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《一千零一夜》連載二十五           ★★★★
《一千零一夜》連載二十五
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:28

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 44a NOCHE

Ella dijo:

He Llegado a saber, ¡oh rery afor­tunado que el califa Harún Al-­Rachid, encantado por la elocuencia de Ghanem le hizo acercarse a su trono; Y Ghanem se acerco al trono, y el califa le dijo: “Refiéreme toda tu historia, sin ocultarme nada de la verdad.” Enfances Ghanem se sentó, y contó al califa toda su historia, desde el principio hasta el fin, pero nada se adelantaría, con repetirla. Y el califa quedó completamente convencido de la inocencia de Gha­nem y de la pureza de sus intenciones, sobre todo al saber cómo había respetado las palabras bordadas en la cinta del calzón de la favorita, y le dijo: “Te ruego que libres a mi conciencia de la injusticia cometida contigo.” Y Ghanem le contestó:

¡Estas libre de ella, ¡oh Emir de los Creyentes, pues cuanto pertenece al esclavo es propiedad del señor!”

Y el califa, complacidísimo, elevó a Ghanem a los más altos cargas del reino; le dio un palacio, Y mu­chas riquezas, y muchos esclavos. Ghanem se apresuró a instalar en su nuevo palacio a su madre, y a su hermana Fetnah, y a su amiga Kuat Al-Kulub. Y el califa, al saber que Ghanem tenía una hermana maravi llosa y virgen todavía se la pidió a Ghanem. Y Ghanem contestó: “Es tu servidora, y yo soy tu esclavo” Entonces el califa le expresó su asta agradecimiento, y le dio cien mil dinares de oro. Y después llamó al kadí y a las testigos para redactar su con­trato con Fetnah. Y el mismo día y a la misma hora entraran el ca­lifa y Ghanem en los aposentos de sus respectivas mujeres. Y Fetnah fue para el califa y Kuat Al-Kulub para Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub.

El califa mandó llamar a los es­cribas de mejor letra para que escri­biesen la historia da Ghanem desde el principio hasta el fin, y la encerró en el armario de los papeles, a fin de que pudiera servir de lección a las generaciones futuras, y fuera asombro y delicia de los sabios que se dedicasen a leerla con respeto y admirar la obra de Aquel que creo el día y la noche.

HISTORIA DE SINDBAD EL MARINO

“He llegado a saber que en tiempo del califa Harún Al-Rachid vivía en la ciudad de Bagdad un hombre lla­mado Sindbad el Cargador. Era de condición pobre, y para ganarse la vida acostumbraba a transportar bul­tos en su cabeza. Un día entre los días hubo de llevar cierta carga muy pesada; y aquel día precisamente sen­tíase un calor tan excesivo, que su­daba el cargador, abrumado par el peso que llevaba encima. Intolerable se había hecho ya la temperatura, cuando el cargador pasó por delante de la puerta de una casa que debía pertenecer a algún mercader rico, a juzgar par el suelo bien barrido y regado alrededor con agua de rosas. Soplaba allí una brisa gratísima, y cerca de la puerta aparecía un ancho banco para sentarse. Al verlo, el car­gardor Sindbad soltó su carga sobre el banco en cuestión con objeto de descansar y respirar aquel aire agra­dable, sintiendo a poco que desde la puerta llegaba a él un aura pura y mezclada con delicioso aroma;. y tan­to le deleitó, que fue a sentarse en un extremo del banco. Entonces ad­virtió un concierto de laúdes e ins­trumentos diversos, acompañados por magníficas voces que cantaban can­ciones en un lenguaje escogido; y advirtió también píos de aves cantor­as que glorificaban de modo encan­tador a Alah el Altísimo; distinguió, entre otras, acentos de tórtolas, de ruiseñores, de mirlos, de bulbuls, de palomas de collar y de perdices do­mésticas. Maravillóse mucho e, im­pulsada por el placer enorme que todo aquello le causaba, asomó la cabeza por la rendija abierta de la puerta y vio en el fondo un jardín inmenso donde se apiñaban servidores jóvenes, y esclavos, y criados, y gente de todas calidades, y había allá cosas que no se encontrarían más que en alcázares de reyes y sultanes.

Tras esto llegó hasta él una tufa­rada de manjares realmente admi­rables y deliciosos, a la cual se mez­claba todo género de fragancias ex­quisitas procedentes de diversas vi­tuallas y bebidas de buena calidad. Entonces no pudo por menos de sus­pirar, y alzó al cielo los ojos y ex­clamó: “¡Gloria a Ti, Señor Crea­dor!, ¡oh Donador! ¡Sin calcular, re­partes cuantos dones te placen!, ¡oh Dios mío! ¡Pero no creas que clamo a ti para pedirte cuentas de tus actos o para preguntarte acerca de tu jus­ticia y de tu voluntad, porque a la criatura le está vedado interrogar a su dueño omnipotente! Me limito a observar. ¡Gloria a ti! ¡Enriqueces o empobreces, elevas o humillas, con­forme a tus deseos, y siempre obras con lógica, aunque a veces no po­damos comprenderla! He ahí el amo de esta casa... ¡Es dichoso hasta los límites extremos de la felicidad! ¡Disfruta las delicias de esos aromas encantadores, de esas fragancias agradables, de esos manjares sobro­sos, de esas bebidas superiormente deliciosas! ¡Vive feliz, tranquilo y contentísimo, mientras otros, como yo, por ejemplo, nos hallamos en el último confín de la fatiga y la mi­seria!”

Luego apoyó el cargador su mano en la mejilla, y a toda voz cantó los siguientes versos que iba improvi­sando:

¡Suele ocurrir que un desgraciado sin albergue se despierte de pronto a la sombra de un palacio creado por su Destino! ¡Pero ¡ay! cada mañana me despierto más miserable que la víspera!

¡Por instantes aumenta mi infortu­aio, como la carga que a mi espalda pesa fatigosa; en tanto que otros viven dichosos y contentos en el seno de los bienes que la suerte les prodiga!

¿Cargó nunca el Destino la espalda de un hombre con carga parecida a la aguantada por mi espadda?... ¡Sin embargo, no dejan de ser mis seme­jantes otros que están ahítos de hono­res y reposo?

¡Y aunque no dejan de ser mis se­mejantes, entre ellos y yo puso la suer­te alguna diferencia, pareciéndome yo a ellos como el vinagre amargo y ran­cio se parece al vino!

¡Pero no pienses que te acuso lo más mínimo, ¡oh mi Señor! porque nunca haya gozado yo de tu largueza! ¡Eres grande, magnánimo y justo, y bien sé que juzgas con sabiduría!

Al concluir de cantar tales versos, Sindbad el Cargador se levantó y quiso poner de nuevo la carga en su cabeza, continuando su camino, cuando se destacó en la puerta del palacio y avanzó hacia él un escla­vito de semblante gentil, de formas delicadas y vestiduras muy hermo­sas, que cogiéndole de la mano, le dijo: “Entra a hablar con mi amo, qus desea verte.” Muy intimidado, el cargador intentó encontrar cualquier excusa que le dispensase de seguir al joven esclavo, mes en vano. Dejó, pues su cargamento en el vestíbulo, y penetró con el niño en el interior de la morada.

Vio una casa espléndida, llena de personas graves y respetuosas, y en el centro de la cual se abría una gran sala, donde le introdujeron. Se encontró allí ante una asamblea nu­merosa compuesta de personajes que parecían honorables, y debían ser convidados de importancia. También encontró allí flores de todas es­pecies, perfumes de todas clases, con­fituras secas de todas calidades, go­losinas, pastas de almendras, frutas maravillosas y una cantidad prodi­giosa de bandejas cargadas con cor­deros asados y manjares suntuosos, y más bandejas cargadas con bebidas extraídas del zumo de las uvas. En­contró asimismo instrumentos armó­nicos que sostenían en sus rodillas unas esclavas muy hernosas, senta­das ordenadamente an el sitio asig­nado a cada una.

En medio de la sala, entre los de­más convidados, vislumbró el carga­dor a un hombre de rostro imponen­te y digno, cuya barba blanqueaba a causa de los años, cuyas facciones eran correctas y agradables a la vis­ta. y cuya fisonomía toda denotaba gravedad, bondad, nobleza y gran­deza.

Al mirar todo aquello, el cargador Sindbad . . .

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 291 NOCHE

Ella dijo:

. . . Al minar toda aquello, el car­gador Sindbad quedó sobrecogido, y se dijó: “¡Por Alah! ¡Esta morada debe ser un palacio del país de los genios poderosos, y la residencia de un rey muy ilustre, o de un sultán!” Luego se apresuró a tomar la actitud que requerían la cortesía y la mun­danidad, deseó la paz a todos los asistentes, hizo votos para ellos, besó la tierra entre sus manos, y acabó manteniéndose de pie, con la cabaza baja, demosnrando respeto y modestia.

Entonces el dueño de la casa le dijo que se apróximara, y le invitó a sentarse a su lado después de de­searle la bienvenida con acento muy amable: le sirvió de comer, ofrecién­dole lo más delicado, y lo más deli­cioso, y lo más hábilmente condi­mentado entre todos los manjares que cubrían las bandejas. Y no dejó Sindbad el Cargador de hacer honor a la invitación luego de pronunciar la fórmula invocadora. Así es que comió hasta hartarse; después dio las graciás a Alah, diciendo: “¡Loores a él siempre!” Tras de lo cual, se lavó las manos y agradeció a todos los convidados su amabilidad.

Solamente entonces dijo el dueño de la casa al cargador, siguiendo la costumbre qus no permite hacer pre­guntas al huésped más que cuando se le ha servido de comer y beber: ¡Sé bienvenido, y obra con toda li­bertad! ¡Bendiga Alah tus días! Pe­ro, ¿puedes decirme tu nombre y profesión, ¡oh huésped mío!?” Y con­tsstó el otro: “¡Oh señor! me llamo Sindbad el Cargador, y mi profesión consiste en transportar bultos sobre mi cabeza mediante un salario.” Son­rió el dueño de la casa y le dijo: “¡Sabe, ¡oh cargador! que tu nom­bre es igual que mi nombre, pues ms llamo Sindbad el Marino!”

Luego continuó: “¡Sabe también, ¡oh cargador! que si te rogué que vinieras aquí fue para oírte repetir las hermosas estrofas que cantabas cuando estabas sentado en el banco ahí fuera!”

A estas palabras sonrojóse el car­gador, y dijo: “¡Por Alah sobre ti! ¡No me guardes rencor a causa da tan desconsiderada acción, ya que las penas, las fatigas y las miserias, que nada dejan en la mano, hacen descortés, necio e insolente al hom­bre!” Pero Sindbad el Marino dijo a Simbad el Cargador: “No te aver­güences de lo que cantaste, ni te turbes, porque en adelante serás mi hermano. ¡Sólo te ruego que te des prisa en cantar esas estrofas que es­cuché y me maravillaron mucho!” Entonces cantó el cargador las estro­fas en cuestión, que gustaron en ex­tremo a Sindbad el Marino.

Concluidas que fueran las estrofas, Sindbad el Marino se encaró con Sindbad el Cargador, y le dijo: “¡Oh cargador! sabe que yo también tengo una historia asombrosa, y que me reservo el derecho de contarte a mi vez, Te explicaré, pues, todas las aventuras que me sucedieron y todas las pruebas que swfrí antes de llegar a esta felicidad y de habitar este pa­lacio. Y verás entonces a costa de cuán terribles y extraños trabajos, a costa de cuántas calamidades, de cuántas males y de cuántas desgra­cias iniciales adquirí esas riquezas en medio de las que me ves vivir en mi vejez. Porque sin duda ignoras los siete viajes extraordinarios que he realizado, y cómo cada cual de estos viajes constituye por sí solo una cosa tan prodigiosa, que úniaa­mente con pensar en ella queda uno sobrecogido y en el límite de todos los estupores. ¡Pero cuanto voy a cortate a ti y a todos mis honorables invitados, no me sucedió en suma, más que porque el Destino lo había dispuesto de antemano y porque toda cosa escrita debe acae­cer, sin que sea posible rehuirla, o evitarla!”

LA PRIMERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD El MARINO, QUE TRATA DEL PRIMER VIAJE

“Sabed todos vosotros, ¡oh se­ñores ilustrísimos, y tú, honrada cargador, que te llamas, como yo, Sindbad! que mi padre era un mer­cader de rango entre las mercade­res. Había en su casa numerosas ri­quezas, de las cuales hacía uso sin cesar para distribuir a los pobres dádivas con largueza, si bien con prudencia, ya que a su muerte me dejó muchos bienes, tierras y pobla­dos enteros, siendo yo muy pequeño todavía.

Cuando llegué a la edad de hombre, tomé posesión de todo aquello y me dediqué a comer manjares ex­traordinarios y a beber bebidas ex­traordinarias alternando con la gente joven, y presumiendo de trajes ex­cesivamente caros, y cultivando el trato de amigos y camaradas. Y esta­ba convencido de que aquello había de durar siempre para mayor ven­taja mía. Continué viviendo mucho tiempo así, hasta que un día, curado de mis errores y vuelto a mi razón, hube de notar que mis riquezas ha­bíanse disipado, mi condición había cambiado y mis bienes habían huido. Entonces desperté completamente de mi inacción, sintiéndome poseído por el temor y el espanto de llegar a la vejez un día sin tener qué ponerme, También entonces me vinieron a la memoria estás palabras que mi difunto padre se complacía en repetir, palabras de nuestro Señor Saleimán ben-Daud (¡con ambas la plegaria y la paz!): Hay tres cosas preferibles a otras tres: el día en que se muere es menos penoso que el día en que se nace, un perro vivo vale más que un león muerto, y la tumba es mejor que la pobreza.

Tan pronto camo me asaltaron estos peesamientos, me levanté, reuní lo que me restaba de muebles y ves­tidos, y sin pérdida de momento lo vendí en almoneda pública, con los residuos de mis bienes, propiedades y tierras. De ese modo me hice con la suma de tres mil dracmas...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discreta.

PERO GUANDO LLEGÓ LA 292 NOCHE

Ella dijo:

...me hice con la suma de tres mil dracmas, y en seguida se me an­tojó viajar por las comarcas y países de los hombres, porque me acordé de las palabras del poeta que ha dicho:

¡Las penas hacen más hermosa aún la gloria que se adquiere! ¡La gloria de los humanos es la hija inmortal de muchas noches pasadas sin dormir!

¡Quien desea encontrar el tesoro sin igual de las perlas del mar, blancas, grises o rosadas, tiene que hacerse buzo ántes de conseguirlas!

¡A la muerte llegara en su espe­ranza vana quien quisiera alcanzar la gloria sin esfuerzo!

Así, pues, sin tardanza, corrí al zo­co, donde tuve cuidado de comprar mercancías diversas y pacotillas de todas clases. Lo transporté inmedia­amente todo a bordo de un navía, en el que se encontraban ya dispues­tos a partir otros mercaderes, y con el alma deseosa de marinas andanzas, vi cómo se alejaba de Bagdad el na­vío y descendía por el río hasta Bassra, yendo a parar al mar.

En Bassra, el navío dirigió la vela hacia alta mar, y entonces navega­mos durante días y noches, tocando en islas y en islas, y entrando en un mar después de otro mar, y llegando a una tierra después de otra tierra! Y en cada sitio en que desembarcá­bamos, vendíamos unas mercancías para comprar otras, y hacíamos trueques y cambios muy ventajosos.

Un día en que navegábamos sin ver tierra desde hacía varios días, vimos surgir del mar una isla que por su vegetación nos pareció algún jardín maravilloso entre los jardines del Edén. Al advertirla, el capitán del navío quiso tomar allí tierra, de­jándonos, desembarcar una vez que anclamos.

Descendimos todos los comerciantes; llevando con nosotros cuantos víveres y utensilios de cocina nos eran necesarios. Encargáronse algunos de encender lumbre, y preparar la comida, y lavar la ropa, en tanto que otros se contentaron con pasear­se, divertirse y descansar de las fa­tigas marítimas. Yo fui de los que prefirieron pasearte y gozar de las bellezas de la vegetación que cubría aquellas costas, sin olvidarme de co­mer y beber.

Mientras de tal manera reposába­mos, sentimos de repente que tem­blaba la isla toda con tan ruda sacudida., que fuimos despedidos a al­gunos pies de altura sobre el suelo. Y en aquel momento vimos aparecer en la proa del navío al capitán, que nos gritaba eon una voz terrible Y gestos alarmantes: “¡Salvaos pron­to, ¡oh pasajeros! ¡Subid en seguida a bordo! ¡Dejadlo todo! ¡Abandonad en tierra vuestros efectos y salvad vuestras almas! ¡Huid del abismo que os espera! ¡Porque la isla donde os encontráis no es una isla, sino una ballena gigantesca que eligió en medio de este mar su domicilio des­de antiguos tiempos, y merced a la arena marina crecieron árboles en su lomo! ¡La despertasteis ahora de su sueño, turbásteis su reposo, exci­tasteis sus sensaciones encendiendo lumbre sobre su lomo, y hela aquí que se despereza! ¡Salvaos, o si no, os sumergirá en el mar, que ha de tragaron sin remedio! ¡Salvaos! ¡De­jadlo todo, que he de partir!”

Al oír estas palabras del capitán, los pasajeros, aterrados, dejaron to­dos sus efectos, vestidos, utensilios y hornillas, y echaran a correr hacia el navío, que a la sazón levaba el ancla. Pudieron alcanzarlo a tiempo algunos; otros no pudieron. Porque la ballena se había ya puesto en mo­vimiento, Y tras unos cuantos saltos espantosos, se sumergía en el mar con cuantos tenía encima del lomo, y las olas, que chocaban y se entre­chocaban cerráranse para siempre sobre ella y sobre ellos.

¡Yo fui de los que se quedaron abandonados encima de la ballena. Y había de ahogarse!

Pero Alah el Altísimo veló por mí y me libró de ahogarme, poniéndame al alcance de la mano una especie de cubeta grande de madera, llevada allí por los pasajeros para lavar su ropa. Me aferré primero a aquel objeto, y luego pude ponerme a hor­cajadas sobre él, gracias a los es­fuerzos extraordinarias de que me hacían capaz el peligro y el cariño que tenía yo a mi alma, que me era preciosísima. Entonces me puse a batir al agua con mis pies a ma­nera de remos, mientras las olas ju­gueteaban conmigo haciéndame zo­zobrar a derecha e izquierda.

En cuanta al capitán, se dio prisa a alejarte a toda vela con los que se pudieron salvar, sin ocuparse de los que sabrenadaban todavía. No tardaron en perecer éstos, mientras yo ponía a contribución todas mis fuerzas para servirme de mis pies a fin de alcanzar al navío, al cual hu­be de seguir con los ojos hasta que desapareció de mi vista, y la noche cayó sobre el mar, dándome la cer­teza de mi perdición y mi abandono.

Durante una noche y un día ente­ros estuve en lucha contra el abismo. El viento y las corrientes me arras­traron a las orillas de una isla es­carpada, cubierta de plantas trepa­doras que descendían a lo largo de los acantilados hundiéndose en el mar. Me así a estos ramajes, y ayu­dándome con pies y manos conseguí trepar hasta lo alto del acantilado.

Habiéndome escapado de tal mo­do de una perdición segura, pensé entonces en examinar mi cuerpo, y vi que estaba lleno de contusiones y tenía los pies hinchados y con hue­llas de mordeduras de peces, que habíanse llenado el vientre a costa de mis extremidades. Sin embargo, no sentía dolor ninguno de tan insen­sibilizado como estaba por la fatiga y el peligro que corrí. Me eché de bruces, como un cadáver, en el suelo de la isla, y me desvanecí, sumergido en un aniquilamiento total.

Permanecí dos días en aquel es­tado, y me desperté cuando caía so­bre mí a plomo el sol. Quise levan­tarme; pero mis pies hinchados y do­loridos se negaron a socorrerme, y volvía a caer en tierra. Muy apesa­dumbrado entonces por el estado a que me hallaba reducido, hube de arrastrarme, a gatas unas veces y de rodillas otras, en busca de algo para comer. Llegué, por fin, a una llanu­ra cubierta de árboles frutales y re­gada por manantiales de agua pura y excelente. Y allí reposé durante varios días, comiendo frutas y be­biendo en las fuentes. Así que no tar­dó mi alma en revivir, reanimándose mi cuerpo entorpecido, que logró ya moverse con facilidad y recobrar el uso de sus miembros, aunque no del todo, porque vine todavía precisado a confeccionarme, para andar, un par de muletas que me sostuvieran.

De esta suerte pude pasearme lenta­mente entre los árboles, comiendo frutas, y pasaba largos ratos admi­rando aquel país y extasiándome an­te la obra del Todopoderoso.

Un día que me paseaba por la ribera, vi aparecer en lontananza una cosa que me pareció un animal sal­veje o algún monstruo entre los monstruos del mar. Tanto hubo de intrigarme aquella cosa, que, a pesar de los sentimientos diversos que en mí se agitaban, me acerqué a ella, ora avanzando, ora retrocediendo. Y acabé por ver que era una yegua ma­ravillosa atada a un poste. Tan bella era, que intenté aproximarme más, para verla todo lo cerca posible, cuando de pronto me aterró un gri­to espantoso, dejándome clavado en el suelo, por más que mi deseo fuera huir cuanto antes; y en el mismo ins­tante surgió de debajo de la tierra un hombre que avanzó a grandes pasos hacia donde yo estaba, y ex­clamó: “¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes? ¿Y qué motivo te impulsó a aventurarte hasta aquí?”

Yo contesté: “¡Oh señor! Sabe que soy un extranjero que iba abordo de un navío y naufragué con otros varios pasajeros. ¡Pero Alah me fa­cilitó una cubeta de madera a la que me así y que me sostuvo hasta que fui despedido a esta costa por las olas!”

Cuando oyó mis palabras, cogió­me de la mano y me dijo: “¡Sigue­me!” Y le seguí. Entonces me hizo bajar a una caverna subterránea y me obligó a entrar en un salón, en cuyo sitio de honor me invitó a sen­tarme, y me llevó algo de comer, porque yo tenía hambre. Comí hasta hartarme y apaciguar mi ánimo. En­tonces me interrogó acerca de mi aventura y se la conté desde el prin­cipio al fin; y se asombró prodigio­samente. Luego añadí: “¡Por Alah sobre ti, ¡oh dueño mío! no te enfa­des demasiado por lo que voy a pre­guntarte! ¡Acabo de contarte la ver­dad de mi aventura, y ahora anhela­ría saber el motivo de tu estancia en esta sala subterránea y la causa por qué atas sola a esa yegua en la orilla del mar!”

El me dijo: “Sabe que somos va­rios las que estamos en esta isla, si­tuados en diferentes lugares, para guardar los caballos del rey Mihra­ján. Todos los meses, al salir la luna nueva, cada uno de nosotros trae aquí una yegua de pura raza, virgen todavía, la ata en la ribera y en seguida se oculta en la gruta subte­rránea. Atraído entonces por el olor a hembra, sale del agua uno caballo entre los caballos marinos, que mira a derecha y a izquierda, y al no ver a nadie salta sobre la yegua y la cubre. Luego, cuando ha acabado su cosa con ella, desciende de sus ancas e intenta llevarla consigo. Pe­ro ella no puede seguirle, porque es­tá atada al poste; entonces relincha muy fuerte él y le da cabezazos y coces, y relincha cada vez mas fuer­te. Le oímos nosotros y comprende­mos que ha acabado de cubrirla; in­mediatamente salimos par todos la­dos, y corremos hacia él lazando grandes gritos, que le asustan y le obligan a entrar en el mar de nuevo. En cuanto a la yegua queda preña­da y pare un potro o una potra que vale todo un tesoro, y que no puede tener igual en toda la faz de la tie­rra. Y precisamente hoy ha de venir el caballo marino. Y te prometo que, una vez terminada la cosa, te llevaré conmigo para presentarte a nuestro rey Mihraján y darte a conocer nues­tro país. ¡Bendice, pues, a Alah, que te hizo encontrarme, porque sin mí morirías de tristeza en esta soledad, sin volver a ver nunca a los tuyos y a tu país y sin que nunca supiese de ti nadie!”

Al oír tales palabras, di muchas gracias al guardián de la yegua, y continué departiendo con él, en tanto que el caballo marino salía del agua, saltando sobre la yegua y la cubría. Y cuando hubo terminado lo que tenía que terminar, descendió de ella y quiso llevársela; mas ella no podía desatarse del poste, y se encabritaba y relinchaba. Pero el guardián de la yegua se precipitó fuera de la caver­na, llamó con grandes voces a sus compañeros, y provistos todos de ha­chas, lanzas y escudos, se abalanza­ron al caballo marino, que lleno de terror soltó su presa, y como un bú­falo, fue a tirarse al mar y desapa­reció bajo las aguas.

Entonces todos los guardianes, ca­da uno con su yegua, se agruparon a mi alrededor y me prodigaron mil amabilidades, y después de facili­tarme aún más comida y de comer conmigo, me ofrecieron una buena montura, y en vista de la invitación que me hizo el primer guardián, me propusieron que les acompañara a ver al rey su señor. Acepté desde luego, y partimos todos juntos.

Cuando llegamos a la ciudad, se adelantaron mis compañeros para po­ner a su señor al corriente de lo que me había acaecido. Tras de lo oral volvieron a buscarme y me llevaron al palacio; y en uso del permiso que se me concedió, entré en la sala del trono y fui a ponerme entre las ma­nos del rey Mihraján, al cual le deseé la paz.

Correspondiendo a mis deseos de paz, el rey me dio la bienvenida, y quiso oír de mi boca el relato de mi aventura. Obedecí en seguida, y le conté cuanto me había sucedido, sin omitir un detalle.

Al escuchar semejante historia, el rey Milrraján se maravilló y me di­jo: “¡Por Alah, hijo mío, que si tu suerte no fuera tener una vida larga, sin duda a estas horas habrías sucumbido a tantas pruebas y sinsabo­res! ¡Pero da gracias a Alah por tu liberación!” Todavía me prodigó mu­chas más frases benévolas, quiso ad­mitirme en su intimidad para lo sucesivo y a fin de darme un testi­monio de sus buenos propósitos con respecto a mí, y de lo mucho que estimaba mis conocimientos maríti­mos, me nombró desde entonces di­rector de las puertos y radas de su isla, e interventor de las llegadas y salidas de todos los navíos.

No me impidieron mis nuevas fun­ciones personarme en palacio todos los días para cumplimentar al rey, quien de tal modo se habituó a mí, que me prefirió a todos sus íntimos, probándomelo diariamente con gran­des obsequios. Con lo cual tuve tanta influencia sobre él, que todas las peticiones y todos las asuntos del reino eran intervenidos por mí para bien general de los habitantes.

Pero estos cuidadas no me hacían olvidar mi país ni perder la esperanza de volver a él. Así que jamás de­jaba yo de interrogar a cuantos via­jeros y a cuantos marinos llegaban a la isla, diciéndoles si conocían Bagdad, y hacia qué lado estaba si­tirada. Pero ninguno podía respon­derme, y todos me aseguraban que jamás oyeron hablar de tal ciudad, ni tenían noticia del paraje en que se encontrase. Y aumentaba mi pena paulatinamente al verme condenado a vivir en tierra extranjera, y llega­ba a sus límites mi perplejidad ante estas gentes que, no sólo ignoraban en absoluto el camino que conducía a mi ciudad, sino que ni siquiera sabían de su existencia.

Durante mi estancia en aquella isla, tuve ocasión de ver cosas asom­brosas, y he aquí algunas de ellas entre mil.

Un día que fui a visitar al rey Mihraján, como era mi costumbre trabé conocimiento con unos perso­najes indios, que, tras mutuas zale­mas, se prestaron gustosos a satisfa­cer mi curiosidad, y me enseñaron que en la India hay gran número de castas, entre las cuales son las dos principales la casta de los kchatryas, compuesta de hombres nobles y jus­tos que nunca cometen exacciones o actos reprensibles, y la casta de los brahmanes, hombres puros que ja­más beben vino y son amigos de la alegría, de la dulzura en los moda­les, de los caballos, del fasto y de la belleza. Aquellos sabios indios me enseñaron también que las castas principales se dividen en otras se­tenta y dos castas que no tienen en­tre sí relación ninguna. Lo cual hubo de asombrarme hasta el límite del asombro.

En aquella isla tuve asimismo oca­sión de visitar una tierra pertenecien­te al rey Mihraján y que se llamaba Cabil. Todas las noches se oían en ella resonar timbales y tambores. Y pude observar que sus habitantes es­taban muy fuertes en materia de si­logismos; y eran fértiles en hermosos pensamientos. De ahí que se halla­sen muy reputados entre viajeros y mecaderes.

En aquellos mares lejanos vi cierto día un pez de cien codos de longi­tud, y otros peces cuyo rastro se pa­recía al rostro de los buhos.

En verdad, ¡oh amigos! que aun vi cosas más extraordinarias y pro­digiosas, cuyo relato me apartaría demasiado de la cuestión. Me limi­taré a añadir que viví todavía en aquella isla el tiempo necesario para aprender muchas cosas, y enrique­cerme con diversos cambios, ventas y compras.

Un día, según mi costumbre, esta­ba yo de pie a la orilla del mar en el ejercicio de mis funciones, y per­manecía apoyado en mi muleta, co­mo siempre, cuando vi entrar en la rada un navío enorme lleno de mer­caderes. Esperé a que el navío hu­biese anclado sólidamente y soltado su escala, para subir a bordo y bus­car al capitán a fin de inscribir su cargamento. Los marineros iban des­embarcando todas las mercancías, que al propio tiempo yo anotaba, y cuando terminaron su trabajo pre­gunté al capitán: “¿Queda aún algu­na cosa en tu navío?” Me contestó: “Aun quedan, ¡oh mi señor! algunas mercancías en el fondo del navío; pero están en depósito únicamente, porque se ahogó hace mucho tiempo su propietario, que viajaba con nos­otros. ¡Y quisiéramos vender esas mercancías para entregar su impor­te a los parientes del difunto de Bagdad, morada de paz!”

Emocionada entonces hasta el úl­timo límite de la emoción, exclamé:

“¿Y cómo se llamaba ese mercader, ¡oh capitán!?” Me contestó: “¡Sindbad el Marino!”

A estas palabras miré con más detenimiento al capitán, y reconocí en él al dueño del navío que se vio precisado a abandonarnos encima de la ballena. Y grité con toda mi voz: “¡Yo soy Sindbad el Marino!”

Luego añadí: “Cuando se puso en movimiento la ballena a causa del fuego que encendieron en su lomo, yo fui de los que no pudieron ganar tu navío y cayeron al agua. Pero me salvé gracias a la cubeta de madera que habían transportado los merca­deres para lavar allí su ropa. Efec­tivamente, me puse a horcajadas so­bre aquella cubeta y agité los pies a manera de remos. ¡Y sucedió lo que sucedió con la venia del Or­denador!”

Y conté al capitán cómo pude sal­varme y a través de cuántas vicisi­tudes había llegado a ejercer las al­tas funciones de escriba marítima al lado del rey Mihraján.

Al escucharme el capitán, excla­mó: “¡No hay recursos y poder más que en Alah el Altísimo, el Omni­potente....

  En este momento de su narración Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.
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