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《一千零一夜》連載十三           ★★★★
《一千零一夜》連載十三
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:37:48

 

PERO CUANDO LLEGÓ LA 26a NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que el mercader prosiguió así su historia al corredor copto del Cairo, el cuál se la contaba al sultán de aquella ciudad de la China:

“Vi que se me acercaba la joven, adornada con perlas y pedrería, luminosa la cara y asesinos los ne­gros ojos. Me sonrió, me cogió entre sus brazos, y me estrechó contra ella. En seguida juntó sus labios con los míos. Y yo hice lo propio. Y ella me dijo: “¿Es cierto que te tengo aquí, o es un sueño? Yo respondí: “¡Soy tu esclavo!” Y ella dijo: “¡Hoy es un día de bendición! ¡Por Alah! ¡Ya no vivía, ni podía disfrutar comiendo y bebiendo!” Yo contesté: “Y yo igualmente.” Luego nos sen­tamos, y yo, confundido por aquel modo de recibirme, no levantaba la cabeza.

Pero pusieron el mantel y nos presentaron platos exquisitos: carnes asadas, pollos rellenos y pasteles de todas clases. Y ambos comimos hasta saciarnos, y ella me ponía lose monja­res en la boca, invitándome cada vez con dulces palabras y miradas insinuantes, Después me presentaron el jarro y la palangana de cobre, y me lavé las manos, y ella también, y nos perfumamos con agua de rosas y almizcle, y nos sentamos para departir.

Entonces ella empezó a contarme sus penas, y yo hice lo mismo. Y con esto me enamoré todavía más. Y en seguida empezamos con mimos y juegos. Pero no sería de ninguna utilidad detallarlos. Y lo demás, con sus pormenores, pertenece al mis­terio.

A la mañana siguiente me levanté, puse disimuladamente debajo de la almohada el bolsillo con los cincuen­ta dinares de oro, me despedí de la joven y me dispuse a salir. Pero ella se echó a llorar, y me dijo: “¡Oh dueño mío! ¿cuándo volveré a ver tu hermoso rostro?” Y yo le dije: “Volveré esta misma noche.”

Y al salir encontré a la puerta el borrico que me condujo la víspera; y allí estaba también el burrero espe­rándome. Monté en el burro, y llegué al khan Serur, donde hube de apear­me, y dando media dinar de oro al burrero, le dije: “Vuelve aquí al anochecer.” Y me contestó: “Tus órdenes están sobre mi cabeza.” Entré entonces en él khan y almorcé. Después salí para recoger de casa de los mercaderes el importe de mis géneros., Cobré las cantidades, regre­sé a casa, dispuse que preparasen un carnero asado, compré dulces, y lla­mé a un mandadero, al cual di las señas de la casa de la joven, pagán­dole por adelantado y ordenándole que llevara todas aquellas cosas. Y yo seguí ocupado en mis negocios hasta la noche, y cuando, vino a buscarme el burrero, cogí cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo, y salí.

Al entrar en la casa pude ver que todo lo habían limpiado, lavado el suelo, brillante la batería de cocina, preparados los candelabros, encendi­dos los faroles, prontos los manjares y escanciados los vinos y demás bebidas. Y ella, al verme, se echó en mis brazos, y acariciándome me dijo: “¡Por Alah! ¡Cuanto te deseo!” Y después nos pusimos a comer ave­llanas y nueces hasta media noche, En la mañana me levanté, puse los cincuenta dinares de oro en el sitio de costumbre, y me fui.

Monté en el borrico, me dirigí al khan, y allí estuve durmiendo. Al anochecer me levanté y dispuse que el cocinero del khan preparase la comida: un plato de arroz salteado con manteca y aderezado con nueces y almendras, y otro plato de cotufas fritas, con varias cosas más. Luego compré flores, frutas y varias clases de almendras, y las envié á casa de mi amada. Y cogiendo cincuenta dinares; de oro, los puse en un pa­ñuelo y salí. Y aquella noche me sucedió con la joven lo que estaba escrito que sucediese.

Y siguiendo de este modo, acabé par arruinarme en absoluto, y ya no poseía un dinar, ni siquiera un dracma. Entonces dije para mí que todo ello había sido obra del Cheitán. Y recité las siguientes estrofas:

¡Si la fortuna abandonase al rico, lo veréis empobrecerse y extinguirse sin gloria, como el sol que amarillea al ponerse!

Y al desaparecer, su recuerdo se borra para siempre de todas las memo­rias ¡Y si vuelve algún día, la suerte no le sonreiría nunca!

¡Ha de darle vergüenza presentarse en las calles! ¡Y a solas consigo mis­mo, derramará todas las lágrimas de sus ojos!

¡Oh, Alah! ¡El hombre nada puede esperar de sus amigos, porque si cae en la miseria, hasta sus parientes rene­garán de él!

Y no sabiendo qué hacer, domi­nado por tristes pensamientos, salí del khan para pasear un poco, y llegué a la plaza de Bain Al-Kasrain, cerca de la puerta de Zauilat. Allí vi un gentío enorme que llenaba ­toda la plaza, por ser día de fiesta y de feria. Me confundí entre la muchedumbre, y por decreto del Destino hallé a mi lado un jinete muy bien vestido. Y como la gente aumentaba, me apretujaron contra él, y precisamente mi mano sé en­contró pegada a su bolsillo; y noté que el bolsillo contenía un paquetito redondo. Entonces metí rápidamente la mano y saqué el paquetito; pero no tuve bastante destreza para que él no lo notase. Porque el jinete comprobó por la disminución de peso que le habían vaciado el bol­sillo. Volvióse iracundo, blandiendo la maza de armas, y me asestó un golpazo en la cabeza. Caí al suelo, y me rodeó un corro de personas, algunas de las cuales impidieron que se repitiera, la agresión cogiendo al caballo de la brida y diciendo al jine­te: “¿No te da vergüenza aprove­charte de las apreturas para pegar a un hombre indefenso?” Pero él dijo: “¡Sabed todos que ese indivi­duo es un ladrón!”

En aquel momento volví en mí del desmayo en que me encontraba, y oí que la gente decía: “¡No puede ser! Esté joven tiene sobrada distin­ción para dedicarse al robo:” Y todos discutían sí yo habría o no robado, y cada vez era mayor la disputa. Hube de verme al fin arrastrado, por la muchedumbre, y quizá habría podido escapar de aquel jinete, que no quería soltarme, cuando por de­creto del Destido, acertaron a pasar por allí el walí y su guardia, que atravesando la puerta de Zauilat, se aproximaron al grupo en que nos encontrábamos: Y el walí preguntó: “¿Qué es lo. que pasa?” Y contestó el jinete: ¡Por Alah! ¡Oh Emir! He aquí a un ladrón. Llevaba yo un bolsillo azul con veinte dinares de oro, y entre las apreturas ha encon­trado manera de quitármelo.” Y el walí preguntó al jinete: “¿Tienes algún testigo?” Y el jinete contestó: “No tengo ninguno.” Entonces el walí llamó al mokadem, jefe de poli­cía, y le dijo: “Apodérate de ese hombre y regístralo,”-Y el mokaden me echó mano, porque ya no me protegía Alah, y me despojó de toda la ropa, acabando por en­contrar el bolsillo, que era efectiva­mente de seda azul. El walí lo cogió y contó el dinero, resultando que contenía exactamente los veinte di­nares de oro, según el jinete había afirmado.

Entonces el walí llamó a sus guar­dias, y les dijo: -Traed acá a ese hombre.” Y me pusieron en sus manos, y me dijo: “Es necesario declarar la verdad. Dime si confie­sas haber robado este bolsillo.” Y yo, avergonzado, bajé la cabeza y reflexioné un momento, diciendo entr mí: “Si digo que no he sido yo, o me creerán, pues acaban de encontrarme el bolsillo encima, y si digo que lo he robado me pierdo.” Pero acabé por decidirme, y contes­té: “Sí, lo he robado.”

Al vermé quedó sorprendido el walí, y llamó a los testigos, para que oyesen mis palabras, mandan­dome que las repitiese ante ellos. Y ocurría todo aquello en la Bab-­Zauilat.

`El walí mandó entonces al porta­alfanje que me cortase la mano, según la ley contra los ladrones. Y el portaalfanje me cortó inmedia­tamente la mano derecha. Y el jinete se compadeció de mí e intercedió con el walí para que no me cortasen la otra mano. Y el walí le concedió esa gracia y se alejó. Y la gente me tuvo lástima, y me dieron un vaso de vino para infundirme alientos, pues había perdido mucha sangre, y me hallaba muy débil. En cuanto al jinete, se acercó a mí, me alargó el bolsillo y me lo puso en la mano, diciendo: “Eres un joven bien edu­cado y no se hizo para ti el oficio de ladrón:” Y dicho esto se alejó, después de haberme obligado a acep­tar el bolsillo. Y yo me marché también, envolviéndome el brazo con un pañuelo y tapándolo con la man­ga del ropón. Y me había quedado muy pálido y muy triste a conse­cuencia de lo ocurrido.

Sin darme cuenta, me fui hacia la casa de mi amiga. Y al llegar, me tendí extenuado en el lecho Pero ella, al ver mi palidez y mi decai­miento, me dijo: “¿Qué te pasa? ¿Cómo estás tan pálido?” Y yo contesté: “Me duele mucho la cabe­za; no me encuentro bien.” Entonces, muy entristecida, me dijo; “¡Oh dueño mío, no me abrases el cora­zón! Levanta un poco la cabeza hacia mí, te lo ruego, ¡ojo de mi vida! y dime lo que te ha ocurrido. 'Por­que adivino en tu rostro muchas cosas.” Pero yo le dije: “¡Por favor! Ahórrame la pena de contestarte.” Y ella, echándose a llorar, replicó: “¡Ya veo que te cansaste de mí, pues no estás conmigo, como de cos­tumbre!” Y derramó abundantes lá­grimas mezcladas con suspiros, y de cuando en cuando interrumpía sus lamentos para dirigirme preguntas, que quedaban sin respuesta; y así estuvimos hasta la noche. Entonces nos trajeron de comer y nos presen­taron los manjares, como solían. Pero yo me guardé bien de aceptar, pues me habría avergonzado coger los alimentos con la mano izquierda, y temía que me preguntase el moti­vo de ello. Y por tanto, exclamé: “No tengo ningún apetito ahora.” Y ella dijo: “Ya ves como tenía razón. Entérame de lo que te ha pasado, y por qué estás tan afligido y con luto en el alma y en el corazón.” Entonces acabé por decirle: “Te lo contaré todo, pero poco a poco, por partes.” Y ella, alargándome una copa de vino, repuso: “¡Vamos, hijo mío! Déjate de pensamientos tristes. Con esto se cura la melancolía. Bebe este vino, y confíame la causa de tus penas.” Y yo le dije: “Si te empeñas, dame tú misma de beber con tu mano.” Y ella acercó la copa a mis labios, inclinándola con suavidad, y me dio de beber. Des­pues la llenó de nuevo, y me la acercó otra vez. Hice un esfuerzo, tendí la mano izquierda y cogí la copa. Pero no pude contener las lágrimas y rompí a llorar.

Y cuando ella me vio llorar, tam­poco pudo contenerse, me cogió la cabeza con ambas manos, y dijo., ¡Oh, por favor! ¡Dime el motivo de tu llanto! ¡Me estás abrasando el corazón! ¡Dime también por qué tomaste la copa con la mano izquier­da.” Y yo le contesté: “Tengo un tumor en la derecha.” Y ella replicó: “Enséñamelo; lo sajaremos, y te ali­viarás.” Y yo respondí: “No es el momento oportuno para tal opera­ción. No insistas, porque estoy resuel­to a no sacar la mano.” Vacié por completo la copa, y seguí bebiendo cada vez que ella me la ofrecía, hasta que me poseyó la embriaguez, madre del olvido. Y tendiéndome en el misma sitio en que me hallaba, me dormí.

Al día siguiente, cuando me des­perté, vi que me había preparado el almuerzo: cuatro pollos cocidos, caldo de gallina y vino abundante. De todo me ofreció, y comí y bebí, y después quise despedirme y mar­charme. Pero ella me dijo: “¡Adón­de piensas ir?” Y yo contesté: “A cualquier sitio en que pueda dis­traerme y olvidar las penas que me oprimen el corazón.” Y ella me dijo: “¡Oh, no te vayas! ¡Quédate un poco más!” Y yo me senté, y ella me dirigió una intensa mirada, y me di­jo: “Ojo de mi vida, ¿qué locura te aqueja? Por mi amor te has arrui­nado. Además, adivino que tengo también la_ culpa de que hayas per­dido la mano derecha. Tu sueño me ha hecho descubrir tu desgracia. Pero ¡por Alah! jamás me separaré de ti. Y quiero casarme contigo le­galmente.”

Y mandó llamar a los testigos, y les dijo: “Sed testigos de mi casa­miento con este joven. Vais a redac­tar el contrato de matrimonio, ha­ciendo constar que me ha entregado la dote.”

Y los testigos redactaron nuestro contrato de matrimonio. Y ella les dijo: “Sed testigos asimismo de que todas las riquezas que me pertene­cen, y que están en esa arca que veis, así como cuanto poseo, es desde ahora propiedad de este joven. Y los testigos lo hicieron constar, y le­vantaron acta de su declaración, así como de que yo aceptaba, y se fue­ron después de haber cobrado sus honorarios.

Entonces la joven me cogió de la mano, y me llevó frente a un arma­rio, lo abrió y me enseñó un gran cajón, que abrió también y me dijo: “Mira lo que hay en esa caja.” Y al examinarla, vi que estaba llena de pañuelos, cada uno de los cuales formaba un paquetito. Y me dijo: “Todo esto son los bienes que durante el transcurso del tiempo fui acep­tando de ti. Cada vez que me dabas un pañuelo con cincuenta dinares de oro, tenía yo buen cuidado de guar­darlo muy oculto en esa caja. Ahora recobra lo tuyo. Alah te lo tenía reservado y lo había escrito en tu Destino. Hoy te protege Alah, y me eligió para realizar lo que él había escrito. Pero por causa mía perdiste la mano derecha, y no puedo corres­ponder como es debido a tu amor ni a tu adhesión a mi persona, pues no bastaría aunque para ello sacri­ficase mi alma.” Y añadió: “Toma posesión de tus bienes.” Y yo mandé fabricar una nueva caja, en la cual metí uno por uno los paquetes que iba sacando del armario de la joven.

Me levanté entonces y la estreché en mis brazos. Y siguió diciéndome las palabras más gratas y lamentando lo poco que podía hacer por mí en comparación de lo que yo había hecho por ella. Después, queriendo colmar cuanto había hecho, se levan­tó e inscribió a mi nombre todas las alhajas y ropas de lujo que po­seía, así como sus valores, terrenos y fincas, certificándolo con su sello y ante testigos.

Y aquella noche, se durmió muy entristecida por la desgracia que me había ocurrido por su causa.

Y desde aquel momento no dejó de lamentame y afligirse de tal modo, que al cabo de un mes se apoderó de ella un decaimiento, que se fue acentuando y se agravó, hasta el punto de que murió a los cincuenta días.

Entonces dispuse todos los prepa­rativos de los funerales, y yo mismo la deposité en la sepultura y mandé verificar cuantas ceremonias prece­den al entierro. Al regresar del ce­menterio entré en la casa y examiné todos sus legados y donaciones, y vi que entre otras cosas me había dejado grandes almacenes llenos de sésamo. Precisamente de este sésamo cuya venta te encargué, ¡oh mi se­ñor! por lo cual te aviniste a acep­tar un escaso corretaje, muy inferior a tus méritos.

Y esos viajes que he realizado y que te asombraban eran indispensa­bles para liquidar cuanto ella me ha dejado, y ahora mismo acabo de cobrar todo el dinero y arreglar otras cosas.

Te ruego, pues, que no rechaces la gratificación que quiero ofrecerte, ¡oh tú que me das hospitalidad en tu casa y me invitas a compartir tus manjares! Me harás un favor acep­tando todo el dinero que has guar­dado y que cobraste por la venta del sésamo.

Y tales mi historia y la causa de que coma siempre con la mano iz­quierda.”

Entonces, yo, ¡oh poderoso rey! dije, al joven: “En verdad que me colmas de favores y beneficios” Y me contestó: “Eso no vale nada. ¿Quieres ahora, ¡oh excelente corre­dor! acompañarme a mi tierra, que, como sabes, es Bagdad? Acabo de hacer importantes compras de géne­ros en El Cairo, y pienso venderlos con mucha ganancia en Bagdad: ¿Quieres ser mi compañero de viaje y mi socio en las ganancias?” Y contesté: “Pongo tus deseos sobre mis ojos.” Y determinamos partir a fin del mes.

Mientras tanto, me ocupé en ven­der sin pérdida ninguna todo lo que poseía, y con el dinero que aquello me produjo compré también muchos géneros. Y partí con el joven hacia Bagdad; y desde allí después de obtener ganancias cuantiosas y com­prar otras mercancías, nos encami­namos a este país que gobiernas, ¡oh rey de los siglos!

Y el joven vendió aquí todos sus géneros y ha marchado de nuevo a Egipto, y me disponía a reunirme con él, cuando me ha ocurrido esta aventura con el jorobado, debida a mi desconocimiento del país, pues soy un extranjero , que viaja para realizar sus negocios.

Tal es, ¡oh rey de los siglos! la historia, que juzgo más extraordina­ria que la del jorobado.”

Pero el rey, contestó: “Pues a mi no me lo parece. Y voy a mandar que os ahorquen a todos, para que paguéis el crimen cometido en la persona de mi bufón, este pobre jorobado a quien matasteis.”

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana; y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 27a NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­timado! que cuando el rey de la China dijo: “Voy a mandar que os ahorquen a todos”, el intendente dio un paso, prosternándose ante el rey, y dijo: “Si me lo perinítes, te contaré una historia que ha ocurrido hace pocos días, y, que es más sorprendente y maravillosa que la del jorobado. Si así lo crees después de haberla oído, nos indultarás a todos.” El rey de la China dijo: “¡Así sea!” Y el intendente contó lo que sigue:

RELATO DEL INTENDENTE DEL REY DE LA CHINA

“Sabe, ¡oh rey de los siglos y del tiempo! que la noche última me con­vidáron, a una comida de boda, a la cual asistían los sabios versados en el libro de la Nobleza. Termi­nada la lectura del Corán, se tendió el mantel, se colocaron los manjares y se trajo todo lo necesario para el festín. Pero entre otros comestibles, había un plato de arroz preparado con ajos que se llama rozbaja, y que es delicioso si está en su punto el arroz y se han dosificado bien los ajos y especias que lo sazonan. Todos empezamos a comerlo con gran ape­tito excepto uno de los convidados, que se negó rotundamente a tocar este plato de rozbaja. Y como le instábamos a que lo probase, juró que no haría tal cosa. Entonces re­petimos nuestro ruego, pero él nos dijo: “Por favor, no me apremiéis de ese modo. Bastante lo pagué una vez que tuve la desgracia de pro­barlo.” Y recitó esta, estrofa:

¡Si no quieres tratarte con el que fue tu amigo y deseas evitar su saludo, no pierdas el tiempo en inventar estra­tagemas: huye de él!

Entonces no quisimos insistir más. Pero le preguntamos: “¡Por Alah! ¿Cual es la causa que te impide pro­bar este delicioso plato de rozbaja?” Y contestó: “He jurado no comer rozbaja sin haberme lavado las ma­nos cuarenta veces seguidas con sosa, otras cuarenta con potasa y otras cuarenta con jabón, o sean ciento veinte veces.”

Y el dueño de la casa mandó a los criados que trajesen inmediata­mente agua y las demás cosas que había pedido el convidado. Y después de lavarse se sentó de nuevo el con­vidado, y aunque no muy a gusto, tendió la mano hacia el plato en que todas comíamos, y trémulo y vaci­lante empezó a comer. Mucho nos sorprendió aquello, pero más nos sor­prendió cuando al mirar su mano vimos que sólo tenía cuatro dedos, pues carecía del pulgar. Y el convi­dado no comía más que con cuatro dedos. Entonces le dijimos: “¡Por Alah sobre ti! Dinos por qué no tienes pulgar. ¿Es una deformidad de nacimiento, obra de Alah, o has sido víctima de algún accidente?”

Y entonces contestó: “Hermanos, aún no lo habéis visto todo. No me falta un pulgar, sino los dos, pues tampoco le tengo en la mano izquier­da. Y además, en cada pie me falta otro dedo. Ahora lo vais a ver.” Y nos enseñó la otra mano, y descubrió ambos pies, y vimos que efectiva­mente, no tenía más que cuatro dedos en cada uno. Entonces aumen­tó, nuestro asombro, y le dijimos: “Hemos llegado al límite de la impa­ciencia, y deseamos averiguar la cau­sa de que perdieras los dos pulgares y esos otros dos dedos de los pies, así como el motivo de que te hayas lavado las manos ciento veinte veces seguidas.” Entonces nos refirió lo siguiente:

“Sabed, ¡oh todos vosotros! que mi padre era un mercader entre los grandes mercaderes, el principal de los mercaderes de la ciudad de Bag­dad en tiempo del califa Harún Al-­Ráchid, Y eran sus delicias el vino en las copas, los perfumes de las flores, las flores en su tallo, cantoras y danzarinas, los ojos negros y las propietarias de estos ojos. Así es que cuando murió no me dejó dinero, porque todo lo había gastado. Pero como, era mi padre, le hice un entie­rro según su rango, di festines fúne­bres en honor suyo, y le llevé luto días y noches. Después fui a la tienda que había sido suya, la abrí, y no hallé nada que tuviese valor; al con­trario, supe que dejaba muchas deu­das. Entonces fui a buscar a los acreedores de mi padre, rogándoles que tuviesen paciencia, y los tranqui­licé lo mejor que pude. Después me puse a vender y comprar, y a pagar las deudas, semana por semana, con­forme a mis ganancias. Y no dejé de proceder del mismo modo hasta que pagué todas las deudas y acrecenté mi capital primitivo con mis legíti­mas ganancias.

Pero un día que estaba yo sentado en mi tienda, vi avanzar montada en una mula torda, un milagro entre los milagros, una joven deslumbran­te de hermosura. Delante de ella iba un eunuco y otro detrás. Paró la mula, y a la entrada del zoco se apeó, y penetró en el mercado, seguida de uno de los dos eunucos. Y éste le dijo: “¡Oh mi señora! Por favor, no te dejes ver de los- transeúntes. Vas a atraer contra nootros alguna calamidad. Vámonos de aquí.” Y el eunuco quiso llevársela. Pero ella no hizo caso de sus palabras, y estu­vo examinando todas las tiendas del zoco, una tras otra, sin que viera ninguna más lujosa ni mejor presen­tada que la mía. Entonces se dirigió hacia mí, siempre seguida por el eunuco, se sentó en mi tienda y me deseo la paz. Y en mi vida había oído voz más suave ni palabras mas deliciosas. Y la miré, y sólo con verla me sentí turbadísimo, con el corazón arrebatado. Y no pude apartar mis miradas de su semblante, y recité estas dos estrofas:

¡Di a la hermosa del velo suave, tan suave como el ala de un palomo!

¡Dile que al pensar en lo que padez­co, creo que la muerte me aliviaría!

¡Dile que sea buena un poco nada mas! ¡Por ella, para acercarme a sus alas, he renunciado a mi tranquilidad!

Cuando oyó mis versos, me corres­pondió con los siguientes:

¡He gastado mi corazón amándote! ¡Y este corazón rechaza otros amores!

¡Y si mis ojos viesen alguna vez otra beldad, ya no podrían alegrarse!

¡Juré no arrancar nunca tu amor de mi corazón! ¡Y sin embargo, mi cora­zón está triste y sediento de tu amor!

¡He bebido en una capa en la cual encontré el amor puro! ¿Por qué no han humedecido tus labios esa copa en que encontré el amor?...

Después me dijo: “¡Oh joven mer­cader! ¿tienes telas buenas que ense­ñarme?” A lo cual contesté: “¡Oh mi señora!' Tu esclavo es un pobre mercader, y no posee nada digno de ti. Ten, pues, paciencia, porque como todavía es muy temprano, aún no han abierto las tiendas los demás mercaderes. Y en cuanto abran, iré a comprarles yo mismo los géneros que buscas.” Luego estuve conver­sando con ella, sintiéndome cada vez más enamorado.

Pero cuando los mercaderes abrie­ron sus establecimientos, me levanté y salí a comprar lo que me había encargado, y el total de las compras, que tomé por mi cuenta, ascendía a cinco mil dracmas. Y todo se lo entregué al eunuco. Y enseguida la joven partió con él, dirigiéndose al sitió donde la esperaba el otro escla­vo con la mula. Y yo entré en mi casa embriagado de amor. Me traje­ron la comida y no pude comer, pensando siempre en la hermosa jo­ven. Y cuando quise dormir huyó de mí el sueño.

De este modo transcurrió una semana, y los mercaderes me recla­maron el dinero; pero como no volví a saber de la joven, les rogué que tuviesen un poco de paciencia, pi­diéndoles otra semana de plazo. Y ellos se avinieron. Y efectivamente, al cabo de la semana vi llegar a la jo­ven montada en su mula y acompa­ñada por un servidor y los dos eunu­cos. Y la joven me saludó y me dijo: “¡Oh mi señor! Perdóname que haya­mos tardado tanto en pagarte. Pero ahí tienes el dinero. Manda venir a un cambista, para que vea estas monedas de oro.” Mandé llamar al cambista, y en seguida uno de los eunucos le entregó el dinero, lo exa­minó y lo encontró de ley. Entonces tomé el dinero, y estuve hablando con la joven hasta que se abrió el zoco y llegaron los mercaderes a sus tiendas. Y ella me dijo: “Ahora necesito estas y aquellas cosas. Ve a comprármelas.” Y compré por mi cuenta cuanto me había encargado, entregándoselo todo. Y ella lo tomó, como la primera vez, y se fue en seguida. Y cuando la vi alejarse, dije para mí: “No entiendo esta amistad que me tiene. Me trae cua­trocientos dinares y se lleva géneros que valen mil. Y se marcha sin decirme siquiera dónde vive. ¡Pero solamente Alah sabe lo que se oculta en un corazón!”

Y así transcurrió todo un mes, cada día más atormentado mi espí­ritu por esas , reflexiones. Y los mercaderes vinieron a reclamarme su dinero en forma tan apremiante, que para tranquilizarlos hube de decirles que iba a vender mi tienda con todos los géneros, y mi casa y todos mis bienes. Me hallé, pues, próximo a la ruina, y estaba muy afligido, cuando vi a la joven que entraba en el zoco y se dirigía a mi tienda. Y al verla se desvanecie­ron todas mis zozobras, y hasta olvidé la triste situación en que me encontraba durante su ausencia. Y ella se me acercó, y con su voz llena de dulzura me dijo: “Saca la balanza, para pesar el dinero que te traigo.” Y me dio, en efecto, cuanto me debía y algo más, en pago de las compras que para ella había hecho.

En seguida se sentó a mi lado y me habló con gran afabilidad, y yo desfallecía de ventura. Y acabó por decirme: “¿Eres soltero o tienes espo­sa?” Y yo dije: “¡Por Alah! No tengo ni mujer legítima ni concubi­na.” Y al decirlo, me eché a llorar. Entonces ella me preguntó: “¿Por qué lloras?” Y yo respondí: “Por nada; es que me ha pasado una cosa por la mente.” Luego me acerqué a su criado, le di algunos dinares de oro y le rogué que sirviese de mediador entre ella y mi persona para lo que yo deseaba. Y él se echó a reír, y me dijo: “Sabe que mi señora está enamorada de ti. Pues ninguna necesidad tenía de comprar telas, y sólo las ha comprado para poder hablar contigo y darte a cono­cer su pasión. Puedes, por tanto, dirigirte a ella, seguro de que no te reñirá ni ha de contrariarte.”

Y cuando ella iba a despedirse, me vio entregar el dinero al servidor que la acompañaba. Y entonces vol­vio a sentarse y me sonrió. Y yo le dije: “Otorga a tu esclavo la merced que desea solicitar de ti y perdónale anticipadamente lo que va a decirte.” Después le hablé de lo que tenía en mi corazón. Y vi que. le agradaba, pues me dijo: “Este esclavo te traerá mi respuesta y te señalará mi volun­tad. Haz cuanto te diga que hagas.” Después se levantó y se fue.

Entonces fui a entregar a los mer­caderes su dinero con los intereses que les correspondían. En cuanto a mí, desde el instante que dejé de verla perdí todo mi sueño durante todas mis noches. Pero en fin, pasa­dos algunos días, vi llegar al esclavo y lo recibí con solicitud y generosi­dad, rogándole que me diese noticias. Y él me dijo: “Ha estado enferma estos días;” Y yo insistí: “Dame al­gunos pormenores acerca de ella.” Y él respondió: “Esta joven ha sido educada por nuestra ama Zobeida, esposa favorita de Harun Al-Rachid, y ha entrado en su servidumbre. Y nuestra ama Zobeida la quiere como si fuese hija suya, y no la niega nada. Pero el otro día le pidió permiso para salir, diciéndole: “Mi alma desea pasearse un poco y volver en seguida a palacio.” Y se le concedió el permiso. Y desde aquel día no dejó de salir y de volver a palacio, con tal frecuencia, que acabó por ser peritísima en compras, y se con­virtió en la proveedora de nuestra ama Zobeida. Entonces te vio, y le habló de ti a nuestra ama, rogándole que la casase contigo. Y nuestra ama le contestó: “Nada puedo decirte sin conocer a ese joven. Si me convenzo de que te iguala en cualidades, te uniré con él.” Pero ahora vengo a decirte que nuestro propósito es que entres en palacio. Y si logramos hacerte entrar sin que nadie se entere puedes estar seguro de casarte, pero si se descubre te cortarán la cabeza. ¿Qué dices a esto?” Yo respondí: “Que iré contigo.” Entonces me dijo: “Apenas llegue la noche, dirígete a la mezquita que Sett-Zobeida ha man­dado edificar junto al Tigris. Entra, haz tu oración, y aguárdame.” Y yo respondí: “Obedezco, amo, y honro.”

Y cuando vino la noche fui a la mezquita, entré, me puse a rezar, y pasé allí toda la noche. Pero al amanecer vi, por una de las ventanas que dan al río, que llegaban en una barca unos esclavos llevando dos cajas vacías. Las metieron en la mez­quita y se volvieron a su barca. Pero una de ellos, que se había que­dado detrás de los otros, era el que me había servido de mediador. Y a los pocos momentos vi llegar a la mezquita a mi amada, la dama de­ Sett-Zobeida. Y corrí a su encuentro, queriendo estrecharla entre mis bra­zos. Pero ella huyó hacia donde estaban las cajas vacías e hizo una seña al eunuco, que me cogió, y antes de que pudiese defenderme me encerró en una de aquellas cajas. Y en el tiempo que se tarda en abrir un ojo y cerrar el otro, me llevaron al palacio del califa. Y me sacaron de la caja. Y me entregaron trajes y efectos que valdrían­ lo menos cincuenta mil dracmas. Después vi a otras veinte esclavas blancas. Y en medio de ellas estaba Sett-Zobeida, que no podía moverse de tantos esplendores como llevaba.

Y las damas formaban dos filas frente a la sultana. Yo di un paso y besé la tierra entre sus manos. Entonces me hizo seña de que me sentase, y me senté entre sus manos. En seguida me interrogó acerca de mis negocios, mi parentela y mi lina­je, contestándole yo a cuanto me preguntaba. Y pareció muy satisfe­cha, y dijo: “¡Alah! ¡Ya veo que no he perdido el tiempo criando a esta joven, pues le encuentro un es­poso cual éste!” Y añadió: “¡Sabe que la considero como si fuese mi propia hija, y será para ti una esposa sumisa y dulce ante Alah y ante ti!” Y entonces me incliné, besé la tie­rra y consentí en casarme.

Y Sett-Zobeida me invitó a pasar en el palacio diez días. Y allí perma­necí estos diez días, pero sin saber nada de la joven. Y eran otras jóve­nes las que me traían el almuerzo y la comida y servían a la mesa.

Transcurrido el plazo indispensable para los preparativos de la boda, Sett-Zobeida rogó al Emir de los Creyentes el permiso para la boda. Y el califa, después de dar su venia, regaló a la joven diez mil dinares de oro. Y Sett-Zobeida mandó a buscar al kadí y a los testigos, que escribieron el contrato de matrímo­nio. Después empezó la fiesta Se prepararon dulces de todas clases y los manjares de costumbre. Comi­mos, bebimos y se repartieron platos de comida por toda la ciudad, du­rando el festín diez días completos. Después llevaron a la joven al ham­mam para prepararla, según es uso.

Y durante este tiempo se puso la mesa para mí y mis convidados, se trajeron platos exquisitos, y entre otras cosas, en medio de pollos asa­dos, pasteles de todas clases, rellenos deliciosos y dulces perfumados con almizcle y agua de rosas, había un plato de rozbaja capaz de volver loco al espíritu más equilibrado. Y yo, ¡por Alah! en cuanto me senté a la mesa, no pude menos de preci­pitarme sobre este plato, de rozbaja y hartarme de él. Después me seque las manos.

Y así estuve, tranquilo hasta la noche. Pero se encendieron las antor­chas y llegaron las cantoras y tañe­doras de instrumentos. Después se procedió a vestir a la desposada. Y la vistieron siete veces con trajes diferentes, en medio de los cantos y del sonar de los instrumentos. En cuanto al palacio, estaba lleno com­pletamente por una muchedumbre de convidados. Y yo, cuando hubo terminado la ceremonia, entré en el aposento reservado, y me trajeron a la novia, procediendo su servidum­bre a despojarla de todos los vestí­dos, retirándose después.

La cogí entre mis brazos; y tal era mi ventura, que me parecía men­tira el poseerla. Pero en este mo­mento notó el olor de mi mano con la cual había comido la rozbaja; y apenas lo notó lanzó un agudo chí­llido.

Inmediatamente acudieron por to­das partes las damas de palacio, mientras que yo, trémulo de emoción, no me daba cuenta de la causa de todo aquello. Y le dijeron: “¡Oh hermana nuestra! ¿qué te ocurre?” Y ella contestó: “¡Por Alah sobre vosotras! ¡Libradme al instante de este estúpido, al cual creí hombre de buenas. maneras!” Y yo le, pre­gunté; “¿por qué me juzgas estúpi­do o loco?” Y ella dijo: “¡Insensato! ¡Ya no te quiero, por tu poco juicio y tu mala acción!” Y cogió un látigo que estaba cerca de ella, y me azo­tó con tan fuertes golpes; que perdí el conocimiento. Entonos ella se detuvo, y dijo a las doncellas:- “Co­gedlo y llevádselo al gobernador de la ciudad, para que le corten la mano con que comió los ajos.” Pero ya había yo recobrado el conocimiento; y al oír aquellas palabras, exclamé: ¡No hay poder y fuerza más que en Alah Todopoderoso! ¿Pero por haber comido ajos me han de cortar una mano? ¿Quién ha visto nunca semejante cosa?” Entonces las don­sellas empezaron a interceder en mi favor, y le dijeron: “¡Oh hermana, no le castigues esta vez! ¡Concédenos la gracia de perdonarle!” En­ronces ella dijo: “Os concedo lo que pedís; no le cortarán la mano; pero de todos modos algo he de cortar­le de sus extremidades.” Después se fue y me dejó solo.

En cuanto a mí, estuve diez días completamente solo y sin verla. Pero pasados los diez días, vino a bus­carme y me dijo: “¡Oh tú, el de la cara ennegrecida! ¿Tan poca cosa soy para ti, que comiste ajo la noche de la boda?” Después llamó a sus siervas y les dijo: “¡Atadle los bra­zos y las piernas!” Y entonces me ataron los brazos y las piernas, y ella cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y me cortó los dos pulgares de las manos y los dedos gordos de ambos pies. Y por eso, ¡oh todos vosotros! me veis sin pul­gares en las manos y en los pies.

En cuanto a mí, caí desmayado. Entonces ella echó en mis heridas polvos de una raíz aromática, y así restañó la sangre. Y yo dije, primero entre mí y luego en alta voz: “¡No volveré a comer rozbaja sin lavarme después las manos cuarenta veces con potasa, cuarenta con sosa y cua­renta con jabón!”' Y al oírme, me hizo jurar que cumpliría esta prome­sa, y que no comería rozbaja sin cumplir con exactitud lo que acababa de decir.

Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos a comer de ese plato de rozbaja que hay, en la mesa, he palidecido y me he dicho: “He aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares.” Y al empeñaros en que la comiera, me vi obligado por mi juramento a hacer lo que visteis.”

Entonces, ¡oh rey de los siglos! -dijo el intendente continuando la historia, mientras los demás circuns­tantes estaban escuchando- pregun­té al joven mercader de Bagdad: “¿Y qué te ocurrió luego con tu esposa?” Y él me contestó:

“Cuando hice aquel, juramento ante ella, se tranquilizó su corazón, y acabó por perdonarme. Y ¡por Alah! recuperé bien el tiempo per­dido y olvidé mis pesares. Y perma­necimos unidos largo tiempo de aquel modo. Después ella me dijo: “Has de saber que nadie de la corte del califa sabe lo que ha pasado entre nosotros. Eres el único que logró introducirse en este palacio. Y has entrado gracias al apoyo de El-Sayedat Zobeida.” Después me entregó diez mil dinares de oro, dicién­dome; `Toma éste dinero y ve a comprar una buena casa en que podamos vivir los dos.”

Entonces salí, y compré una casa magnífica. Y allí transporté las rique­zas de mi esposa y cuantos regalos le habían hecho, los objetos precio­sos, telas, muebles y demás cosas bellas. Y todo lo puse en aquella casa que había comprado. Y vivimos juntos hasta el límite de los placeres y de la expansión.

Pero al cabo de un año, por volun­tad de Alah, murió mi mujer. Y no busqué otra esposa, pues quise viajar. Salí entonces de Bagdad, después de haber vendido todos mis bienes, y cogí todo mi dinero y emprendí el viaje, hasta que llegué a esta ciudad.” Y tal es, ¡oh rey del tiempo! -prosiguió el intendente- la histo­ria qué une refirió el joven mercader de Bagdad. Entonces todos los invi­tados seguimos comiendo, y después nos fuimos.

Pero al salir me ocurrió la aven­tura con el jorobado. Y entonces sucedió lo que sucedió.

Esta es la historia. Estoy conven­cido de que es mas sorprendente que nuestra aventura con el jorobado. ¡Uasalám!”,

Entonces dijo el rey de la China: “Pues te equivocas. No es más mara­villosa que la aventura del jorobado. Porqué la aventura del jorobado es mucho más sorprendente. Y por eso van a crucificaros a todos, desde el primero hasta el último.”

Pero en esté momento avanzó el médico judío, besó la tierra entre las manos del sultán, y dijo: “¡Oh rey del tiempo! Te voy a contar una historia que es seguramente más extraordinaria que todo cuanto oíste, y que la misma aventura del joro­bado.”

  Entonces dijo el rey de la China: “Cuéntala pronto, porque no puedo aguardar más.”
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