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《一千零一夜》連載二十六           ★★★★
《一千零一夜》連載二十六
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:28

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 294 NOCHE

Ella dijo:

... “¡No hay recursos y poder más que en Alah el Altísimo, el Omnipotente! ¡Ya no queda conciencia ni honradez en ninguna criatura de este mundo! ¿Cómo osas afirmar que eres Sindbad el Marino, ¡oh escriba astuto! cuanto todos nosotros le vi­mos por nuestros propios ojos aho­garse con los demás mercaderes? ¡Vergüenza sobre ti por mentir con impudicia tanta!”

Entonces le contesté: “¡Cierto ¡oh capitán! que la mentira es la renta de los bellacos! ¡Pero escúcha­me, porque voy a probarte que soy Sindbad el ahogado!” Y conté al capitán diversos incidentes que sólo conocíamos él y yo, y que sobrevi­nieron durante aquella maldita tra­vesía. El capitán entonces no dudó ya de mi identidad y llamó a los que iban en el barco, y todos me felici­taron por mi salvamento, y me dije­ron, “¡Por Alah, no podemos creer que lograras librarte de perecer aho­gado! ¡Alah te concedió una segun­da vida!”

Tras de lo cual apresuróse el ca­pitán a devolverme mis mercancías, que yo hice transportar al zoco en el momento, después de asegurarme de que no faltaba nada y de que to­davía aparecían en dos fardos mi nombre y mi sello.

Una vez en el zoco, abrí mis far­dos y vendí mis mercancías con un beneficio deciento por una; pero tu­ve cuidado de reservarme algunas objetos de valor, que me apresure a ofrecer como presente al rey Mih­raján.

Le relaté la llegada del capián del navío, y el rey asombróse en extre­mo de este acontecimiento inespera­do, y como me quería mucho, no quiso ser menos amable que yo, y a su vez me hizo regalos inestimables que contribuyeron no poco a enri­quecerme completamente. Porque yo me di prisa a vender todo aquello, realizando así una fortuna conside­rable que transporté a bordo del mismo navío donde había empren­dido antes mi viaje.

Efectuado esto, fui a palacio para despedirme del rey Mihraján y darle gracias por todas sus generosidades y por su protección. Me despidió con frases muy conmovedoras, y no me dejó partir sin haberme ofrecido aun más presentes suntuosos y ob­jetos de valor que ya no me decidí a vender y que, por cierto, estáis viendo ahora en esta sala, ¡oh mis honorables invitados! Tuve igual­mente cuidado de llevar conmigo por todo equipaje los perfumes que estáis aspirando aquí, madera de áloe, alcanfor, incienso y sándalo, productos de aquella isla lejana.

Subí en seguida a bordo, y a poco diose a la vela el navío con la auto­rización de Alha. Porque nos favo­reció la Fortuna y nos ayudó el Destino, en aquella travesía, que duró días y noches, y por último, una ma­ñana llegamos con salud a la vista de Bassra, donde no nos detuvimos mas que muy escaso tiempo para ascender por el río y entrar al fin, con el alma regocijada, en la ciudad de paz, Bagdad, mi tierra.

Cargado de riquezas y con la ma­no pronta para las dádivas, llegué a mi calle así, y entré en mi casa, donde volví a ver con buena salud a mi familia y a mis amigos. Y al punto compré gran cantidad de esclavos de uno y otro sexo, mamalik, mujeres hermosas, negros, tierras, casas y propiedades, como no tuve nunca, ni aun cuando murió mi padre.

Con esta nueva vida olvidé las vicisitudes pasadas, las penas y los peligros sufridos, la tristeza del des­tierro, los sinsabores y fatigas del viaje. Tuve amigos numerosos y de­liciosos, y durante largo tiempo vivía una vida llena de agrado y de place­res y exenta de preocupaciones y molestias, disfrutando con toda mi alma de cuanto me gustaba y co­miendo manjares admirables y be­biendo bebidas preciosas.

¡Y tales el primero de mis viajes! Pero mañana, si Alah quiere, os contaré, ¡oh invitados míos! el se­gundo de los siete viajes que em­prendí, y que es bastante más extra­ordinario que el primero.”

Y Sindbad el Marino se encaró con Sindbad el Cargador y le rogó que cenase con él. Luego, tras de ha­berle tratado con mucho miramien­to y afabilidad, hizo que le entre­garan mil monedas de oro, y antes de despedirle le invitó a volver al día siguiente, diciéndole: “¡Para mí tu urbanidad será siempre un placer y tus buenos modales una delicia!” Y contestó Sindbad el Cargador: “¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Obedezco con respeto! ¡Y sea continua en tu casa la alegría, ¡oh señor mío!”

Salió entonces de allá, después de dar las gracias y llevarse consigo el regalo que acababa de recibir, y re­tornó a su hogar, maravillándose hasta el límite de la maravilla, y pensó toda la noche en lo que aca­baba de escuchar y de experimentar.

Así es que en cuanto amaneció apresuróse a volver a casa de Sind­bad el Marino...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 295 NOCHE

Ella dijo:

... apresuróse a volver a casa de Sindbad el Marino, que le recibió con aire afable, y le dijo: “Séate co­sa fácil la amistad aquí! ¡Y la con­fianza sea contigo!” y el cargador quiso besarle la mano, y al ver que Sindbad no consentía en ello, de dijo:

“¡Dilate Alah tus días y consolide sobre ti sus beneficios!” Y como ya habían llegado los demás invitados, comenzaron por sentarse en torno del mantel extendido en que vertían su grasa los corderos asados y se doraban las pollos rellenos deliciosa­mente con pastas de alfónsigos, de nueces y de uvas. Y comieron, y be­bieron, y se divirtieron, y se regala­ron el espíritu y el oído escuchando cantar a los instrumentos bajo los dedos expertos de sus tañedores.

Cuando acabaron, habló Sindbad en estos términos en medio del silen­cio de los convidados:

LA SEGUNDA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL SEGUNDO VIAJE

“Verdaderamente disfrutaba de la más sabrosa vida, cuando un día en­tre los días asaltó mi espíritu la idea de los viajes por las comarcas de las hombres; y de nuevo sintió mi alma con ímpetu el anhelo de correr y gozar con la vista el espectáculo de tierras e islas, y mirar con curio­sidad cosas desconocidas, sin descui­dar jamás la compra y venta por di­versos países.

Hice hincapié en este proyecto, y me dispuse a ejecutarlo en seguida. Fui al zoco, donde, mediante una importante suma de dinero, compré mercancías apropiadas al tráfico que pretendía exportar; las acondicioné en fardos sólidos y las transporté a la orilla del agua, no tardando en descubrir un navío hermoso y nue­vo, provisto de velas de buena ca­lidad y lleno de marineros, y de un conjunto imponente de maquinarias de todas formas. Su aspecto me ins­piró confianza y transporté a él mis fardos inmediatamente, siguiendo el ejemplo de otros varios mercaderes conocidos míos, y con los que no me disgustaba hacer el viaje.

Partimos aquel mismo día, y tuve mos una navegación excelente. Via­jamos de isla en isla y de mar en mar durante días y noches, y a cada escala íbamos en busca de los mer­caderes de la localidad, de los no­tables, y de los vendedores, y de los compradores, y vendíamos y com­prábamos, y verificábamos cambios ventajosos. Y de tal suerte continuá­bamos navegando, y nuestro destino nos guió a una isla muy hermosa, cubierta de frondosos árboles, abun­dante en frutas, rica en flores, habi­tada por el canto de los pájaros, re­gada por aguas puras, pero absolu­tamente virgen de toda vivienda y de todo ser humano.

El capitán accedió a nuestro deseo de detenernos unas horas allí, y echó el ancla junto a tierra. Desembarca­mos en seguida, y fuimos a respirar el aire grato en las praderas som­breadas por árboles donde holgában­se las aves. Llevando algunas provi­siones de boca, yo fui a sentarme a orillas de un arroyo de agua límpi­da, resguardado del sol por ramales frondosos, y tuve un placer extre­mado en comer un bocado y beber de aquella agua deliciosa. Por si eso fuera poco, una brisa suave modula­ba dulces acordes e invitaba al re­poso absoluto. Así es que me tendí en el césped, y dejé que se apode­rara de mí el sueño en medio de la frescura y los aromas del ambiente.

Cuando desperté no vi ya a ningu­no de los pasajeros, y el navío había partido sin que nadie se enterase de mi ausencia. En vano hube de mirar a derecha y a izquierda, adelante y atrás, pues no distinguí en toda la isla a otra persona que a mi mismo. A lo lejos se alejaba por el mar una vela que muy pronto perdí de vista.

Entonces quedé sumirlo en un es­tupor sin igual e insuperable; y sentí que mi vejiga biliar estaba a punto de estallar de tanto dolor y tanta pena. Porque, ¿qué podía ser de mí en aquella isla, habiendo dejado en el navío todos mis efectos y todos mis bienes? ¿Qué desastre iba a ocu­rrirme en esta soledad desconocida? Ante tan desconsoladores pensamientos; exclamé: “¡Pierde toda esperan­za, Sindbad el Marino! ¡Si la pri­mera vez saliste del apuro merced a circunstancias suscitadas por el Des­tino propicio, no creas que ocurrirá lo mismo siempre, pues, como dice el proverbio, se rompe el jarro cuando se cae dos veces!”

En tal punto me eché a llorar, gi­miendo, lanzando luego gritos es­pantosos, hasta que la desesperación se apoderó por completo de mi co­razón. Me golpeé entonces la cabeza con las dos manos, y exclamé ta­davía: “¿Qué necesidad ténías de via­jar ¡oh miserable! cuando en Bag­dad vivías entre delicias? ¿No po­seías manjares excelentes, líquidos excelentes y trajes excelentes? Qué te faltaba para ser dichoso? ¿No fue próspero tu primer viaje?” Enton­caes me tiré a tierra de bruces, llo­rando ya la propia muerte, y dicien­do: “¡Pertenecemos a Alah y hemos de tornar a él!” Y aquel día creí vol­verme loco.

Pero como por último comprendí que eran inútiles todos mis lamentos y mi arrepentimiento demasiado tar­dío, hube de conformarme con mi destino. Me erguí sobre mis piernas, y tras de haber andado algún tiem­po sin rumbo, tuve miedo de un en­cuentro desagradable con cualquier animal salvaje o con un enemigo des­conocido, y trepé a la copa de un arbol, desde donde me puse a ob­servar con más atención a derecha y a izquierda; pero no pude distin­guir otra cosa que el cielo, la tierra, el mar; los árboles, los pájaros, la arena y las rocas. Sin embargo, al fijarme más atentamente en un pun­to del horizonte, me pareció distin­guir un fantasma blanco y gigantes­co. Entonces me bajé del árbol atraído por tal curiosidad; pero, para­lizado de miedo, fui avanzando muy lentamente y con mucha cautela ha­cia aquel sitio. Cuando me encontré más cerca de la masa blanca, advertí que era una inmensa cúpula, de blan­cura resplandeciente, ancha de base y altísima. Me aproximé a ella más aún y la di por completo la vuelta; pero no descubrí la puerta de entra­da que buscaba. Entonces quisé en­caramame a lo alto; pera era tan lisa y tan escurridiza, que no tuve destreza, ni agilidad, ni posibilidad de ascender. Hube de contentarme, pues, con medirla; puse una señal sobre la huella de mi primer paso en la arena y de nuevo la di la vuelta contando mis pasos. Por este pro­edimiento supe que su circunfencia exacta era de cincuenta pasos, más bien que menos.

Mientras reflexionaba sobre el me­dia de que me valdría para dar con alguna puerta de entrada a salida de la tal cúpula, advertí que de pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra. Prime­ro lo creí debido a cualquier nube inmensa que pasase por delante del sol, aunque la casa fuera imposible en pleno verano. Alcé, pues, la ca­beza para mirar la nube que tanto me asombraba, y vi un pájaro enor­me de alas formidables que volaba por delante de los ojos del sol, es­parciendo la obscuridad sobre la isla.

Mi asombro llegó entonces a sus límites extremas, y me acordé de lo que en mi juventud me habían conta­do viajeros y marineros acerca de un pájaro de tamaño extraordinario, llamado “rokh”, que se encontraba en una isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entones como conclusión que el pájaro que yo veía debía ser el rokh, y la cú­pula blanca a cuyo pie me hallaba debía ser un huevo entre los huevos de aquel rokh. Pero, no bien me asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre el huevo y se posó enecima como para empollarle. ¡En efecto, extendió sobre el huevo sus alas ín­mensas, dejó descansando a ambos lados en tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito El que no duerme en toda la eternidad!)

Entonces yo, que me había echa­do de bruces en el suelo, y precisa­mente me encontraba debajo de una de las patas, lo cual me pareció más gruesa que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, des­enrollé la tela de mi turbante y luego de doblarla, la retorcí para servirme de ella como de una soga. La até sólidamente a mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo re­sistente a un dedo del pájaro. Porque que dije para mí: “Este pájaro enor­me acabará por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me transportará a cualquier punto donde pueda ver seres huma­nos. ¡De cualquier modo, el lugar en que caiga será preferible a esta isla desierta, de la que soy el único habitante!”

¡Eso fue todo! ¡Y a pesar de mis movimientos, el pájaro no se cuidó de mi presencia más que si se tra­tara de alguna mosca sin importan­cia o alguna humilde hormiga que por allí pasase!

Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por temor de que el pájaro echase a volar y me llevase durante mi sueño. Pero no se movió hasta que fue de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo, lan­zó un grito espantoso, y remontó el vuelo, llevándome, consigo. Subió y subió tan alto, que creí tocar la bó­veda del cielo; pero de pronto des­cendió con tanta rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y abatióse conmigo en tierra firme. Se posó en un sitio escarpado, y yo, en seguida, sin esperar más, me apresuré a des­atar el turbante, con un gran terror de ser izado otra vez antes de que tuviese tiempo de librarme de mis ligaduras. Pero conseguí desatarme sin dificultad, y después de estirar mis miembros y arreglarme el traje, me alejé vivamente hasta hallarme fuera del alcance del pájaro, a quien de nuevo vi elevarse por los aires. Llevaba entonces en sus garras un enorme objeto negro, que no era otra cosa que una serpiente de in­mensa longitud y de forma detesta­ble. No tardó en desaparecér, diri­giéndo hacia el mar su vuelo.

Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme, lancé una mi­ráda en torno de mí y quedé inmó­vil de espanto. Porque me encontra­ba en un valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de monta­ñas tan altas, que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que rodó por mi espalda mi turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas aquellas montañas, que se hacia imposible subir por ellas, y juzgué inútil toda tentativa en tal sentido!

Al dame cuenta de ello no tuvie­ron límites mi desolación y mi deses­peración, y me dije: “¡Ah, cuánto más hubiérame valido no abandonar la isla desierta en que sna hallaba y que era mil veces preferible a esta soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber! ¡Allí, al menos, había frutas que llenaban los árboles y arroyos de agua deli­ciosa; pero aquí solo ratas hostiles y desnudas para morir de hambre y de sed! ¡Qué calamidad! ¡No hay recurso y poder más que en Alah el Omnipotente! ¡Cada vez que escapo de una catástrofe es para caer en otra peor y definitiva!”

En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y recorrí aquel valle para explorarle un poco, ob­servando que estaba enteramente creado con rocas de diamante. Por todas partes a mi alrededor aparecía sembrado el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertas sitios formaban montones de la altura de un hombre.

Camenzaba yo a mirarlas ya con algún interés, cuando me inmovilizó de terror un espectáculo más espan­taso que todos los horrores experi­mentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular a sus guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y mayores que palmeras, y cada una de las cuales muy bien podría de­vorar a un elefante grande. En aquel momento comenzaban a meterse en sus antros; porque durante el día se ocultaban para que no las cogiese, su enemigo el pájaro rokh, y úni­camente salían de noche.

Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de allí, mirando bien dónde ponía los pies y pensan­do desde el fondo de mi alma: “¡He aquí lo que ganaste a trueque de haber querido abusar de la clemen­cia del Destino, ¡oh Sindbad! hom­bre de ojos insaciables y siempre vacíos!” Y presa de un cumulo de terrores, continué en mi caminar sin rumbo por el valle de diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes que me parecían más resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.

Durante todo aquel tiempo me había olvidado por completo de co­mer y beber, y no pensaba más que en salir del mal paso y en salvar de las serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al lu­gar en que me dejé caer, una, gruta cuya entrada era muy angosta, aun­que suficiente para que yo pudiese franquearla. Avancé, pues, y penetré en la gruta, cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí arrastrar hasta allá. Seguro ya, me aventuré por su interior en busca del lugar más cómodo para dormir esperando el día, y pensé: “¡Maña­na al amanecer saldré para enterar­me de lo que me reserva el Destino!”

Iba ya a acostarme, cuando ad­vertí que lo que a primera vista tomé por una enorme roca negra era una espantosa serpiente enroscada sobre sus huevos para incubarlos., Sintió entonces mi carne todo el horror de semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y tembló en toda su superficie; y caí al suelo sin conocimiento, y permanecí en tal estado hasta la mañana.

Entonces, al convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve alientos para deslizarme hasta la en­trada, separar la roca y lanzarme fuera como ebrio y sin que mis pier­nas pudieran sostenerme de tan ago­tado como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por aquel terror sin tregua.

Miré a mi alrededor, y de repente vi caer a algunos pasos de mi na­riz un gran trozo de carne que chocó contra el suelo con estrépido. Aturdido al pronto, alcé los ojos luego para ver quien quería apo­rreárme con aquello; pero no vi a nadie. Entonces me acordé de cierta historia oída antaño en boca de los mercaderes, viajeros y exploradores de la montaña de diamantes, de la que se contaba que, como los busca­dores de diamantes no podían bajar a este valle inaccesible, recurrían a un medio curioso para procurarse esas piedras preciosas. Mataban unos carneros; los partían en cuartos y los arrojaban al fondo del valle, don­de iban a caer sobre las puntas de diamantes, que se incrustaban en ellos profundamente. Entonces se abalanzaban sobre aquella presa los rokhs y las águilas gigantescas, sa­cándola del valle para llevársela a sus nidos en lo alto de las rocas y que sirviera de sustento a sus crías. Los buscadores de diamantes se pre­cipitaban entonces sobre el ave; ha­ciendo muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla a soltar su presa y a emprender de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne y cogían los dia­mantes que tenía adheridos.

Asaltóme a la sazón la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y salir de aquel valle que se me antojó había de ser mi tumba. Me incorporé, pues, y comencé a amon­tonar una gran cantidad de diaman­tes, escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en to­das partes, abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el traje y la camisa, llené mi turbante y mi calzón, y hasta metía algunos entre los pliegues de mi ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 297 NOCHE

Ella dijo:

... Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez, y me la rodeé a la cintura, yen­do a situarme debajo del cuarto de carnero, que até sólidamente a mi pecho con las dos puntas del tur­bante.

Permanecía ya algún tiempo en esta posición, cuando súbitamente me sentí llevado por los aires, como una pluma entre las garras formidables de un rokh y en compañía del cuarto de carne de carnero. Y en un abrir y cerrar los ojos me encon­tré fuera del valle, sobre la cúspide de una montaña, en el nido del rokh, que se dispuso en seguida a despe­dazar la carne aquella y mi, propia carne para sustentar, a sus rokheci­llos. Pero de pronto se alzó hacia nosotros un estrépito de gritos que asustaron al ave y la obligaron a emprender de nuevo el vuelo, aban­donándome. Entonces desaté mis li­gaduras y me erguí sobre ambos pies, con huellas de sangre en mis vestidos y en mi rostro.

Vi a la sazón aproximarse al sitio en que yo estaba a un mercader, que se mostró muy contrariado y asom­brado al percibirme. Pero advirtien­do que yo no le quería mal y que ni aun me movía, se inclinó sobre el cuarto de carne y lo escudriñó, sin encontrar en él los diamantes que buscaba. Entonces alzó al cielo sus largos brazos y se lamentó, diciendo: “¡Qué desilusión! ¡Estoy perdido! ¡No hay recurso más que en Alah! ¡Me refugio en Alah contra el Mal­dito, el Malhechor!” Y se golpeó una con otra las palmas de las manos, como señal de una desesperación in­mensa.

Al advertir aquello, me acerqué­ a él y le deseé la paz. Pero él, sin corresponder a mi zalema, me arañó furioso y exclamó: “¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes para robarme mi fortuna?” Le respondí: “No temas nada, ¡oh digno mercader! porque no soy ladrón, y tu fortuna en nada ha disminuido. Soy un ser humano y no un genio malhechor, como creías, por lo visto. Soy incluso un hombre honrado entre la gente honrada, y antiguamente, antes de correr aven­turas tan extrañas, yo tenía también el oficio de mercader. En cuanto al motivo de mi venida a este paraje, es una historia asombrosa, que te contaré al punto. ¡Pero de antemano, quiero probarte mis buenas inten­ciones gratificándote con algunos dia­mantes recogidos por mí mismo en el fondo de esa sima, que jamás fue sondeada por la vista humana!”

Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos ejemplares de dia­mentes; y se los entregué dicién­dole: “¡He aquí una ganancia que no habrías osado esperar en tu vida!” Entonces el propietario del cuarto de carnero manifestó una alegría in­concebible y me dio muchas gracias, y tras de mil zalemas, me dijo: “¡La bendición está contigo, ¡oh mi señor! ¡Uno solo de estos diamantes bas­taría para enriquecerme hasta la más dilatada vejez! ¡Porque en mi vida hube de verlos semejantes ni en la corte de los reyes y sultanes!” Y me dio gracias otra vez, y finalmente llamó a otros mercaderes que allí se hallaban y que se agruparon en torno mío, deseándome la paz y la bienvenida. Y les conté mi rara aven­tura desde el principio hasta el fin. Pero sería útil repetirla.

Entonces, vueltos de su asombro los mercaderes, me felicitaron mu­cho por mi liberación, diciéndome: “¡Por Alah! ¡Tu destino te ha saca­do de un abismo del que nadie re­gresó nunca!” Después, al verme ex­tenuado por la fatiga, el hámbre y la sed, se apresuraron a darme de co­mer y beber con abundancia, y me condujeron a una tienda, donde ve­laron mi sueño, que duró un día en­tero y una noche.

A la mañana, los mercaderes me llevaron con ellos en tanto que co­menzaba yo a regocijarme de modo intenso por haber escapado a aque­llos peligros sin precedente. Al cabo de un viaje bastante corto, llegamos a una isla muy agradable, donde cre­cían magníficos árboles de copa tan espesa y amplia, que con facilidad podrían dar sombra a cien hombres. De estos árboles es precisamente de los que se extrae la substancia blan­ca, de olor cálido y grato, que se lla­ma alcanfor. A tal fin, se hace una incisión en lo alto del árbol, reco­giendo en una cubeta que se pone al pie el jugo que destila y que al principio parece como gotas de go­ma, y no es otra cosa que la miel del árbol.

También en aquella isla vi al es­pantable animal que se llama “karka­dann” y pace exactamente como pa­cen las vacas y los búfalos en nues­tras praderas. El cuerpo de esa fíe­ra es mayor que el cuerpo del came­llo; al extremo del morro tiene un cuerno de diez codos de largo y en el cual se halla labrada una cara hu­mana. Es tan sólido este cuerno, que le sirve al karkadann para pelear y vencer al elefante, enganchándole y teniéndole en vilo hasta que muere. Entonces la grasa del elefante muer­to va a parara los ojos del karka­dann, cegándole y haciéndole caer. Y desde lo alto de los aires se abate sobre ellos el terrible rokh, y los transporta a su nido para alimentar a sus crías.

Vi asimismo en aquella isla diver­sas clases de búfalos

Vivimos algún tiempo allá, respi­rando el aire embalsamado; tuve con ello ocasión de cambiar mis diaman­tes, por más oro y plata de lo que podría contener la cala de un navío. ¡Después nos marchamos de allí; y de isla en isla, y de tierra en tierra, y de ciudad en ciudad, admirando a cada paso la obra del Creador; y haciendo acá y allá algunas ventas, compras y cambios, acabamos por bordear Bassra, país de bendición, para ascender hasta Bagdad, mora­da de paz!

Me faltó el tiempo entonces para correr a mi calle y entrar en mi ca­sa, enriquecido con sumas conside~ rables, dinares de oro y hermosos diamantes que no tuve alma para vender. Y he aquí que, tras las efú­siones propias del retorno entre mis parientes y amigos, no dejé de com­portarme generosamente, repartien­do dádivas a mi alrededor, sin olvi­dar a nadie.

Luego, disfruté alegremente de la vida, comiendo manjares exquisitos, bebiendo licores delicados, vistiéndo­me con ricos trajes y sin privarme de la sociedad de las personas deliciosas. Así es que todos los días tenía numerosos visitantes notables que, al oír hablar de mis aventuras; me honraban con su presencia para pedirme que les narrara mis viajes y les pusiera al corriente de lo que sucedía con las tierras lejanas. Y yo experimentaba una verdadera satis­facción instruyéndoles acerca de tan­tos cosas, lo, que inducía a todos a felicitarme por haber escapado de tan terribles peligros, maravillándo­se con mi relato hasta el límite de la maravilla. Y así es como acaba mi segundo viaje.

¡Pero mañana, ¡oh mis amigos! os contaré las peripecias de mi ter­cer viaje, el cual, sin duda, es mu­cho más interesante y estupefaciente que los dos primeros!”

Luego calló Sindbad. Entonces los esclavos sirvieron de comer y de be­ber a todos los invitados, que se ha­llaban prodigiosamente asombrados de cuanto acababan de oír. Después Sindbad el Marino hizo que dieran cien monedas de oro a Sindbad el Cargador, que las admitió, dando muchas gracias, y se marchó invocan­do sobre la cabeza de su huésped las bendiciones de Alah, y llegó a su casa maravillándose de cuanto oca­baba de ver y de escuchar.

Por la mañana se levantó el car­gador Sindbad, hizo la plegaria ma­tinal y volvió a casa del rico Sind­bad, como le indicó éste. Y fue re­cibido cordialmente y tratado con muchos miramientos, e invitado a tomar parte en el festín del día y en los placeres, que duraron toda la jornada. Tras de lo cual, en medio de sus convidados, atentos y graves, Sindbad el Marino empezó su relato de la manera siguiente:

LA TERCERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD

EL MARINO, QUE TRATA DEL TERCER VIAJE

“Sabed, ¡oh mis amigos! -¡Pero Alah sabe las cosas mejor que la criatura!- que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el regreso de mi segundo viaje, acabé por per­der completamente, entre las rique­zas y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los peligros que corrí, aburriéndome a la postre de la inacción monótona de mi exis­tencia en Bagdad. Así es que mi al­ma deseó con ardor la mudanza y el espectáculo de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio, con su ganancia y su provecho, me tentó otra vez. En el fondo, siempre la ambición es causa de nuestras desdi­chas. En breve debía yo comprobar­lo del modo más espantoso.

Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveer­me de ricas mercancías del país, par­tí de Bagdad para Bassra. Allí me esperaba un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos gente de bien, honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle a uno, por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de aquel na­vío; y no bien me encontré a bor­do, nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y para nuestra travesía.

Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En to­dos los lugares que abordábamos ha­cíamos negocios excelentes, a la vez que nos paseábamos e instruíamos con todas las cosas nuevas que veía­mos sin cesar. Y nada, verdadera­mente, faltaba a nuestra dicha, y nos hallábamos en el límite del des­ahogo y la opulencia.

Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos de los países musulmanes, cuando de pronto vi­mos que el capitán del navío se gol­peaba con fuerza el rostro, se mesa­ba los pelos de la barba, desgarraba sus vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar du­rante largo tiempo el horizonte. Lue­go empezó a lamentarse; a gemir y a lanzar gritos de desesperación.

Al verlo, rodeamos todos al capi­tán, y le dijimos: “¿Qué pasa, ¡oh capitán!?” Contestó: “Sabed, ¡oh pa­sajeros de paz! que estamos a merced del viento contrario, y habién­donos desviado de nuestra ruta, nos hemos lanzado a este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el Destino hace que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara a ella. ¡Esa isla es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin remedio!

Todavía no había acabado de ex­plicarse el capitán, cuando vimos que rodeaba al navío una multitud de se­res velludos cual monos, y más in­numerables que una nube de langos­tas, en tanto que desde la playa de la isla otros monos, en cantidad in­calculable, lanzaba chillidos que nos helaron de estupor. Y no osamos maltratar, atacar, ni siquiera espan­tar a ninguno de ellos, por miedo a que se abalanzaran todos sobre nos­otros y nos matasen hasta el último, vista su superioridad numérica; porque no cabe duda de que la certi­dumbre de esta superioridad numé­rica aumenta el valor de quienes la poseen. No quisimos, pues, hacer ningun movimiento, aunque por to­dos lados nos invadían, aquellos mo­nos, que empezaban a apoderarse ya de cuanto nos pertenecía. Eran muy feos. Eran incluso más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día de mi vida. ¡Eran peludos y velludos, con ojos amarillos en sus caras negras; tenían poquísima esta­tura, apenas cuatro palmos, y sus muecas y sus gritos, resultaban más horribles que cuanto a tal respecto pudiera imaginarse! Por lo que afec­ta a su lenguaje, en vano nos habla­ban y nos insultaban chocando las mandíbulas, ya que no lográbamos comprenderles, a pesar de la aten­ción que a tal fin poníamos. No tar­damos por desgracia, en verles eje­cutar el más funesto de los proyec­tos. Treparon por los palos, desple­garon las velas, cortaron con los dientes todas las amarras y acaba­ron por apoderarse del timón. En­tonces, impulsado por el viento, mar­chó el navío contra la costa, donde encalló. Y los monos apoderáronse de todos nosotros, nos hicieron des­embarcar sucesivamente, nos deja­rqn en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada, embarcaron de nuevo en el navío, al cual consi­guieron poner a flote, y desaparecie­ron todos con él a lo lejos del mar.

Entonces, en el limite de la per­plejidad, juzgamos inútil permanecer de tal modo en la playa contemplan­do el mar, y avanzamos por la isla, donde al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo que nos permitió reponer un tanto nuestras fuerzas a fin de retardar lo más posible una muerte que todos creiamos segura.

Mientras seguíamos en aquel esta­do, nos pareció ver entre los árboles un edificio muy grande que se diría abandonado. Sentimos la tentación de acercarnos a él, y, cuando llega­mos a alcanzarlo, advertimos que era un palacio...

  En este momento de su narración, Schahrazada Vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.
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