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《一千零一夜》連載三十一           ★★★★
《一千零一夜》連載三十一
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:10

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 345 NOCHE

Ella dijo:

... para impedir el paso a los vi­sitantes, ni para animarles a seguir en su asombrada exploración.

Continuaron, pues, por esta ga­lería, cuya parte superior estaba de­corada con una cornisa bellísima, y vieron, grabada en letras de oro so­bre fondo azul, una inscripción en lengua jónica que contenía precep­tos sublimes, y cuya traducción fiel hizo el jeique Abdossamad en esta forma:

¡En el nombre del Inmutable, Soberano de los destinos! ¡Oh hijo de los hombres, vuelve la cabeza y verás que la muerte se dispone a. caer sobra tu alma! ¿Dónde está Adán, padre de los humanos? ¿Dónde están Nuh y su des­cendencia? ¿Dónde está Nemrod el formidable? ¿Dónde están los reyes, los conquistadores, los Khosroes, los Césares, los Faraones, los emperadores de la India y del Irak, los dueños de Persia y de Arabia e Iskandar el Bicornio? ¿Dónde están los soberanos de la tierra Hamán Y Karún, Y Sched­dad, hijo de Aad, y todos los pertene­cientes a la posteridad de Canaán? ¡Por orden del Eterno, abandonaron la tie­rra para ir a dar cuenta de sus actos el día de la Retribución!

¡Oh hijo de los hombres! no te en­tregues al mundo y a sus placeres! ¡Te­me al Señor, y sírvele de corazón de­voto! ¡Teme a la muerte! ¡La devoción por el Señor y el temor a la muerte, son el principio de toda sabiduría! ¡Así cosecharás buenas acciones, con las que te perfumarás el día terrible del Jui­cio!

Cuando escribieron en sus perga­minos esta inscripción, que les con­movió mucho, franquearon una gran puerta que se abría en medio de la galería y entraron a una sala, en el centro de la cual habla una hermosa pila de mármol transparente, de don­de se escapaba un surtidor de agua. Sobre la pila, a manera de techo agradablemente coloreado, se alzaba un pabellón cubierto con colgaduras de seda y oro en matices diferentes, combinados con un arte perfecto. Para llegar a aquella pila, el agua se encauzaba por cuatro canalillos trazados en el suelo de la sala con sinuosidades encantadoras, y cada canalillo tenía un lecho de color especial: el primero tenía un lecho de pórfido rosa; el segundo, de topacios; el tercero, de esmeraldas, y el cuar­to, de turquesas; de tal modo, que el agua de cada uno se teñía del color de su lecho, y herida por la luz ate­nuada que filtraban las sedas en la altura, proyectaba sobre los objetos de su alrededor y las paredes de mármol, una dulzura de paisaje ma­rino.

Allí franquearon una segunda puerta, y entraron en la segunda sa­la. La encontraron llena de monedas antiguas de oro y plata, de collares, de alhajas, de perlas, de rubíes y de toda clase de pedrerías. Y tan amon­tonado estaba todo, que apenas se podía cruzar la sala y circular por ella para penetrar en la tercera.

Aparecía ésta llena de armaduras, de metales preciosos, de escudos de oro enriquecidos con pedrerías, de cascos antiguos, de sables de la India, de lanzas, de venablos y de corazas del tiempo de Daúd y de Soleimán; y todas aquellas armas estaban en tan buen estado de conservación que creríase habían salido la víspera de entre las manos que las fabricaron.

Entraron luego en la cuarta sala, enteramente ocupada por armarios y estantes de maderas preciosas, don­de se alineaban ordenadamente ricos trajes, ropones suntuosos, telas de valor y brocados labrados de un mo­do admirable. Desde allí se dirigie­ron a una puerta abierta que les fa­cilitó el acceso a la quinta sala.

La cual no contenía entre el suelo y el techo más que vasos y enseres para bebidas, para manjares y para abluciones: tazones de oro y plata, jofainas de cristal de roca, copas de piedras preciosas, bandejas de jade y de ágata de diversos colores.

Cuando hubieron admirado todo aquello, pensaron en volver sobre sus pasos, y he aquí que sintieron la ten­tación de llevarse un tapiz inmenso de seda y oro que cubría una de las paredes de la sala. Y detrás del tapiz vieron una gran puerta labrada con finas marqueterías de marfil y ébano, y que estaba cerrada con cerrojos macizos, sin la menor huella de ce­rradura donde meter una llave. Pe­ro el jeique Abdossamad se puso a estudiar el mecanismo de aquellos cerrojos, y acabó por dar con un resorte oculto, que hubo de ceder a sus esfuerzos. Entonces la puerta gi­ró sobre sí misma y dio a los via­jeros libre acceso a una sala milagro­sa, abovedada en forma de cúpula, y construida con un mármol tan pu­lido, que parecía un espejo de acero. Por las ventanas de aquella sala, a través de las celosías de esmeraldas y diamantes, filtrábase una claridad que inundaba los objetos con un res­plandor imprevisto. En el centro, sostenido por pilastras de oro, sobre cada una de las cuales había un pá­jaro con plumaje de esmeralda y pi­co de rubíes, erguíase una especie de oratorio adornado con colgadu­ras de seda y oro, y al que unas gra­das de marfil unían al suelo, donde una magnífica alfombra, diestramen­te fabricada con lana de colores glo­riosos, abría sus flores sin aroma en medio de su césped sin savia, y vi­vía toda la vida artificial de sus florestas pobladas de pájaros y anima­les copiados de manera exacta, con su belleza natural y sus contornos verdaderos.

El emir Muza y sus acompañantes subieron por las gradas del orato­rio, y al llegar a la plataforma se de­tuvieron mudos de sorpresa. Bajo un dosel de terciopelo salpicado de ge­mas y diamantes, en amplio lecho construido con tapices de seda su­perpuestos, reposaba una joven de tez brillante, de párpados entorna­dos por el sueño tras unas largas pestañas combadas, y cuya belleza realzábase con la calma admirable de sus acciones, con la corona de oro que ceñía su cabellera, con la dia­dema de pedrerías que constelaba su frente, y con el húmedo collar de perlas que acariciaba su dorada piel. A derecha y a izquierda del le­cho se hallaban dos esclavos, blanco uno y negro otro, armado cada cual con un alfanje desnudo y una pica de acero. A los pies del lecho había una mesa de mármol, en la que apa­recían grabadas las siguientes frases:

¡Soy la virgen Tadmor, hija del rey de los Amalecitas, y esta ciudad es mi ciudad! ¡Puedes llevarte cuanto plaz­ca a tu deseo, viajero que lograste pe­netrar hasta aquí! ¡Pero ten cuidado con poner sobre mí una mano viola­dora, atraído por mis encantos y por la voluptuosidad!

Cuando el emir Muza se repuso de la emoción que hubo de causarle la presencia de la joven dormida, dijo a sus acompañantes: “Ya es hora de que nos alejemos de estos lugares después de ver cosas tan asombrosas, y nos encaminamos hacia el mar en busca de los vasos de cobre. ¡Podéis, no obstante, coger de este palacio todo lo que os pa­rezca; pero guardaos de poner la­ mano sobre la hija del rey o de to­car a sus vestidos.”

Entonces dijo Taleb ben-Sehl: “¡Oh emir nuestro, nada en este Pa­lacio puede compararse a la belleza de esta joven! Sería una lástima de­jarla ahí en vez de llevárnosla a Da­masco para ofrecérsela al califa. ¡Valdría más semejante regalo que todas las ánforas de efrits del mar!” Y contestó el emir Muza: “No po­demos tocar a la princesa, porque sería ofenderla, y nos atraeríamos calamidades.” Pero exclamó Taleb: “¡Oh emir nuestro! las princesas, vi­vas o dormidas, no se ofenden nun­ca por violencias tales.” Y tras de haber dicho estas palabras, se acer­có a la joven y quiso levantarla en brazos. Pero cayó muerto de repente, atravesado por los alfanjes y las pi­cas de los esclavos, que le acertaron al mismo tiempo en la cabeza y en el corazón.

Al ver aquello, el emir Muza no quiso permanecer ni un momento más en el palacio, y ordenó a sus acompañantes que salieran de prisa para emprender el camino del mar.

Cuando llegaron a la playa, en­contraron allí a unos cuantos hom­bros negros ocupados en secar sus redes de pescar, y que correspon­dieron a las zalemas en árabe y con­forme a la fórmula musulmana. Y dijo el emir Muza al de más edad entre ellos, y que parecía ser el jefe: ¡Oh venerable jeique! venimos de parte de dueño el califa Ab­dalmalek ben-Merwán, para buscar en este mar vasos con efrits de tiempos del profeta Soleimán. ¿Puedes ayudarnos en nuestras investigacio­nes y explicarnos el misterio de esta ciudad donde están privados de mo­vinuento todos los seres?” Y contestó el anciano: “Ante todo, hijo mío, has de saber que cuantos pescadores nos hallamos en esta playa creemos en la palabra de Alah y en la de su Enviado (¡con él la plegaria y la paz!); pero cuantos se encuentran en esa Ciudad de Bronce están encan­tados desde la antigüedad, y perma­necerán así hasta el día del Juicio. Respecto a los vasos que contienen efrits, nada más fácil que prcurá­roslos, puesto que poseemos una porción de ellos, que una vez destapa­dos, nos sirven para cocer pescado y alimentos. Os daremos todos los que queráis. ¡Solamente es necesa­rio, antes de destaparlos, hacerlos resonar golpeándolos con las manos, y obtener de quienes los habitan el juramento de que reconocerán la verdad de la misión de nuestro pro­feta Mohammed, expiando su pri­mera falta y su rebelión contra la supremacía de Soleimán ben-Daúd!” Luego añadió: “Además, también deseamos daros, como testimonio de nuestra fidelidad al Emir de los Cre­yentes, amo de todos nosotros, dos hijas del mar que hemos pescado hoy mismo, y que son más bellas que todas las hijas, de los hombres.”

Y cuando hubo dicho estas pala­bras, el anciano entregó al emir Muza doce vasos de cobre, sellados en plomo con el sello de Soleimán, Y las dos hijas del mar, que eran dos maravillosas criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y de senos admirables y re­dondos y duros cual guijarros mari­nos; pero desde el ombligo carecían de las suntuosidades carnales que ge­neralmente son patrimonio de las hi­jas de los hombres, y las sustituían con un cuerpo de pez que se movía a derecha y a izquierda, de la pro­pia manera que las mujeres cuando advierten que a su paso llaman la atención. Tenían la voz muy dulce, y su sonrisa resultaba encantadora; pero no comprendían ni hablaban ninguno de los idiomas conocidos, y contentábanse con responder única­mente con la sonrisa de sus ojos a todas las preguntas que se les di­rigían.

No dejaron de dar las gracias al anciano por su generosa bondad el emir Muza y sus acompañantes, e in­vitáronles, a él y a todos los pesca­dores que estaban con él, a seguirles al país de los musulmanes, a Da­masco, la ciudad de las flores, de las frutas y de las aguas dulces. Acep­taron la oferta el anciano y los pes­cadores, y todos juntos volvieron primero a la Ciudad de Bronce para coger cuanto pudieron llevarse de cosas preciosas, joyas, oro, y todo lo ligero de peso y pesado de valor. Cargados de este modo, se descolga­ron otra vez por las murallas de bronce, llenaron sus sacos y cajas de provisiones con tan inesperado bo­tín, y emprendieron de nuevo el ca­mino de Damasco, adonde llegaron felizmente al cabo de un largo viaje sin incidencias.

El califa Adbalmalek quedó en­cantado y maravillado al mismo tiem­po del relato que de la aventura le hizo el emir Muza; y exclamó: “Siento en extremo no haber ido con vosotros a esa Ciudad de Bron­ce. ¡Pero iré, con la venia de Alah, a admirar por mí mismo esas mara­villas y a tratar de aclarar el miste­rio de ese encantamiento!” Luego quiso abrir por su propia mano los doce vasos de cobre, y los abrió uno tras de otro. Y cada vez salía una humareda muy densa que convertíase en un efrit espantable, el cual se arrojaba a los pies del califa y ex­clamaba: “¡Pido perdón por mi rebelión a Alah y a ti, ¡oh señor nuestro Soleimán!” Y desaparecían a través del techo ante la sorpresa de todos los circundantes. No se maravilló menos el califa de la be­lleza de las dos hijas del mar. Su sonrisa, y su voz, y su idioma des­conocido le conmovieron y le emo­cionaron. E hizo que las pusieran en un gran baño, donde vivieron algún tiempo para morir de consunción, y de calor por último.

En cuanto al emir Muza, obtuvo del califa permiso para retirarse a Jerusalén la Santa con el propósito de pasar el resto de su vida allí, su­mido en la meditación de-las pala­bras antiguas que tuvo cuidado de copiar en sus pergaminos. ¡Y murió en aquella ciudad despues de ser ob­jeto de la veneración de todos los creyentes, que todavía van a visitar la kubba donde reposa en la paz y la bendicion del Altísimo!

¡Y esta es ¡oh rey afortunado! -prosiguió Schahrazada- la histo­toria de la Ciudad de Bronce!

Entonces dijo el rey Schahriar: “¡Verdaderamente, Schahrazada, que el relato es prodigioso!” vas a contar­me esta noche, si puedes, una histo­ria más asombrosa que todas las ya oídas, porque me siento el pecho más oprimido que de costumbre!” Y contestó Schahrazada: “¡Sí puedo!” y al punto dijo:

HISTORIA DE ALADINO Y LA LÁMPARA MÁGICA

He llegado a saber ¡oh rey afor­tunado! ¡oh dotado de buenos modales! que en la antigüedad del tiem­po y el pasado de las edades y de los momentos, en una ciudad entre las ciudades de la China, y de cuyo nombre no me acuerdo en este ins­tante, había -pero Alah es más sabio— un hombre que era sastre de oficio y pobre de condición. Y aquel hombre tenía un hijo llamado Aladino, que era un niño mal aducado y que desde su infancia resultó un galopín muy enfadoso. Y he aqui que, cuando el niño llegó a la edad de diez años, su padre quiso hacerle aprender por lo pronto algún oficio honrado; pero, como era muy pobre, no pudo atender a los gastos de la instrucción y tuvo que limitarse a tener con él en la tienda al hijo, para enseñarle el trabajo de aguja en que consistía su propio oficio. Pero Ala­dino, que era un niño indómito acostumbrado a jugar con los mucha­chos del barrio, no pudo amoldarse a permanecer un solo día en la tien­da. Por el contrario, en lugar de estar atento al trabajo, acechaba el instante en que su padre se veía obligado a ausentarse por cualquier motivo o a volver la espalda para atender a un cliente, y al punto el niño recogía la labor a toda prisa y corría a reunirse por calles y jardi­nes con los bribonzuelos de su calaña. Y tal era la conducta de aquel rebelde, que no quería obedecer a sus padres ni aprender el trabajo de la tienda. Así es que su padre, muy apenado y desesperado por te­ner un hijo tan dado a todos los vi­cios, acabó por abandonarle a su li­bertinaje; y su dolor le hizo contraer una enfermedad, de la que hubo de morir. ¡Pero no por eso se corrigió Aladino de su mala conducta! Entonces la madre de Aladino, al ver que su esposo había muerto y que su hijo no era más que un bri­bón, con el que no se podía contar para nada, se decidió a vender la tienda y todos los utensilios de la tienda, a fin de poder vivir algún tiempo con el producto de la venta pero como todo se agotó en seguida, tuvo necesidad de acostumbrarse a pasar sus días y sus noches hilando lana y algodón para ganar algo y alimentarse y alimentar al ingrato de su hijo.

En cuanto a Aladino, cuando se vio libre del temor a su padre, no le retuvo ya nada y se entregó a la pillería y a la perversidad. Y se pa­saba todo el día fuera de casa para no entrar más que a las horas de comer. Y la pobre y desgraciada ma­dre, a pesar de las incorrecciones de su hijo para con ella y del abando­no en que la tenía, siguió mantenién­dole con el trabajo de sus manos ­y el producto de sus desvelos, llo­rando sola lágrimas muy amargas. Y así fue cómo Aladino llegó a la edad de quince años. Y era verda­deranipnte hermoso y bien formado, con dos magníficos ojos negros, y una tez de jazmin, y un aspecto de lo más seductor.

Un día entre los días, estando él en medio de la plaza que había a la entrada de los zocos del barrio, sin ocuparse más que de jugar con los pillastres y vagabundos de su es­pecie, acertó a volar por allí un der­viche maghrebín que se detuvo mi­rando a los muchachos obstinada­mente. Y acabó por posar en Ala­dino sus miradas y por observarle de una manera bastante singular y con una atención muy particular, sin ocuparse ya de los otros niños camaradas suyos. Y aquel derviche, que venía del último confín del Ma­ghreb, de las comarcas del interior lejano, era un insigne mago muy versado en la astrología y en la cien­cia de las fisonomías; y en virtud de su hechicería podría conmover y hacer chocar unas con otras las montañas más altas. Y continuó ob­servando a Aladino con mucha in­sistencia y pensando: “¡He aquí por fin el niño que necesito, el que busco desde hace largo tiempo y en pos del cual partí del Maghreb, mi país!” Y aproximóse sigilosamente a uno de los muchachos, aunque sin perder de vista a Aladino, le llamó aparte sin hacerse notar, y por él se informó minuciosamente del pa­dre y de la madre de Aladino, así como de su nombre y de su condi­ción. Y con aquellas señas, se acer­có a Aladino sonriendo, consiguió atraerle a una esquina, y le dijo: “¡Oh hijo mio! ¿no eres Aladino, el hijo del honrado sastre?” Y Ala­dino contestó: “Sí soy Aladino. ¡En cuanto a mi padre, hace mucho tiempo que ha muerto!” Al oír estas palabras, el derviche maghrebín se colgó del cuello de Aladino, y le cogió en brazos, y estuvo mucho tiempo besándole en las mejillas, llorando ante él en el límite de la emoción. Y Aladino, extremadamen­te sorprendido, le preguntó.. “¿A qué obedecen tus lágrimas, señor? ¿Y de qué conocías a mi difunto padre? Y contestó el maghrebín, con una voz muy triste y entrecor­tada: “¡Ah hijo mío! ¿cómo no voy a verter lágrimas de duelo y de do­lor, si soy tu tío, y acabas de reve­larme de una manera tan inesperada la muerte de tu difunto padre, mi pobre hermano? ¡Oh hijo mío! ¡has de saber, en efecto, que llego a este país después de abandonar mi patria y afrontar los peligros de un largo viaje, únicamente con la halagüeña esperanza de volver a ver a tu pa­dre y disfrutar con él la alegría del regreso y de la reunión! ¡Y he aquí ¡ay! que me cuentas su muerte!” Y se detuvo un instante, como sofoca­do de emoción; luego añadió: “¡Por cierto ¡oh hijo de mi hermano! que en cuanto te divisé, mi sangre se sintió atraída por tu sangre y me hizo reconocerte en seguida, sin va­cilación, entre todos tus camaradas! ¡Y aunque cuando yo me separé de tu padre no habías nacido tú, pues aún no se había casado, no tardé en reconocer en ti sus facciones y su semejanza! ¡Y eso es precisamente lo que me consuela un poco de su pérdida! ¡Ah! ¡qué calamidad cayó sobre mi cabeza! ¿Dónde estás aho­ra, hermano mío a quien creí abra­zar al menos una vez después de tan larga ausencia y antes de que la muerte viniera a separarnos para siempre? ¡Ay! ¿quién puede enva­necerse de impedir que ocurra lo que tiene que ocurrir? En adelante, tú, serás mi consuelo y reemplazarás a tu padre en mi afección, puesto que tienes sangre suya y eres su descendiente; porque dice el proverbio: “¡Quién deja posteridad no muere!”

Luego el maghrebín, sacó de su cinturón diez dinares de oro y se los puso en la mano a Aladino, pre­guntándole: “¡Oh hijo mío! ¿dónde habita tu madre, la mujer de mi hermano?” Y Aladino, completamen­te conquistado por la generosidad y la cara sonriente del maghrebín, lo cogió de la mano, le condujo al ex­tremo de la plaza y le mostró con el dedo el camino de su casa, di­ciendo: “¡Allí vive!- Y el maghre­bín le dijo: “Estos diez dinares que te doy ¡oh hijo mío! se los entrega­rás a la esposa de mi difunto herma­no, transmitiéndole mis zalemas. ¡y le anunciarás que tu tío acaba de llegar de viaje, tras larga ausencia en el extranjero, y que espera, si Alah quiere, poder presentarse en la casa mañana para formular por sí mismo los deseos a la esposa de su herma­no y ver los lugares donde pasó su vida el difunto y visitar su tumba!”

Cuando Aladino oyó estas pala­bras del maghrebín, quiso inmedia­tamente complacerle, y después de besarle la mano se apresuró a co­rrer con alegría a su casa, a la cual llegó, al contrario que de costumbre, a una hora que no era la de comer, y exclamó al entrar: “¡Oh madre mía! ¡vengo a anunciarte que, tras larga ausencia en el extranjero, aca­ba de llegar de su viaje mi tío, y te transmite sus zalemas!” Y contestó la madre de Aladino, muy asombra­da de aquel lenguaje insólito y de aquella entrada inesperada: “¡Cual­quiera diría, hijo mío, que quieres burlarte de tu madre! Porque, ¿quién es ese tío de que me hablas? ¿Y de dónde y desde cuándo tienes un tío que esté vivo todavía?” Y dijo Ala­dino: “Cómo puedes decir ¡oh ma­dre mía! que no tengo tío ni parien­te que esté vivo aún, si el hombre en cuestión es hermano de mi difun­to padre? ¡Y la prueba está en que me estrechó contra su pecho y me besó llorando y me encargó que vi­niera a darte la noticia y a ponerte al corriente!” Y dijo la madre de Aladino: “Sí, hijo mío, ya sé que tenías un tío; pero hace largos años que murió. ¡Y no supe que desde entonces tuvieras nunca otro tío!” Y miro con ojos muy asombrados a su hijo Aladino, que ya se ocupaba de otra cosa. Y no le dijo nada más acerca del particular en aquel día. Y Aladmo, por su parte, no le habló de la dádiva del maghrebín.

Al día siguiente Aladino salió de casa a primera hora de la mañana; y el maghrebín, que ya andaba bus­cándole, le encontró en el mismo sitio que la víspera, dedicado a di­vertirse, como de costumbre, con los vagabundos de su edad. Y se acer­có inmediataniente a él, le cogió de la mano, lo estrechó contra su co­razón, y le besó con ternura. Luego sacó de su cinturón dos dinares y se los entregó diciéndo: “Ve a bus­car a tu madre y dile, dándole estos dos dinares: “¡Mi tío tiene intención de venir esta noche a cenar con nosotros, y por eso te envía este di­nero para que prepares manjares excelentes!” Luego añadió, inclinán­dose hacia él: “¡Y ahora, ya Aladi­no, enséñame por segunda vez el camino de tu casa!” Y contestó Ala­dino: “Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh tio mío!” Y echó a andar delante y le enseñó el ca­mino de su casa. Y el maghrebín le dejó y se fue por su camino...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 733 NOCHE

Ella dijo:

... Y el maghrebín le dejó y se fue por su camino. Y Aladino entró en la casa contó a su madre lo ocu­rrido y le entregó los dos dinares, diciéndole: “¡Mi tío va a venir esta nohe a cenar con nosotros!”

Entonces, al ver los dos dinares, se dijo la madre de Aladino: “¡Qui­zá no conociera yo a todos los her­manos del difunto!” Y se levantó y a toda prisa fue al zoco, en donde compró las provisiones necesarias para una buena comida, y volvió pa­ra ponerse en seguida a preparar los manjares. Pero como la pobre no tenía utensilios de cocina, fue a pe­dir prestados a las vecinas las cace­rolas, platos y vajilla que necesitaba. Y estuvo cocinando todo el día; y al hacerse de noche, dijo a Aladino: “¡La comida está dispuesta, hijo rnío, y como tu tío acaso no sepa bien el camino de nuestra casa, debes sa­lirle al encuentro o esperarle en la calle!” Y Aladino contestó: “¡Escu­cho y obedezco!” Y cuando se dis­ponía a salir, llamaron a la puerta. Y corrió a abrir él. Era el maghrebín. E iba acompañado de un man­dadero que llevaba en la cabeza una carga de frutas, de pasteles y bebi­das. Y Aladino les introdujo a am­bos. Y el mandadero se marchó cuando dejó su carga y le pagaron. Y Aladino condujo al maghrebín, a la habitacion en que estaba su ma­dre. Y el maghrebín se inclinó y dijo con voz conmovida: “La paz sea contigo, ¡oh esposa de mi her­mano!” Y la madre de Aladino le devolvió la zalema: Entonces el maghrebín se echó a llorar en silen­cio. Luego preguntó: “¿Cuá es el sitio en que tenía costumbre de sentarse el difunto?” Y la madre de Aladino le mostró el sitio en cuestión; y al punto se arrojó al suelo el maghrebín y se puso a besar aquel lugar y a suspirar con lágrimas en los ojos y a decir: “¡Ah, qué suerte la mía! ¡Ah, qué misera­ble suerte fue haberte perdido, ¡oh hermano mío! ¡oh estría de mis ojos!” Y continuó llorando y lamen­tándose de aquella manera, y con una cara tan transformada y tanta alteración de entrañas, que estuvo a punto de desmayarse, y la madre de Aladino no dudó ni por un instante de que fuese el propio hermano de su difunto marido. Y se acercó a él, le levantó del suelo, y le dijo: “¡Oh hermano de mi esposo! ¡vas a ma­tarte en balde a fuerza de llorar! ¡Ay, lo que está escrito debe ocu­rrir!” Y siguió consolándole con buenas palabras hasta que le decidió a beber un poco de agua para cal­marse y sentarse a comer.

Cuando estuvo puesto el mantel, el maghrebín comenzó a hablar con la madre de Aladino. Y le contó lo que tenía que contarle, diciéndole:

“¡Oh mujer de mi hermano! no te parezca extraordinario el no ha­ber tenido todavía ocasión de verme y el no haberme conocido en vida de mi difunto hermano porque ha­ce treinta años que abandoné este país y partí para el extranjero, re­nunciando a mi patria. Y desde en­tonces no he cesado de viajar por las comarcas de la India y del Sindh, y de recorrer el país de los árabes y las tierras de otras naciones. Y también estuve en Egipto y habité la magnífica ciudad de Masr, que es el milagro del mundo! Y tras de residir allá mucho tiempo, partí para el país de Maghreb central, en donde acabé por fijar mi residencia du­rante veinte años.

“Por aquel entonces, ¡oh mujer de mi hermano! un día entre los días, estando en mi casa, me puse a pen­sar en mi tierra natal y en mi her­mano. Y se me exacerbó el deseo de volver a ver mi sangre; y me eché a llorar y empecé a lamentarme de mi estancia en país extranjero. Y al fin se hicieron tan intensas las nostalgias de mi separación y de mi alejamiento del ser que me era caro, que me decidí a emprender el viaje a la comarca que vio surgir mi cabeza de recién nacido. Y pen­sé para mi ánima: “¡Oh hombre! ¡cuántos años van transcurridos des­de el día en que abandonaste tu ciu­dad y tu país y la morada del único hermano que posees en el mundo! ¡Levántate, pues, y parte a verle de nuevo antes de la muerte! Porque, ¿quién sabe las calamidades del Des­tino, los accidentes de los días y las revoluciones del tiempo? ¿Y no se­ría una suprema desdicha que mu­rieras antes de regocijarte los ojos con la contemplación de tú herma­no, sobre todo ahora que Alah, (¡glo­rificado sea!) te ha dado la riqueza, y tu hermano acaso siga en una condición de estrecha pobreza? ¡No olvides, por tanto, que con partir verificarás dos acciones, excelentes: volver a ver a tu hermano y soco­rrerle!

“Y he aquí que, dominado por estos pensamientos, ¡oh mujer de- mi hermano! me levanté al punto y me preparé para la marcha. Y tras de recitar la plegaria del viernes y la Fatiha del Corán, monté a caballo y me encaminé a mi patria. Y des­pués de muchos peligros y de las prolongadas fatigas del camino, con ayuda de Alah (¡glorificado y ve­nerado sea!) acabé por llegar con bién a mi ciudad, que es ésta. Y me puse inmediatamente a recorrer calles y barrios en busca de la casa de mi hermano. Y Alah permitió que entonces encontrase a este niño ju­gando con sus camaradas. ¡Y Por Alah el Todopodereso, ¡oh mujer de mi hermano! que apenas le vi, sentí que mi corazón se derretía de emo­cion por él; y como la sangre reco­nocía a la sangre, no vacilé en su­poner en él al hijo de mi hermano! Y en aquel mismo momento Olvidé mis fatigas y mis preocupaciones, y creí enloquecer de alegría. Pe­ro ¡ay! que no tardó en saber, por boca de este niño, que mi her­mano había fallecido en la misericordia de Alah el Altísimo! ¡Ah! ¡terrible noticia que me hace caer de bruces, abrumado de emoción y de dolor! Pero ¡oh mujer de mi hermano! ya te contaría el niño pro­bablemente que, con su aspecto y su semejanza con el difunto, ha logrado consólarme un poco, hacién­dome recordar el proverbio que di­ce: “¡El hombre que deja posteri­dad, no muere!”

Así habló el maghrebín. Y advir­tió que, ante aquellos recuerdos evo­cados, la madre de Aladino lloraba amargamente. Y para que olvidara sus tristezas y se distrajera de sus ideas negras, se encaró con Aladino, y variando de conversación, le dijo: “Hijo mío, ¿qué oficio aprendiste y en qué trabajo te ocupas para ayudar a tu pobre madre y vivir ambos?”.

Al oir aquello, avergonzado de su vida por primera vez, Aladino bajó la cabeza mirando al suelo. Y como no decía palabra, contestó en lugar suyo su madre: “¿Un oficio, ¡oh hermano de mi esposo! tener un oficio Aladino? ¿Quién piensa en eso? ¡Por Alah, que no sabe nada ab­solutamente! ¡Ah! ¡nunca vi un ni­ño tan travieso! ¡Se pasa todo el día corriendo con otros niños del barrio, que son unos vagabundos, unos pi­llastres, unos haraganes como él, en vez de seguir el ejemplo de los hi­jos buenos, que están en la tienda con sus padres! ¡Solo por causa su­ya murió su padre, dejándome amar­gos recuerdos! ¡Y también yo me veo reducida a un triste estado de salud! Y aunque apenas si veo con mis ojos, gastados por las lágrimas y las vigilias, tengo que trabajar sin descanso y pasarme días y noches hilando algodón para tener con qué comprar dos panes de maíz, lo, pre­ciso para mantenernos ambos. ¡Y tal es mi condición! ¡Y te juro por tu vida, ¡oh hermano de mi esposo que sólo entra él en casa a las ho­ras precisas de las comidas! ¡Y esto es todo lo que hace! ¡Así es que a veces, cuando me abandona de tal suerte, por más que soy su madre pienso cerrar la puerta de la casa y no volver a abrírsela, a fin de obligarle a que busque un trabajo que le de para vivir! ¡Y luego me falta valor para hacerlo; porque el corazón de una madre es compasivo y misericordioso! ¡Pero mi edad avanza, y me estoy haciendo, muy vieja ¡oh hermano de mi esposo! ¡y mis hombros no soportan las fa­tigas que antes! ¡Y ahora apenas si mis dedos me permiten dar vuelta al uso! ¡Y nd sé hasta cuándo voy a poder continuar una tarea seme­jante sin que me abandona la vida, como me abandona mi hijo, este Aladino, que tienes delante de ti, ¡Oh hermano de mi esposol”

Y se echó a llorar.

Entonces el maghrebín se encaró con Aladino, y le dijo: “¡Ah! ¡Oh hijo de mi hermano! ¡en verdad que no sabía yo todo eso que a ti se refiere! ¿Por qué marchas por esa senda de haraganería? ¡Qué verguen­za para ti, Aladino! ¡Eso no está bien en hombres como tú! ¡Te hallas dotado de razón, hijo mío, y eres un vástago de buena familia! ¿No es para ti una deshonra dejar así que tu pobre madre, una mujer vie­ja, tenga que mantenerte, siendo tú un hombre con edad para tener una ocupación con que pudierais manteneros ambos?.. ¡Y por cierto ¡oh hijo mío! que gracias a Alah, lo que sobra en nuestra ciudad son maes­tros de oficio! ¡Sólo tendrás, pues, que escoger tú mismo el oficio que más te guste, y yo me encargo de colocarte! ¡Y de ese modo, cuando seas mayor, hijo mío, tendrás entre las manos un oficio seguro que te proteja contra los embates de la suerte! ¡Habla ya! ¡Y si no te agrada el trabajo de aguja, oficio de tu di­fundo padre, busca otra cosa y avísamelo y te ayudaré todo lo que pueda, ¡oh hijo mío!”

Pero en vez de contestar. Aladino continuó con la cabeza baja y guar­dando silencio con lo cual indicaba que no quería más oficio que el de vagabundo. Y el maghrebín advir­tió su repugnancia por los oficios manuales, y trató de atraérsela de otra manera. Y le dijo, por tanto: “¡Oh hijo de mi hermano! ¡no te enfades ni te apenes por mi insisten­cia! ¡Pero déjame añadir que, si los oficios te repugnan, estoy dispuesto, caso de que quieras ser un hombre honrado, a abrirte una tienda de mercader de sederías en el zoco grande! Y surtiré esa tienda con las telas más caras y brocados de la ca­lidad más fina. ¡Y así te harás con buenas relaciones entre los merca­deres al por mayor! Y te acostum­brarás a vender y comprar, a tomar y a dar. Y será excelente tu reputa­ción en la ciudad., ¡Y con ello hon­rarás la memoria de tu difunto pa­dre! ¿Qué dices a esto, ¡oh Aladino!, hijo mío?

Cuando Aladino escuchó esta pro­posición de tu tío y comprendió que podría convertirse en un gran mer­cader del zoco, en un hombre de importancia, vestido con buenas ro­pas, con un turbante de seda y un lindo cinturón de diferentes colores, se regocijó en extremo. Y miró al maghrebín sonriendo y torciendo la cabeza, lo que en su lenguaje sig­nificaba claramente: “¡Acepto!” Y el maghrebín comprendió entonces que le agradaba la proposición, y dijo a Aladino: “Ya que quieres convertirte en un personaje de im­portancia, en un mercader con tien­da abierta, procura en lo sucesivo hacerte digno de tu nueva situación. Y sé un hombre desde ahora, ¡oh hijo de mi hermano! Y mañana, si Alah, quiere, te llevaré al zoco, y empezaré por comprarte un her­moso traje nuevo, como lo llevan los mercaderes ricos, y todos los acce­sorios que exige. ¡Y hecho esto, bus­cáremos juntos una tienda buena para instalarte en ella!”

¡Eso fue todo! Y la madre de Aladino, que oía aquellas exhortaciones y veía aquella generosidad, ben­decía a Alah, el Bienhechor, que de manera tan inesperada le enviaba a un pariente que la salvaba de la mi­seria y llevaba por el buen camino a su hijo Aladino. Y sirvió la co­mida con el corazón alegre, como si se hubiese rejuvenecido veinte años., ¡ Y comieron y bebieron, sin dejar de charlar de aquel asunto, que tanto les interesaba a todos! Y el maghrebín empezó por iniciar a Aladino en la vida y los modales de los mercaderes, y por hacerle que se interesara mucho en su nueva condición. Luego, cuando vio que la noche iba ya mediada, se levantó y se despidió de la madre de Ala­dino y besó a Aladino. Y salió, pro­metiéndole que volvería al día si­guiente. Y aquella noche, con la ala­gría, Aladino no pudo pegar los ojos Y no hizo más que pensar en la vida encantadora que le esperaba.

Y ha aquí que al siguiente día, a primera hora, llamaron a la puerta. Y la madre de Aladino fue a abrir por sí misma, y vio que precisamen­te era el hermano de su esposo, el maghrebín, que cumplía su prome­sa de la víspera. Sin embargo, a pe­sar de las instancias de la madre de Aladino, no quiso entrar, pretextan­do que no era hora de visitas, y solamente pidio permiso para llevar­se a Aladino consigo al zoco. Y Ala­dino, levantado y vestido ya, corrió en seguida a ver a su tío, y le dio los buenos días y le besó la mano. Y el maghrebín le cogió de la mano y se fue, con él al zoco. Y entró con él en la tienda del mejor mer­cader y pidió un traje que fuese el mas hermoso y el más lujoso entre los trajes a la medida de Aladino. Y el mercader le enseñó varios a cual más hermosos. Y el mahrebín dijo a Aladino. “¡Escoge tú mismo el que te guste, hijo mío!” Y en extremo encantado de la generosidad de su tío, Aladino escogió uno que era todo de seda rayada y relucien­te. Y también escogió un turbante de muselina de seda recamada de oro fino, un cinturón de cachemira y botas de cuero rojo brillante. Y el maghrebín lo pagó todo sin regatear y entregó el paquete a Aladino, diciéndole: “¡Vamos ahora al hammam, para que estés bien limpió antes de vestirte de nuevo!- Y le condujo al hammam, y entró con él en una sala reservada, y le bañó con sus propias manos; y se bañó él también. Luego pidió los refrescos que suceden al baño; y ambos bebieron con delicia y muy contentos. Y entonces se pu­so Aladino el suntuoso traje consa­bido de seda rayada y reluciente, se colocó el hermoso turbante, se ciñó al talle el cinturón de Indias y se calzó las botas rojas. Y de este mo­do estaba hermoso cual la luna y comparable a algún hijo de rey o de sultán. Y en extremo encantado de verse transformado así, se acercó a su tío y le besó la mano y le dio muchas gracias por su generosidad. y el maghrebín, le besó, y le dijo: “¡Todo esto no es más que el co­rnienzo!” Y salió con él del ham­mam, y le llevó a los zocos más frecuentados, y le hizo visitar las tiendas de los grandes mercaderes. Y hacíale admírar las telas más ricas y los objetos de precio, enseñándole el nombre de cada cosa en particular; y le decía: “¡Como vas a ser mar­cader es preciso que te enteres de los pormenores de ventas y com­pras!” Luego le hizo visitar los edi­ficios notables de la ciudad y las mezquitas principales y los khans en que se alojaban las caravanas. Y terminó el paseo, haciéndole ver los palacios del sultán y los jardines que los circundaban. Y por último le llevó al khan grande, donde para­ba él, y le presentó a los mercaderes conocidos suyos, diciéndoles: “¡Es el hijo de mi hermano!” Y les invitó a todos a una comida que dio en honor de Aladino, y les regaló con los manjares más selectos, y estuvo con ellos y con Aladino hasta la noche.

Entonces se levantó y se despidió de sus invitados, diciéndoles que iba a llevar a Aladíno a su casa. Y en efecto, no quiso dejar volver solo a Aladino, y le cogió de la mano y se encaminó con él a casa de la madre. Y al ver a su hijo tan mag­níficamente vestido, la pobre madre de Aladino creyó perder la razón de alegría. Y empezó a dar gracias y a bendecir mil veces a su cuñado, di­ciéndole: “¡Oh hermano de mi es­poso! ¡aunque toda la vida estuvie­ra dándote gracias, jamás te agra­decería bastante tus beneficios!” Y contestó el maghrebín: “¡Oh mujer de mi hermano! ¡no tiene ningún mérito, verdaderamente ningún mé­rito, el que yo obre de esta manera, porque Aladino es hijo mío, y mi deber es servirle de padre en lugar del difunto! ¡No te preocupes, pues, por él y estate tranquila!” Y dijo la madre de Aladino, levantando los brazos al cielo: “¡Por el honor de los santos antiguos y recientes, rue­go a Alah que te guarde y te con­serve ¡oh hermano de mi esposo! Y prolongue tu vida para nuestro bien, a fin de que seas el ala cuya sombra proteja siempre a este niño huérfa­no! ¡Y ten la seguridad de que él, por su parte, obedecerá siempre tus órdenes y no hará más que lo que le mandes!” Y dijo el maghrebín: “¡Oh mujer de mi hermano! Ala­dino se ha convertido en hombre sen­sato, porque es un excelente mozo, hijo de buena familia. ¡Y espero desde luego que será digno descendiente de su padre y refrescará tus ojos!” Luego añadió: “Dispénsame ¡oh mujer de mi hermano! porque mañana viernes no se abra la tien­da prometida; pues ya sabes que el viernes están cerrados los zocos y que no se puede tratar de negocios. ¡Pero pasado mañana, sábado, se hará, si Alah quiere! Mañana, sin embargo, vendré por Aladino para continuar instruyéndole, y le haré vi­sitar los sitios públicos y los jardí­nes situados fuera de la ciudad, adon­de van a pasearse los mercaderes ricos, a fin de que así pueda habi­tuarse a la contemplación del lujo y de la gente distinguida. ¡Porque hasta hoy no ha frecuentado más trato que el de los niños, y es preci­so que conozca ya a hombres y que ellos lo conozcan!” Y se despidió de la madre de Aladino, besó a Ala­dino y se marchó...

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.
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