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《一千零一夜》連載三十           ★★★★
《一千零一夜》連載三十
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:12

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 341 NOCHE

Ella dijo:

... y emprendió de nuevo con sus acompañantes el camino de la Ciudad de Bronce.

Anduvieron uno, dos, y tres días, hasta la tarde del tercero. Entonces vieron destacarse a los rayos del rojo, sol poniente, erguida sobre un alto pedestal, una silueta de jinete inmó­vil que blandía una lanza de larga punta, semejante a una llama incan­descente del mismo color que el as­tro que ardía en el horizonte. Cuando estuvieron muy cerca de aquella aparición, advirtieron que el jinete, y su caballo, y el pedestal eran de bronce, y que en el palo de la lanza, por el sitio que iluminaban aún los postreros rayos del astro, aparecían grabadas en caracteres de fuego estas palabras:

¡Audaces viajeros que pudisteis lle­gar hasta las tierras vedadas, ya no sabréis volver sobre vuestros pasos!

¡Si os es desconocido el camino de la ciudad movedme sobre mi pedestal con la fuerza de vuestros brazos, y di­rigíos hacia donde yo vuelva el rostro cuando quede otra vez quieto!

Entonces el emir Muza se acercó al jinete y le empujó con la mano. Y súbito, con la rapidez del relám­pago, el jinete giró sobre sí mismo y se paró volviendo el rostro en di­rección completamente opuesta a la que habían seguido los viajeros. Y el jeique Abdossamad hubo de re­conocer que, efectivamente, habíase equivocado y que la nueva ruta era la verdadera.

Al punto volvió sobre sus pasos la caravana, emprendiendo el nuevo ca­mino, y de esta suerte prosiguió el viaje durante dias y días, hasta que una noche llegó ante una columna de piedra negra, a la cual estaba en­cadenado un ser extraño del que no se veía más que medio cuerpo, pues el otro medio aparecía enterrado en el suelo. Aquel busto que surgía de la tierra, diríase un engendro mons­truoso arrojado allí por la fuerza de las potencias infernales. Era negro y corpulento como el tronco de una palmera vieja, seca y desprovista de sus palmas. Tenía dos enormes alas negras, y cuatro manos, dos de las cuales semejaban garras de leones. En su cráneo espantoso se agitaba de un modo salvaje una cabellera erizada de crines ásperas, como la cola de un asno silvestre. En las cuencas de sus ojos llameaban dos pupilas rojas, y en la frente, que tenía dobles cuernos de buey, apare­cía el agujero de un solo ojo que abríase inmóvil y fijo, lanzando igua­les resplandores verdes que la mira­da de tigres y panteras.

Al ver a los viajeros, el busto agitó los brazos dando gritos espantosos, y haciendo movimientos desespera­dos como para romper las cadenas que le sujetaban a la columna negra. Y asaltada por un terror extremado, la caravana se detuvo allí, sin alien­tos para avanzar ni retroceder.

Entonces se encaró el emir Muza con el jeique Abdossamad y le pre­guntó: “¿Puedes ¡oh venerable! de­cirnos que significa esto?” El jeique contestó: “¡Por Alah, ¡oh emir! que esto supera a mi entendimiento!” Y dijo el emir Muza: “¡Aproxímate, pues, más a él, e interrógale! ¡Acaso él mismo nos lo aclare!” Y el jeique Abdossamad no quiso mostrar la menor vacilación, y se acercó al monstruo, gritándole: “¡En el nom­bre del Dueño que tiene en su mano los imperios de lo Visible y de lo Invisible, te conjuro a que me res­pondas! ¡Dime, quién eres, desde cuándo estás ahí y por qué sufres un castigo tan extraño!”

Entonces ladró el busto. Y he aquí las palabras que entendieron luego el, emir Muza, el jeique Abdossamad y sus acompañantes:

“Soy un efrit de la posteridad de Eblis, padre de los genn. Me llamo Daesch ben-Alaemasch, y estoy en­cadenado aquí por la Fuerza Invisi­ble hasta la consumación de los si­glos.

“Antaño, en este país, gobernado por el rey del Mar, existía en cali­dad de protector de la Ciudad de Bronce un ídolo de ágata roja, del cual yo era guardián y habitante al propio tiempo. Porque me aposen­té dentro de él; y de todos los paí­ses venían muchedumbres a consul­tar por conducto mío la suerte y a escuchar los oráculos y las predic­ciones augurales que hacía yo.

“El rey del Mar, de quien yo mis­mo era vasallo, tenía bajo su mando supremo al ejército de los genios que se habían rebelado contra Soleimán ben-Daúd; y me había nombrado je­fe de ese ejército para el caso de que estallara una guerra entre aquél y el señor formidable de los genios. Y, en efecto, no tardó en estallar tal guerra,

“Tenía el rey del Mar una hija tan hermosa, que la fama de su belleza llegó a oídos de Soleimán, quien de­seoso de contarla entre sus esposas, envió un emisario al rey del Mar pa­ra pedírsela en matrimonio, a la vez que, le instaba a romper la estatua de ágata, y a reconocer que no hay más Dios que Alah, y que Soleimán es el profeta, de Alah y le amena­zaba con su enojo y su venganza, si no se sometía inmedíatamente a sus deseos.

“Entonces congregó el rey del Mar a sus visires Y a los jefes de los genn, y les dijo: “Sabed que Soleimán me amenaza con todo género de cala­midades para obligarme a que le de mi hija, y rompa la estatua que sir­ve de vivienda a vuestro jefe Deasch ben-Alaemasch. ¿Qué opináis acerca de tales amenazas? ¿Debo inclinar­me a resistir?”

“Los visires contestaron “¿Y que tienes que temer del poder de Solei­mán, ¡oh rey nuestro! ¡Nuestras fuerzas son tan formidables como las suyas por lo menos, y sabremos aniquilarlas!” Luego encaráronse conmigo y me pidieron mi opinión. Dije entonces: “¡Nuestra única res­puesta para Soleimán será dar una paliza a su ernisario!”. Lo cual eje­cutóse al punto. Y dijimos al emi­sario: “¡Vuelve ahora para dar cuen­ta de la aventura a tu amo!”

“Cuando enteróse Soleimán del trato infligido a su emisario, llegó al límite de la indignación, y reunió en seguida, todas sus fuerzas dispo­nibles, consistentes en genios, hom­bres, pajaros y animales. Confió a Assaf ben-Barkhia el mando de los guerreros humanos, y a Domriat, rey de los efrits, el mando de todo el ejército de genios, que ascendía a se sesenta millones, y el de los anímales y aves de rapiña recolectados en todos los puntos del universo y en la islas y mares de la tierra. Hecho lo cual, yendo a la cabeza de tan formidable ejército, Soleimán se dispuso invadir el país de mi soberano el rey del Mar. Y no bien llegó, alineó su ejército en orden de batalla

“Empezó por formar en dos alas a los animales, colocándolos en líneas de a cuatro, y en los aires apostó a las grandes aves de rapiña, destinadas a servir de centinelas que descubriesen nuestros movimientos y a arrojarse de pronto sobre los guerreros para herirles y sacarles los ojos. Compuso la vanguardia con el ejército de hombres, y la retaguardia con el ejército de genios; y mantuvo a su diestra a su visir Assaf ben-Barkhia, y a su izquierda a Domriat, rey de los genios del aire. Él permaneció en medio, sentado en su trono de pórfido y de oro, que arrastraban cuatro elefantes. Y dio entonces la señal de la batalla.

“De repente, hízose oír un clamor que aumentaba con el ruido de ca­rreras al galope y el estrépito tumul­tuoso de los genios, hombres, aves de rapiña y fieras guerreras; y reso­naba la corteza terrestre bajo el azo­te formidable de tantas pisadas, en tanto que retemblaba el aire con el batir de millones de alas, y con las exclamaciones, los gritos y los ru­gidos.

“Por lo que a mí respecta, se me concedió el mando de la vanguardia del ejército de genios sometido al rey del Mar. Hice una seña a mis tropas, y a la cabeza de ellas me pre­cipité sobre el tropel de genios ene­migos que mandaba el rey Domriat. E intentaba atacar yo mismo al jefe de los adversarios, cuando le vi con­vertirse de improviso en una monta­ña inflamada que empezó a vomitar fuego a torrentes, esforzándose por aniquilarme y ahogarme con los des­pojos que caían hacia nuestra parte en olas abrasadoras. Pero me defendí y ataqué con encarnizamiento, ani­mando a los míos, y sólo cuando me convencí de que el número de mis enemigos me aplastaría a la postre, di la señal de retirada y me puse en fuga por los aires a fuerza de alas. Pero nos persiguieron por or­den de Soleimán, viéndonos por to­das partes rodeados de adversarios, genios, hombres, animales y pájaros; y de los nuestros quedaron extenuados unos, aplastados otros, por las patas de los cuadrúpedos, y precipi­tados otros desde lo alto de los aires, después que les sacaron los ojos y les despedazaron la piel. También a mí alcanzáronme en mi fuga, que duró tres meses. Preso y amarrado ya, me condenaron a estar sujeto a esta columna negra hasta la extin­ción de las edades, mientras que aprisionaron a todos los genios que yo tuve a mis órdenes, los transfor­maron en humaredas y los encerra­ron en vasos de cc.bre, sellados con el sello de Soleimán, que arrojaron al fondo del mar que baña las mura­llas de la Ciudad de Bronce.

“En cuanto a los hombres que habitaban este país, no sé exactamen­te qué fue de ellos, pues me hallo encadenado desde que se acabó nues­tro poderío, ¡Pero si vais a la Ciu­dad de Bronce, quiza os tropeceis con huellas suyas y lleguéis a saber su historia!”

Cuano acabó de hablar el busto, comenzo a agitarse de un modo fre­nético para desligarse de la columna. Y temerosos de que lograra libertarse y les obligara a secundar sus esfuer­zos, el emir Muza y sus acompañan­tes no quisieron pérmanecer más tiempo allí, y se dieron prisa a pro­seguir su camino hacia la ciudad, cuyas torres y murallas veían ya des­tacarse en lontananza.

Cuando sólo estuvieron a una li­gera distancia de la ciudad, como caía la noche y las cosas tomaban a su alrededor un aspecto hostil, pre­firieron esperar al amanecer para acercarse a las puertas; y montaron tiendas donde pasar la noche, por­que estaban rendidos de las fatigas del viaje.

Apenas comenzó el alba por Orien­te a aclarar las cimas de las monta­nas, el emir Muza despertó a sus acompañantes, y se puso con ellos en camino para alcanzar una de las puertas de entrada. Entonces vieron erguirse formidables ante ellos, en medio de la claridad matinal, las mu­rallas de bronce, tan lisas, que di­ríase acababan de salir del molde en que las fundieron. Era tanta su altura, que parecian como una pri­mera cadena de los montes gigantes­cos que las rodeaban, y en cuyos flancos incrustábanse cual nacidas allí mismo con el metal de que se hicieron.

Cuando pudieron salir de la in­movilidad que les produjo aquel es­pectáculo sorprendente, buscaron con la vista alguna puerta por donde en­trar a la ciudad. Pero no dieron con ella. Entonces echaron a andar bor­deando las murallas, siempre en es­pera de encontrar la entrada. Pero no vieron entrada ninguna. Y si­guieron andando todavía horas y horas sin ver puerta ni brecha alguna, ni nadie que se dirigiese a la ciudad o saliese de ella. Y a pesar de estar ya muy ayanzado el día, no oyeron dentro ni fuera de las murallas el menor rumor, ni tampoco notaron el menor movimiento arriba ni al pie de los muros. Pero el emir Muza no perdió la esperanza, animando a sus acompañantes para que anduvie­sen más aún; y caminaron así hasta la noche, y siempre veían desplegarse ante ellos la línea inflexible de murallas de bronce que seguían la ca­rrera del sol por valles y costas, y parecían surguir del propio seno de la tierra.

Entonces el emir Muza ordenó a sus acompañantes que hicieran alto para descansar y comer. Y se sentó con ellos durante algún tiempo, re­flexionando acerca de la situación.

Cuando hubo descansado, dijo a sus compañeros que se quedaran allí vigilando el campamento hasta su regreso, y seguido del jeique Abdossamad y de Taleb ben-Sehl, trepó con ellos a una alta montaña con el propósito de inspeccionar los alrededores y reconocer aquella ciu­dad que no quería dejarse violar por las tentativas humanas...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discreta.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 343 NOCHE

Ella dijo:

... aquella ciudad que no quería dejarse violar por las tentativas hu­manas.

Al principio no pudieron distin­guir nada en las tinieblas, porque ya la noche había espesado sus sombras sobre la llanura; pero de pronto hí­zose un vivo resplandor por Oriente, y en la cima de la montaña apareció la luna, iluminando cielo y tierra con un parpadeo de sus ojos. Y a sus plantas desplegóse un espectácu­lo que les contuvo la respiración.

Estaban viendo una ciudad de sue­ño.

Bajo el blanco cendal que caía de la altura, en toda la extensión que podría abarcar la mirada fija en los horizontes hundidos en la noche, aparecían dentro del recinto de bron­ce cúpulas de palacios, terrazas de casas, apacibles jardines, y a la som­bra de los macizos, brillaban los ca­nales que iban a morir en un mar de metal, cuyo seno frío reflejaban las luces del cielo. Y el bronce de las murallas, las pedrerías encendi­das de las cúpulas, las terrazas cán­didas, los canales y el mar entero, así como las sombras proyectadas por Occidente, amalgamábanse bajo la brisa nocturna y la luna mágica. Sin embargo, aquella inmensidad estaba sepultada, como en una tum­ba, en el universal silencio. Allá dentro no había ni un vestigio de vi­da humana. Pero he aquí que con un mismo gesto, quieto, destacában se sobre monumentales zócalos altas figuras de bronce, enormes jinetes tallados en mármol, animales alados que se inmovilizaban en un vuelo es­téril; y los únicos seres dotados de movimiento en aquella quietud, eran millares, de inmensos vampiros que daban vueltas a ras de los edificios bajo el cielo, mientras búhos invisi­bles turbaban el estático silencio con sus lamentos y sus voces fúnebres en los palacios muertos y las terrazas solitarias.

Cuando saciaron, su mirada con aquel espectáculo extraño, el emir Muza y sus compañeros, bajaron de la montaña, asombrándose en extre­mo por no haber advertido en aque­lla ciudad inmensa la huella de un ser humano vivo. Y ya al pie de los muros de bronce, llegaron a un lu­gar donde vieron cuatro inscripcio­nes grabadas en caracteres jonicos, y que en seguida descifró y tradujo al emir Muza el jeique Abdossamad. Decía la primera inscripción:

“¡Oh hijo de los hombres, qué vanos son tus cálculos! ¡La muerte está cer­cana; no hagas cuentas para el porve­nir; se trata de un Señor del Universo que dispersa las naciones y los ejércitos, y desde sus palacios de vastas magni­ficencias precipita a los reyes en la es­trecha morada de la tumba; y al desper­tar su alma en la igualdad de la tierra, han de verse reducidos a un montón de ceniza y polvo!

Cuando oyó estas palabras, excla­mó el emir Muza: “¡Oh sublimes verdades! ¡Oh sueño del alma en la igualdad de la tierra! ¡Qué conmo­vedor es todo, esto!” Y copió al punto en sus pergaminos aquellas frases. Pero ya traducía el jeique la segun­da inscripción, que decía:

¡Oh hijo de los hombres! ¿Por qué te ciegas con tus propias manos? ¿Cómo puedes confiar en este vano mundo? ¿No sabes que es un albergue pasajero, una morada transitoria? ¡Di! ¿Dónde están los reyes que cimentaron los imi­perios? ¿Dónde están los conquistadores, los dueños del Irak, de Ispahán y del Khorassán? ¡Pasaron cual si nunca hubieran existido!

Igualmente copió esta inscripción el emir Muza, y escuchó muy emocionado al jeique, que traducía la tercera:

¡Oh hijo de los hombres! ¡He aquí que transcurren los días, y miras indi­ferente cómo corre tu vida hacia el término final! ¡Piensa en el día del Juicio ante el Señor tu dueño! ¿Qué fue de los soberanos de la India, de la China, de Sina y de Nubia? ¡Les arro­jó a la nada el soplo implacable de la muerte!

Y exclamó el emir Muza: “¿Qué fue de los soberanos de Sina y de Nubia? ¡Se perdieron en la nada!” Y decía la cuarta inseripcion:

¡Oh hijo de los hombres! ¡Anegas tu alma en los Placeres, y no ves que la muerte se te monta en los hombros espiando tus movimientos! ¡El mundo es como una tela de araña, detrás de cuya fragilidad está acechándote la nada! ¿A dónde fueron a parar los hombres llenos de esperanza y sus proyectos efímeros? ¡Cambiaron por la tumba los palacios donde habitan buhos ahora!

No pudo el emir Muza contener su emoción, y se estuvo largo tiem­po llorando con las manos en las sie­nes, y decía: “¡Oh el misterio del nacimiento y de la muerte! ¿Por qué nacer, si hay qué morir? ¿Por que vivir, si la muerte da el olvido de la vida? ¡Pero sólo Alah conoce los destinos, y nuestro deber es incli­narnos ante Él con obediencia mu­da!” Hechas estas reflexiones, se en­caminó de nuevo al campamento con sus compañeros, y ordenó a sus hom­bres que al punto pusieran manos a la obra para construir con madera y ramajes una escala larga y sólida, que les permitiese subir a lo alto del muro, con objeto de intentar luego bajar a aquella ciudad sin puertas.

En seguida dedicáronse a buscar madera y gruesas ramas secas; las mondaron lo mejor que pudieron con sus sables y sus cuchillos; las ataron unas a otras con sus turbantes, sus cinturones, las cuerdas de los came­llos, las cinchas y las guarniciones, logrando construir una escala lo su­ficiente larga para llegar a lo alto de las murallas. Y entonces la tendieron en el sitio más a propósito, sosteniéndola por todos lados con piedras gruesas e invocando el nombre de Alah comenzaron a trepar por ella lentamente, con el emir Muza a la cabeza. Pero quedáronse algunos en la parte baja de los muros para vigi­lar el campamento y los alrededores.

El emir Muza y sus acompañan­tes anduvieron durante algún tiem­po por lo alto de los muros, y lle­garon al fin ante dos torres unida entre sí por una puerta de bronce, cuyas dos hojas encajaban tan per­fectamente, que no se hubiera podi­do introducir por su intersticio la punta de una aguja. Sobre aquella puerta aparecía grabada en relieve, la imagen de un jinete de oro que tenía un brazo extendido y la mano abierta, y en la palma de esta mano había trazados unos caracteres jónilcos que descifró en seguida el jeique Abdossamad y los tradujo del si­guiente modo: “Frota la puerta doce veces con el clavo que hay en mi ombligo.”

Aunque muy sorprendido de tales palabras, el emir Muza se acercó en­tonces al jinete y notó que efectiva­mente tenía metido en medio del ombligo un clavo de oro. Echó mano e introdujo y sacó el clavo doce veces. Y a las doce veces que lo hizo, se abrieron las dos hojas de la puer­ta, dejando ver una escalera de gra­nito rojo que descendía caracolean­do. Entonces el emir Muza y sus acompañantes bajaron por los pel­daños de esta escalera, la cual les condujo al centro de una sala que daba a ras, de una calle en la que se estacionaban guardias armados con arcos y espadas. Y dijo el emir Mu­za: “¡Vames a hablarles antes de que se inquieten con nuestra pre­sencia!”

Acercáronse, pues, a estos guar­dias, unos de los cuales estaban de pie con el escudo al brazo y el sa­ble desnudo, mientras otros perma­necían sentados o tendidos. Y enca­rándose con el que parecía el jefe, el emir Muza le deseó la paz con afabilidad; pero no se movió el hom­bre ni le devolvió la zalema; y los demás guardias permanecieron inmó­viles igualmente y con los ojos fijos, sin prestar ninguna atención a los que acababan de llegar y como si no les vieran.

Entonces, por si aquellos guardias no entendian el árabe, el emir Muza dijo- al jeique Abdossamad: “¡Oh jeique, dirígeles la palabra en cuan­tas lenguas conozcas!” Y el jeique hubo de hablarles primero en lengua, griega; luego, al advertir la inutili­dad de su tentativa, les habló en in­dio, en hebreo, en persa, en etíope y en sudanés; pero ninguno de ellos comprendio una palabra de tales idiomas ni hizo el menor gesto de inteligencia. Entonces dijo el emir Muza: “¡Oh jeique! Acaso estén ofendidos estos guardias porque no les saludaste al estilo de su país. Conviene, pues, que les hagas zale­mas al uso de cuantos países conoz­cas.” Y el venerable Abdossamad hizo al instante todos los ademanes acostumbrados en las zalemas cono­cidas en los pueblos de cuantas comarcas había recorrido. Pero no se movió ninguno de los guardias, y cada cual permaneció en la misma actitud que al principio.

Al ver aquello, llegó al límite del asombro el emir Muza, sin querer insistir más; dijo a sus acompañantes que le siguieran, y continuó su ca­mino, no sabiendo a qué causa atri­buir semejante mutismo. Y se decia el jeique Abdossamad: “¡Por Alah, que nunca vi cosa tan extraordinaria en mis viajes!”

Prosiguieron andando así hasta llegar a la entrada del zoco. Como encontráronse con las puertas abier­tas, penetraron en el interior. El zo­co estaba lleno de gentes que vendían y compraban: y por delante de las tiendas se amontonaban maravillo­sas mercancías. Pero el emir Muza y sus acompañantes notaron que to­dos los compradores y vendedores, como también cuantos se hallaban en el zoco, habíanse detenido, cual pues­tos de común acuerdo, en la postura en que les sorprendieron; y se diría que no esperaban para reanudar sus ocupaciones habituales más que a que se ausentasen los extranjeros. Sin embargo, no parecían prestar la me­nor atención a la presencia de éstos, y contentábanse con expresar por medio del desprecio y la indiferen­cia el disgusto que semejante intru­sión les producía. Y para hacer aún más significativa tan desdeñosa ac­titud, reinaba un silencio genneral al paso de los extraños, hasta el punto de que en el inmenso zoco above­dado, se oían resonar sus pisadas de caminantes solitarios entre la quietud de su alrededor. Y de esta guisa recorrieron el zoco de los joyeros, el zoco de las sederías, el zoco de los guarnicioneros, el zoco de los pa­ñeros, el de los zapateros remendo­nes y el zoco de los mercaderes de especias y sahumerios, sin encontrar por parte alguna el menor gesto be­nevolo u hostil, ni la menor sonrisa de bienvenida o burla.

Cuando cruzaron el zoco de los sahumerios, desembocaron en una plaza inmensa donde deslumbraba la claridad del sol después de acostum­brarse la vista a la dulzura de la luz tamizada de los zocos. Y al fondo, entre columnas de bronce de una al­tura prodigiosa, que servían de pe­destales a enormes pájaros de oro con las alas desplegadas, erguíase un palacio de mármol, flanqueado con torreones de bronce, y guardado por una cadena de guardias, cuyas lanzas y espadas despedían de continuo vi­vos resplandores. Daba acceso a aquel palacio una puerta de oro, por la que entró el emir Muza seguido de sus acompanantes.

Primeramente vieron abrirse a lo largo del edificio una galería soste­nida por columnas de pórfido, y que limitaba un patio con pilas de már­moles de colores; y utilizábase como armería esta galería, pues veíanse allá por doquier, colgadas de las columnas, de las paredes y del techo, armas admirables, maravillas enri­quecidas con incrustaciones precio­sas, y que procedían de todos los paí­ses de la tierra. En torno a la galería se adosaban bancos de ébano de un labrado maravilloso, repujado de plata y oro, y en los que aparecían, sentados o tendidos, guerreros en traje de gala, quienes por cierto, no hicieron movinuento alguno para impedir el paso a los visitantes, ni para animarles a seguir en su asom­brada exploración...

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discreta.
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