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《一千零一夜》連載十七           ★★★★
《一千零一夜》連載十七
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:37

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 29a NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber ¡oh rey afor­tunado! que cuando el joven dijo al barbero: “Vas a volverme loco y a matarme de impaciencia”, el barbero respondió:

“Sabe, sin embargo, ¡oh mi señor! que soy un hombre a quien todo el mundo llama el Silencioso, a causa de mi poca locuacidad. De modo que no me haces justicia creyendo me un charlatán, sobre todo si te tomas la molestia de compararme, siquiera sea por un momento, con mis hermanos. Porque sabe que ten­go seis hermanos que ciertamente son muy charlatanes, y para que los co­nozcas te voy a decir sus nombres: el mayor se llama El-Bacbuk, o sea el que al hablar hace un ruido como un cántaro que se vacía; el segundo, El-Haddar, o el que muge repetidas veces como un camello; el tercero, Bacbac, o el Cacareador hinchado; el cuarto, El-Kuz. El-Assuani, o el Botijo irrompible de Assuan; el quin­to, -El-Aschâ, o la Camella preñada, o el Gran Caldero; el sexto, Schaka­lik, o el Tarro hendido, y el séptimo, El-Samet o el Silencioso; y este si­lencioso es tu servidor.”

Cuando oí todo este flujo de pa­labras, sentí que la impaciencia me reventaba la vejiga de la hiel, y ex­clamé dirigiéndome a misa criados: ¡Dadle en seguida un cuarto de dinar a este hombre y que se largue de aquí! Porque renuncio en abso­luto a afeitarme.” Pero él barbero, apenas oyó esta orden, dijo: “¡Oh mi señor! ¡qué palabras tan duras acabo de escuchar de tus labios! Por­que ¡por Alah! sabe que quiero tener el honor de servirte sin ninguna re­tribución, y de servirte sin remedio, pues considero un deber el ponerme a tus órdenes y ejecutar tu voluntad. Y me creería deshonrado para toda mi vida si aceptara lo que quieres darme tan generosamente. Porque sabe que si tú no tienes idea alguna de mi valía, yo, en cambio, estimo en mucho la tuya. Y estoy seguro de que eres digno hijo de tu difunto padre. (¡Alah lo haya recibido en Su misericordia!) Pues tu padre era acreedor mío por todos los beneficios de que me colmaba. Y era un hom­bre lleno de generosidad y de gran­deza, y me tenía gran estimación, hasta el punto de que un día me mandó llamar, y era un día bendito como éste: y cuando llegué a su casa le encontré rodeado de muchos ami­gos, y a todos los dejó para venir a mi encuentro, y me dijo: “Te rue­go que me sangres.” Entonces saqué el astrolabio, medí la altura del sol, examiné escrupulosamente los cálcu­los, y descubrí que la hora era ne­fasta y que aquel día era muy peli­grosa la operación de sangrar. Y en seguida comuniqué mis temores a tu difunto padre, y tu padre se sometió dócilmente a mis palabras, y tuvo paciencia hasta que llegó la, hora fausta y propicia para la ope­ración. Entonces le hice una buena sangría, y se la dejó hacer con la mayor docilidad, y me dio las gra­cias más expresivas, y por si no fue­se bastante, me las dieron también todos los presentes. Y para remune­rarme por la sangría, me dio en el acto tú difunto padre cien dinares de oro.”

Yo, al oír estas palabras, le dije: ¡Ojalá no haya tenido Alah com­pasión de mi difunto padre, por lo ciego que estuvo al recurrir a un barbero como tú!” Y el barbero, al oírme, se echó a reír, meneando la cabeza, y exclamó: “¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el en­viado de Alah! ¡Bendito sea el nom­bre de Aquel que transforma y no se transforma! Ahora bien, ` ¡oh jo­ven! yo te creía dotado de razón, pero estoy viendo que la enferme­dad que tuviste te ha perturbado por completo el juicio y te hace divagar. Pero esto no me asombra, pues co­nozco las palabras santas dichas por Alah en nuestro Santo y Precioso Libro en el versículo que empieza de éste modo: “Los que reprimen su ira, y perdonan a los hombres cul­pables . . .” De modo, -que me aven­go a olvidar tu sinrazón para con­migo y olvido también tus agravios, y de todo ello te disculpo. Pero, en realidad, he de confesarte que no comprendo tu impaciencia ni me ex­plico su causa. ¿No sabes que tu padre no emprendía nunca nada sin consultar antes mi opinión? Y a fe que en esto seguía el proverbio que dice: “¡El hombre que pide consejo se resguarda!” Y yo, está seguro de ello, soy un hombre de valía, y no encontrarás nunca tan buen consejero como éste tu servidor, ni persona más versada en los preceptos de la sabiduría y en el arte de dirigir há­bilmente los negocios. Heme, pues, aquí, plantado sobre mis dos pies, aguardando tus órdenes y dispuesto por completo a servirte. Pero dime; ¿cómo es que tú no me aburres y en cambio te veo tan fastidiado y tan furioso? Verdad que si tengo tanta paciencia contigo es sólo por res­peto a la memoria de tu padre, a quien soy deudor de muchos bene­ficios.” Entonces le repliqué: “¡Por Alah! ¡Ya es demasiado! Me estás matando con tu charla. Te repito que sólo te he mandada llamar para que me afeites la cabeza y te mar­ches en seguida.”

Y diciendo esto, me levante muy furioso, y quise echarle y alejarle de allí, a pesar de tener ya mojado y jabonado el cráneo. Entonces, sin alterarse, prosiguió: “En verdad que acabo de comprobar que te fastidio sobremanera. Pero no por eso te tengo mala voluntad, pues compren­do que tu inteligencia no está muy desarrollada; y que además eres to­davía demasiado joven. Pues no hace mucho tiempo que aún te llevaba yo a caballo sobre mis espaldas, para conducirte de este modo a la escue­la, a la cual no querías ir” Y le contesté: “¡Vamos;, hermano, te con­juro por Alah y por su verdad santa, que te vayas de aquí y me dejes de­dicarme a mis ocupaciones! ¡Vete por tu camino!” Y al pronunciar estas palabras, me dio tal ataque de impaciencia, que me desgarré las vestiduras y empecé a dar gritos inar­ticulados, corno un loco.

Y cuando el barbero me vio en aquel estado, se decidió a coger la navaja y a pasarla por la correa que llevaba a la cintura. Pero gastó tanto tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve a punto de que se me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse a mi cabeza, y empezó a afeitarme por un lado, y, efectivamente, iban des­apareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me dijo: “¡Oh joven dueño mío!„ Los arrebatos son tentaciones del Chei­tán.” Y me recitó estas estrofas:

¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca reso­luciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!

¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dure­za, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!

¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no puede ser humillada, por la mano de Alah, que la domina!

¡Y tampoco olvides que el tirano ha de- encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!

Después me dijo: “¡Oh mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y sin embar­go, esta misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la cabeza de los reyes, emi­res, visires y gobernadores; en una palabra, la cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse a mí o a alguien que se me pareciese el poeta que habló de este modo:

¡Considero todos los oficios como collares preciosos, pero el de barbero es la perla más hermosa del collar!

¡Supera en sabiduría y grandeza de alma a los más sabios y a los más ilustres, y su mano domina la cabeza de los reyes!”

Y replicando a tanta palabrería, le dije: “¿Quieres ocuparte en tu oficio, sí o no? Has conseguido des­trozarme el corazón y hundirme el cerebro.” Y entonces exclamó; “Voy sospechando que tienes prisa de que acabe.” Y le dije: “¡Sí que la tengo! ¡Sí queda tengo! ¡Sí que la tengo!” Y él insistió: “Que aprenda tu alma un poco de paciencia y de modera­ción. Porque sabe, ¡oh mi joven amo! que el apresuramiento es una mala sugestión del Tentador, y sólo trae consigo el arrepentimiento y el fra­caso. Y además, nuestro soberano Mohamed (¡sean con él las bendi­ciones y la paz!) ha dicho: “Lo más hermoso del mundo es lo que se, hace con lentitud y madurez.” Pero lo que acabas de decirme excita gran­demente mi curiosidad y te ruego que me expliques el motivo de tanta impaciencia, pues nada perderás con decirme qué es lo que te obliga a apresurarte de este modo. Confío, en mi buen desea hacia ti, que será un motivo agradable, pues me cau­saría mucho sentimiento que fuese de otra clase, Pero ahora tengo que interrumpir por un momento mi ta­rea, pues como quedan pocas horas de sol, necesito aprovecharlas.” En­tonces soltó la navaja, cogió el as­trolabio, y salió en busca de los ra­yos del sol, y estuvo mucho tiempo en el patio. Y midió la altura del sol, pero todo esto sin perderme de vista y haciéndome preguntas. Des­pués, volviéndose hacia mí, me dijo: “Si tu impaciencia es sólo por asistir a la oración, puedes aguardar tran­quilamente, pues sabe que en reali­dad aún nos quedan tres horas, ni más ni menos. Nunca me equivoco en mis cálculos.” Y yo contesté: ¡Por Alahl ¡Ahórrame estos discursos, pues me tienes con el hígado hecho trizas!”

Entonces cogió la navaja y volvió a suavizarla, como lo había hecho antes, y reanudó la operación de afeitarme muy poco a poco; pero no podía dejar de hablar; y prosi­guió: “Mucho siento tu impaciencia, y si quisieras revelarme su causa, sería bueno y provechoso para ti. Pues ya te dije que tu difunto padre me profesaba gran estimación, y nun­ca emprendía nada sin oír, mi pa­recer.” Entonces hube de convencer­me que para librarme del barbero no me quedaba otro recurso que in­ventar algo para justificar mi impa­ciencia, pues pensé: “He aquí que se aproxima la hora de la plegaria, y si no me apresuro a marchar a casa de la joven, se me hará tarde, pues la gente saldrá de las mezquitas y en­tonces todo lo habré perdido.” Dije; pues, al barbera: “Abrevia de una vez y déjate de palabras ociosas y de curiosidades indiscretas. Y ya que te empeñas en saberlo, te di­ré que tengo que ir a casa de un amigo que acaba de enviarme una invitación urgente convidándome a un festín:”

Pero cuando oyó hablar de con­vite y festín el barbero dijo: “¡Que Alah te bendiga, y te llene de pros­peridades! Porque precisamente me haces recordar que he convidado a comer en mi casa a varios amigos y se me ha olvidado prepararles co­mida. Y me acuerdo ahora, cuando ya es demasiado tarde.” Entonces le dije: “No te preocupe ese retraso, que lo voy a remediar en seguida. Ya que no como en mi casa, por ha­berme convidado a un festín, quiero darte cuantos manjares y bebidas te­nía dispuestos, pero con la condición de que termines en seguida tu nego­cio y acabes pronto de afeitarme la cabeza”. Y el barbero contestó: “¡Ojalá Alah te colme de sus dones y te lo pague en bendiciones en su día! Pero ¡oh mi señor! ten la bon­dad de enumerar, aunque sea muy sucintamente, las cosas con que va a obsequiarme tu generoso despren­dimiento, para que yo las conozca.” Y le dije: “Tengo a tu disposición cinco marmitas llenas de cosas ex­celentes: berenjenas y calabacines rellenos, hojas de parra sazonadas con limón, albondiguillas con trigo partido y carne mechada, arroz con tomate y filetes de carnero, guisado con cebolletas. Y además diez pollos, asados y un carnero a la parrilla. Después dos grandes bandejas: una de kenafa y la otra de pasteles, que­sos, dulce y miel. Y frutas de todas clases: pepinos, melones, manzanas, limones, dátiles frescos y otras mu­chas más.” Entonces me dijo: “Man­da traer todo eso aquí, para verlo.” Y yo mandé que lo trajesen, y lo fue examinando y lo probó, y me dijo: “¡Grande es tu generosidad, pero faltan las bebidas!” Y yo con­testé: “También las tengo.” Y repli­có: “Di que las traigan.” Y mandé traer seis vasijas. llenas de seis clases de bebidas, y las probó una por una, y me dijo: “¡Alah te provea de todas sus gracias! ¡Cuán generoso es tu corazón! Pero ahora falta el incienso, y el benjuí, y los perfumes para quemar en la. sala, y el agua de rosas y la de azahar para rociar a mis huéspedes.” Entonces mandé, traer un cofrecillo lleno de ámbar gris, áloe, nadd, almizcle, incienso y benjuí, que valía más de cincuenta dinares de oro, y no se me olvidaron las esencias aromáticas ni los hisopos de plata con agua de olor. Y como el tiempo se acortaba tanto como sume oprimía el corazón, dije al barbero: “Toma todo esto, pero acaba de afeitarme la cabeza, por la vida de Mohamed (¡sean con Él la ora­ción y la paz de Alah!)” Y el barbe­ro dijo entonces: “¡Por Alah!” No cogeré ese cofrecillo sin haberlo abierto, a fin de saber su contenido:” Y no hubo más remedio que llamar a un criado para que abriese el cofrecillo. Y entonces el barbero soltó el astrolabio, se sentó en el suelo, y empezó a sacar todos los perfumes, incienso, benjuí, almizcle, ámbar gris, áloe, y los olfateó uno tras otro con tanta lentitud y tanta parsimonia, que se me figuró otra vez que el alma se me salía del cuerpo Después se levantó, me dio las gracias, cogió la navaja, y volvió a reanudar la operación de afeitar­me la cabeza. Pero apenas había empezado, se detuvo de nueva y me dijo:

¡Por, Alah, ¡oh hijo de mi vida! no sé a cuál de los dos alabar y bendecir hoy más extremadamente, si a ti o a tu difunto padre! Porque, en realidad, el festín que voy a dar en mi casa se debe por completo a tu iniciativa generosa y a tus magnáni­mos donativos. Pero ¿te lo diré? Per­míteme que te haga esta confianza. Mis convidados son personas poco dignas de tan suntuoso festín. Son, como yo, gente de diversos oficios pero resultan deliciosos. Y para que te convenzas, nada mejor que los enumere: en primer lugar, el admi­rable Zeitún, el que da masaje en el hammam; el alegre y bromista Salih, que vende torrados; Haukal, ven­dedor de habas cocidas; Hakraschat, verdulero; Hamid, basurero, y final­mente, Hakaresch, vendedor de leche cuajada.

“Todos estos amigos a quienes he invitado no son, ni con mucho, de esos charlatanes, curiosos e indiscretos, sino gente muy festiva, a cuyo lado no puede haber tristeza. El que menos, vale más en mi opinión que el rey más poderoso. Pues sabe que cada uno de ellos tiene fama en toda la ciudad por un baile y una canción diferentes. Y por si te agradase algu­na, voy a bailar y cantar cada danza y cada canción.

“Fíjate bien: he aquí la danza de mi amigo Zeitún el del hammam... ¿Qué te ha parecido?' Y en cuanto a su canción, es ésta:

¡Mi amiga es tan gentil, que el cor­dero más dulce no la iguala en dulzura! ¡La quiero apasionadamente, y ella me ama, lo mismo! ¡Y me quiere tanto, que apenas me alejo uta instante la veo acudir y echarse en mi cama!

¡Mi amiga es tan gentil, que el cor­dero más dulce no la iguala en dulzura!

“Pero ¡oh hijo de mi vida! -pro­siguió el barbero- he aquí ahora la danza de mi amigo el basurero Hamid. ¡Observa cuán sugestiva es, cuánta es su alegría y cuanto es su ciencia!... Y escucha la canción:

¡Mi mujer es avara, y si la hiciese caso me moriría de hambre!

¡Mi mujer es fea, y si la hiciese caso estaría siempre encerrado en mi casa!

¡Mi mujer esconde el pan en la ala­cena! ¡Pero si no como pan Y sigue siendo tan fea que haría correr a un negro de narices aplastadas, tendré que acabar por huir!

Después, el barbero, sin darme tiempo ni para hacer una seña de protesta, imitó todas las danzas de sus amigos y entonó todas sus canciones. Y luego me dijo: “Eso es lo que saben hacer mis amigos. De modo que si quieres reírte de veras, he de aconsejarte, por interés tuyo y placer para todos, que vengas a mi casa, para estar en nuestra com­pañía, y dejes a esos amigos a quie­nes me has dicho que tenías inten­ción de ver. Porque observo aún en tu cara huellas de fatiga, y además de esto, como acabas de salir de una enfermedad, convendría que te pre­cavieses, pues es muy posible que haya entre esos amigos alguna perso­na indiscreta, de esas aficionadas a la palabrería, o cualquier charlatán sempiterno, curioso e importuno, que te haga recaer en tu enfermedad de modo más grave, que la primera vez.”

Entonces dije: “Hoy no me es posible aceptar tu invitación; otro día será:” Y él contestó: “Lo más ventajoso para ti es que apresures el momento de venir a mi casa, para que disfrutes de toda la urbanidad de mis amigos y te aproveches de sus admirables cualidades. Así, obra­rás según dice el poeta:

¡Amigo, no difieras nunca el apro­vecharte del goce que se te ofrece! ¡No dejes nunca para otro día la voluptuo­sidad que pasa! ¡Porque la voluptuosi­dad no pasa todos los días, ni el goce ofrece diariamente sus labios a tus labios! ¡Sabe que la fortuna es mujer, y como la mujer, mudable!

Entonces, con tanta arenga y tanta habladuría, hube de echarme a reír, pero con el corazón lleno de rabia. Y después dije al barbero: “Ahora te mando que acabes de afeitarme y me dejes ir por el cami­no de Alah, bajo su santa protección, y por tu parte, ve a buscar a tus amigos, que, a estas horas te estarán aguardando.” Y el barbero repuso: “Pero ¿porqué te niegas? Realmente, no es que te pida una gran cosa. Fíjate bien que vengas a conocer a mis amigos, que son unos compa­ñeros deliciosos y que nada tienen de indiscretos ni de importunos. Y aún podría decirte que, en cuanto los veas una vez nada más, no querrás tener trato con otros, y abandonarás para, siempre a tus actuales amigos.” Y yo dije: “¡Aumente Alah la satis­facción que su amistad te causa! Algún día los convidaré a un ban­quete que daré para ellos.”

Entonces ese maldito barbero me dijo: “Ya veo que de todos modos prefieres el festín de tus amigos y su compañía a la compañía de los míos; pero te ruego que tengas un poco de paciencia y que aguardes a que lleve a mi casa estas provisio­nes que debo a tu generosidad. Las pondré en el mantel, delante de mis convidados, y como mis amigos no cometerán la majadería de molestarse si los dejo solos para que honren mi mesa, les diré que por hoy no cuen­ten conmigo ni aguarden mi regreso. Y en seguida vendré a buscarte, para ir contigo adonde quieras ir.”. Entonces exclamó: “¡Oh! ¡Sólo hay fuerzas y recursos en Alah Altísimo y Omnipotente! Pero tú ¡oh ser humano! vete a buscar a tus amigos, diviértete con ellos cuanto quieras, y déjame marchar en busca de los míos, que a esta hora precisamente esperan mi llegada.” Y el barbero dijo: “¡Eso nunca! De ningún modo consentiré en dejarte solo.” Y yo, haciendo mil esfuerzos para no insul­tarle, le dije: “Sabe, en fin, que, al sitio donde voy no puedo ir más que solo.” Y él dijo: “¡Entonces ya, comprendo! Es que tienes cita con una mujer, pues si no, me llevarías contigo. Y sin embargo, sabe que no hay en el mundo quien merezca ese honor como yo, y sabe además que podría ayudarte mucho en cuanto quisieras hacer. Pero ahora se me ocurre que acaso esa mujer sea una forastera embaucadora. Y si es así, ¡desdichado de ti si vas solo! ¡Allí perderás el alma seguramente! Porque esta ciudad de Bagdad no se presta a esa clase de citas. ¡Oh, nada de eso! Sobre todo, desde que tene­mos este nuevo gobernador, cuya severidad es tremenda para estas co­sas. Y dicen que por odio y por envi­dia castiga con tal crueldad esa clase de aventuras.”

Entonces, no pudiendo reprimir­me, exclamé violentamente: “¡Oh tú el más maldito de los verdugos! ¿Vas a acabar de una vez con esa infame manía de hablar?” Y el barbero con­sintió en callar un momento, cogió de nuevo la navaja, y por fin acabó de afeitarme la cabeza. Y a todo esto, ya hacía rato que había llegado la hora de la plegaria. Y para que el barbero se marchase, le dije: “Ve a casa de tus amigos a llevarles esos manjares y bebidas, que yo te pro­meto aguardar tu vuelta para que puedas acompañarme a esa cita.” E insistí mucho, a fin de convencer­lo. Y entonces me dijo: “Ya veo que quieres engañarme para desha­certe de mí y marcharte solo. Pero sabe que te atraerás una serie de calamidades de las que no podrás salir ni librarte. Te conjuro, pues, por interés tuyo, a que no te vayas, hasta que yo vuelva, para acompa­ñarte y saber en qué para tu aventu­ra.” Yo le dije: “Sí, pero ¡por Alah! no tardes mucho en volver.” Entonces el barbero me rogó que le ayudara a echarse a cuestas todo lo que le había regalado, y a ponerse encima de la cabeza las dos grandes, bandejas de dulces, y salió cargado de este modo. Pero apenas se vio fuera el maldito, cuando llamó a dos ganapanes, les entregó la carga, les mandó que la llevasen a su casa, y se emboscó en una calleja, ace­chando mi salida.

En cuanto a mí, apenas desapare­ció el barbero, me lavé lo más de prisa posible, me puse la mejor ropa, y salí de mi casa. E inmediatamente oí la voz de los muezines, que lla­maban a los creyentes a la oración aquel santo día viernes:

¡Bismillahi'rramani'rrahim! ¡En nom­bre de Alah, el Clemente sin límites, el Misericordioso!

¡Loor a Alah, Señor de los hombres, Clemente y Misericordiosa!

¡Supremo soberano, Arbitro absoluto el día de la Retribución!

¡A ti adoramos, tu socorro implora­mos!

¡Dirígenos par el camino recto,

Por el camino de aquellos a quienes colmaste de beneficios,

Y no por el camino de aquellos que incurrieron en tu cólera, ni de los que se han extraviado!

Al verme fuera de casa, me dirigí apresuradamente a la de la joven. Y cuando llegué a la puerta del kadí, instintivamente volví la cabeza y vi al maldito barbero a la entrada del callejón. Pero como la puerta estaba entornada, esperando que yo llegase, me precipité dentro y la cerré en seguida. Y vi en el patio a la vieja, que me guió al pisa alto, donde estaba la joven.

Pero apenas había entrado, oímos gente que venía por la calle. Era el kadí, que, con su séquito, volvía de la oración. Y vi en la esquina al barbero, que seguía aguardándome. En cuanto al kadí, me tranquilizó la joven, diciéndome que la visitaba pocas veces, y que ademas siempre se encontraría medio de ocultarme.

Pero, por mi desgracia, había dis­puesto Alah que ocurriera un inci­dente, cuyas consecuencias hubieron de serme fatales. Se dio la coinci­dencia de que precisamente aquel día una de las esclavas del kadí hubiese merecido un castigo. Y el kadí, en cuanto entró, se puso a apa­learla, y debía pegarle muy recio, porque la esclava empezó a dar ala­ridos. Y entonces uno de los negros de la casa intercedió por ella; pero, enfurecido el kadí, le dio también de palos, y el negro empezó a gritar. Y se armó tal tumulto, que alborotó toda la calle, y el maldito barbero creyó que me habían sorprendido y que era yo quien chillaba. Entonces comenzó a lamentarse, y se desgarró la ropa, se cubrió de polvo la ca­beza y pedía socorro a los transeún­tes que empezaban a reunirse a su alrededor. Y llorando decía:' “¡Aca­ban de asesinar a mi amo en la casa del kadí!” Después, siempre chillan­do, corrió a mi casa seguido de la multitud, y avisó a mis criados, que en seguida se armaron de garrotes y corrieron hacia la casa del kadí, vociferando y alentándose mutua­mente. Y llegaron todos, con el bar­bero a la cabeza. Y el barbero seguía destrozándose la ropa y gritando a voz en cuello delante de la puerta del kadí, junto adonde yo estaba.

Y cuando el kadí oyó este tumul­to, miró por una ventana y vio a todos aquellos energúmenos que gol­peaban su puerta con los palos, Entonces, juzgando que la cosa era bastante grave, bajó, abrió la puerta y preguntó: “¿Qué pasa, buena gen­te?” Y mis criados le dijeron: “¿Eres tú quien ha matado a nuestro amo?” Y él repuso: “¿Pero quién es vuestro amo, y qué ha hecho para que yo le mate?...

  En esté momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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