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《一千零一夜》連載十六           ★★★★
《一千零一夜》連載十六
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:41

 

HISIORIA DEL JOVEN COJO CON EL BARBERO DE BAGDAD

(Contada por el colo y repetida por el sastre)

“Sabed, ¡oh todos los aquí pre­sentes! que mi padre era uno de los principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Alah fui su único hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población, lle­vaba en su casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en ella me educó, y cuando llegué a la edad de hombre me dejó todas sus riquezas, puso bajo mi mando a todos sus servidores y a toda la familia, y murió en la misericordia de Alah, a quién fue a dar cuenta de la deuda de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo con holgura, poniéndome los trajes más suntuosos y comiendo los manjares más exquisitos. Pero he de deciros que Alah, Omnipotente y Gloriosísimo, había infundido en mi corazón el horror a la mujer y a todas las mujeres, de tal modo, que sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vi­vía, pues, sin ocuparme de ellas, pero muy feliz y sin desear cosa alguna.

Un día entre los días, iba yo por una de las calles de Bagdad, cuando vi venir hacia mí un grupo nume­roso de mujeres. En seguida, para librarme de ellas, emprendí rápida­mente la fuga y me metí en una calleja sin salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté a descansar.

Y cuando estaba sentado se abrió frente a mí una celosía, y aparecio en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso a regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana.

¡Oh mis señores! He de deciros que al ver á esta joven sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi corazón quedó hechi­zado y completamente cautivo, mi cabeza y mis pensamientos no se ocuparon más que de aquella joven, y todo mi pasado horror a las muje­res se transformó en un deseo abra­sador. Pero ella, en cuanto hubo regado las plantas, miró distraída­mente a la izquierda y luego a la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por com­pleto el alma del cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió a aparecer. Y yo parecía un sonámbulo o un ser que ya no pertenece a este mundo.

Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su mula, a la puerta de la casa; el kadí de la ciudad, precedido de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya ventana había yo visto a la joven, y comprendí que debía ser su padre.

Entonces volví a mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y de zozobra, y me dejé caer en el le­cho. Y en seguida se me acercaron todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron a mi alrededor y empezaron a im­portunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo fue au­mentando mi pena de día en día, que caí gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.

Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa a una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó a la cabecera del lecho y empe­zó a decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me exa­minó atentamente, pidió a mi servi­dumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me dijo: “Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito, que me des pormenores.” Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del asunto, y me contestó: “Efectivamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de Bagdad y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mu­cho a esa casa, pues soy amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que deseas más que por mi mediación. ¡Anímate, pues, y ten alientos!”

Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuparada la salud. Y al ver esto, se alegraron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba a tener con la hija del kadí de Bagdad.

Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara, compren­dí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo: “Hijo mío, no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó muy airada: “Malhadada vie­ja, si no te callas en el acto y no desistes de tus vergonzosas proposi­ciones, te mandaré castigar como mereces.” Entonces, hijo mío, ya no dije nada; pero me propongo inten­tarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos empeños, en los que soy más experta que nadie.” Después me dejó y se fue.

Pero yo volví a caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de comer y beber.

Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió a mi casa a los pocos días, y su cara resplan­decía, y me dijo sonriendo: “Vamos, hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!” Y al oírlo, sentí tal alegría que me volvió el alma al cuerpo, y dije enseguida a la anciana: “Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor benefi­cio.” Entonces ella me dijo: “Volví ayer a casa de la joven. Y cuando me vio muy triste y abatida y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: ¡Oh mísera! ¿por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?” Entonces se aumentó mi llan­to, y le dije: “¡Oh hija mía y señora! ¿no recuerdas que vine a hablarte de un joven apasionadamente pren­dado en tus encantos? Pues bien: hoy está para morirse por culpa tuya.” Y ella, con el corazón lleno de lás­tima, y muy enternecida, preguntó: “¿Pero quién es ese joven de que me hablas?” Y yo le dije: “Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vio hace algunos días, cuando estabas reganda las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó grave­mente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, a punto de rendir el último suspiro al Crea­dor. Y me temo que no haya espe­ranza de salvación para él.” A estas palabras palideció la joven, y me dijo: “¿Y todo eso es por causa mía?” Yo le contesté: “¡Por Alah, que así es! ¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos.” Y la joven: me dijo: “Ve enseguida a su casa, y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me causa mucho dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana vier­nes, antes de la plegaria, le aguar­do aquí. Que venga a casa, y ya diré a mi gente que le abran la puer­ta, y le haré subir a mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes de que mi padre vuelva de la oración.”

Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que se desvanecían todos mis pade­cimientos y descansaba mi corazón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué a la anciana que le aceptase: Y la vieja me dijo: “Ahora reanima tu corazón y ponte alegre.” Y yo le contesté: “En verdad que se acabó mi mal.” Y en efecto, mis parientes notaron bien pronto mi curación, y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis amigos.

Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar a la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me perfumé con esencia de rosas, e iba a correr a casa de la joven, cuando la anciana me dijo: “Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al hammam a tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Veras qué bien te sienta.” Y yo respondí: “Ver­daderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar a un barbero, para que me afeite la cabeza, y después podré ir a bañarme al ham­mam.

Mandé entonces a un sirviente que fuese a buscar a un barbero, y le dije, “Ve en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano ligera, pero sobretodo que sea prudente y discreto,, sobrio en palabras y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, coma hacen la mayor parte de los de su profesión. Y mi servidor salió a escape y me trajo un barbero viejo.

Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh mis señores!

Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí a su saludo de paz. Y me dijo: “¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena, zozobra, dolor y adversidad!” Y contesté: “¡Ojalá atienda Alah tus buenos deseos!” Y prosiguió: “He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡oh mi señor! y la renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de hacer ahora? ¿Afei­tarte o sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo: “El que se corta el pelo el día del viernes alcanza el favor de Alah, pues aparta de él setenta clases de calamidades.” Y el mismo Ibn-Abbas ha dicho: “Pero el que se sangra el viernes o hace que le apliquen ese mismo día ventosas escarificadas, se expone a perder la vista y corre el riesgo de coger todas las enfermeda­des.” Entonces le contesté: “¡Oh jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puede hablar ni aguardar mu­cho.”

Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que debía llevar la bacía, las navajas y las tijeras; lo abrió, y sacó, no la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astro­labios, volvió, y me dijo: “Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan a él la paz y las mejores ben­diciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la con­junción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared por siete grados y seis minutos. Y esto viene a demos­trar que el afeitarse hoy la cabeza es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una per­sona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aún podría con­tarte más casas que te han de suce­der, pero son cosas que debo ca­llarlas.”

Yo contesté: “¡Por Alah! Me aho­gas con tanto discurso y me arrancas el alma. Parece también que no sepas más que vaticinar cosas desagrada­bles. Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues, y aféitame sin más discursos.” Y el barbero replicó: “¡Por Alah! Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y mas prue­bas. De todos modos, sabe que, aun­que soy barbero; soy algo más que barbero. Pues además de ser el bar­bero más reputado de Bagdad, co­nozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los as­tros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de: los nú­meros, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pue­blos de la tierra. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh mi se­ñor! que hagas, exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias a mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias a Alah, que me ha traído a tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido mas que ser­virte un año entero sin ningún sala­rio. Pero no hay que dejar de re­conocer, a pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que me merezco esta justicia.”

A estas palabras le respondí: “Eres un verdadero asesino, que te has pro­puesto volverme loco y matarme de impaciencia.”

  En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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