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《一千零一夜》連載二十           ★★★★
《一千零一夜》連載二十
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:35

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 32a NOCHE

Siguió contando la historia al rey Schahriar:

He llegado a saber; ¡oh rey afor­tunado! que el barbero prosiguió así la aventura de su quinto her­mano El-Aschar:

“... hasta que terminen por com­pleto todas las ceremonias. Entonces mandaré a algunos de mis esclavos que cojan un bolsillo con quinientos dinares en moneda menuda, y la tiren a puñados por el salón, y repar­tan otro tanto entre músicos y can­toras y otro tanto a las doncellas de mi mujer. Y luego las doncellas llevarán, a mi esposa a su aposento. Y yo me haré esperar mucho. Y cuando entre en la habitación atra­vesaré por entre las dos filas de don­cellas. Y al pasar cerca de mi esposa le pisaré el pié de un modo ostensi­ble para demostrar mi superioridad como varón. Y pediré una copa de agua azucarada, y después de haber dado gracias a Alah, la beberé tran­quilamente.

Y seguiré no haciendo caso a mi mujer, que estará en la cama dispues­ta a recibirme, y a fin de humillarla y demostrarle de nuevo mi supe­rioridad y el poco caso que hago, de ella, no le dirigiré ni una vez la palabra, y así aprenderá cómo pien­so conducirme en lo sucesivo, pues no de otro modo se logra que las mujeres sean dóciles, dulces y tier­nas. Y en efecto, no tardará en presentarse mi suegra, que me besará la frente y las manos, y dirá: “¡Oh mi señor! dígnate mirar a mi hija, que es tu esclava y desea ardiente­mente que le acompañes, y le hagas la limosna de una sola palabra tuya.” Pero yo, a pesar de las súplicas de mi suegra, que no se habrá atrevido a llamarme yerno por temor de demostrar familiaridad, no le con­testaré nada. Entonces me seguirá rogando, y estoy seguro de que aca­bará por echarse a mis pies y los besará, así como la orla de mi ro­pón. Y me dirá entonces: “¡Oh mi señor! ¡Te juro por Alah que mi hija es virgen! ¡Te juro por Alah que ningún hombre la vio descu­bierta, ni conoce el color de sus ojos! No la afrentes ni la humilles tanto. Mira cuán sumisa la tienes. Sólo aguarda una seña tuya para satisfacerte en cuanto quieras.”

Y mi, suegra se levantará pará llenar una copa de un vino exqui­sito, dará la copa a su hija, que en seguida vendrá a ofrecérmela, toda temblorosa. Y yo, arrellanado en los cojines de terciopelo bordados en oro, dejaré que se me acerque, sin mirarla, y gustaré de ver de pie a la hija del gran visir delante del ex vendedor de cristalería, que pre­gonaba en una esquina:

¡Oh gotas de sol! ¡Ojos de mi no­driza! ¡Soplo endurecido de las vírge­nes! ¡Oh cristal! ¡Cristal ¡Miel colo­reada! ¡Cristal!

Y ella, al ver en mí tanta gran­deza, habrá de tomarme por el hijo de algún sultán ilustre cuya gloria llene el mundo. Y entonces insistirá para que tome la copa de vino, y la acercará gentilmente a mis labios. Y furioso al ver esta familiaridad, le dirigiré una mirada terrible, le daré una gran bofetada y un puntapié en el vientre, de esta manera...”

Y mi hermano hizo ademán de dar el puntapié a su soñada esposa y se lo dio de lleno al canasto que encerraba la cristaría. Y el cesto salió rodando con su contenida. Y se hizo añicos todo lo que consti­tuía la fortuna de aquel loco.

Ante aquel irreparable destrozo, El-Aschar empezó a darse puñeta­zos en la cara y a desgarrarse la ropa y a llorar. Y entonces, como era precisamente viernes e iba a empezar la plegaria, las personas que salían de sus casas vieron a mi hermano, y unos se paraban movi­dos de lástima, y otros siguieron su camino creyéndole loco.

Y mientras estaba deplorando la pérdida de su capital y de sus inte­reses, he aquí que pasó por allí, camino de la mezquita, una gran señora. Un intenso perfume de almiz­cle se desprendía de toda ella. Iba montada en una mula enjaezada con terciopelo y brocado de oro, y la acompañaba considerable número de esclavos y sirvientes.

Al ver todo aquel cristal roto y a mi hermano llorando, preguntó la causa de tal desesperación. Y le dije­ron que aquel hombre no tenía más capital que el canasto de cristalería, cuya venta le daba de comer, y que nada le quedaba después del acciden­te. Entonces la dama llamó a uno de los criados y le dijo: “Da a se pobre hombre todo el dinero que lleves encima.” Y el criado se despo­jo de una gran bolsa que llevaba sujetó al cuello con un cordón, y se la entregó a mi hermano. Y El­-Aschar la cogió, la abrió, y encontró después de contarlos quinientos di­nares de oro. Y estuvo a punto de morirse de emoción y de alegría y empezó a invocar todas las gracias y bendiciones de Alah en favor de su bienhechora.

Y enriquecido en un momento, se fue a su casa para guardar aque­lla fortuna. Y se disponía a salir para alquilar una buena morada en que pudiese vivir a gusto, cuando oyó que llamaban a la puerta. Fue a abrir, vio a una vieja descono­cida que le dijo: “¡Oh hijo mío! sabe que casi ha transcurrido la hora de la plegaria en este santo día de viernes, y aún no he podido hacer mis abluciones. Y te ruego que me permitas entrar para hacerlas, resguardada de los importunos.” Y mi hermano dijo: “Escucho y obe­dezco.” Y abrió la puerta de par en par y la llevó a la cocina, donde la dejó sola.

Y a los pocos instantes fue a buscarle la vieja, y sobre el misera­ble pedazo de estera que servía de tapiz terminó su plegaria haciendo votos en favor de mi hermano, llenos de compunción. Y mi hermano le dio las gracias más expresivas, y sacando del cinturón dos dinares de oro se los alargó generosamente. Pero la vieja los rechazó con dig­nidad, y dijo: “¡Oh hijo mío, ala­bado sea Alah, que te hizo tan mag­nánimo! No me asombra que inspi­res simpatías a las personas apenas te vean. Y en cuanto a ese dinero que me ofreces, vuelva a tu cinturón, pues a juzgar por tu aspecto debes ser un pobre saaluk, y te debe hacer más falta que a mí, que no lo necesito. Y si en realidad no te hace falta, puedes devolvérselo a la noble señora que te lo dio por habérsete roto la cristalería..” Y mi hermano dijo: “¡Cómo! Buena madre, ¿cono­ces a esa dama? En ese caso, te ruego que me indiques dónde la podré ver.” Y la vieja contestó: “Hijo mío, esa hermosa joven sólo te ha demos­trado su generosidad para expresar la inclinación que le inspira tu juven­tud, tu vigor y tu gallardía. Pues su marido nunca logrará satisfacerla, porque Alah le ha castigado. Le­vántate, pues, guarda en tu cintu­rón todo el dinero para que no te lo roben en esta casa tan poco se­gura, y ven conmigo. Pues has de saber que sirvo a esa señora hace mucho tiempo y me confía todas sus comisiones secretas. Y en cuanto es­tés con ella, no te enojes para nada, pues debes hacer con ella todo aque­llo de que eres capaz. Y cuanto más hagas, más te querrá. Y por su parte se esforzará en proporcionarte todos los placeres y todas las alegrías, y serás dueño absoluto de su hermo­sura y sus tesoros.­

Cuando mi hermano oyó estas palabras de la vieja, se levantó, hizo lo que le había dicho, y siguió a la anciana, que había echado a andar. Y mi hermano marchó detrás de ella hasta que llegaron ambos a un gran portal, en el que la vieja llamó a su modo. Y mi hermano se halla­ha en el límite de la emoción y de la dicha.

Y a aquel llamamiento salió a abrir una esclava griega muy bonita, que les deseó la paz y sonrió a mi hermano de una manera muy insi­nuante. Y le introdujo en una mag­nífica sala, con grandes cortinajes de seda y oro fino y magníficos tapices. Y mi hermano, al verse solo, se sentó en un diván, se quitó el turbante, se lo puso en las rodi­llas y se secó la frente. Y apenas se hubo sentado se abrieron las cortinas y apareció una joven incomparable, como no la vieron las miradas más maravilladas de los hombres. Y mi hermano El-Aschar se puso de pie sobre sus dos pies.

Y la joven le sonrió con los ojos y se apresuró a cerrar la puerta, que se había quedado abierta. Y se acercó a El-Aschar, le cogió de la mano, y lo llevó consigo al diván de terciopelo. Manifestóle que es­taba muy satisfecha de verle, y tras algunos agasajos, le dijo: “No esta­mos aquí con bastante comodidad; dadme la mano y venid conmigo.”

Dióle ella la suya y condújole a un aposento retirado, donde estuvo conversando un rato con él, y luego le dejó diciendo: “¡Ojo de mi vida! no te muevas de aquí hasta que yo vuelva.” Después salió rápidamente y desapareció.

Pero de pronto se abrió violen­tarnente la puerta y apareció un ne­gro horrible, gigantesco, que lleva­ba en la mano un alfanje desnudo. Y gritó al aterrorizado El-Aschar: “¡Oh grandísimo miserable! ¿Cómo te atreviste a llegar hasta aquí? Y mi hermano no supo qué contestar a lenguaje tan violento, se le paralizo la lengua, se le aflojaron los múscu­los y se puso muy pálido. Entonces el negro le cogió, lo desnudó com­pletamente y se puso a darle de plano con el alfanje más de ochenta golpes, hasta que mi hermano se cayó al suelo y el negro lo creyó cadáver. Llamó entonces con voz terrible, y acudió una negra con un plato lleno de sal. Lo puso en el suelo y empezó a llenar de sal las heridas de mi hermano, que a pesar de padecer horriblemente, no se atrevía a gritar por temor de que le remataran. Y la negra se marchó después que hubo cubierto comple­tamente de sal todas las heridas.

Entonces el negro dio otro grito tan espantoso como el primero, y se presentó la vieja, que, ayudada por el negro, después de robar todo el dinero a mi hermano, lo cogió por los pies, lo arrastró por todas las habitaciones hasta llegar al patio, donde lo lanzó al fondo de un sub­terráneo, en el que acostumbraba a precipitar los cadáveres de todos aquellos a quienes con sus artificios había atraído a la casa para que sir­viesen a su joven señora.

El subterráneo en cuyo fondo habían arrojado a mi hermano El­-Aschar era muy grande y obscurí­simo, y en él se amontonaban los cadáveres unos sobre otros. Allí pasó El-Aschar dos días enteros, imposi­bilitado de moverse por las heridas y la caída. Pero Alah (¡alabado y glorificado sea!) quiso que mi her­mano pudiese salir de entre tanto cadáver y arrastrarse a lo largo del subterráneo, guiado por una escasa claridad que venía de lo alto. Y pudo llegar hasta el tragaluz, de don­de descendía aquella claridad, y una vez allí salir a la calle, fuera del subterráneo.

Se apresuró entonces a regresar a su casa, a la cual fui a buscarle, y le cuidé con los remedios que sé extraer de las plantas. Y al cabo de algún tiempo, curado ya comple­tamente mi hermano, resolvió ven­garse de la vieja y de sus cómplices por los tormentos que le habían causado. Se puso a buscar a la vieja, siguió sus pasos, y se enteró bien del sitio a que solía acudir diaria­mente para atraer a los jóvenes que habían de satisfacer a su ama y convertirse después en lo que se convertían. Y un día se disfrazó de persa, se ciñó un cinto muy abulta­do, escondió un alfanje bajo su holgado ropón, y fue a esperar la llegada de la vieja, que no tardó en aparecer. En seguida se aproxi­mó a ella, y fingiendo hablar mal nuestro idioma remedó el lenguaje bárbaro de los persas. Dijo: “¡Oh buena madre! soy forastero, y qui­siera saber dónde podría pesar y reconocer unos novecientos dinares de oro que llevo en el cinturón, y que acabo de cobrar por la venta de unas mercaderías que traje de mi tierra.” Y la maldita vieja de mal agüero le respondió: “¡Oh, no podías haber llegado más a tiempo! Mi hijo, que es un joven tan hermoso como tú, ejerce el oficio de cambista, y te prestará el pesillo que buscas. Ven conmigo, y te llevaré a su casa.” Y él contestó: '“Pues ve delante.” Y ella fue delante y él detrás, hasta que llegaron a la casa consabida. Y les abrió la misma esclava griega de agradable sonrisa, a la cual dijo la vieja en voz baja: “Esta vez le traigo a la señora músculos sólidos.”

Y la esclava cogió a El-Aschar de la mano, y le llevó a la sala de las sedas, y estuvo con él entrete­niéndole algunos momentos; después avisó a su ama, que llegó e hizo con mi hermano lo mismo, que la primera vez. Pero sería ocioso repe­tirlo. Después se retiró, y de pronto apareció el negro terrible, con el alfanje desenvainado en la mano, y gritó a mi hermano que se levan­tara y lo siguiese. Y entonces, mi hermano, que iba detrás del negro, sacó de pronto el alfanje de debajo del ropón, y del primer tajo le cortó la cabeza.

Al ruido de la caída acudió la negra, que sufrió la misma suerte; después la esclava griega, que al primer sablazo quedó también des­cabezada. Inmediatamente le tocó a la vieja, que llegó corriendo para echar mano al botín. Y al ver a mi hermano con el brazo cubierto de sangre y el acero en la mano, se cayó espantada en tierra, y El­-Aschar la agarró del pelo y le dijo: ¿No me conoces, vieja zorra, po­drida entre las podridas?” Y respon­dió la vieja: “¡Oh mi señor, no te conozco!”; Pero mi hermano dijo: “Pues sabe, que soy aquél en cuya casa fuiste a hacer las abluciones.” Y al decir esto, mi hermano par­tió en dos mitades a la vieja de un solo sablazo. Después fue a bus­car a la joven.

No tardó en encontrarla, ocupada en componerse y perfumarse en un aposento retirado. Y cuando la joven le vio cubierto de sangre, dio un grito de terror, y se arrojó a sus pies, rogándole que le perdonase la vida. Y mi hermano, recordando los pla­ceres compartidos con ella, le otorgó generosamente la vida, y le pregun­tó: “¿Y cómo es que estás en esta casa, bajo el dominio de ese negro horrible a quien he matado con mis manos?” La joven respondió: “¡Oh dueño mio! antes de estar encerrada en esta maldita casa, era yo propie­dad de un rico mercader de la po­blación, y esta vieja solía venir a verme y nos manifestaba mucha amistad. Un día entre los días fue a su casa y me dijo: “Me han invi­tado a una gran boda, pues no habrá en el mundo otra parecida. Y vengo a llevarte conmigo.” Yo le contesté: “Escucho y obedezco.” Me puse mis mejores ropas, cogí un bolsillo con cien dinares y salí con la vieja. Llegamos a esta casa, en la cual me introdujo con su astucia, y caí en manos de ese negro atroz, que me sujetó aquí a la fuerza y me utilizó para sus criminales designios, a costa de la vida de los jóvenes que la vieja le proporcionaba. Y así he pasado tres años entre las ma­nos de esa vieja maldita.” Entonces mi hermano dijo: “Pero llevando aquí tanto tiempo, debes saber si esos criminales han amontonado ri­quezas.” Y ella contestó: “Hay tan­tas, que dudo mucho que tú solo pudieras llevártelas. Ven a verlo tú mismo.”

Y se llevó a mis hermano, y le enseñó grandes cofres llenos de mo­nedas de todos los países y de bolsi­llos de todas las formas. Y mi her­mano se quedó deslumbrado y atóni­to. Ella entonces le dijo: “No es así como podrás llevarte este oro. Ve a buscar unos mandaderos y tráelos para que carguen con él. Mientras tanto, yo prepararé los fardos.”

Apresuróse El-Aschar a buscar a los mozos, y al poco tiempo volvió con diez hombres que llevaban ca­da uno una gran banasta vacía.

Pero al llegar a la casa vio el por­tal abierto de par en par. Y la joven había desaparecido con todos los cofres. Y comprendió entonces que se había burlado de él para poderse llevar las principales riquezas. Pero se consoló al ver las muchas cosas preciosas que quedaban en la casa y los valores encerrados en los ar­marios, con todo lo cual podía con­siderarse rico para toda su vida. Y resolvió llevárselo al día siguiente; pero cómo estaba muy fatigado, se tendió en el magnífico lecho y se quedó dormido.

Al despertar al día siguiente, llegó hasta el límite del terror al verse rodeado por- veinte guardias del walí, que le dijeron: “Llevántate a escape y vente con nosotros.” Y se lo llevaron, cerraron y sellaron las puertas, y lo pusieron entre las ma­nos de walí, que le dijo: “He averi­guado tu historia, los asesinatos que has cometido y el robo que ibas a perpetrar.” Entonces mi hermano exclamó: “¡Oh walí! Dame la señal de la seguridad, y te contaré lo ocu­rrido.” Y el walí entonces le dio un velo, símbolo de la seguridad, y El­-Aschar le contó toda la historia des­de el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla. Después mi her­mano añadió: “Ahora, ¡oh walí lleno de ideas justas y rectas! consentiré, si quieres, en compartir contigo lo que queda en aquella casa.” Pero el wali replicó: “¿Cómo te atreves a hablar de reparto? ¡Por Alah! No tendrás nada, pues debo cogerlo todo. Y date por muy contento al conservar la vida. Además, vas a sa­lir inmediatamente de la ciudad y no vuelvas: por aquí, bajo pena del mayor castigo.” Y el walí desterró a mi hermano, por temor a que el califa se enterase de la historia de aquel robo. Y mi hermano tuvo que huir muy lejos.

Pero para que se cumpliese por completo el Destino, apenas había salido de las puertas de la ciudad le asaltaron unos bandoleros, y al no hallarle nada encima, le quitaron la ropa, dejándole en cueros, le apa­learon y le cortaron las orejas y la nariz.

Y supe entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! las desventuras del pobre El-Aschar. Salí en su busca, y no descansé hasta encontrarlo. Lo traje a mi casa, donde le curé, y ahora le doy para que coma y beba durante el resto de sus días.

  ¡Tal es ta historia de El-Aschar! Pero la historia de mi sexto y último hermano, ¡oh Emir de los Creyentes! merece que la escuches antes de que me decida a descansar.”
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