastres más pobres y más ignorados de la ciudad, y de que tampoco yo, tu madre, soy de familia más noble o más esclare­cida! ¿Cómo, pues, te atreves a pen­sar en una princesa que su padre no concederá ni aun a los hijos de po­derosos reyes y sultanes?” Y Aladino permaneció silencioso un momento; luego contestó: “Sabe ¡oh madre! que ya he pensado y reflexionado largamente en todo lo que acabas de decirme; pero eso no me impide to­mar la resolución que te he explica­do, ¡sino al contrario! ¡Te lo suplico, pues, que si verdaderamente soy tu hijo y me quieres, me prestes el ser­vicio que te pido! ¡Si, no, mi muerte será preferible a mi vida; y sin duda alguna me perderás muy pronto! ¡Por última vez, ¡oh madre mía! no olvi­des que siempre seré tu hijo Áladino!”

Al oír estas palabras de su hijo, la madre de Aladino rompió en sollo­zos, y dijo lagrimosa: “¡Oh hijo mío! ¡ciertamente, soy tu madre, y tú eres mi único hijo, el núcleo de mi cora­zón! ¡Y mi mayor anhelo siempre fue verte casado un día y regocijarme con tu dicha antes de morirme! ¡Así, pues, si quieres casarte, me apresu­raré a buscarte mujer entre las gentes de nuestra condición! ¡Y aun así, no sabré qué contestarles cuando me pidan informes acerca de ti, del oficio que ejerces, de la ganancia que sacas y de dos bienes y tierras que posees! ¡Y me azora mucho eso! Pero, ¿qué no será tratándose, no ya de ir a gentes de condición humilde, sino a pedir para ti al sultán de la China su hija única El Sett Badrú'l-Budur? ¡Vamos, hijo mío, reflexiona un ins­tante con moderación! ¡Bien sé que nuestro sultán está lleno de bene­volencia y que jamás despide a nin­gún súbdito suyo sin hacerle la jus­ticia que necesita! ¡También sé que es generoso con exceso y que nunca rehúsa nada a quien ha merecido sus favores con alguna acción bri­llante, algún hecho de bravura o al­gun servicio grande o pequeño! Pera, ¿puedes decirme en qué has sobre­salido tú hasta el presente, y qué títulos tienes para merecer ese favor incomparable que solicitas? Y ade­más, ¿dónde están los regalos que, como solicitante de gracias, tienes que ofrecer al rey en calidad de ho­menaje de súbdito leal a su sobe­ranoT?” El joven contestó: “¡Pues bien; si no se trata más que de hacer un buen regalo para obtener lo que anhela tanto mi alma, precisamente creo que ningún hombre sobre la tierra puede competir conmigo en ese terreno! Porque has de saber ¡oh madre! que esas frutas de todos co­lores que me traje del jardín subte­rráneo y que creía eran sencillamente bolas de vidrio sin valor ninguno, y buenas, a lo más, para, que jugasen los niños pequeños, son pedrerías inestimable como no las posee nin­gún sultán en la tierra. ¡Y vas a juzgar por ti misma, a pesar de tu poca experiencia en estas cosas! No tienes más que traerme de la cocina una fuente de porcelana en que que­pan, y ya verás qué efecto tan mara­villoso producen:”

Y aunque muy sorprendida de cuanto oía, la madre de Aladino fue a la cocina a buscar una fuente gran­de de porcelana blanca muy limpia y se la entregó a su hijo. Y Aladino, que ya había sacado las frutas con­sabidas, se dedicó a colocarlas con mucho arte en la porcelana, combi­nando sus distintos colores, sus for­mas y sus variedades. Y cuando hubo acabado se las puso delante de los ojos de su madre, que quedó absolu­tamente deslumbrada, tanto a causa de su brillo como de su hermosura. Y a pesar de que no estaba muy acostumbrada a ver pedrerías, no pudo por menos de exclamar: “¡Ya Alah! ¡qué admirable es esto!”. Y hasta se vio precisada, al cabo de un momento, a cerrar los ojos. Y acabó por decir: “¡Bien veo al presente que agradara al sultán el regalo, sin duda! ¡Pero la dificultad no es esa, sino que está, en el, paso que voy a dar; porque me parece que no podré resistir la majestad de la presencia del sultán, y que me quedaré inmó­vil, con la lengua turbada, y hasta quizá me desvanezca de emoción y de confusión! Pero aun suponiendo que pueda violentarme a mí misma por satisfacer tu alma llena de ese deseo, y logre exponer al sultán tu petición concerniente a su hija Badrú'l-Budur, ¿qué va a ocurrir? Sí, ¿qué va a ocurrir? ¡Pues bien, hijo mío; creerán que estoy loca, y me echarán del palacio, o irritado por semejante pretensión, el sultán nos castigará a ambos de manera terri­ble! Si a pesar de todo crees lo con­tracio, y suponiendo que el sultán preste oídos a tu demanda, me in­terrogará luego acerca de tu estado y condición. Y me dirá: “Sí, este regalo es muy hermoso, ¡oh mujer! ¿Pero quién eres? ¿Y quién es tu hijo Aladino? ¿Y qué hace? ¿Y quién es su padre? ¿Y con qué cuenta? ¡Y entonces me veré obligada a decir que no ejerces ningún oficio y que tu padre no era más que un pobre sastre entre los sastres del zoco!” Pero Aladino contestó: “¡Oh madre, está tranquila! ¡es imposible que el sultán te haga semejantes preguntas cuando vea las maravillosas pedre­rías colocadas a manera de frutas en la porcelana! No tengas, pues, mie­do, y no te preocupes por lo que no va a pasar. ¡Levántate, por el con­trario, y ve a ofrecerle el plato con su contenido y pídele para mí en matrimonio a su hija Badrú'l-Budur! ¡Y no apesadumbres tu pensamiento con un asunto tan fácil y tan sen­cillo! ¡Tampoco olvides, ademas, si todavía abrigas dudas con respecto al éxito, que poseo una lámpara que suplirá para mí a todos los oficios y a todas las ganancias!”

Y continuó hablando a su madre con tanto calor y seguridad, que aca­bó por convencerla completamente. Y la apremió para que se pusiera sus mejores trajes; y la entregó la fuente de porcelana, que se apresuró ella a envolver en un pañuelo atado por las cuatro puntas, para llevarla así en la mano. Y salió de la casa y se enca­minó al palacio del sultán. Y penetró en la sala de audiencias con la mu­chedumbre de solicitantes. Y se puso en primera fila, pero en una actitud muy humilde, en medio de los pre­sentes, que permanecían con los bra­zos cruzados, y los ojos bajos en señal del más profundo respeto. Y se abrió la sesión del diván cuando el sultán hizo su entrada, seguido de sus vi­sires, de sus emires y de sus guardias. Y el jefe de los escribas del sultán empezó a llamar a los solicitantes, unos tras otros, según la importancia de las súplicas. Y se despacharon los asuntos acto seguido. Y los sólici­tantes se marcharon, contentos unos por haber conseguido lo que desea­ban, otros muy alargados de nariz, y otros sin haber sido llamados por falta de tiempo. Y la madre de Ala­dino fue de estos últimos.

Así es que cuando vio que se había levantado la sesión y que el sol­tan se había retirado, seguido de sus visires, comprendió que no la que­daba qué hacer más que marcharse también ella. Y salió de palacio y volvió a su casa. Y Aladino, que en su impaciencia la esperaba a la puerta, la vio volver con la porce­lana en la mano todavía; y se extra­ñó y se quedó muy perplejo, y te­miento que hubiese sobrevenido alguna desgracia o alguna siniestra circunstancia, no quiso hacerle pre­guntas en la calle y se apresuró a arrastrarla a la casa, en donde, con la cara muy amarilla, la interrogó con la actitud y con los ojos, pues de emoción no podía abrir la boca. Y la pobre mujer le contó lo que ha­bía ocurrido, añadiendo: “Tienes que dispensar a tu madre por esta vez, hijo mía, pues no estoy acostumbra­da a frecuentar palacios; y la vista del sultán me ha turbado de tal mo­do, que no pude adelantarme a hacer mi petición. ¡Pero mañana, si Alah quiere, volveré a palacio y tendré más valor que hoy!” Y a pesar de to­da su impaciencia, Aladino se dio por muy contento al saber que no obe­decía a un motivo más grave el re­greso de su madre con la porcelana entro las manos. Y hasta le satisfizo mucho que se hubiese dado el paso más difícil sin contratiempos ni ma­las consecuencias para su madre y para él. Y se consoló al pensar que pronto iba a repararse el retrasó.

En efecto, al siguiente día la ma­dre de Aladino fue a palacio te­niendo cogido por las cuatro puntas el pañuelo que envolvía el obsequio de pedrerías...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 748 NOCHE

Ella dijo:

... En efecto, al siguiente día la madre de Aladino fue a palacio te­niendo cogido por las cuatro puntas el pañuelo que envolvía el obsequio de pedrerías. Y estaba muy resuelta a sobreponerse a su timidez y forma­lar su petición. Y entró en el diván, y se colocó en primera fila ante el sultán. Pero, como la vez primera, no pudo dar un paso ni hacer un gesto que atrajese sobre ella la aten­ción del jefe de las escribas. Y se levantó la sesión sin resultado; y se volvió ella a casa, con la cabeza baja, para anunciar a Aladino el fracaso de su tentativa, pero pro­metiéndole el éxito para la próxima vez. Y Aladino se vio precisado a hacer nueva provisión de paciencia, amonestando a su madre por su falta de valor y de firmeza. Pero no sir­vió de gran cosa, pues la pobre mujer fue a palacio con la porcelana seis días consecutivos y se colocó siempre frente al sultán, aunque sin tener más valor ni lograr más éxito que la primera vez. Y sin duda ha­bría vuelto cien veces más tan inútil­mente, y Aladino habría muerto de desesperación y de impaciencia re­concentrada, si el propio sultán, que acabó por fijárse'en ella, ya que ésta­ba en primera fila a cada sesión del diván, no hubiese tenido la curiosi­dad de informarse acerca de ella y del motivo de su presencia. En efecto, al séptimo día, terminado el diván, el sultán se encaró con su gran visir, y le dijo: “Mira esa vieja que lleva en la mano un pañuelo con algo. Desde hace algunos días viene al diván con regularidad y permane­ce inmóvil sin pedir nada. ¿Puedes decirme a qué viene y qué desea?” Y el gran visir, que no conocía a la madre de Aladino, no quiso dejar al sultán sin respuesta, y le dijo: “¡Oh mi señor! es una vieja entre las numerosas viejas que no vienen al diván más que para pequeñeces. ¡Y tendrá que quejarse sin duda de que la han vendido cebada podrida, por ejemplo, o de que la ha injuriado su vecina, o de que la ha pegado su marido!” Pero el sultán no quedó contento con esta explicación, y dijo al visir: “Sin embargo, deseo inte­rrogar a esa pobre mujer. ¡Hazla avanzar antes de que se retire con los demás!” Y el visir contestó con el oído y la obediencia, llevándose la mano a la frente. Y dio unos pasos hacia la madre de Aladino, y le hizo seña con la mano para que se acer­cara. Y la pobre mujer se adelantó al pie del trono, toda temblorosa, y besó la tierra entre las manos del sultán, como había visto hacer a los demás concurrentes. Y siguió en aquella postura hasta que el gran visir le tocó en el hombro y la ayudó a levantarse. Y se mantuvo entonces de pie, llena de emoción; y el sul­tán le dijo: “¡Oh mujer! hace ya varios días que te veo venir al diván y permanecer inmóvil sin pedir nada. Dime, pues, qué te trae por aquí y qué deseas, a fin de que te haga justicia.” Y un poco alentada por la voz benévola del sultán, contestó la madre de Aladino: “Alah haga descender sus bendiciones sobre la cabeza de nuestro amo el sultán. ¡En cuanto a tu servidora, ¡oh rey del tiempo! antes de exponer su de­manda te suplica que te dignes con­cederle la promesa de seguridad, pues, de no ser así, tendré miedo a ofender los oídos del sultán, ya que mi petición puede parecer extraña o singular!” Y he aquí que el sultán que era hombre bueno y magnánimo, se apresuró a prometerle la seguri­dad; e incluso dio orden de hacer desalojar completamente la sala, a fin de permitir a la mujer que ha­blase con toda libertad. Y no retuvo a su lado más que a su gran visir. Y se encaró con ella, y le dijo: “Pue­des hablar, la seguridad de Alah está contigo, ¡oh mujer!” Poro la madre de Aladino, que había recobrado por completo el valor en vista de la aco­gida favorable del sultán, contestó:. “¡También pido perdón de antema­no al sultán por lo que en mi súplica pueda encontrar de inconveniente y por la audacia extraordinaria de mis palabras!” Y dijo el sultán, cada vez mas intrigado: “Habla ya sin res­tricción, ¡oh mujer! ¡Contigo están el perdón y la gracia de Alah para todo lo que puedas decir y pedir!”

Entonces, después de prosternarse por segunda vez ante el trono y de haber llamado sobre el sultán todas las bendiciones y los favores del Al­tísimo, la madre de Aladino se puso a cantar cuanto le había sucedido a su hijo desde el día en que oyó a los pregoneros públicos proclamar la or­den de que los habitantes se ocul­taran en sus casas para dejar paso al cortejo de Sett Badrú'l-Budur. Y no dejó de decirle el estado en que se hallaba Aladino, que hubo de ame­nazar con matarse si no obtenía a la princesa en matrimonio. Y narró la historia con todos sus detalles, desde el comienzo hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla. Luego, cuando acabó de hablar, bajó la cabeza. presa de gran confusión, aña­diendo: “¡Y yo ¡oh rey del tiempo! no me queda más que suplicar a Tu Alteza que no sea riguroso con la locura de mi hija y me excuse si la ternura de madre me ha impul­sado a venir a transmitirte una pe­tición tan singular!”

Cuando el sultán, que había es­cuchado estas palabras con mucha atención, pues era justo y benévolo, vio que había callado la madre de Aladino, lejos de mostrarse indignado de su demanda, se echó a reír con bondad y le dijo: “¡Oh pobre! ¿y qué traes en ese pañuelo que sos­tienes pon la cuatro puntas?

Entonces la madre de Aladino desató el pañuelo en silencio, y sin añadir una palabra presentó al sul­tán la fuente de porcelana en que estaban dispuestas las frutas de pe­drería. Y al punto se iluminó todo el diván con su resplandor, mucho más que si estuviese alumbrado con arañas y antorchas. Y el sultán que­dó deslumbrado de su claridad y le pasmó su hermosura. Luego cogió la porcelana de manos de la buena mujer y examinó las maravillosas pedrerías, una tras otra, tomándolas entre sus dedos. Y estuvo mucho tiempo mirándolas y tocándolas, en el límite de la admiración. Y acabó por exclamar, encarándose con su gran visir: “¡Por vida de mi cabeza, ¡oh visir mío! que hermoso es todo esto y qué maravillosas son estas frutas! ¿Las viste nunca parecidas u oíste hablar siquiera de la exis­tencia de cosas tan admirables sobre la faz de la tierra? ¿Qué te parece? ¡di!” Y el visir contestó: “¡En ver­dad ¡oh rey del tiempo! que nunca he visto ni nunca he oído hablar de cosas tan maravillosas! ¡Ciertamente, estas pedrerías son únicas en su es­pecie! ¡Y las joyas más preciosas del armario de nuestro rey no valen, reunidas, tanto como la más pequeña de estas frutas, a mi entender!” Y dijo el rey: “¿No es verdad ¡oh visir mío! que el joven Aladino, que por mediación de su madre me envía un presente tan hermoso, merece, sin duda alguna, mejor que cualquier hijo de rey, que se acoja bien su petición de matrimonio con mi hija Badrú'l-Budur?”

A esta pregunta del rey, la cual estaba lejos de esperarse, al visir se le mudó el color y se le trabó mu­cho la lengua y se apenó mucho. Porque, desde hacía largo tiempo, le había prometida el sultán que no daría en matrimonio a la princesa a otro que no fuese un hijo que tenía el visir y que ardía de amor por ella desde la niñez. Así es que tras largo rato de perplejidad, de emoción y de silencio, acabó por contestar con voz muy triste: “Si, ¡oh rey del tiempo! ¡Pero Tu Serenidad olvida que has prometido la princesa al hijo de tu esclavo! ¡Sólo te pido, pues, como gracia, ya que tanto te satisface este regalo de un desconocido, que me concedas un plazo de tres meses, al cabo del cual me comprometo a traer yo mismo un presente más hermoso todavía que éste para ofre­cérselo de dote a nuestro rey, en nombre de mi hijo!”

Y el rey, que a causa de sus co­nocimientos en materia de joyas y pedrerías sabía bien que ningún hombre, aunque fuese hijo de rey o de sultán, sería capaz de encon­trar un regalo que compitiese de cerca ni de lejos con aquellas mara­villas, únicas en su especie, no quiso desairar a su viejo visir rehusándole la gracia que solicitaba, por muy inútil que fuese; y con benevolencia le contestó: “¡Claro está ¡oh visir mío! que te concedo el plazo que pides. ¡Pero has de saber que, si al cabo de esos tres meses nos has en­contrado para tu hijo una dote que ofrecer a mi hija que supere o iguale solamente a la dote que me ofrece esta buena mujer en nombre de su hijo Aladino, no podré hacer más por tu hijo, a pesar de tus buenos y leales servicios!” Luego se encaró con la madre de Aladino y le dijo con mucha afabilidad: “¡Oh madre de Aladino! ¡puedes volver con toda alegría y seguridad al lado de tu hijo y decirle que su petición ha sido bien acogida y que mi hija está com­prometida con él en adelante! ¡Pero dile que no podrá celebrarse el ma­trimonio hasta pasados tres meses, para dar tiempo a preparar el equipo de mi hija y hacer el ajuar que co­rresponde a una princesa de su ca­lidad!”

Y la madre de Aladino, en extre­mo emocionada, alzó los brazos al cielo e hizo votos por la prosperidad y la dilatación de la vida del sultán y se despidió, para volar llena de ale­gria a su casa en cuanto salió de palacio. Y no bien entró en ella, Aladino vio su rostro iluminado por la dicha y corrió hacia ella y le preguntó, muy turbado: “Y bien, ¡oh madre! ¿debo vivir o debo mo­rir?” Y la pobre mujer, extenuada de fatiga, comenzó por sentarse en el diván y quitarse el velo del rostro, y dijo: “Te traigo buenas noticias, ¡oh Aladino! ¡La hija del sultán está comprometida contigo para en adelante! ¡Y tu regalo, como ves, ha sido acogido con alegría y con­tento! ¡Pero hasta dentro de tres meses no podrá celebrarse tu matri­monio con Badrú'l-Badur! ¡Y esta tardanza se debe al gran visir, barba calamitosa, que ha hablado en secre­to con el rey y le ha convencido para retardar la ceremonia, no sé por qué razón! Pero ¡inschalah! todo saldrá bien. Y será satisfecho tu deseo por encima de todas las previsiones, ¡oh hijo mío!” Luego añadió: “¡En cuan­to a ese gran visir, ¡oh hijo mío! que Alah le maldiga y le reduzca al es­tado peor! ¡Porque estoy muy pre­ocupada por lo que le haya podido decir al oído al rey! ¡A no ser por el, el matrimonio hubiera tenido lu­gar, al parecer, hoy o mañana, pues le han entusiasmado al rey las frutas de pedrería del plato de porcelana!”

Luego, sin interrumpirse para res­pirar, contó a su hijo todo lo que había ocurrido desde que entró en el diván, hasta que salió, y terminó diciendo: “Alah conserve la vida de nuestro glorioso sultán, y te guarde para la dicha que te espera, ¡oh hijo mío Aladino!”

Al oír lo que acababa de anun­ciarle su madre, Aladino osciló de tranquilidad y contento, y exclamó; “¡Glorificado sea Alah, ¡oh madre! que hace descender Sus gracias a nuestra casa y te da por hija a una princesa que tiene sangre de los más grandes reyes!” Y besó la mano a su madre y la dio muchas gracias por todas las penas que hubo de tomarse para la consecución de aquel asunto tan delicado. ¡Y su madre le besó con ternura y le deseó toda cla­se de prosperidades, y lloró al pensar que su esposo el sastre, padre de Aladino, no estaba allí para ver la fortuna y los efectos maravillosos del destino de su hijo, el holgazán de otra tiempo!

Y desde aquel día pusiéronse a contar, con impaciencia extremada, las horas que les separaban de la dicha que se prometían hasta la ex­piracion del plazo de tres meses. Y no cesaban de hablar de sus proyec­tos y de los festejos y limosnas que pensaban dar a las pobres, sin olvidar que ayer estaban ellos mismos en la miseria y que la cosa más meritoria a los ojos del Retribuidor era, sin duda alguna, la generosidad.

Y he aquí que de tal suerte trans­currieron dos meses. Y la madre de Aladino, que salía a diario para hacer las compras necesarias con anterioridad a las bodas, había ido al zoco una mañana y comenzaba a entrar en las tiendas, haciendo mil pedidos grandes y pequeños, cuando advirtió una cosa que no había no­tado al llegar. Vio, en efecto, que todas las tiendas estaban decoradas y adornadas con follaje, linternas y banderolas multicolores que iban de un extremo a otro de la calle, y que todos los tenderos, compradores y gentes del zoco, lo mismo ricos que pobres, hacían grandes demostracio­nes de alegría, y que todas las calles estaban atestadas de funcionarios de palacio ricamente vestidos con sus brocados de ceremonia y montados en caballos enjaezados maravillosa­mente, y que todo el mundo iba y venía con una animación inesperada. Así es que se apresuró a preguntar a un mercader de aceite, en cuya casa se aprovisionaba, qué fiesta, ignorada por ella, celebraba toda aquella alegre muchedumbre y qué significaban todas aquellas demos­traciones. Y el mercader de aceite, en extremo asombrado de semejante pregunta, la miró de reojo, y con­testó: “¡Por Alah, que se diría que te estás burlando! ¿Acaso eres una extranjera para ignorar así la boda del hijo del gran visir con la princesa Badrú'l-Budur, hija del sultán? ¡Y precisamente esta es la hora en que ella va a salir del hamman! ¡Y todos esos jinetes ricamente vestidos con trajes de oro son los guardias que la darán escolta hasta el palacio!”

Cuando la madre de Aladino hubo oído estas palabras del mercader de aceite, no quiso saber más, y enlo­quecida y desolada echó a correr por los zocos, olvidándose de sus com­pras a los mercaderes, y llegó a su casa, adonde entró, y se desplomó sin aliento en el diván, permanecien­do allí un instante sin poder pro­nunciar una palabra. Y cuando pudo hablar, dijo a Aladino, que había acudido: “¡Ah! ¡hijo mío, el Des­tino ha vuelto contra ti la página fatal de su libro, y he aquí que todo está perdido, y que la dicha hacia la cual te encaminabas se desvaneció antes de realizarse!” Y Aladino, muy alarmado del estado en que veía a su madre y de las palabras que oía, le preguntó: “¿Pero qué ha sucedido de fatal, ¡oh madre!? ¡Dímelo pron­to!” Ella dijo: “¡Ay! ¡hijo mío, el sultán se olvidó de la promesa que nos hizo! ¡Y hoy precisamente casa a su hija Badrú’l-Budur con el hijo del gran visir, de ese rostro de brea, de ese calamitoso a quien yo temía tanto! ¡Y toda la ciudad está ador­nada, como en las fiestas mayores, para la boda de esta noche!” Y al escuchar esta noticia, Aladino sintió que la fiebre le invadía el cerebro y hacía bullir su sangre a borbotones precipitados. Y se quedó un momen­to pasmado y confuso, como si fuera a caerse. Pero no tardó en domi­narse, acordándose de la lámpara maravillosa que poseía, y que le iba a ser más útil que nunca. Y se encaró a su madre, y le dijo con acento muy tranquilo: “¡Por tu vida; ¡oh madre! se me antoja que el hijo del visir no disfrutará esta noche de todas las delicias que se promete gozar en lugar mío! No temas, pues, por eso, y sin más dilación, levan­tate y prepáranos la comida. ¡Y ya veremos después lo que tenemos que hacer con asistencia del Altísimo!”

Se levantó, pues, la madre de Ala­dino y preparó la comida, comiendo Aladino con mucho apetito para retirarse a su habitación inmediata­mente, diciendo: “¡Deseo estar solo y que no se me importune!” Y cerró tras de sí la puerta con llave, y sacó la lámpara mágica del lugar en que la tenía, escondida. Y la cogió y la frotó en el sitio que conocía ya. Y en el mismo momento se le apareció el efrit esclavo de la lámpara, y dijo: ¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro! Y Aladino le di­jo: “¡Escúchame bien, ¡oh servidor de la lámpara! -pues ahora ya no se trata de traerme de comer y de he­ber, sino de servirme en un asunto de mucha más importancia! Has de saber, en efecto que el sultán me ha prometido en matrimonio su mara­villosa hija Badrú'l-Budur, tras de haber recibido de mí un presente de frutas de pedrería. Y me ha pe­dido un plazo de tres meses para la celebración de las bodas. ¡Y ahora se olvidó de su promesa, y sin pen­sar en devolverme mi regalo, casa a su hija con el hijo del gran visir! ¡Y como no quiero que sucedan así las cosas, acudo a ti para que me auxilies en la realización de mi pro­yecto!” Y contestó el efrit: “Habla, ¡oh mi amo Aladino! ¡Y no tienes necesidad de darme tantas explica­ciones! ¡Ordena y obedeceré!” Y contestó Aladino: “¡Pues esta noche, en cuanto los recién casados se acues­ten en su lecho nupcial, y antes de que ni siquiera tengan tiempo de tocarse, los cogerás con lecho y todo y los transportarás aquí mismo, en donde ya veré lo que tengo que hacer!” Y el efrit de la lámpara se llevó la mano a la frente, y contestó: “¡Escuco y obedezco!'; Y desapa­reció. Y Aladino fue en busca, de su madre y se sentó junto a ella y se puso a hablar con tranquilidad de unas cosas y de otras, sin preocu­parse del matrimonio de la princesa, como si no hubiese ocurrido nada de aquello. Y cuando llegó la noche dejó que se acostara su madre, y volvió a su habitación, en donde se encerró de nuevo con llave, y esperó el regreso del efrit. ¡Y he aquí lo referente a él!

¡He aquí ahora lo que atañe a las bodas del hijo del gran visir! Cuando tuvieron fin la fiesta y los festines y las ceremonias y las recepciones y los regocijos, el recién casado, pre­cedido por el jefe de los eunucos, penetró en la cámara nupcial. Y el jefe de los eunucos se apresuró a re­tirarse y a cerrar la puerta detrás de sí. Y el recién casado, después de­desnudarse, levantó las cortinas y se acostó en el lecho para esperar allí la llegada de la princesa. No tardó en hacer su entrada ella, acompa­ñada de su madre y las mujeres de su séquito, que la desnudaron, la pusieron una sencilla camisa de seda y destrenzaran su cabellera. Luego la metieron ea el lecho a la fuerza, mientras ella fingía hacer mucha resistencia y daba vueltas en todos sentidos para escapar de sus manos, como suelen hacer en semejantes circunstancias las recién casadas. Y cuando la metieron en el lecho, sin mirar al hijo del visir que estaba ya acostado, se retiraron todas juntas, haciendo votos por la consumación del acto. Y la madre, que salió la última, cerró la puerta de la habita­ción, lanzando un gran suspiro, como es costumbre.

No bien estuvieron solas los re­cién casados, antes de que tuviesen tiempo de hacerse la menor caricia, sintiéronse de pronto elevados con su lecho, sin poder darse cuenta de lo que les sucedía. Y en un abrir y cerrar de ojos se vieron transpor­tados fuera del palacio y deposita­dos en un lugar que no conocían, y que no era otro que la habitación de Aladino. Y dejándolos llenos de espanto, el efrit fue a prosternarse ante Aladino, y le dijo: “Ya se ha ejecutado tu orden ¡oh mi señor! ¡Y heme aquí dispuesto a obedecerte en todo lo que tengas que mandar­me!” Y le contestó Aladino: “¡Ten­go que mandarte que cojas a ese joven y le encierres durante toda la noche en el retrete! ¡Y ven aquí a tomar órdenes mañana por la ma­ñana!” Y el genni de la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a obedecer. Cogió, pues, brutalmente al hijo del visir y fue a encerrarle en el retrete, me­tiéndole la cabeza en el agujero. Y sopló sobre él una bocanada fría y pestilente que lo dejó inmóvil como un madero en la postura en que estaba. ¡Y he aquí lo referente a él!

En cuanto a Aladino, cuando es­tuvo solo con la princesa Badrú'l-Bu­dur, a pesar del gran amor que por ella sentía, no pensó ni por un ins­tante en abusar de la situación. Y empezó por inclinarse ante ella, lle­vándose la mano al corazón, y le di­jo con voz apasionada: “¡Oh prin­cesa, sabe que aquí estás más segu­ra que en el palacio de tu padre el sultán! ¡Si te hallas en este lugar que desconoces, sólo es para que no sufras las caricias de ese joven cretino, hijo del visir de tu padre! ¡Y aunque es a mí a quien te prome­tieron en matrimonio, me guardaré bien de tocarte antes de tiempo y antes de que seas mi esposa legítima por el Libro y la Sunnah!”

Al oír estas palabras de Aladino, la princesa no pudo comprender na­da, primeramente porque estaba muy emocionada, y además, porque ig­noraba la antigua promesa de su pa­dre y todos los pormenores del asun­to. Y sin saber qué decir, se limitó a llorar mucho. Y Aladino para de­mostrarle bien que no abrigaba nin­guna mala intención con respecto a ella y para tranquilizarla, se tendió vestido en el lecho, en el mismo sitio que ocupaba el hijo del visir, y tuvo la precaución de poner un sable des­envainado entre ella y él, para dar a entender que antes se daría la muerte que tocarla, aunque fuese con las puntas de los dedos. Y has­ta volvió la espalda a la princesa, para no importunarla en manera al­guna. Y se durmió con toda tran­quilidad, sin volver a ocuparse de la tan desada presencia de Badrú't-Bu­dur, como si estuviese solo en su le­cho de soltero.

En cuanto a la princesa, la emo­ción que le producía aquella aventu­ra tan extraña, y la situación ano­mala en que se encontraba, y los pensamientos tumultuosos que la agi­taban, mezcla de miedo y asombro, la impidieron pegar los ojos en toda la noche. Pero sin duda tenía menos motivo de queja que el hijo del vi­sir, que estaba en el retrete con la cabeza metida en el agujero y no podía hacer ni un movimiento a causa de la espantosa bocanada que le había echado el efrit para inmo­vilizarle. De todos modos, la suerte de ambos esposos fue bastante aflic­tiva y calamitosa para una primera noche de bodas...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 752 NOCHE

Ella dijo:

... De todos modos, la suerte de ambos esposos fue bastante aflictiva y calamitosa para una primera no­che de bodas.

Al siguiente día por la mañana, sin que Aladino tuviese necesidad de frotar la lámpara de nuevo, el efrit, cumpliendo la orden que se le dio, fue solo a esperar que se des­pertase el dueño de la lámpara. Y como tardara en despertarse, lanzó varias exclamaciones que asustaron a la princesa, a la cual no era posi­ble verle. Y Aladino abrió los ojos, y en cuanto hubo reconocido al efrit, se levantó del lado de la princesa, y se separó del lecho un poco, para no ser oído mas que por el efrit, y le dijo: “Date prisa a sacar del retrete al hijo del visir, y vuelve a dejarle en la cama en el sitio que ocupaba. Luego llévalos a ambos al palacio del sultán, dejándolos en el mismo lugar de donde los trajiste. ¡Y sobre todo, vigílales bien para impe­dirles que se acaricien, ni siquiera que se toquen!” Y el efrit de la lám­para contestó con el oído y la obe­diencia, y se apresuró primero a quitar el frío al joven del retrete y a ponerle en el lecho, al lado de la princesa, para transportales en se­guida a ambos a la cámara nupcial del palacio del sultán en menos tiempo del que se necesita para par­padear, sin que pudiesen ellos ver ni comprender lo que les sucedía, ni a que obedecía tan rápido cambio de domicilio. Y a fe que era lo me­jor que podía ocurrirles, porque la sola vista del espantable genni ser­vidor de la lámpara, sin duda alguna les habría asustado hasta morir.

Y he aquí que, apenas el efrit transportó a los dos recién casados a la habitación del palacio, el sultán y su esposa hicieron su entrada ma­tinal, impacientes por saber cómo había pasado su hija aquella primera noche de bodas y deseosos de feli­citárla y de ser los primeros en ver­la para desearle dicha y delicias pro­longadas. Y muy emocionados se acercaran al lecho de su hija, y la besaron con ternura entre, ambos ojos, diciéndole: “Bendita sea tu unión, oh hija de nuestro corazón! ¡Y ojalá veas germinar de tu fe­cundidad una larga sucesión de des­cendientes hermosos e ilustres que perpetúen la gloria y la nobleza de tu raza! ¡Ah! ¡dinos cómo has pasa­do esta primera noche, y de qué ma­nera se ha portado contigo tu espo­so!” ¡Y tras de hablar así, se calla­ron, aguardando su respuesta! Y he aquí que de pronto vieron que, en lugar de mostrar un rostro fresco y sonriente, estallaba ella en sollozos y les miraba con ojos muy abiertos, triste y preñados de lágrimas.

Entonces quisieron, interrogar al esposo, y miraron hacia el lado del lecho en que creían que aún estaría acostado; pero, precisamente en el mismo momento en que entraron ellas, había salido él de la habitación para lavarse todas las inmundicias con que tenía embadurnada la cara. Y creyeron que había ido al ham­man del palacio para tomar el ba­ño, como es costmbre después de la consumación del acto. Y de nue­vo se volvieron hacia su hija y le interrogaron ansiosamente, con el gesto, con la mirada y con la voz, acerca del motivo de sus lágrimas y su tristeza. Y como continuara ella callada, creyeron que sólo era el pudor propio de la primera noche de bodas lo que la impedía hablar, y que sus lagrimas eran lágrimas propias de las circunstancias, y espe­raron un momento. Pero como la situación amenazaba con durar mu­cho tiempo y el llanto de la princesa aumentaba, a la reina la faltó pa­ciencia; y acabó por decir a la prin­cesa, con tono malhumoarado: “Va­ya, hija mía, ¿quieres contestarme y contestar a tu padre ya? ¿Y vas a seguir así por mucho rato todavía? También yo, hija mía, estuve recién casada como tú y antes que tú; pe­ro supe tener tacto para no prolon­gar con exceso esas actitudes de ga­llina asustada. ¡Y además, te olvidas de que al presente nos estás faltan­do al respeto que nos debes con no contestar a nuestras preguntas!”

Al oír estas palabras de su madre, que se había puesto seria, la pobre princesa, abrumada en todos senti­dos a la vez, se vio obligada a salir del silencio que guardaba, y lanzan­do un suspiro prolongado y muy triste, contestó: “¡Alah me perdone si falté al respeto que debo a mi pa­dre y mi madre; pero me disculpa el hecho de estar en extrenio turba­da y muy emocionada y muy triste y muy estupefacta de todo lo que me ha ocurrido esta noche!” Y con­tó todo lo que le había sucedido la noche anterior, no como las cosas habían pasado realmente, sino sólo como pudo juzgar acerca de ellas con sus ojos. Dijo que apenas se acostó en el lecho al lado de su es­poso, el hijo del visir, había sentido conmoverse el lecho debajo de ella; que se había visto transportada en un abrir y cerrar de ojos desde la cámara nupcial a una casa que ja­más había visitado antes; que la ha­bían separado de su esposo, sin que pudiese ella saber de qué manera le habían sacado y reintegrado lue­go; que le había reemplazado, du­rante toda la noche, un joven her­moso, muy respetuoso desde luego y en extrema atento, el cual, para no verse expuesto a abusar de ella, ha­bía dejado su sable desenvainado en­tre ambos y se había dormido con la cara vuelta a la pared; y por úl­timo, que a la mañana, vuelto ya al lecho su esposo, de nuevo se la había transportado con él a su cá­mara nupcial del palacio, apresuran­dose él a levantarse para correr al hammam con objeto de limpiarse un cúmulo de cosas horribles, que le cubrían la cara. Y añadió: “¡Y en ese momento vi entrar a ambos para darme los buenos días y pedirme no­ticias! ¡Ay de mí! ¡Ya sólo me res­ta morir!” Y tras de hablar así, es­condió la cabeza en las almohadas, sacudida por sollozos dolorosos.

Ciando el sultán y su esposa oye­ron estas palabras de su hija Badrú'l-­Budur, se quedaron estupefactos, y mirándose con los ojos en blanco y las caras alargadas, sin dudar ya de que hubiese ella perdido la razón aquella noche en que su virginidad fue herida por primera vez., Y no quisieron dar fe a ninguna de sus palabras; y su madre le dijo con voz confidencial: “¡Así ocurren siempre estas cosas, hija mía! ¡Pero guárdate bien de decírselo a nadie, porque es­tas cosas no se cuentan nunca! ¡Y las personas que te oyeran te toma­rían por loca! Levántate, pues, y no te preoupes por eso, y procura no turbar con tu mala cara los festejos que se dan hoy en palacio en henar tuyo, y que van a durar cuarenta días y cuarenta noches, no solamente en nuestra ciudad, sino en todo el reino. ¡Vamos, hija mía, alégrate y olvida ya los diversos incidentes de esta noche!”

Luego la reina llamó a sus muje­res y las encargó que se cuidaran del tocado de la princesa; y con el sultán, que estaba muy perplejo, sa­lió en busca de su yerno, el hija del visir. Y acabaron por encontrárle cuando volvía del hamman. Y para saber a qué atenerse con respecto a lo que decía su hija, la reina empe­zó a interrogar al asustado joven acerca de lo que había pasado. Pe­ro no quiso él declarar nada de lo que hubo de sufrir, y ocultando toda la aventura por miedo de que le to­mara a broma y le rechazaran otra vez los padres de su esposa, se limi­tó a contestar: “¡Por Alah! ¿y qué ha pasado para que me .interroguéis con ese aspecto tan singular?” Y en­tonces, cada vez más persuadida la sultana de que todo lo que le había contado su hija era efecto de alguna pesadilla, creyó lo más oportuno no insistir con su yerno, y le dijo: “¡Glo­rificado sea Alah, por todo lo que pasó sin daño ni dolor! ¡Te reco­miendo, hijo mío, mucha suavidad con tu esposa, porque está delicada!”

Y después de estas palabras le dejó y fue a sus aposentos para ocu­parse de los regocijos y diversiones del día. ¡Y he aquí lo referente a ella y a los recién casados!

En cuanto a Aladino, que sospe­chaba lo que ocurría en palacio, pa­só el día deleitándose al pensar en la broma excelente de que acababa de hacer víctima al hijo del visir. Pero no se dio por satisfecho, y qui­so saborear hasta el fin la humilla­ciáis de su rival. Así es que le pareció lo más acertado no dejarle un momento de tranquilidad; y en cuan­to llegó la noche cogió la lámpara y la frotó. Y se le apareció el genni, pronunciando la misma fórmula que las otras veces. Y le dijo Aladi­no: “¡Oh servidor de la lámpara, ve al palacio del sultán! Y en cuanta veas acostados juntos a los recién ca­sados, cógelos con lecho y todo y tráemelos aquí, como hiciste la noche anterior.” Y el genni se apresuró a ejecutar la orden, y no tardó en vol­ver con su carga, depositándola en el cuarto de Aladino para coger en se­guida al hijo del visir y meterle de cabeza en el retrete. Y no dejó Ala­dino de ocupar el sitio vacío y de acostarse al lado de la princesa, pero con tanta decencia como la vez pri­mera. Y tras de colocar el sable en­tre ambos, se volvió de cara a la pa­red y se durmió tranquilamente. Y al siguiente día todo ocurrió exacta­mente igual que la víspera, pues el efrit, siguiendo las órdenes de Ala­dino, volvió a dejar al joven junto a Badrú'l-Budur, y les transportó a ambos con el lecho a la cámara nup­cial del palacio del sultán.

Pero el sultán, mas impaciente que nunca por saber de su hija des­pués de la segunda noche, llegó a la cámara nupcial en aquel mismo mo­mentol completamente solo, porque temía el malhumor de su esposa la sultana y prefería interrogar por sí mismo a la princesa. Y no bien el hijo del visir, en el límite de la mor­tificación, oyó los pasos del sultán, saltó del lecho y huyó fuera de la habitación para correr a limpiarse en el hammam. Y entró el sultán y se acercó al lecho de su hija; y levantó las cortinas; y después de besar a la princesa, le dijo: “¡Supongo, hija mía, que esta noche no habrás teni­do una pesadilla tan horrible como la que ayer nos contaste con sus ex­travagantes peripecias! ¡Vaya! ¿quie­res decirme cómo has pasado esta noche?” Pero en vez de contestar, la princesa rompió en sollozos, y se tapó la cara con las manos para no ver las ojos irritados de su padre, que no comprendía nada de todo aquello. Y estuvo esperando él un buen rato para. darle tiempo a que se calmase; pero como ella continua­ra llorando y suspirando, acabó por enfurecerse y sacó su sable, y ex­clamó: “¡Por mi vida, que si no quieres decirme en seguida la ver­dad, te separo de los hombros la cabeza!”

Entonces, doblemente espantada, la pobre princesa se vio en la preci­sión de interrumpir sus lágrimas; y dijo con voz entrecortada: “¡Oh pa­dre mío bienamado! ¡por favor, no te enfades conmigo! ¡Porque, si quie­res escucharme ahora que no está mi madre para excitarte contra mí; sin duda alguna me disculparás y me compadecerás y tomarás las precau­ciones necesarias para impedir que me muera de confusión y espanto! ¡Pues si vuelvo a soportar las cosas terribles que he soportado esta no­che, al día siguiente me encontrarás muerta en mi lecha! ¡Ten piedad de mí, pues, ¡oh padre mío! y deja que tu oído y tu corazón se compadezcan de mis penas y de mi emoción!” Y como entonces no sentía la presencia de su esposa, el sultán, que tenía un corazón compasivo, se inclinó hacia su hija, y la besó y la acarició y apaciguó su inquieta alma. Luego le dijo: “¡Y ahora, hija mía, calma tu espíritu y refresca tus ojos! ¡Y con toda confianza cuéntale a tu padre detalladamente los incidentes que esta noche te han puesto en tal esta­do de emoción y terror!” Y apo­yando la cabeza en el pecho de su padre, la princesa le contó, sin ol­vidar nada, todas las molestias que había sufrido las dos noches que acababa de pasar; y terminó su relato, añadiendo: “¡Mejor será ¡oh padre mío bienamado! que interrogues también al hijo del visir, a fin de que te confirme mis palabras!”

Y el sultán, al oír el relato de aquella extraña aventura, llegó al lí­mite de la perplejidad, y compartió la pena de su hija, y como la amaba tanto, sintió humedecerse de lágri­mas sus ojos. Y le dijo él: “La ver­dad, hija mía, es que yo solo soy el causante de todo eso tan terrible que te sucede, pues te casé con un pasmado que no sabe defenderte y resguardarte de esas aventuras sin­gulares. ¡Por que lo cierto es que quise labrar tu dicha con ese ma­trinionio, y no tu desdicha y tu muerte! ¡Por Alah, que en seguida voy a hacer que vengan el visir y el cretino de su hijo, y les voy a pedir explicaciones de todo esto! ¡Pero, de todos modos; puedes estar tran­quila en absoluto, hija mía, porque no se repetirán esos sucesos! ¡Te lo juro por vida de mi cabeza!” Luego se separó de ella, dejándola al cui­dado de sus mujeres, y regresó a sus aposentos, hirviendo en cólera.

Y al punto hizo ir a su gran visir, y en cuanto se presentó entre sus manos, le gritó: “¿Dónde está el en­trometido de tu hijo?” ¿Y qué te ha dicho de los sucesos ocurridos estas ­dos últimas noches?” El gran visir contestó estupefacto:' “No sé a qué te refieres, ¡oh rey del tiempo! ¡Na­da me ha dicho mi hijo que pueda explicarme la cólera de nuestro rey! ¡Pero, si me lo permites, ahora mismo iré a buscarle y a interrogarle!” Y dijo el sultán. “¡Ve! ¡Y vuelve pronto a traerme la respuesta!” Y el gran visir, con la nariz muy alargada, salió doblando la espalda, y fue en busca de su hijo, a quien en­contró en el hamman dedicado a lavarse las inmundicias que le cu­brían. Y le gritó: “¡Oh hijo de pe­rro! ¿por qué me has ocultado la verdad? ¡Si no me pones en seguida al corriente de los sucesos de estas dos últimas noches, será éste tu último día!” Y el hijo bajó la cabeza y contestó: “¡Ay! ¡oh padre mío! ¡sólo la vergüenza me impidió hasta el presente, revelarte las enfadosas aventuras de estas dos últimas no­ches y los incalificables tratos que sufrí, sin tener posibilidad, de defen­derme ni siquiera de saber cómo y en virtud de qué poderes enemigos nos ha sucedido todo, eso a ambos en nuestro lecho!” Y contó a su pa­dre la historia con todos sus detalles, sin olvidar nada. Pero no hay utili­dad en repetirla. Y añadió: “¡En cuanto a mí, ¡oh padre mío! prefiero la muerte a semejante vida! ¡Y hago ante ti el triple juramento del divor­cio definitivo con la hija del sultán! ¡Te suplico, pues, que vayas en bus­ca del sultán y le hagas admitir la declaración de nulidad de mi ma­trimonio con su hija Badrú'l-Budur! ¡Porque es el único medio de que cesen esos malos tratos y de tener tranquilidad! ¡Y entonces podré dor­mir en mi lecho en lugar de pasarme las noches en los retretes!”

Al oír estas palabras de su hijo, el gran visir quedó muy apenado. Porque la aspiración de su vida ha­bía sido ver casado a su hijo con la hija del sultán, y le costaba mucho trabajo renunciara tan gran honor. Así es que, aunque convencido de la necesidad del divorcio en tales cir­cunstancias, dijo a su hijo: “Claro ¡oh hijo mío! que no es posible so­portar por más tiempo semejantes tratos.” ¡Pero, piensa en lo que pier­des con ese divorcio! ¿No será me­jor tener paciencia todavía una no­che, durante la cual vigilaremos to­dos junto a la cámara nupcial, con los eunucos armados de sables y de palos? ¿Qué te parece?” El hijo con­testó: “Haz lo que gustes, ¡oh gran visir, padre mío! ¡En cuanto a mí, estoy resuelto a no entrar ya en esa habitación de brea!”

Entonces el visir separóse de su hijo, y fue en busca del rey. Y se mantuvo de pie entre sus manos, ba­jando la cabeza. Y el rey le pregun­tó: “¿Qué tienes que decirme?” El visir contestó: “¡Por vida de nuestro amo, que es muy cierto lo que ha contado la princesa Badrú'l-Budur! ¡Pero la culpa no la tiene mi hijo! De todos modos, no conviene que la princesa siga expuesta a nuevas molestias por causa de mi hijo. ¡Y si lo permites, mejor será que am­bos esposos vivan en adelante sepa­rados por el divorcio!” Y dijo el rey: ' “¡Por Alah, que tienes razón! ¡Pero, a no ser hijo tuyo el esposo de mi hija, la hubiese dejado libre a ella con la muerte de él! ¡Que se divorcien, pues!” Y al pinto dio el sultán las órdenes oportunas para que cesaran los regocijos públicos, tanto en el palacio como en la ciu­dad y en todo él reino de la China, e hizo proclamar el divorcio de su hija Badrú’l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que no se había consumado nada.

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y calló discretamente.
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