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《一千零一夜》連載十八           ★★★★
《一千零一夜》連載十八
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:37

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 30a NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que el kadí, sorprendido, repuso: “¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo le mate?' ¿Y por qué está entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?” Entonces el barbero exclamó: “Tú eres quien ha matado a palos a mi amo, pues yo estaba en la calle y oí sus gritos.” Y el kadí contestó: “¿Pero quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?” Y el barbero dijo: “Malhadado kadí, no té hagas el tonto, pues sé toda la historia, la en­trada de mi amó en tu casa y todos los demás pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado hasta aquí. Y tú lo has sorprendido con tu hija, y lo has matado a palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy a obli­gar, ahora mismo a que vengas con­migo al palacio de nuestro único juez, el califa, como no prefieras devolvemos inmediatamente a nues­tro amo, indemnizarle de los malos tratos que le has hecho sufrir y en­tregárnoslo sano y salvo, a mí y a sus parientes Si no, me obligarás a entrar a viva fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate pues, a entre­gárnoslo.”

Al oír estas palabras, el kadí que­dó cortado y lleno de confusión y de vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de to­dos modos, volviéndose hacia el bar­bero, le dijo: “Si no eres un embau­cador, te autorizo para que entres en mi casa y busques a tu amo por donde quieras, y lo libertes.” Enton­ces el barbero se precipitó dentro de la casa.

Y yo, que asistía a todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el barbero había entrado en la casa; quise huir inmediatamente. Pero por más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudiese ser vista por la gente de la casa o no la pudiese utilizar el barbero. Sin em­bargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba vacío, y me apresuré a esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me quedé bien quieto, conteniendo la respiración.

Pero el barbero, después de rebus­car por toda la casa, entró en aquel cuarto, y debió mirar a derecha e izquierda y ver el cofre. Entonces, el maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se lo cargó a hombros y buscó a escape la salida,, mientras que yo me moría de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se em­peñase en ver lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbitamente y me tiré al suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y es­conderme, y como me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse a echar puñados de monedas, y mientras se detuvieron a recoger el oro, me escurrí y escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuan­do de pronto vi al barbero detrás de mí. Y decía a gritos: “¡Oh bue­nas gentes! ¡Gracias a Alah que he encontrado a mi amo!” Después, sin dejar de correr detrás de mí, me dijo: “¡Oh mi señor! `Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con impa­ciencia y sin atender a mis conse­jos, porque, según has podido com­probar; no eres hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y hasta algo simple. Pero señor, ¿adón­de corras así? ¡Aguárdame!” Y yo, que no sabía ya cómo deshacerme de aquella calamidad a no ser por la muerte, me paré y le dije: “¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto en el estado en que me ves? ¿Quieres, pues, mi muerte?”

Pero al acabar de hablar vi abier­ta delante de mí la Senda de un mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader, que le impidiera entrar detrás de mí a ese maldito. Y pudo lograrlo con la amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el barbero no se fue sin maldecir al mercader y también al padre y al abuelo del mercader, vomitando in­sultos, injurias y maldiciones tanto contra mí como, contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por quella liberación que no espera­ba nunca.

El mercader me interrogó enton­ces, y le conté mi historia con este barbero, y le rogué que me dejara en su tienda hasta mi curación, pues no quería volver a mi casa por miedo a que me persiguiese otra vez ese barbero de betún.

Pero por la gloria de Alah, mi pierna acabó de curarse. Entonces cogí todo el dinero que me quedaba, mandé llamar a testigos y escribí un testamento, en virtud del cual legaba a mis parientes el resto de mi fortu­na, mis bienes y mis propiedades después de mi muerte, y elegí a una persona de confianza para que admi­nistrase todo aquello, encargándole que tratase bien a todos los. míos, grandes y pequeños. Y para perder de vista definitivamente a este bar­bero maldito decidí salir de Bagdad y marcharme a cualquiera otra parte, donde no corriese riesgo de encon­trarme cara a cara con mi enemigo, Salí, pues, de Bagdad, y no dejé de viajar día y noche hasta, que lle­gué a este país, donde creía haberme librado de mi perseguidor. Pero ya veis que todo fue trabajo perdido, ¡oh mis señores! pues me lo acabo de encontrar entre vosotros, en este banquete a que me, habéis invitado.

Por eso os explicaréis que no pue­da tener tranquilidad mientras no huya de este país, como del otro, ¡y todo por culpa de ese malvado, de esa calamidad con cara de pio­jo, de ese barbero asesino, a quien Alah confunda, a él, a su familia y a toda su descendencia!”

Cuando aquel joven -prosiguió el sastre, hablando al rey de la China- acabó de pronunciar estas pa­labras, se levantó con el rostro muy pálido, y nos deseó la paz, y salió sin que nadie pudiera impedírselo.

En cuanto a nosotros, una vez que oímos esta historia tan sorpren­dente, miramos al barbero, que esta­ba callado y con los ojos bajos, le dijimos: '“¿Es verdad lo que ha con­tado ese joven? Y en tal caso, ¿por qué procediste de ese modo, causán­dole tanta desgracia?' Entonces, el barbero levantó la frente, y nos dijo: “¡Por Alah! Bien sabía yo lo que me hacía al obrar así, y lo hice para ahorrarle mayores calamidades. Pues a no ser por mí, estaba perdido sin remedio. Y tiene que dar gracias a Alah y dármelas a mí por no haber perdido más que una pierna en vez de perderse por completo. En cuanto a vosotros, ¡oh mis señores! Para probaros que no soy ningún char­latán, ni un indiscreto, ni en nada semejante a ninguno de mis seis hermanos, y para demostraros tam­bién que soy un hombre listo y de buen criterio, y sobre todo muy ca­llado os voy a contar mi historia y juzgaréis.”

Después de estas palabras, todos nosotros -continuó el sastre- nos dispusimos, a escuchar en silencio aquella historia, que juzgábamos ha­bía de ser extraordinaria.”

HISTORIAS DEL BARBERO DE BAGDAD Y DE SUS SEIS HERMANOS

(Contadas por el barbero y repetidas por el sastre)

HISTORIA DEL BARBERO

El barbero dijo:

“Sabed, pues, ¡oh mis señores! que yo viví en Bagdad durante el reinado del Emir de los Creyentes El-Montasser Billah. Y bajo su go­bierno vivíamos, porque amaba a los pobres y a los humildes, y gus­taba de la compañía de los sabios y los poetas.

Pero un día entre los días, el califa tuvo motivos de queja contra diez individuos que habitaban no lejos de la ciudad, y mandó al gobernador­-lugarteniente que trajese entre sus manos a estos diez individuos. Y quiso el Destino que precisamente cuando les hacían atravesar el Tigris en una barca, estuviese yo en la orilla del río. Y vi a aquellos hom­bres en la barca, y dije para mí: “Seguramente esos hombres se han dado cita en esa barca para pasarse en diversiones todo el día, comiendo y bebiendo. Así es que necesaria­mente me tengo que convidar para tomar parte en el festín.”

Me aproximé a la orilla, y sin decir palabra, que por algo soy el Silencioso, salté a la barca y me mezclé, con todos ellos. Pero de pron­to vi legar a. los guardias del walí, que se apoderaron, de todos, les echaron a cada uno una argolla al cuello y cadenas, a las manos, y acabaron por cogerme a mí también y ponerme asimismo la argolla al cuello y las cadenas a las manos. Y yo no dije palabra, lo cual os demostrará ¡oh mis señores! mi fir­meza de carácter y mi poca locuaci­dad. Me aguanté pues, sin protestar; y me vi llevado con los diez indivi­duos a la presencia del Emir de los Creyentes, el califa Montasser Billah..

Y en cuanto nos vio, el califa llamó al portaalfanje, y le dijo: ¡Corta inmediatamente la cabeza a esos diez malvados!” Y el ver­dugo nos puso en fila en el patio, a la vista del califa, y empuñando el alfanje, hirió la primera cabeza y la hizo saltar, y la segunda, y la terce­ra, hasta la décima. Pero cuando llegó a mí, el número de cabezas cortadas era precisamente el de diez, y no tenía orden de cortar ni una más. Se detuvo, por tanto, y dijo al califa que sus órdenes estaban ya cumplidas. Pero entonces volvió la cara el califa, y viendome todavía en pie, exclamó: “¡Oh mi porta­alfanjel! ¡Te he mandado cortar la cabeza a los diez malvados! ¿Cómo es que perdonaste al décimo?” Y el portaalfanje repuso: “¡Por la gracia de Alah sobre ti y par la tuya sobre nosotros! He cortado diez cabezas.” Y el califa dijo: “Vamos a ver; cuéntalas delante de mi”. Las contó, y efectivamente, resultaron diez ca­bezas. Y entonces el califa me miró y me dijo: “¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces ahí entre esos bandidos, derramadores de sangre?” Entonces, ¡oh mis señores! y sólo entonces, al ser interrogado por el Emir de los Creyentes, me resolví a hablar. Y dije: “¡Oh Emir de los Creyentes! Soy el jeique a quien llaman El-Sa­med, a causa de mi poca locuacidad. En punto a prudencia, tengo un buen acopia en mi persona, y en cuanto a la rectitud de mi juicio, la grave­dad de mis palabras, lo excelente de mi razón, lo agudo de mi inteligen­cia y mi ninguna verbosidad, nada he de decirte, pues tales cualidades en mí son infinitas. Mi oficio es el de afeitar cabezas y barbas, escarifi­car piernas y pantorrillas y aplicar ventosas y sanguijuelas. Y soy uno de los siete hijos de mi padre, y mis seis hermanos están vivos.

“Pero he aquí la aventura. Esta misma mañana me paseaba yo a lo largo del Tigris, cuando vi a esos diez individuos que saltaban a una barca, y me junté con ellos, y con ellos me embarqué, creyendo que es­taban convidados a algún banquete en el río. Pero he aquí que, apenas llegamos a la otra orilla, adiviné que me encontraba entre criminales, y me di cuenta de esto al ver a tus guardias que se nos echaban encima y nos ponían la argolla al cuello. Y aunque nada tenía yo que ver, con esa gente, no quise hablar ni una palabra ni protestar de ningún modo, obligándome a ello mi excesiva fir­meza de carácter y mi ninguna locua­cidad. Y mezclado con estos hombres fui conducido entre tus manos, ¡oh Emir de los Creyentes! Y mandaste que cortasen la cabeza a esos diez bandidos, y fui el único que quedó entre las manos de tu portaalfanje, y a pesar de todo, no dije tan siquie­ra ni una palabra. Creo, pues, que esto es una buena prueba de valor y de firmeza muy considerable. Y además, el solo hecho de unirme con esos diez desconocidos es por sí mismo la mayor demostración de va­lentía que yo sepa. Pero no te asombre mi acción, ¡oh Emir de los Cre­yentes! pues toda mi vida he proce­dido dei mismo modo, queriendo favorecer a los extraños.”

Cuando el califa oyó mis palabras, y advirtió en ellas que en mí era nativo el valor y la virilidad, y mi amor al silencio y a la compostura, y mi odio a la indiscreción y a la impertinencia, a pesar de lo que diga ese joven cojo que estaba ahí hace un momento, y a quien salvé de toda clase de calamidades, el Emir dijo: “¡Oh venerable jeique, barbero espiritual e ingenio lleno de gravedad y de sabiduría! Dime: ¿y tus seis hermanos son como tú? ¿Te igualan en prudencia, talento y discreción?” Y yo respondí: “¡Alah me libre de ellos! ¡Cuán poco se asemejan a mí, oh Emir de los Cre­yentes! ¡Acabas de afligirme con tu censura al compararme con esos seis locos que nada tienen de común conmigo, ni de cerca ni de lejos! Pues por su verbosidad impertinente, por su indiscreción y por su cobar­día, se han buscado mil disgustos; y cada uno tiene una deformidad física, mientras que yo estoy sano y completo de cuerpo y espíritu, Porque, efectivamente, el mayor de mis hermanos es cojo; el segundo, tuerto; el tercero, mellado; el cuar­to, ciego; el quinto, no tiene narices ni orejas, porque se las cortaron, y al sexto le han rajado los labios.

  Pero ¡oh Emir de los Creyentes! no creas que exagero con eso mis cualidades, ni aumento los defectos de mis hermanos. Pues si te contase su historia, verías cuán diferente soy de todos ellos. Y como su his­toria es infinitamente interesante y sabrosa, te la voy a contar sin más dilaciones.
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