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《一千零一夜》連載二十九           ★★★★
《一千零一夜》連載二十九
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:12

 

Y Sindbad el Marino mandó po­ner el mantel para el festín y dio de comer a sus huéspedes, incluso a Sindbad el Cargador, a quien mandó entregaran, antes de que se fuera, cien monedas de oro como los de­más días. Y el cargador se retiró a su casa, maravillado de cuanto aca­baba de oír. Y al día siguiente hizo su oración de la mañana y volvió al palacio de Sindbad el Marino. Cuando estuvieron reunidos todos los invitados, y comieron, y bebieron, y conversaron, y rieron, y oyeron los cantos y la música, se colocaron en corro, graves y silenciosos. Y habló así Sindbad el Marino:

LA SEPTIMA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO,

QUE TRATA DE LA SEPTIMA Y ÚLTIMA HISTORIA

“Sabed, ¡oh amigos míos! que al regreso del sexto viaje, di resuelta­mente de lado a toda idea de em­prender en lo sucesivo otros, pues aparte de que mi edad me impedía hacer excursiones lejanas, ya no te­nía yo deseos de acometer nuevas aventuras, tras de tanto peligro co­rrido y tanto mal experimentado. Además, había llegado a ser el hom­bre más rico de Bagdad, y el califa me mandaba llamar con frecuencia para oír de mis labios el relato de las cosas extraordinarias que en mis viajes vi.

Un día que el califa ordenó que me llamaran, según su costumbre, me disponía a contarle una, o dos, o tres de mis aventuras, cuando me dijo: “Sindbad, hay que ir a ver al rey de Serendib para llevarle mi contestación y los regalos que le destino. Nadie conoce como tú el camino de esa tierra, cuyo rey se alegrará mucho de volver a verte. ¡Prepárate, pues, a salir hoy mismo, porque no me estaría bien quedar en deuda con el rey de aquella isla, ni sería digno retrasar más la res­puesta y el envío!”

Ante mi vista se ennegreció el mundo, y llegué al limite de la per­plejidad y la sorpresa al oír estas palabras del califa. Pero logré domi­narme, para no caer en su desagrado. Y aunque había hecho voto de no volver a salir de Bagdad, besé la tierra entre las manos del califa, y contesté oyendo y obedeciendo. En­tonces ordenó que me dieran mil dinares de oro para mis gastos de viaje, y me entregó una carta de su puño y letra y los regalos destinados al rey de Serendib.

Y he aquí en qué consistían los regalos: en primer lugar una magní­fica cama, completa, de terciopelo carmesi, que valía una cantidad enor­me de dinares de oro; además, había otra cama de otro color, y otra de otro; había también cien trajes de tela fina y bordada de Kufa y Ale­jandría, y cincuenta de Bagdad. Ha­bía una vasija de comalina blanca procedente de tiempos, muy remotos. en cuyo fondo figuraba un guerrero armado con su arco tirante contra un león. Y había otras muchas cosas que sería prolijo enumerar, y un tronco de caballos de la más pura raza árabe...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 312 NOCHE

Ella dijo:

... un tronco de caballos de la más pura raza árabe.

Entonces me vi obligado a partir contra mi gusto aquella vez, y me embarqué en una nave que salía de Bassra.

Tanto nos favoreció el Destino, que a los dos meses, día tras día, lle­gamos a Serendib con toda seguridad. Y me apresuré a llevar al rey la carta y los obsequios del Emir de los Creyentes.

Al verme, se alegró y satisfizo el rey, quedando muy complacido de la cortesía del califa. Quiso entonces retenerme a su lado una larga tem­porada; pero yo no accedí a quedar­me más que el tiempo preciso para descansar. Después de lo cual me despedí de él, y colmado de consi­deraciones y regalos, me apresuré a embarcarme de nuevo para tomar el camino de Bassra, por donde ha­bía ido.

Al principio nos fue favorable el viento, y el primer sitio a que arri­bamos fue una isla llamada la isla de Sin. Y realmente, hasta entonces habíamos estado contentísimos, y du­rante toda la travesía hablábamos unos con otros, conversando tran­quila y agradablemente acerca de mil cosas.

Pero un día, a la semana después de haber dejado la isla, en la cual los mercaderes habían hecho varios cambios y compras, mientras está­bamos tendidos tranquilos, como de costumbre, estalló de pronto sobre nuestras cabezas una tormenta terri­ble y nos inundó una lluvia torren­cial. Entonces nos apresuramos a tender tela de cáñamo encima de nuestros fardos y mercancías para evitar que el agua los estropease, y empezamos a suplicar a Alah, que alejase el peligro de nuestro camino.

En tanto permanecíamos en aque­lla situación, el capitán del buque se levantó, apretóse el cinturón a la cintura, se remangó las mangas y la ropa, y después subió al palo mayor, desde el cual estuvo mirando bastante tiempo a derecha e izquier­da. Luego bajó con la cara muy amarilla, nos miró con aspecto com­pletamente desesperado, y en silen­cio empezó a golpearse el rostro y a mesarse las barbas. Entonces corri­mos hacia él muy asustados y le preguntamos: “¿Qué ocurre?” Y él contestó: “¡Pedidle a Alah que nos saque del abismo en que hemos caí­do! ¡Oh más bien, llorad por todos y despedíos unos de otros! ¡Sabed que la corriente nos ha desviado de nuestro camino, arrojándonos a los confines de los mares del mundo!”

Y después de haber hablado así, el capitán abrió un cajón, y sacó de él un saco de algodón, del cual ex­trajo polvo que parecia ceniza. Mo­jó el polvo con un poco de agua, esperó algunos momentos, y se puso luego a aspirar aquel producto. Des­pués sacó del cajón un libro peque­ño, y leyó entre dientes algunas pá­ginas, y acabó por decimos: “Sabed, ¡oh pasajeros! que el libro prodigioso acaba de confirmar mis suposicio­nes. La tierra que se dibuja ante nos­otros en lontananza, es la tierra conocida con el nombre de Clima de los Reyes. Ahí se encuentra la tum­ba de nuestro señor Soleimán ben­-Daúd (¡con ambos la plegaria y la paz!) Ahí se crían monstruos y ser­pientes de espantable catadura. Ade­más, el mar en que nos encontriamos está habitado por monstruos marinos que se pueden tragar de un bocado los navíos mayores con car­gamento y pasajeros! ¡Ya estáis avi­sados! ¡Adiós!”

Cuando oímos estas palabras del capitán, quedamos de todo punto es­tupefactos, y nos preguntábamos qué espantosa catástrofe iría a pasar, cuando de pronto nos sentimos le­vantados con barco y todo, y des­pués hundidos bruscamente, mien­tras se alzaba del mar un grito.más terrible que el trueno. Tan espanta­dos qudamos que dijimos nuestra última oracion, y permanecimos iner­tes como muertos. Y de improviso vimos que sobre el agua revuelta y delante de nosotros, avanzaba hacia el barco un monstruo tan alto y tan grande como una montaña, y des­pués otro.monstruo mayor, y detrás otro tan enorme como los dos jun­tos. Este último brincó de pronto por el mar, que se abría como una sima, mostró una boca más profunda que un abismo, y se tragó las tres cuar­tas partes del barco con cuanto con­tenía. Yo tuve el tiempo justo para retroceder hacia lo alto del buque y saltar al mar, mientras el monstruo acababa de tragarse la otra cuarta parte, y desaparecía en las profun­didades con sus dos compañeros.

Logré agarrarme a uno de los ta­blones que habían saltado del barco al darle la dentellada el monstruo marino, y después de mil dificultades pude llegar a una isla que afortuna­damente estaba cubierta de árboles frutales y regada por un río de agua excelente. Pero noté que la corriente del río era rápida hasta el punto de que el ruido que hacía oíase muy a lo lejos. Entonces, y al recordar co­mo me salvé de la muerte en la isla de las pedrerías, concebí la idea de construir una balsa igual a la anterior y dejarme llevar por la corriente. En efecto, a pesar de lo agradable de aquella isla nueva, yo pretendía vol­ver a mi país. Y pensaba: “Si logro salvarme, todo irá bien, y haré voto de no pronunciar siquiera la palabra viaje, y de no pensar en tal cosa du­rante el resto de mi vida. ¡En cam­bio, si perezco en la tentativa, todo irá bien asimismo, porque acabaré definitivamente con peligros y tribu­laciones.”

Me levanté, pues, inmediatamente, y después de haber comido alguna fruta, recogí muchas ramas grandes cuya,especie ignoraba entonces, aun­que luego supe eran de sándalo, de la calidad más estimada por los mer­caderes, a causa de su rareza. Des­pués empecé a buscar cuerdas y cor­deles, y al principio no los encontré; pero vi en los árboles unas plantas trepadoras y flexibles, muy fuertes, que podían servirme. Corté las que me hicieron falta, y las utilicé para atar entre sí las ramas grandes de sándalo. Preparé de este modo una enorme balsa, en la cual coloqué fru­ta en abundancia, y me embarqué diciendo: “¡Si me salvo, lo habrá querido Alah!”

Apenas subí a la balsa Y me hube separado de la orilla, me vi arras­trado con una rapidez espantosa por la corriente, y sentí vértigos, y caí desmayado encima del montón de fruta exactamente igual que un pollo borracho.

Al recobrar el conocimiento, miré a mi alrededor, y quedé más inmó­vil de espanto que nunca, y ensorde­cido por un ruido como el del true­no. El río no era más que un to­rrente de espuma hirviente, y más veloz que el viento, que chocando con estrépito contra las rocas, se lan­zaba hacia un precipicio que adivi­naba yo más que veía. ¡Indudable­mente iba a hacerme pedazos en él, despeñándome sabe quién desde qué altura!

Ante esta idea aterradora, me aga­rré con todas mis fuerzas a las ra­mas de la balsa, y cerré los ojos ins­tintivamente para no verme aplasta­do y destrozado, e invoqué el nom­bre de Alah antes de morir. Y de pronto, en vez de rodar hasta el abis­mo, comprendí que la balsa se para­ba bruscamente encima del agua, y abrí los ojos un minuto por saber a qué distancia estaba de la muerte, y no fue para verme estrellado contra los peñascos, sino cogido con mi bal­sa en una inmensa red, que unos hombres echaros sobre mí desde la ribera. De esta suerte me hallé co­gido y llevado a tierra, y allí me sacaron o vivo y medio muerto de entre las mallas de la red, en tan­to transportaban a la orilla mi balsa. Mientras yo permanecía tendido, inerte y tiritando, se adelantó hacia mí un venerable jeique de barbas­ blancas, que empezó por desearme la bienvenida, y por cubrirme- con ropa caliente que me sentó muy bien. Reanimado ya por las fricciones y el masaje que tuvo la bondad de darme el anciano, pude sentarme, pero sin recobrar todavía el uso de la palabra.

Entonces el anciano me cogió del brazo, y me llevó suavemente al hammam, en donde me hizo tomar un baño excelente que acabó de res­tituirme el alma; después me hizo aspirar perfumes exquisitos y me los echó por todo el cuerpo, y me llevó a su casa.

Cuando entré en la morada de aquel anciano, toda su familia se alegró mucho de mi llegada, y me re­cibió con gran cordialidad y demos­traciones amistosas. El mismo ancia­no hizome áentar en medio del di­ván de la sala de recepcion, y me dio a comer cosas de primer orden, y a beber un agua agradable perfu­mada con flores. Después quemaron incienso a mi alrededor, y los escla­vos me trajeron agua caliente y aromatizada para lavarme las manos, y me presentaron servilletas ribeteadas de seda, para secarme los dedos las barbas y la boca. Tras de lo cual el anciano me llevó a una habitación muy bien amueblada, en donde que­dé solo, porque se retiró con mucha discreción. Pero dejó a mis órdenes varios esclavos que de cuando en cuando iban a verme por si necesitaba sus servicios.

Del propio modo me trataron du­rante tres días, sin que nadie me in­terrogase ni me dirigiera ninguna pregunta, y no dejaban que careciese de nada, cuidándome con mucho es­mero, hasta que recobré completa­mente las fuerzas, y mi alma y mi corazón se calmaron y refrescaron. Entonces, o sea la mañana del cuar­to día, el anciano se sentó a mi lado, y después de las zalemas, me dijo: “¡Oh huésped, cuanto placer y sa­tisfacción hubo de proporcionarnos tu presencia! ¡Bendito sea Alah, que nos puso en tu camino para salvar­te del abismo! ¿Quién eres y de dón­de vienes?” Entonces di muchas gra­cias al anciano por el favor enorme que me había hecho salvándome la vida y luego dándome de comer ex­celentemente, y de beber excelentemente, y perfumándome excelente­mente, y le dije: “.¡Me llamo Sindbad el Marino! ¡Tengo este sobrenombre a consecuencia de mis grandes viajes por mar y de las cosas extraordína­rías que me ocurrieron, y que si se escribieran con agujas en el ángulo de un ojo, servirían de lección a los lectores atentos!” Y le conté al an­ciano mi historia desde el principio hasta el fin, sin omitir detalle.

Quedó prodigiosamente asombra­do entonces el jeique, y estuvo una hora sin poder hablar, conmovido por lo que acababa de oír. Luego le­vantó la cabeza, me reiteró la expre­sión de su alegría por haberme so­corrido, y me dijo: “¡Ahora, ¡oh huésped mío! si quisieras oír mi con­sejo, venderías aquí tus mercancías, que valen mucho dinero por su ra­reza y calidad!”

Al oír las palabras del viejo, llegué al límite del asombro, y no sabiendo lo que quería decir ni de qué mer­cancías hablaba, pues yo estaba des­provisto de todo, empecé por callar­me un rato, y como de ninguna ma­nera quería dejar escapar una oca­sion extraordinaria que se presenta­ba inesperadamente, me hice el enterado, y conteste: “¡Puede que sí!” Entonces el anciano me dijo: “No te preocupes, hijo mío, respecto a tus mercaderías. No tienes más que levantarte y acompañarme al zoco. Yo me encargo de todo lo demás. Si la mercancía subastada produce un precio que nos convenga, lo acep­taremos; si no, te haré el favor de conservarla en mi almacén hasta que suba en el mercado. ¡Y en tiempo oportuno podremos sacar un precio más ventajoso!”

Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo; pero no lo di a entender, sino que pensé: “¡Ten paciencia, Sindbad, y ya sabrás de qué se trata!” Y dije al anciano: “¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco! ¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte, después de cuanto por mí hiciste, me conformaré con tu vo­luntad!” Y me levanté inmediata­mente y le acompañé al zoco.

Cuando llegarnos al centro del zoco en que se hacía la subasta pública, ¡cuál no sería mi asombro al ver mi balsa transportada allí y rodeada de una multitud de corredores y merca­deres qué la miraban con respeto y moviendo la cabeza! Y por todas partes oía exclamaciones de admira­cion: “¡Ya Alah! ¡Qué maravillosa calidad de sándalo! ¡En ninguna par­te del mundo la hay mejor!” Enton­ces comprendí cuál era la mercancía consabida, y creí conveniente para la venta tornar un aspecto digno y reservado.

Pero he aquí que en seguida, el anciano protector mío, aproximan­dose al jefe de los corredores, le di­jo: “¡Empiece, la subasta!” Y se em­pezó con el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor ex­clamó: “¡A mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores! Entonces gritó él anciano: “¡La compro en dos rnil!” Y otro gritó: “¡En tres mil!” Y los mercaderes siguieron su­biendo el precio hasta diez mil dina­res. Entonces se encaró conmigo el jefe de los corredores y me dijo: “¡Son diez mil; ya no puja nadie!” Y yo dije: “¡No la vendo en ese precio!”

Entonces mi protector se me acer­có y me dijo: “¡Hijo mío, el zoco, en estos tiempos, no anda muy prós­pero, y la mercancía ha perdido al­go de su valor! Vale más que acep­tes el precio que te ofrecen. Pero yo, si te parece, voy a pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez mil cien dinares?” Yo contesté: “ ¡Por Alah! mi buen tío, sólo por ti lo hago para agradecer tus benefi­cios. ¡Consiento en dejártelo por esa cantidad!” Oídas estas palabras, el anciano mandó a sus esclavos que transportaran todo el sándalo a sus almacenes de reserva, y me llevó a su casa, en la cual me contó inme­diatamente los diez mil cien dinares, y los encerró en una caja sólida cu­ya llave me entregó, dándome enci­ma las gracias por lo que había hecho en su favor.

Mandó en seguida poner el man­tel, y comimos, y bebimos, y charla­mos alegremente. Después nos lava­mos las manos y la boca, y por fin me dijo: “¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho acep­tes!” Yo le contesté: “¡Mi buen tío, todo te lo concederé a gusto!” Él me dijo: “Ya ves, hijo mío, que he lle­gado a una edad muy avanzada sin tener hijo varón que pueda heredar un día mis bienes. Pero he de decirte que tengo una hija, muy joven aún, llena de encanto y belleza, que será muy rica cuando yo me muera. De­seo dártela en matrimonio siempre que consientas en habitar en nuestro país y vivir nuestra vida. Así serás el amo de cuanto poseo y de cuanto dirige mi mano. ¡Y me sustituirás en mi autoridad y en la posesión de mis bienes!”

Cuando oí estas palabras del an­cíano, bajé la cabeza en silencio y permanecí sin decir palabra. Entón­ces añadió: “¡Créeme, ¡oh hijo mío! que si me otorgas lo que te pido te atraerá la bendición! ¡Añadiré, para tranquilizar tu alma, que después de mi muerte podrás regresar a tu tie­rra, llevándote a tu esposa e hija mía! ¡No te exijo sino que perma­nezcas aquí el tiempo que me quede de vida!” Entonces contesté: “¡Por Alah, mi tío el jeique, eres como un padre para mi, y ante ti no puedo tener opinión ni tomar otra resolu­ción que la que te convenga! Porque cada vez que en mi vida quise eje­cutar un proyecto, no hube de sacar más que desgracias y decepciones. ¡Estoy, pues, dispuesto a conformar­me con tu voluntad!”

En seguida el anciano, extremada­mente contento con mi respuesta, mandó a sus esclavos que fueran a buscar al kadí y a los testigos, que no tardaron en llegar..

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 314 NOCHE

Ella dijo:

... al kadi y a los testigos, que no tardaron en llegar. Y el anciano me casó con su hija, y nos dio un festín enorme, y celebró una boda esplén­dida. Después me llamó y me llevó junto a su hija, a la cual aun no ha­bía yo visto. Y la encontró perfecta en hermosura y gentileza, en esbeltez de cintura y en proporciones. Además, la vi adornada con suntuosas alhajas, sedas y brocados, joyas y pedrerías, y lo que llevaba encima valía millares y millares de monedas de oro, cuyo importe exacto nadie había podido calcular.

Y cuando la tuve cerca, me gustó. Y nos enarnorarnos uno de otro. Y vivimos mucho tiempo juntos, en el colmo de las caricias y la felicidad.

El anciano padre de mi esposa fa­lleció al poco tiempo en la paz y misericordia del Altísimo. Le hicimos unos grandes funerales y lo enterra­mos. Y yo tomé posesión de todos sus bienes, y sus esclavos y servi­dores fueron mis esclavos y servido­res, bajo mi única autoridad. Ade­más, los mercaderes de la ciudad me nombraron su jefe en lugar del di­funto, y pude estudiar las costum­bres de los habitantes de aquella po­blación y su manera de vivir.

En efecto, un día noté con estu­pefacción que la gente de aquella ciudad experimentaba un cambio anuál en primavera; de un día a otro mudaban de forma y aspecto: les brotaban alas de los hombros, y se convertían en volátiles. Podían volar entonces hasta lo más alto de la bo­veda aérea, y se aprovechaban de su nuevo estado para volar todos fuera de la ciudad, dejando en ésta a los niños y mujeres, a quienes nun­ca brotaban alas.

Este descubrimiento me asombró al principio; pero acabé por acostum­brarme a tales cambios periódicos. Sin embargo, llegó un día en que empecé, a avergonzarme de ser el único hombre sin alas, viéndome obligado a guardar yo solo la ciudad con las mujeres y los niños. Y por mucho que pregunté a los habitantes sobre el medio de que habría de valerme para que me saliesen alas en los hombros, nadie pudo ni quiso contestarme. Y me mortificó bastan­te no ser más que Sindbad el Marino y no poder añadir a mi sobrenombre la condición de aéreo.

Un día, desesperado de conseguir nunca que me revelaran el secreto del crecimiento de las alas, me dirigí a uno, a quien había hecho muchos favores, y cogiéndole del brazo, le dije: “¡Por Alah sobre ti! Hazme el favor, por los que te he hecho yo a ti, de dejarme que me cuelgue de tu persona, y vuele contigo a través del aire. ¡Es un viaje que me tienta mucho, y quiero añadir a los que realicé por mar!” Al principio no quiso prestarme atención; pero a fuerza de súplicas acabé por moverle a accediera. Tanto me encantó aquello, que ni siquiera me cuidé de avisar a mi mujer ni a mi servidumbre, me colgué de él abrazándole por la cintura, y me llevó por el aire, volando con la alas muy desple­gadas.

Nuestra carrera por el aire empezó ascendiendo en línea recta durante un tiempo considerable. Y acabamos por llegar tan arriba en la bóveda celeste, que pude oír distintamente cantar a los ángeles y sus melodías debajo de la cúpula del cielo.

Al oír cantos tan maravillosos, lle­gué al límite de la emoción religiosa, y exclamé “¡Loor a Alah en lo pro­fundo del cielo! ¡Bendito y glorifi­cado sea por todas las criaturas!”

Apenas formulé estas palabras, cuando mi portador lanzó un jura­mento tremendo, y bruscamente, en­tre el estrépito de un trueno pre­cedido de terrible relámpago, bajó con tal rapídez que me faltaba el aire, y por poco me desmayo, sol­tándome de él con peligro de caer al abismo insondable. Y en un ins­tante llegamos a la cima de una montaña, en la cual me abandonó mi Portador dirigiéndome una mira­da infernal, y desapareció, tendien­do el vuelo por lo invisible.

Y quedé completamente solo en aquella montaña desierta, y no sabía dónde estaba, ni por dónde ir para reunirme con mi mujer, y exclamé en el colmo de la perplejidad: “¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Altísimo y Omnipotente! ¡Siempre que me libro de una cala­midad caiga en otra peor! ¡En rea­lidad, merezco todo lo que me su­cede!”

Me senté entonces en un peñasco Para reflexionar sobre el medio de librarme del mal presente, cuando de pronto vi adelantar hacia mí a dos muchachos de una belleza mara­villosa, que parecían dos lunas. Ca­da uno llevaba en la mano un bastón­ de oro rojo, en el cual se apoyaba, al andar. Entonces me levanté rápida­mente, fui a su encuentro y les deseé la paz. Correspondieron con gentileza a mi saludo, lo cual me alento a dirigirles la palabra, y les dije: “¡Por Alah sobre vosotros, ¡oh ma­ravillosos jóvenes! decidine, quiénes sois y qué hacéis!” Y me contesta­ron: “¡Somos adoradores del Dios verdadero!” Y uno de ellos, sin decir más, me hizo seña con la mano en cierta dirección, como invitándome a dirigir mis pasos por aquella par­te, me entregó el bastón de oro, y cogiendo de la mano a su hermoso compañero; desapareció de mi vista.

Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir el camino que se me había indicado, maravillándo­me al recordar a aquellos muchachos tan hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir súbitamente de detrás de un penasco una serpien­te gigantesca que llevaba en la boca a un hombre, cuyas tres cuartas par­tes se había ya tragado, y del cual no se veían más que la cabeza y los brazos. Estos se agitaban desespera­damente, y la cabeza gritaba: “¡Oh caminante! ¡Sálvame del furor de es­ta serpiente y no te arrepentirás de tal acción!” Corrí entonces detrás de la serpiente, y le di con el bastón de oro rojo un golpe tan afortunado, que quedó exánime en aquel mo­mento. Y alargué la mano al hom­bre tragado y le ayudé a salir del vientre de la serpiente.

Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite de la sor­presa al conocer que era el volátil que me había llevado en su viaje aéreo y había acabado por precipitar­se conmigo, a riesgo de matarme, desde lo alto de la bóveda del cielo hasta la -cumbre de la montaña en la cual me había abandonado, expo­niéndome a morir de hambre y sed. Pero ni siquiera quise demostrar ren­cor por su mala acción, y me con­formé con decirle dulcemente: “¿Es así como obran los amigos con los amigos?” Él me contestó: “En prinier lugar he de darte las gracias por lo que acabas de hacer en mi favor. Pero ignoras que fuiste tú, con tus invocaciones inoportunas pronun­ciando el Nombre, quien me precipi­taste de lo alto contra mi voluntad. ¡El Nombre Produce ese efecto en todos nosotros! ¡Por eso no lo pro­nunciamos jamás!” Entonces yo, pa­ra que me sacara de aquella monta­ña, le dije: ¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo no podía adivinar las consecuencias funestas de mi homenaje al Nombre! ¡Te prometo no volverlo a pronunciar durante el trayecto, si quieres transportarme ahora a mi casa!”

Entonces el volátil se bajó, me cogió a cuestas, y en un abrir y cerrar de ojos me dejó en la azotea de mi casa y se fue para la suya.

Cuando mi mujer me vio bajar de la azotea y entrar en la casa después de tan larga ausencia, comprendió cuanto acababa de ocurrir, y bendijo a Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las efusiones del regreso me dijo: “Ya no debemos tratarnos con la gente de esta ciudad. ¡Son hermanos de los demonios!” Y yo le dije: “¿Y có­mo vivía tu padre entre ellos?” Ella me contestó: “Mi padre no pertene­cía a su casta, ni hacía nada como ellos, ni vivía su vida. De todos mo­dos, si quieres seguir mi consejo, lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar esta ciudad impía, no sin haber ven­dido nuestros bienes, casa y pose­siones. Realiza eso lo mejor que pue­das, compra buenas mercancías con parte de la cantidad que cobres, y vámonos juntos a Bagdad, tu patria, a ver a tus parientes y amigos, vi­viendo en paz y seguros, con el res­peto debido a Alah el Altísimo.” En­tonces contesté oyendo y obedecien­do.

En seguida empecé a vender lo mejor que pude, pieza por pieza, y cada cosa en su tiempo, todos los bienes de mi tío el jeique, padre de mi esposa, ¡difunto a quien Alah haya recibido en paz y misericor­día! Y así realice en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como mue­bles y propiedades, y gané un ciento por uno.

Después de lo cual me llevé a mi esposa y las mercancías que había cuidado de comprar, fleté por mi cuenta un barco, que con la voluntad de Alah tuvo navegación feliz y fruc­tuosa, de modo que de isla en isla, y de mar en mar, acabamos por lle­gar con seguridad a Bassra, en don­de paramos poco tiempo. Subimos el río y entramos en Bagdad, ciudad de paz.

Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia mi calle y mí casa, en donde mis parientes nos recibieron con grandes transporte de alegría, y quisieron mucho a mi esposa, la hija del jeique.

Yo me apresuré a poner en orden definitivo mis asuntos, almacené mis magníficas mercaderías,, encerré mis riquezas, y pude por fin recibir en paz las felicitaciones de mis parien­tes y amigos, que calculando el tiern­po que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío había durado exactamente veintisie­te años desde el principio hasta el fin. Y les conté con pormenores mis aventuras durante esta larga ausen­cia, e hice el voto, que cumplo es­crupulosamente, como veis, de no emprender en toda mi vida ningún otro viaje ni por mar ni por tierra. Y no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas veces, a pesar de mis rein­cidencias, me libró de tantos peligros y me reintegró entre mi familia y mis amigos.

Cuando Sindbad el Marino termi­nó de esta suerte su relato entre los convidados silenciosos y maravilla­dos, se volvió hacia Sindbad el Car­gador y le dijo: “Ahora, Sindbad te­rrestre, considera los trabajos que pasé y las dificultades que venci, gracias a Alah y dime si tu suerte de cargador no ha sido mucho mas favorable para una vida tranquila que la que me impuso el Destino. Verdad es que sigues pobre y yo ad­quirí riquezas incalculables; pero ¿no es -verdad también que a cada uno de nosotros se le retribuyó, según su esfuerzo?” Al oír estas palabras, Sindbad el Cargador fue a besar la mano de Sindbad el Marino, y le di­jo: “¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi amo! perdona lo inconveniente de mi can­ción!”

Entonces Sindbad el Marino mandó poner el mantel para sus convi­dados, y les dio un festín que duró treinta noches. Y después quiso te­ner a su lado, como mayordomo de su casa a Sindbad el Cargador. Y ambos vivieron en amistad perfecta y en el limite de la satisfacción, has­ta que fue a visitarlos aquella que hace desvanecerse las delicias, rompe las amistades, destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga muerte. ¡Gloria al Eterno, que no muere jamás.

Cuando Schahrazada, la hija del visir, acabó de contar la historia de Sindbad el Marino, sintióse un tanto fatigada, y como veía acercarse la mañana y no quería, por su discre­ción habitual, abusar del permiso concedido, se calló sonriendo.

Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con los ojos muy abiertos había oído la historia pas­mosa, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió a abrazar a su hermana, diciéndole: “¡Oh, Schahrazada, hermana mía! ¡cuán suaves, y puras, y gratas, y deliciosas para el paladar, y cuán sa­brosas en su frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y prodigioso, y temerario era Sindbad el Marino!­ Y Schahrazada sonrió y dijo:

“No creas, ¡oh rey afortunado! que todas las historias que has oído hasta ahora pueden valer de cerca ni de lejos lo que la HISTORIA PRO­DIGIOSA DE LA CIUDAD DE BRONCE, que me reservo contarte la noche próxima, si quieres.

Entonces el rey Schahriar dijo pa­ra sí: “No la mataré hasta después!” Y la pequeña Doniazada exclamó: “¡Oh qué amabla serías, Schahraza­da, si entretanto nos dijeras las pri­meras palabras!”

Entonces Schabrazada sonrió y dijo: “Cuentan que había un rey ¡Alah sólo es rey! en la ciudad, de...

En este momento de su narración Schahrazada vio aparecer la maña­na y se calló discreta.

Por la mañana salió el rey y se fue a la sala de justicia. Y el diván se llenó con la muchedumbre de visires, emires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el último que entró fue el gran visir, padre de Schahrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado a su hija, a la cual creía aquella vez muerta de veras; pero el rey no le dijo nada del asunto, y siguió juzgando y nom­brando para los empleos, y destitu­yendo gobernando, y despachando los asuntos pendientes hasta termi­nar el día. Luego se levantó el di­ván y el rey volvió a palacio, mien­tras el gran visir seguía perplejo y en el límite extremo del asombro,

CUANDO LLEGÓ LA 339 NOCHE

El rey penetró en la habitación de Schahrazada, y la pequeña Do­niazada exclamó desde el lugar en que estaba acurrucada:

“¡Te ruego hermana, me digas a qué esperas para empezar la historia prometida!”

Y contestó Schahrazada sonrien­do: “¡No espero más que la venia de este rey bien educado y dotado de buenos modales!” Entonces con­testó el rey Schahriar: “¡Concedi­da!”

Y dijo Schahrazada:

HISTORIA PRODIGIOSA DE LA CIUDAD DE BRONCE

“Cuentan que en el trono de los califas Omniadas, en Damasco, se sentó un rey -¡sólo Alah es rey!- ­que se llamaba Abdalmalek ben-Mer­wán. Le gustaba departir a menudo con los sabios de su reino acerca de nuestro señor Soleimán ben Daúd (¡con él la plegaria y la paz!), de sus virtudes, de su influencia y de su poder ilimitado sobre las tierras de las soledades, los efrits que pueblan el aire y los genios marítimos y sub­terráneos.

Un día en que el califa, oyendo hablar de ciertos vasos de cobre an­tiguo cuyo contenido era una extra­ña humareda negra de formas dia­bólicas, asombrábase en extremo y parecía poner en duda la realidad de hechos tan verídicos, hubo de levantarse entre los circunstantes el famoso viajero Taleb ben-Sehl, quien confirmó el relato que acababan de escuchar y añadió: “En efecto, ¡oh Emir de los Creyentes! esos vasos de cobre no son otros que aquellos donde se encerraron, en tiempos an­tiguos a los genios que rebeláronse ante las órdenes de Soleirnán, vasos arrojados al fondo del mar mugien­te, en los confines de Moghreb, en el Africa occidental, tras de sellar­los con el sello temible. Y el humo que se escapa de ellos es simplemen­te el alma condensada de los efrits, los cuales no por eso dejan de tomar su aspecto formidable si llegan a sa­lir al aire libre.”

Al oír talas palabras, aumentaron considerablemente la curiosidad y el asombro del califa Abdalmalek, que dijo a Taleb ben-Sehl: “¡Oh Taleb, tengo muchas ganas de ver uno de esos vasos de cobre que encierran efrits convertidos en humo! ¿Crees realizable mi deseo? Si es así, pronto estoy a hacer por mí propio las in­vestigaciones necesarias. Habla.” El otro contestó: “¡Oh Emir de los Cre­yentes! Aquí mismo puedes poseer uno de esos objetos, sin que sea pre­císo que te muevas y sin fatigas para tu persona venerada. No tienen más que enviar una carta al emir Muza, tu lugarteniente en el país de los Moghreb. Porque la montaña a cuyo pie se encuentra el mar que guarda esos vasos, está unida al Moghreb por una lengua de tierra que puede atravesarse a pie enjuto. ¡Al recibir una carta semejante, el emir Muza no dejará de ejecutar las órdenes de nuestro amo el califa!”.

Estas palabras tuvieron el don de convencer a Abdalmalek, que dijo a Taleb en el instante: “¿Y quién me­jor que tú ¡oh Taleb! será capaz de ir con celeridad al país de Mobhreb con el fin de llevar esa carta a mi lugarteniente el emir Muza? Te otor­go plenos poderes para que tomes de mi tesoro lo que juzgues necesario para gastos de viaje, y para que lle­ves cuantos hombres te hagan falta en calidad de escolta. ¡Pero date pri­sa ¡oh Taleb!” Y al punto escribió el califa una carta de su puño y letra para el emir Muza, la selló y se la dio a Taleb, que besó la tierra entre las manos del rey, y no bien hizo los preparativos oportunos, partió con toda diligencia hada el Moglhreb, a donde llegó sin contratiempos.

El emir Muza le recibió con júbilo y guardándole todas las conside­raciones debidas a un enviado del Emir de los Creyentes; y cuando Taleb le entregó la carta, la cogió, y después de leerla y comprender su sentido, se la llevó a sus labios, luego a su frente, y dijo: “¡Escucho y obedezco!” Y en seguida mandó que fuera a su presencia el jeique Abdos­samad, hombre que había recorrido todas las regiones habitables de la tierra, y que a la sazón pasaba los días de su vejez anotando cuidado­samente, por fechas, los conocirmen­tos que adquirió en una vida de via­jes no interrumpidos. Y cuando pre­sentóse el jeique, el emir Muza le saludó con respeto y le dijo: “¡Oh jeique Abdossamad! He aquí que el Emir de los Creyentes me transmite sus órdenes para que vaya en busca de los vasos de cobre antiguos, don­de fueron encerrados por nuestro se­ñor Soleimán ben-Daúd los genios rebeldes. Parece ser que yacen en el fondo de un mar situado al pie de una montaña que debe hallarse en los confines extremos del Moghreb. Por más que desde hace mucho tiem­po conozco todo el país, nunca oí hablar de ese mar ni del camino que a él conduce; pero tú, ¡oh jeique Abdossamad! que recoirrisite el mun­do entero, no ignorarás sin duda la existencia de esa montaña y de ese mar.

Reflexionó el jeique una hora de tiempo, y contestó: “¡Oh emir Muza ben-Nossair! No son desconocidos para mi memoria esa montaña y ese mar; pero, a pesar de desearlo, has­ta ahora no pude ir donde se hallan; el camino que allá conduce se hace muy penoso a causa de la falta de agua en las cisternas, y para llegar se necesitan dos años y algunos me­ses, y más aún para volver, ¡suponiendo que sea posible volver de una comarca cuyos habitantes no dieron nunca la menor señal de su existen­cia, y viven en una ciudad situada, según dicen, en la propia cima de la montaña consabida, una ciudad en la que no logró penetrar nadie y que se llama la Ciudad de Bronce!”

Y dichas tales palabras, se calló el jeique, reflexionando un momen­to todavía, y añadió: “Por lo demás, ¡oh emir Muza! no debo ocultarte que ese camino está sembrado de peligros y de cosas espantosas, y que para seguirle hay que cruzar un de­sierto poblado por efrits y genios, guardianes de aquellas tierras vírge­nes de la planta humana desde la antigüedad. Efectivamente, sabe ¡oh Ben-Nossair! que esas comarcas del extremo Occidente africano están ve­dadas a los hijos de los hombres; sólo dos de ellos pudieron atravesarlas: Soleimán ben-Daúd, uno, y El Is­kandar de Dos-Cuernos, el otro. ¡Y desde aquellas épocas remotas, nada turba él silencio que reina en tan vastos desiertos! Pero si deseas cum­plir las órdenes del califa e intentar, sin otro guía que tu servidor, ese viaje, por un país que carece de ru­tas ciertas, desdeñando obstáculos misteriosos y peligros, manda cargar mil camellos con odres repletos de agua y otros mil camellos con víveres y provisiones; lleva la menos escolta posible, porque ningún poder huma­no nos preservaría de la cólera de las potencias tenebrosas cuyos domi­nios vamos a violar, y no conviene que nos indispongamos con ellas alardeando de armas amenazadoras e inútiles. ¡Y cuando esté preparado todo, haz tu testamento, emir Muza, y partamos!...

Al oír tales palabras, el emir Mu­za, gobernador del Moghreb invo­cando el nombre de Alah,, no quiso tener un momento de vacilación; congregó a los jefes de sus soldados y a los notables del reino, testó ante ellos y nombró como sustituto a su hijo Harún. Tras de lo cual, mandó hacer los preparativos consabidos, no se llevó consigo más que algunos hombres seleccionados de antemano, y en compañía del jeique Abdossa­mad y de Taleb, el enviado del ca­lifa, tomó el camino del desierto, se­guido por mil camellos cargados con agua y por otros, mil cargados con víveres y provisiones.

Durante días y meses marchó la caravana por las llanuras solitarias, sin encontrar por su camino un ser viviente en aquellas inmensidades monótonas cual el mar encalmado. Y de esta suerte continuó el viaje en medio del silencio infinito, hasta que un día advirtieron en lontananza co­mo una nube brillante a ras del hori­zonte, hacia la que se dirigieron. Y observaron que era un edificio con altas murallas de acero chino, y sol­tenido por cuatro filas de columnas de oro que tenían cuatro mil pasos de circunferencia. La cúpula de aquel palacio era de oro, y servía de al­bergue a millares y millares de cuer­vos, únicos habitantes que bajo el cielo se veían allá. En la gran mu­ralla donde abríase la puerta prin­cipal, de ébano macizo incrustado de oro, aparecía una placa inmensa de metal rojo, la cual dejaba leer estas estas palabras trazadas en caracteres jó­nicos, que descifró el jeique.Abdos­samad y se las tradujo al emir Muza y a sus acompañantes:

¡Entra aquí para saber la historia de los domínadores!

¡Todos pasaron ya! Y apenas tuvie­ron tiempo para descansar a la sombra de mis torres.

¡Los dispersó la muerte como si fue­ran sombras! ¡Los disipó la muerte como a la paja el viento!

Con exceso se emocionó el emir Muza al oír las palabras que tradu­cía el venerable Abdossamad, y mur­.muro- “¡No hay más Dios que Alah! Luego dijo: “¡Entremos!” Y seguido por sus acompañantes, fran­queó los umbrales de la puerta prin­cipal y penetró en el palacio.

Entre el vuelo mudo de los pája­rracos negros, surgió ante ellos la al­ta desnudez granítica de una torre cuyo final perdíase de vista, y al pie de la que se alineaban en redondo cuatro filas de cien sepulcros cada una, rodeando un monumental sar­cófago de cristal pulimentado, en torno del cual se leía esta inscripción, grabada en caracteres jónicos real­zados por pedrerías:

¡Pasó cual el delirio de las fiebres la embriaguez del triunfo!

¿De cuántos acontecimientos no hu­be de ser testigo?

¿De qué brillante fama no gocé en mis días de gloria?

¿Cuántas capitales no retemblaron bajo el casco sonoro de mi caballo?

¿Cuántas cuidades no saqueé, en­trando en ellas como el simoun des­tructor? ¿Cuantos imperios no destruí, impetuoso como el trueno?

¿Qué de potentados no arrastré a la zaga de mi carro?

¿Qué de leyes no dicté en el uni­verso?

¡Y ya lo veis!

¡La embriaguez de mi triunfo pasó cual el delirio de la fiebre, sin dejar más huella que la que en la arena pue­da dejar la espuma!

¡Me sorprendió la muerte sin que mi poderío rechazase, ni lograran mis cortesanos defenderme de ella!

Por tanto, viajero, escucha las, palabras que jamás mis labios pronunciaron mientras estuve vivo:

¡Conserva tu alma! ¡Goza en paz la calma de la vida, la belleza, que es calma de la vida! ¡Mañana se apoderará de ti la muerte!

Mañana responderá la tierra a quien te llame: “¡Ha muerto! ¡Y nunca mi celoso seno devolvió a los que guar­da para la eternidad!”

Al oír estas palabras que traducía el jeique Abdossamad, el emir Mu­za y sus acompañantes no pudieron por menos de llorar. Y permanecie­ron largo rato en pie ante el sarco­fago y los sepulcros, repitiéndose las palabras fúnebres. Luego se encaramaron a la torre, que se cerraba con una puerta de dos hojas de ébano, sobre la cual se leía esta inscripción, también grabada en caracteres jóni­cos realzados por pedrerías:

¡En el nombre del Eterno, del In­mutable!

¡En el nombre del Dueño de la fuer­za y del poder!

¡Aprende, viajero que pasas por aqui, a no enorgullecerte de las apariencias, porque su resplandor es engañoso!

¡Aprende con mi ejemplo a no dejar­te deslumbrar por ilusiones que te pre­cipitarían en el abismo!

¡Voy a hablarte de mi poderío!

¡En mis cuadras, cuídadas por los reyes que mis armas cautivaron, tenía yo diez mil caballos generosos!

¡En mis estancias reservadas, tenía yo como concubinas mil vírgenes des­cendientes de sangre real y otras mil vírgenes escogidas entre aquellas cuyos senos son gloriosos, y cuya belleza ha­ce palidecer el brillo de la luna!

¡Diéronme mis esposas una poste­ridad de mil príncipes reales, valientes cual leones!

¡Poseía inmensos tesoros, y bajo mi dominio se abatían los pueblos y los reyes, desde el Oriente hasta los lim­ites extremos de Oocidente, sojuzgados por mis ejércitos invencibles!

¡Y creía eterno mi poderío, y afir­mada por los siglos la duración de mi vida, cuando de pronto se hizo oir la voz que me anunciaba los irrevocables decretos del que no muere!

¡Entonces reflexioné acerca de mi destino!

¡Congregué a mis jinetes y a mis hombres de a pie, que eran millares, armados con sus lanzas y con sus es­padas!

¡Y congregué a mis tributarios los reyes, y a los jefes de mi imperio, y a los jefes de mis ejércitos!

Y a presencia de todos ellos hice llevar mis arquillas y los cofres de mis tesoros, y les dije a todos:

“¡Os doy estas riquezas, estos quin­tales de oro y plata, si prolongáis sólo por un día mi vida sobre la tie­rra!”

¡Pero se mantuvieron con los ojos bajos, y guardaron silencio! ¡Hube de morir a la sazón! ¡Y mi palacio se tornó en asilo de la muerte!

¡Si deseas conocer mi nombre, sabe que me llamé Kusch ben-Scheddad ben­-Aad el Grande!

Al oír tan sublimes verdades, el emir Muza y sus acompañantes pro­rrumpieron en sollozos y lloraron lar­gamente. Tras de lo cual penetraron en la torre, y hubieron de recorrer inmensas salas habitadas por el vacío y el silencio. Y acabaron por llegar a una estancia mayor que las otras, con bóveda redondeada en forma de cúpula, y que era la única de la to­rre que tenía algún mueble. El mue­ble consistía en una colosal mesa de madera de sándalo, tallada maravi­llosamente, y sobre la cual se desta­caba en hermosos caracteres análo­gos a los anteriores, esta inscripción:

-¡Otrora se sentaron a esta mesa mil reyes tuertos, y mil reyes que conser­vaban bien sus ojos! ¡Ahora son ciegos todos en la tumba!

El asombro del emir Muza hubo de aumentar frente a aquel misterio, y como no pudo dar con la solución, transcribió tales palabras en sus per­gaminos; luego, conmovido en extre­mo, abandonó el palacio y empren­dió de nuevo con sus acompañantes el camino de la Ciudad de Bronce...

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discreta.
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