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《一千零一夜》連載三十三           ★★★★
《一千零一夜》連載三十三
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:01

 

PERO CUANDO LLEGó LA 740 NOCHE

Ella dijo:

... Y había nacido verdaderarnen­te en Africa, que es el país y el se­millero de los magos y hechiceros de la peor calidad. Y desde su ju­ventud habíase dedicado con tesón al estudio de la hechicería y de los hechizos, y al arte de la geomancia, de la alquimia, de la astrología, de las fumigaciones y de los encanta­mientos. Y al cabo de treinta años de operaciones magicas, por virtud de su hechicería, logró descubrir que en un paraje desconocido de la tie­rra había una lámpara extraordina­riamente mágica que tenía el don de hacer más poderoso que los reyes y sultanes todos al hombre que tuviese la suerte de ser su poseedor. Entonces hubo de redoblar sus fu­migaciones y hechicería, y con una última operación geomántica logró enterarse de que la lámpara consa­bida se hallaba en un subterráneo situado en las imnediaciones de la ciudad de Kolo-ka-tsé en el país de China. (Y aquel paraje era precisa­mente el que acabamos de ver con todos sus detalles.) Y el mago se puso en camino sin tardanza, y des­pués de un largo viaje había llegado a Kolo-ka-tsé, donde se dedicó a explorar los alrededores y acabó por delimitar exactamente la situación del subterráneo que lo contenía. Y por su mesa adívinatoria se enteró de que el tesoro y la lámpara mágica estaban inscriptos, por los po­deres subterráneos, a nombre de Ala­dino, hijo de Mustafá el sastre, y de que sólo él podría hacer abrirse el subterráneo y llevarse la lámpara, pues cualquier otro perdería la vida infalíblemente si intentaba la menor empresa encaminada a ello. Y por eso se puso en busca de Aladino, y cuando le encontró, hubo de utilizar toda clase de estratagemas y enga­ños para atraérsele y conducirle a aquel paraje desierto, sin despertar sus sospechas ni las de su madre., Y cuando Aladino salió con bien de la empresa, le había reclamado tan pre­surosamente la lámpara porque que­ría engañarle y emparedarle para siempre en el subterráneo. ¡Pero ya hemos visto cómo Aladino, por mie­do a recibir una bofetada, se había refugiado, en el interior de la cueva, donde no podía penetrar el mago, y cómo el mago, con objeto de ven­garse, habíale encerrado allí dentro contra su voluntad para que se mu­riese de hambre y de sed!

Realizada aquella acción, el mago convulso y echando espuma, se fué por su camino, probablemente a Africa, su país. ¡Y he aquí lo refe­rente a él! Pero seguramente nos le volveremos a encontrar.

¡He aquí ahora lo que atañe a Aladino!

No bien entró otra vez en el sub­terráneo, oyó el temblor de tierra producida por la magia del maghrebín, y aterrado, temió que la bóveda se desplomase sobre su cabeza, y se apresuró a ganar la salida. Pero al llegar a la escalera, vio que la pe­sada losa de mármol tapaba la aber­tura; y llegó al límite de la emoción y del pasmo. Porque, por una parte, no podía, concebir la maldad del hombre a quien creía tío suyo y que le había acariciado y mimado, y por otra parte, no había para qué pensar en levantar la losa de már­mol, pues le era imposible hacerlo desde abajo. En estas condiciones, el desesperado Aladino empezó a dar muchos gritos, llamando a su tío y prometiéndole, con toda clase de juramentos, que estaba dispuesto a darle enseguida la lámpara. Pero claro es que sus gritos y sollozos no fueron oídos por el mago, que ya se encontraba lejos. Y al ver que su tío no le contestaba, Aladino em­pezó a abrigar algunas dudas con respecto a él, sobre todo al acor­darse de que le había llamado hijo de perro, gravísima injuria que ja­más dirigiría un verdadero tío al hijo de su hermano.De todos mo­dos, resolvió entonces ir al jardín, donde había luz, y buscar una sa­lida por donde escapar de aquellos lugares tenebrosos. Pero al llegar a la puerta que daba al jardín observó que estaba cerrada y que no se abría ante él entonces. Enloquecido ya, corrió de nuevo a la puerta de la cueva y se echó llorando en los pel­daños de la escalera. Y ya se veía enterrado vivo entre las cuatro pa­redes de aquella cueva, llena de negrura y de horror, a pesar de todo el oro que contenía. Y sollozó du­rante mucho tiempo, sumido en su dolor. Y por primera vez en su vida dio en pensar en todas, las bondades de su pobre madre y en su abnega­ción infatigable, no obstante la mala conducta y la ingratitud de él. Y la muerte en aquella cueva hubo de parecerle mas amarga, por no haber podido refrescar en vida el corazón de su madre mejorando algo su ca­rácter y demostrándola de alguna manera su agradecimiento. Y suspiró mucho al asaltarle este pensamiento, y empezó a retorcerse los brazos y a restregarse las manos, como gene­ralmente hacen los que están deses­perados, diciendo, a modo de renun­cia a la vida: “No hay recurso ni poder más que en Alah!” Y he aquí que, con aquel movimiento, Aladino frotó sin querer el anillo que llevaba en el pulgar y, que le había prestado el mago para preservarle de los pe­ligros del subterráneo. Y no sabía aquel maghrebín maldito que el tal anillo había de salvar la vida de Ala­dino precisamente, pues de saberlo, no se lo hubiera confiado desde lue­go, o se hubiera apresurado a qui­társelo, o incluso no hubiera cerrado el subterráneo mientras el otro no se lo devolviese. Pero todos los ma­gos son, por esencia, semejantes a aquel maghrebín hermano suyo: a pesar del poder de su hechicería y de su ciencia maldita, no saben pre­ver las consecuencias de las acciones más sencillas, y jamás piensan en precaverse de los peligros más vul­gares. ¡Porque con su orgullo y su confianza en sí mismos, nunca reco­rren al Señor de las criaturas, y su espíritu permanece constantemente obscurecido por una humareda más espesa que la de sus fumigaciones, y tienen los ojos tapados por una venda, y van a tientas por las tinie­blas.

Y he aquí que, cuando el deses­perado Aladino frotó, sin querer, el anillo que llevaba en el pulgar y cuya virtud ignoraba, vio surgir de pronto ante él, como si brotara de la tierra, un inmenso y gigantesco efrit, semejante a un negro embetunado, con una cabeza como un caldero, y una cara espantosa, y unos ojos rojos, enormes y llameantes, el cual se inclino ante él, y con una voz tan retumbante cual el rugido del trueno, le dijo: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclávo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor del anillo en la tierra, en el aire y en el agua!”

Al ver aquello, Aladino, que no era valeroso, quedó muy aterrado; y en cualquier otro sitio o en cual­quier otra circunstancia hubiera caí­do desmayado o hubiera procurado escapar. Pero en aquella cueva, don­de ya se creía muerto de hambre y de sed, la intervención de aquel espantoso efrit parecióle un gran socorro, sobre todo cuando oyó la pregunta que le hacía. Y al fin pudo mover la lengua y contestar: “¡Oh gran jeique de los efrits del aire, de la tierra y del agua, sácame de esta cueva!”

Apenas había él pronunciado estas palabras, se conmovió y se abrió la tierra por encima de su cabeza, y en un abrir y cerrar de ojos sintióse transportado fuera de la cueva, en el mismo paraje donde encendió la ho­guera el maghrebín. En cuanto al efrit, había desaparecido.

Entonces, todo tembloroso de emo­ción todavía, pero muy contento por verse de nuevo al aire libre, Aladino dio gracias a Alah el Bienhechor que le había librado de una muerte cierta y le había salvado de las emboscadas del maghrebín. Y miró en torno suyo y vio a lo lejos la ciudad en medio de sus jardines. Y le apresuró a des­andar el camino por donde le había conducido el mago, dirigiéndose al valle sin volver la cabeza atrás ni una sola vez. Y extenuado y falto de aliento, llegó ya muy de noche a la casa en que le esperaba su ma­dre lamentándose, muy inquieta por su tardanza. Y corrió ella a abrirle, llegando a tiempo para acogerle en sus brazos, en los que cayó el joven desmayado, sin poder resistir más la emoción.

Cuando a fuerza de cuidados vol­vió Aladino de su desmayo, su madre le dio a beber de nuevo un poco de agua de rosas. Luego, muy preocu­pada, le preguntó qué le pasaba. Y contestó Aladinó: “¡Oh madre mía, tengo mucha hambre! ¡Te ruego, pues, que me traigas algo de comer, porque no he tomado nada desde esta mañana!” Y la madre de Ala­dino corrió a llevarle lo que había en la casa. Y Aladino se puso a comer con tanta prisa, que su madre le dijo, temiendo que se atragantara: “¡No te precipites, hijo mío, que se te va a reventar la garganta! ¡Y si es que comes tan deprisa para con­tarme cuan antes lo que me tienes que contar, sabe que tenemos por nuestro todo el tiempo! ¡Desde el momento en que volví, a verte estoy tranquila, pero Alah sabe cuál fue mi ansiedad cuando notó que avan­zaba la noche sin que estuvieses de regreso!” Luego se interrumpió para decirle: “¡Ah hijo mío! ¡moderate, por favor, y coge trozos más peque­ños!” Y Aladino, que había devorado en un momento todo lo que tenía delante, pidió de beber, y cogió el cantarillo de agua y se lo vació en la garganta sin respirar. Tras de lo cual se sintió satisfecho, y dijo a su madre: “¡Al fin voy a poder con­tarte ¡oh madre mía! todo lo que me aconteció con el hombre a quien tú creías mi tío, y que me ha hecho ver la muerte a dos dedos de mis ojos! ¡Ah! ¡tú no sabes que ni por asomo era tío mío ni hermano de mi padre ese embustero que me hacía tantas caricias y me besaba tan tiernamente, ese maldito maghrebín, ese hechicero, ese mentiroso, ese bribón, ese embaucador, ese enre­dador, ese perro, ese sucio, ese de­monio que no tiene par entre los demonios sobre la faz de la tierra!, ¡Alejado sea el Maligno!” Luego añadió: “¡Escucha ¡oh madre! lo que me ha hecho!” Y dijo todavía: “¡Ah! ¡qué contento estoy de haber­me librado de sus manos!” Luego se detuvo un momento, respiró con fuerza, y de repente, sin tomar ya más aliento, contó cuanto le había sucedido, desde el principio hasta el fin, incluso, la bofetada, la injuria y lo demás, sin omitir un solo de­talle. Pero no hay ninguna utilidad en repetirlo.

Y cuando hubo acabado su relato se quitó el cinturón y dejó caer en el colchón que había en el suelo la ma­ravillosa provisión de frutas trans­parentes y coloreadas que hubo de coger en el jardín. Y también cayó la lampara en el montón, entre bolas de pedrería.

Y añadió éí para terminar: “¡Esa es ¡oh madre! mi aventura con el mago maldito, y aquí tienes lo que me ha reportado mi viaje al subte­rráneo!” Y así diciendo, mostraba a su madre las bolas maravillosas, pero con un aire desdeñoso que sig­mficaba: “¡Ya no soy un niño para jugar con bolas de vidrio!”

Mientras estuvo hablando su hijo Aladino la madre le escuchó; lan­zando, en los pasajes más sorpren­dentes o más conmovedores del re­lato, exclamaciones de cólera contra, el mago y de conmiseración para Aladino. Y no bien acabó de contar él tan extraña aventura, no pudo ella reprimirse más, y .se desató en in­jurias contra el maghrebín, moteján­dole con todos los dicterios que para calificar la conducta del agresor pue­de encontrar la cólera de una madre que, ha estado a punto de perder a su hijo. Y cuando se desahogó un poco, apretó contra su pecho a su hijo Aladino y le besó llorando, y dijo: “¡Demos gracias a Alah ¡oh hijo mío! que te ha sacado sano y salvo de manos de ese hechicero maghrebín! ¡Ah traidor, maldito! ¡Sin duda quiso tu muerte por po­seer esa miserable lámpara de cobre que no vale medio dracma! ¡Cuánto le detestó! ¡Cuánto abomino de él! ¡Por fin te recobré, pobre niño mío, hijo mío Aladino! ¡Pero qué peligros ­no corriste por culpa mía, que debí adivinar, no obstante, en los ojos bizcos de ese maghrebín; que no era tío tuyo ni nada allegado, sino un mago maldito y un descreido!”

Y así diciendo, la madre se sentó en el colchón con su hijo Aladino, y le estrechó contra ella y le besó y le meció dulcemente. Y Aladino, que no había dormido desde hacía tres días, preocupado por su aventura con el maghrebín, no tardó en ce­rrar los ojos y en dormirse en las rodillas de su madre, halagado por el balanceo. Y le acostó ella en el colchón con mil precauciones, y no tardó en acostarse y en dormirse también junto a él.

Al día siguiente, al despertarse...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 742 NOCHE

Ella dijo:

Al día siguiente, al despertarse, empezaron por besarse mucho, y Aladino dijo a su madre que su aventura le había corregido para siempre de la travesura y haragane­ría, y que-en lo sucesivo buscaría trabajo como un hombre. Luego, como aun teía hambre, pidió el desayuno; y su madre le dijo: “¡Ay hijo mío! ayer por la noche te di todo lo que había en casa, y ya no tengo ni un pedazo de pan. ¡Pero ten un poco de paciencia y aguarda a que vaya a vender el poco de al­godón que hube de hilar estos últi­mos días, y te compraré algo con el importe de la venta!” Pero contestó Aladino: “Deja el algodón para otra vez, ¡oh madre! y coge hoy esta lámpara vieja que me traje del sub­terráneo, y ve a venderla al zoco de los mercaderes de cobre. ¡Y pro­bablemente sacarás, por ella algún dinero que nos permita pasar todo el día!” Y contestó la madre de Ala­dino: “¡Verdad dices, hijo mío! ¡y mañana cogeré las bolas de vidrio que trajiste también de ese lugar maldito, e iré a venderlas en el ba­rrio de los negros, que me las com­prarán a más precio que los nmerca­deres de oficio!”

La madre de Aladino cogió, pues, la lámpara para ir a venderla, pero la encontró muy sucia, y dijo a Ala­dino:. “¡Primero, hijo mío, voy a limpiar está lámpara que está sucia, a fin de dejarla reluciente y sacar por ella el mayor precio posible!” Y fue a la cocina, se echó en la mano un poco de ceniza, que mezcló con agua, y se puso a limpiar la lámpara. Pero apenas había empezado a fro­tarla, cuando surgió de pronto ante ella, sin saberse de dónde había salido, un espantoso efrit, más feo indudablemente que el del subterrá­neo, y tan enorme que tocaba el techo con la cabeza. Y se inclinó ante ella y dijo con voz ensordece­dora: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué, quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!”

Cuando la madre de Aladino vio esta aparición, que estaba tan lejos de esperarse, como no estaba acos­tumbrada a semejantes cosas, se que­dó inmóvil de terror; y se la trabó la lengua, y se la abrió la boca; y loca de miedo y horror, no pudo soportar por más tiempo el tener a la vista una cara tan repulsiva y es­pantosa como aquella, y cayó des­mayada.

Pero Aladino, que se hallaba tam­bién en la cocina, y que estaba ya un poco acostumbrado a caras de aquella clase, después de la que ha­bían visto en la cueva, quizá más fea y monstruosa, no se asustó tanto como su madre. Y comprendió, que la causante de la aparición del efrit era aquella lámpara; y se apresuró a quitársela de las manos a su ma­dre, que seguía desmayada; y la cogió con firmeza entre los diez de­dos, y dijo al efrit: “¡Oh servidor de la lámpara! ¡tengo mucha ham­bre, y deseo que me traigas cosas excelentes en extremo para que me las coma!” Y el genni desapareció al punto, pero para volver un instante después, llevando en la cabeza una gran bandeja de plata maciza, en la cual había doce platos de oro llenos de manjares olorosos y exquisitos al paladar y a la vista, con seis panes muy calientes y blancos como la nieve y dorados par en medio, dos frascos grandes de vino añejo, claro y excelente, y en las manos un ta­burete de ébano incrustado de nácar y de plata, y dos tazas de plata. Y puso la bandeja en el taburete, colo­có con presteza lo que tenía que colocar y desapareció discretamente.

Entonces Aladino, al ver que su madre seguía desmayada, le echó en el rostro agua de rosas, y aquella frescura, complicada con las delicio­sas emanaciones de los manjares hu­meantes, no dejó de reunir los espí­ritus dispersos y de hacer volver en sí a la pobre mujer. Y Aladino se apresuró a decirle: “¡Vamos, ¡oh madre! eso no es nada! ¡Levántate y ven a comer! ¡Gracias a Alah, aquí hay con qué reponerte por com­pleto el corazón y los sentidos y con qué aplacar nuestra hambre! ¡Por favor, no dejemos enfriar estos manjares. excelentes!”

Cuando la madre de Aladino vio la bandeja de plata encima del her­moso taburete, las doce platos de oro con su contenido, los seis mara­villosos panes, los dos frascos y las dos tazas, y cuando percibió su olfato el olor sublime que exhalaban todas aquellas cosas buenas, se olvidó de las circunstancias de su desmayo, y dijo a Aladino: “¡Oh hijo mío! ¡Alah proteja la vida de nuestro sultán! ¡Sin duda ha oído hablar de nuestra pobreza y nos ha enviado esta ban­deja con uno de sus cocineros!” Pero Aladino contestó: “¡Oh madre mía! ¡no es ahora el momento oportuno para suposiciones y votos! Empece­mos por comer, y ya te contaré des­pués lo que ha ocurrido.”

Entonces la madre de Aladino fue a sentarse junto a él, abriendo unos ojos llenos de asombro y de admi­ración ante novedades tan maravi­llosas; y se pusieron ambos a comer coas gran apetito. Y experimentaron con ello tanto gusto, que se estúviron mucho rato en torno a la ban­deja, sin cansarse de probar manjares tan bien condimentados, de modo y manera que acabaron por juntar la comida de la mañana con la de la no­che. Y cuando terminaron por fin, reservaron para el día siguiente los restos de la comida. Y la madre de Aladino fue a guardar en el armario de la cocina los platos y su conte­nido, volviendo en seguida al lado de Aladino para escuchar lo que tenía él que contarle acerca de aquel generoso obsequio. Y Aladino le re­veló entonces lo que había pasado, y cómo el genni servidor de la lám­para hubo de ejecutar la orden sin vacilación.

Entonces la madre de Aladino, que había escuchado el relato de su hijo con un espanto creciente, fue presa de gran agitación y exclamo: “¡Ah hijo mío! por la leche con que nutrí tu infancia te conjuro a que arrojes lejos de ti esa lámpara mági­ca y te deshagas de ese anillo, don de los malditos efrits, pues no podré soportar por segunda vez la vista de caras tan feas y espantosas, y me moriré a consecuencia de ello sin duda. Por cierto que me parece que estos manjares que acabo de comer se me suben a la garganta y van a ahogarme. Y además, nuestro pro­feta Mahomed (¡bendito sea!) nos recomendó mucho que tuviéramos cuidado con los genni y los efrits, y no buscáramos su trato nunca!” Aladino, contestó: “¡Tus palabras, madre mía, están por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Pero, real­mente, no puedo deshacerme de la lámpara ni del anillo! Porque el anillo me fue de suma utilidad al sal­varme de una muerte segura en la cueva, y tú misma acabas de ser testigo del servicio que nos ha pres­tado esta lámpara, la cuál es tan pre­ciosa, que el maldito maghrebín no vaciló en venir a buscarla desde tan lejos. ¡Sin embargo, madre mía, para darte gusto y por consideración a ti, voy a ocultar la lámpara, a fin de que su vista no te hiera los ojos y sea para ti motivo de temor en el porvenir!” Y contestó la madre de Aladino: “Haz lo que quieras, hijo mío. ¡Pero, por mi parte, declaro que no quiero tener que ver nada con los efrits, ni con el servidor del anillo, ni con el de la lámpara! ¡Y deseo que no me hables más de ellos, suceda lo que suceda!”

Al otro día, cuando se terminaron las excelentes provisiones, Aladino, sin querer recurrir tan pronto a la lámpara, para evitar a su madre dis­gustos, cogió uno de los platos de oro, se lo escondió en la ropa y salió con intención de venderlo en el zoco e invertir el dinero de la venta en proporcionarse las provisiones nece­sarias en la casa. Y fue a la tienda de un judío, que era más astuto que el Cheitán. Y sacó de su ropa el plato de oro y se lo entregó al judío, que lo cogió, lo examinó, lo raspó, y preguntó a Aladino con aire dis­traído: “¿Cuánto pides por esta?” Y Aladino, que en su vida había visto platos de oro y estaba lejos de saber el valor de semejantes mercaderías, contestó: “¡Por Alah, ¡oh mi señor! tú sabrás mejor que yo lo que puede valer ese plato; y yo me fío en tu tasación y en tu buena fe!” Y el ju­dío, que había visto bien que el plato era del oro más puro, se dijo: “He ahí un mozo que ignora el precio de lo que posee. ¡Vaya un excelente provecho que me proporciona hoy la bendición de Abraham!” Y abrió un cajón, disimulado en el muro de la tieda, y sacó de él una sola mo­neda de oro, que ofreció a Aladino, y, que no representaba ni la milé­simaparte del valor del plato, y le dijo: “¡Toma, hijo mío, por tu plato! ¡Por Moisés y Aarón, que nunca hu­biera ofrecido semejante suma a otro que no fueses tú; pero lo hago sólo por tenerte por cliente en lo sucesi­vo!” Y Aladino cogió a toda prisa el dinar de oro, y sin pensar siquiera en regatear, echó a correr muy con­tento. Y al ver la alegría de Aladino y su prisa por marcharse, el judío sintió mucho no haberle ofrecido una cantidad más inferior todavía, y estuvo a punto de echar a correr detrás de él para rebajar algo de la moneda de oro; pero renuncio a su proyecto al ver que no podía alcan­zarle.

En cuanto a Aladino, corrió sin pérdida de tiempo a casa del pana­dero, le compró pan, cambió el dinar de oro y volvió a su casa para dar a su madre el pan y el dinero, di­ciéndole: “¡Madre mía, ve ahora a comprar con este dinero las provi­siones necesarias, porque yo no en­tiendo de esas cosas!” Y la madre se levantó y fue al zoco a comprar todo lo que necesitaban. Y aquel día comieron y se saciaron. Y desde en­tonces, en cuanto les faltaba dinero, Aladino iba al zoco a vender un plato de oro al mismo judío, que siempre le entregaba un dinar, sin atreverse a darle menos después de haberle dado esta suma la primera vez y temeroso de que fuera a pro­poner su mercancía a otros judíos, que se aprovecharían con ello, en lugar suyo, del inmenso beneficio que suponía el tal negocio. Así es que Aladino, que continuaba ignorando el valor de lo que poseía, le vendió de tal suerte los doce platos de oro. Y entonces pensó en llevarle el ban­dejón de plata maciza; pero como le pesaba mucho, fue a buscar al judío, que se presentó en la casa, examinó la bandeja preciosa, y dijo a Aladino: “¡Esto vale dos monedas de oro!” Y Aladino, encantado, con­sintió en vendérselo, y tomó el di­nero, que no quiso darle el judío más que mediante las dos tazas de plata como propina.

De esta manera tuvieron aún para mantenerse durante unos días Ala­dino y su madre. Y Aladino continuó yendo a los zocos a hablar formal­mente con los mercaderes y las per­sonas distinguidas; porque desde su vuelta había tenido cuidado de abs­tenerse del trato de sus antiguos camaradas, los niños del barrio; y a la sazón procuraba instruirse escu­chando las conversaciones de las personas mayores; y como estaba lleno de sagacidad, en poco tiempo adquirió toda clase de nociones pre­ciosas que muy escasos jóvenes de su edad serían capaces de adquirir.

Entre tanto, de nuevo hubo de faltar dinero en la casa, y como no podía obrar de otro modo, a pesar de todo el terror que inspiraba a su madre, Aladino se vio obligado a recurrir a la lámpara mágica. Pero advertida del proyecto de Aladino, la madre se apresuró a salir de la casa, sin poder sufrir el encontrarse allí en el momento de la aparición del efrit. Y libre entonces de obrar a su antojo, Aladino cogió la lam­para con la mano, y buscó el sitio que había que tocar precisamente, y que se conocía por la impresión dejada con la ceniza en la primera limpieza; y la frotó despacio y muy suavemente. Y al punto apareció el genni, que inclinóse, y corno voz muy tenue, a causa precisamente de la suavidad del frotamiento, dijo a Ala­dino: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en ele aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!” Y Aladino se apresuró a contestar: “¡Oh ser­vidor de la lámpara! ¡tengo mucha hambre, y deseo una bandeja de manjares en un todo semejante a la que me trajiste la primera vez!” Y el genni desapareció, pero para re­aparecer, en menos de un abrir y cerrar de ojos, cargado con la ban­deja consabida, que puso en el tabu­rete; y se retiró sin saberse por dónde.

Poco tiempo después volvió la madre de Aladino; y vio la bandeja con su aroma y su contenido tan encantador; y no se maravilló menos que la primera vez. Y se sentó al lado de su hijo, y probó los manjares, encontrándolos más exquisitos todavía que los de la primera han­deja. Y a pesar del terror que le inspiraba el genni servidor de la lám­para, comió con mucho apetito; y ni ella ni Aladino pudieron separarse de la bandeja hasta que se hartaron completamente; pero como aquellos manjares excitaban el apetito con­forme se iba comiendo, no se le­vantó ella hasta el anochecer, jun­tando así la comida de la mañana con la de mediodía y con la de la noche. Y Aladino hizo lo propio.

Citando se terminaron las provi­siones de la bandeja, como la vez primera....

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y -se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 744 NOCHE

Ella dijo:

... Cuando se terminaron las pro­visiones de la bandeja, como la vez primera, Aladino no dejó de coger uno de los platos de oro e ir al zoco, según tema por costumbre, para ven­dérselo al judío, lo mismo que había hecho con los otros platos. Y cuando pasaba por delante de la tienda de un venerable jaique musulmán, que era un orfebre muy estimado por su probidad y buena fe, oyó que le llamaban por su nombre y se detuvo. Y el venerable orfebre le hizo senas con la mano y le invitó a entrar un momento en la tienda. Y le dijo: “Hijo mío, he tenido ocasión de verte pasar por el zoco bastantes veces, y he notado que llevabas siempre entre la ropa algo que que­rías ocultar, y entrabas en la tienda de mi vecino el judío para salir luego sin el objeto que ocultabas. ¡Pero tengo que advertirste de una casa que acaso ignores, a causa de tu tierna edad! Has de saber, en efecto, que los judíos son enemigos natos de los musulmanes; y creen que es lícito escamotearnos nuestros bienes por todos los medios posibles. ¡Y entre todos los judíos, precisamente ese es el más detestable, el más listo, el más embaucador y el más nutrido de odio contra nosotros los que creemos en Alah el Unico! ¡Así, pues, si tienes que vender alguna cosa, ¡oh hijo mío! empieza por enseñármela, y por la verdad de Alah el Altísimo te juro que la tasaré en su justo valor, a fin de que al cederla sepas exactamente lo que haces! Enséña­me, pues, sin temor, ni desconfianza lo que ocultas en tu traje, ¡y Alah maldiga a los embaucadores y con­funda al Maligno! ¡Alejado sea por siempre!”

Al oír estas palabras del viejo orfebre, Aladino, confiado, no dejó de sacar de debajo de su traje el plato de oro y mostrárselo. Y el jai­que calculó al primer golpe de vista el valor del objeto y preguntó a Ala­dino: “¿Puedes decirme ahora, hijo mío, cuántos platos de esta clase vendiste al judío y el precio a que se los cediste?” Y Aladino contestó: “¡Por Alah, ¡oh tío mío! que ya le he dado doce platos como éste a un dinar cada uno!” Y al oír estas pala­bras, el viejo orfebre llegó al límite de la indignación, y exclamó: “¡Ah maldito judío, hijo de perro, posteri­dad de Eblis!” Y al propio tiempo puso el plato en la balanza, lo pesó; y dijo: “¡Has de saber, hijo mío, que este plato es del oro más fino y que no vale un dinar, sino doscientos dinares exactamente! ¡Es decir, que el judío te ha robado a ti solo tanto como roban en un día, con detri­mento de los musulmanes, todos los judíos del zoco reunidos!” Luego añadió: “¡Ay hijo mío! ¡lo pasado pasado está, y como no hay testigos, no podemos hacer empalar a ese judío maldito! ¡De todos modos, ya sabes a qué atenerte en lo sucesivo!

Y si quieres, al momento voy a con­tarte doscientos dinares por tu plato. ¡Prefiero, sin embargo, que antes de vendérmelo vayas a proponerlo y a que te lo tasen otros mercaderes; y si te ofrecen más, consiento, en pagarte la diferencia y algo más de sobreprecio!” Pero Aladino, que no tenía ningún motivo para dudar de la reconocida probidad del viejo orfebre, se dio por muy contento, con cederle el plato a tan buen precio. Y tomó los doscientos dina­res. Y en lo sucesivo no dejó de dirigirse al mismo honrado orfebre musulmán para venderle los otros once platos y la bandeja.

Y he aquí que, enriquecidos de aquel modo, Aladino y su madre no abusaron de los beneficios del. Retribuidor. Y continuaron llevando una vida modesta, distribuyendo a los pobres y a los menesterosos lo que sobraba a sus necesidades. Y entre tanto, Aladino no perdonó ocasión de seguir instruyéndose y afinando su ingenio con el contacto de las gentes del zoco, de los mercaderes distinguidos y de las personas de buen tono que frecuentaban los zo­cos. Y así aprendió en poco tiempo las maneras del gran mundo, y man­tuvo relaciones sostenidas con los orfebres y joyeros, de quienes se convirtió en huésped asiduo. ¡Y ha­bituándose entonces a ver joyas y pedrerías, se enteró de que las frutas que se había llevado de aquel jardín y que se imaginaba serían bolas de vidrió coloreado, eran maravillas inestimables que no tenían igual en casa de los reyes y sultanes más poderosos y más ricos! Y como se había vuelto muy prudente y muy inteligente, tuvo la precaución de no hablar de ello a nadie, ni siquiera a su madre. Pero en vez de dejar­las frutas de pedrería tiradas debajo de los cojines del diván y por todos los rincones, las recogió con mucho cuidado y las guardó en un cofre que compró a propósito: Y he aquí que pronto habría de experimentar los efectos de su prudencia de la manera más brillante y más esplén­dida.

En efecto, un día entre los días, charlando él a la puerta de una tienda con algunos mercaderes ami­gos.suyos, vio cruzar los zocos a dos pregoneros del sultán, armados de largas pértigas, y les oyó gritar al unísono en alta voz: “¡Oh vosotros todos, mercaderes y habitantes! ¡De orden de nuestro amo magnánimo, el rey del tiempo y el señor de los siglos y de los momentos, sabed que tenéis que cerrar vuestras tiendas al instante y encerraros en vuestras casas, con todas las puertas cerradas por fuera y por dentro! ¡porque va a pasar para ir a tomar su baño en el hammam, la perla única, la maravillosa, la bienhechora, nuestra joven ama Badrú'l-Budur; luna llena de las lunas llenas, hija de nuestro glorioso, sultán! ¡Séale el baño deli­cioso! ¡En cuanto a los que se abrevan a infringir la orden y a mirar por puertas o ventanas, serán casti­gados con el alfanje, el palo o el patíbulo! ¡Sirva, pues, de aviso a quienes quieran conservar su sangre en su cuello!”

Al oír este pregón público Ala­dino se sintió poseído de un deseo irresistible por ver pasar a la hija del sultán, a aquella maravillosa Ba­drá'l-Budur, de quien se hacían len­guas en toda la ciudad y cuya belleza de luna y perfecciones eran muy elogiadas. Así es que en vez de hacer como todo el mundo y correr a en­cerrarse en su casa, se le ocurrió ir a toda prisa al hammam y escora­derse detrás de la puerta principal para poder, sin ser visto, mirar a través de las junturas y admirar a su gusto a la hija del sultán cuando entrase en el hammam.

Y he aquí que a los pocos instan­tes de situarse en aquel lugar vio llegar el cortejo de la princesa, pre­cedido vor la muchedumbre de eunu­cos. Y la vio a ella misma en medio de sus mujeres, cual la luna en me­dio de las estrellas, cubierta con sus velos de seda. Pero en cuanto llegó al umbral del hammmam se apresuró a destaparse el rostro; y apareció con todo el resplandor solar de una be­lleza que superaba a cuanto pudiera decirse. Porque era una joven de quince años, más bien menos que más, derecha como la letra alef, con una cintura que desafiaba a la rama tierna del árbol ban, con una frente deslumbradora, como el cuarto cre­ciente de la luna en el mes de Rama­dan, con cejas rectas y perfectamente trazadas, con ojos negros, grandes y lánguidos, cual los ojos de la ga­cela sedienta, con párpados modes­tamente bajos y semejantes a pétalos de rosa, con una nariz impecable como labor selecta, una boca mi­núscula con dos labios encarnados, una tez de blancura lavada en el agua de la fuente Salsabil, un mentón sonriente, dientes como granizos, de igual tamaño, un cuello de tórtola, y lo demás, que no se veía, por el estilo. Y de ella es de quien ha dicho el poeta:

¡Sus ojos magos, avivados con kohl negro, traspasan los corazones con sus flechas aceradas!

¡A las rosas de sus mejillas roban los colores las rosas de los ramos!

¡Y su cabellera es una noche tene­brosa iluminada por la irradiación de su frente!

Cuando la princesa llegó a la puerta del hammam, como no temía las miradas indiscretas, se levantó el velillo del rostro, y apareció así en toda su belleza. Y Aladino la vio, y en el momento sintió bullirle la san­gre en la cabeza tres veces más de­prisa que antes. Y sólo entonces, se dio cuenta él, que jamás tuvo oca­sión de ver al descubierto rostros de mujer, de que podía haber mu­jeres hermosas y mujeres feas y de que no todas eran viejas y seme­jantes a su madre. Y aquel descu­brimiento, unido a la belleza in­comparable de la princesa, le dejó estupefacto y le inmovilizó en un éxtasis detrás de la puerta. Y ya hacía mucho tiempo que había en­trado la princesa en el hammam, mientras él permanecía aún allí asombrado y todo tembloroso de emoción. Y cuando pudo recobrar un poco el sentido, se decidió a es­cabullirse de su escondite y a regre­sar a su casa, ¡pero en qué estado de mudanza y turbación! Y pensaba: “¡Por Alah! ¿quién hubiera podido imaginar jamás que sobre la tierra hubiese una criatura tan hermosa? ¡Bendito sea la que la ha formado y la ha dotado de perfección!” Y asaltado por un cúmulo de pensa­mientos, entró en casa de su madre, y con la espalda quebrantada de emoción y el corazón arrebatado de amor por completo, se dejó caer en el diván, y estuvo sin moverse.

Y he aquí que su madre no tardó en verle en aquel estado tan extra­ordinario, y se acercó a él y le pre­guntó con ansiedad qué le pasaba. Pero él se negó a dar la menor res­puesta. Entonces le llevó ella la ban­deja de los manjares para que almor­zase; pero él no quiso comer. Y le preguntó ella: “¿Qué tienes, ¡oh hijo mío?! ¿Te duele algo? ¡Dime qué te ha ocurrido!” Y acabó él por con­testar: “¡Déjame!” y Ella insistió para que comiese, y hubo de instarle de tal manera, que consintió él en tocar a los manjares, pero comió in­finitamente menos que de ordinario; y tenía los ojos bajos, y guardaba silencio, sin querer contestar a las preguntas inquietas de su madre. Y estuvo en aquel estado de somnolencia, de palidez y de abatimiento hasta el día siguiente.

Entonces la madre de Aladino, en el límite de la ansiedad, se acercó a él, con lágrimas en los ojos, y le dijo: “¡Oh hijo mío! ¡por Alah sobre ti, dime lo que te pasa y no me tor­tures más el corazón con tu silencio! ¡Si tienes alguna enfermedad, no me la ocultes, y en seguida iré a buscar al médico! Precisamente está hoy de paso en nuestra ciudad un médico famoso del país de los árabes, a quien ha hecho venir exprofeso nuestro sultán para consultarle. ¡Y no se habla de otra cosa que de su cien­cia y de sus remedios maravillosos! ¿Quieres que vaya a buscarle...

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.
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