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《一千零一夜》連載二十四           ★★★★
《一千零一夜》連載二十四
作者:未知 文章來源:互聯網 點擊數: 更新時間:2007-09-10 14:23:57

 

PERU CUANDO LLEGÓ LA 41a NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! Que él califa acudió todos los días a la tumba de su favorita durante un mes. Y el último día duraron las oraciones y la lectura del Córán desde la aurora hasta la aurora siguiente. Y éntonces cada cual pudo regresar a su casa. Y el califa, rendido por la fatiga y el do­lor, regresó a palacio, y no quizo ver a nadie, ní siquiera a su visir Giafar, ni a su esposa Zobeida. Y de pronto cayó en un sueño pro­fundo, velándole dos esclavas. Una de ellas estaba junto a la cabeza del califa y la otra a sus pies. Pasada una hora, cuando el sueño del califa ya no fue tan profundo, oyó a la esclava que estaba junto a su cabeza decir a la que estaba a sus pies: “¡Qué desdicha, amiga Subhia!” Y Subhia contestó: “¿Pero qué ocurre, ¡oh hermana Nozha!?” Y Nozha di­jo: “Nuestro amo debe ignorar todo lo ocurrido, cuando pasa las noches junto a una tumba donde solo hay un pedazo de madera, un maniquí fabricado por un artífice.” Y Subhia dijo: “Pues entonces, ¿qué ha sido de Kuat Al-Kulub? ¿Qué desgracia cayó sobre ella?” Nozha respondió: “Sabe, ¡ah Subhia! que me lo ha contado todo la esclava preferida de nuestra ama Zabeida. Por su encargo le dio banj a Kuat Al-Kulub, que se durmió inmediatamente, y entonces nuestra ama Zobeida la me­tió en un cajón, y la entregó, a los eunucos Sauat, Kafur y Bakhita para que lo enterrasen en un hoyo.” y Subhia, llenos de lágrimas los ojos; exclamó: “¡Oh Nozha! ¿Y nuestra dulce ama Kuat Al-Kulub habrá muerto de manera tan horrible?” Nozha contestó: “¡Alah preserve de la muerte a su juventud! Pero no ha muerto, pues Zobeida ha dicho a su esclava: “He averiguado que Kuat Al-Kulub ha podido escaparse, y que está en casa de un joven mer­cader de Damasco, llamado Ghanem ben-Ayub, hace ya cuatro meses.” Comprenderás, ¡oh Subhia! cuán dés­graciado es nuestra señor al ignorar que vive su favorita, mientras sigue velando todas las noches junto a una tumba que no hay ningún cadaver. Y las dos esclavas continuaron hablando durante algún tiempo, y el califa oía sus palabras.

Y cuando acabaron de hablar ya no le quedaba nada que saber al cali­fa. Y se incorporó súbitamente dando tal gritó, que las esclavas huyeran aterradas: Y sentía una ira espan­tosa al pensar que su favorita llevaba cuatro meses en casa del joven lla­modo Ghanem ben-Ayub. Y se le­vantó, y mandó llamar a los emires y notables, así como a su visir Giafar al Barmaki, que llegó apresurada­mente y besó la tierra entre sus ma­nos. Y el califa le dijo: “¡Oh Giafar! averigua dónde vive un jovea mercader llamado Ghanem ben-­Ayub: Asalta su casa con mis guar­dias y me traes a mi favorita Kuat Al-Kulub, y también a ese insolente mancebo, para castigarle.” Y Giafar contestó: “Escucho y obedezco:” Y salió con una compañía de guardias, acompañándole el walí con sus dependientes, y todos juntos no deja­rón de hacer pesquisas, hasta descu­brir la casa de Ghanem ben-Ayub.

En aquel momento, Ghanem aca­baba de regresar del zoco, y estaba sentado junto a Kuat Al-Kulub, teniendo delante un hermoso carne­ro asado y relleno de manjares. Y lo estaban comiendo con mucho ape­tito. Pero al air el ruido que armaban los de fuera, Kuat Al-Kulub miró por la ventana, y emprendió la desdicha que se cernía sobre ellos, pues la casa estaba cercada por los guardias, el porta-alfanje, los mamalik y los jefes de la tropa, y vio a su cabeza al visir Giafar y al walí de la ciudad. Y todos daban vueltas alrededor de la casa como lo negro de los ojos da vueltas alrededor de los párpados. Y adivinó que el califa lo había averiguado todo, y que esta­ría celosísimo de Ghanem, que desde haría cuatro meses la tenía en su casa. Y al pensar estas cosas, se contrajeron sus hermosas facciones, palideció de terror, Y dijo a Ghanem “¡Oh querido mío! Ante todo piense en tu salvación. Levántate y escapa:” Y Ghanem contestó: “¡Alma mía! ¿Cómo voy a salir si está la casa cercada de enemigos?” Pero ella le vistió con un ropón viejo y roto que le llegaba a las rodillas, cogió una marmita de las de llevar carne, y se la puso en la cabeza. Colocó en la marmita pedazos de pan y unos tazones con las sobras de la comida, y le dijo: “Sal sin ningún temor pues creerán que eres el criaado del fondista, y nadie te hará daño. Y en cuanto a mí, ya me las sabré arreglar, pues conozco el poder que ejerzo sobre el califa.” Entonces Ghanem se apresuró a salir, y atra­vesó las filas de guardias y mama­lik, con la marmita en la cabeza. Y no le ocurrió nada malo, porque le protegía el único Protector que sabe guardar a los hombres bien inten­cionados, librándoles de los peligros y de la mala suerte.

Entonces el visir Giafar echó pie a tierra, entró en la casa y llegó hasta la sala, llena de fardos y de sederías. Mientras tanto, Kuat Al­-Kulub había tenido tiempo para her­mosearse y vestirse la ropa más rica con todas sus alhajas. Y se había puesto un brillante como los más brillantes. Y había reunido en un cajón los efectos más preciosos, las joyas y pedrerías y todas las cosas de valor. Y apenas penetró Giafar en la habitación, se puso de pie, se inclinó, besó la tierra entre su manos, y dijo: “¡Oh, mi señor! he aquí que la pluma ha escrito lo que había de escribirse por orden de Alah. En tus manos me entrego.­Y Giafar contestó: “¡Oh mi señora! El califa me ha dado orden de prender únicamente a Ghanem ben-­Ayub. Dime dónde está.” Y ella dijo: “Ghanem ben-Ayub, después de em­paquetar sus mejores mercancías, marchó hace algunos días a Damas­co, su ciudad natal, para ver a su madre y a su hermana Fetnah. Y no sé más, ni puedo decirte otra cosa. Y este cajón que aquí ves es el 'mío, y en él he colocado lo mejor que poseo. Y espero que me lo guar­des bien y lo mandes transportar al palacio del Emir de los Creyentes:” Giafar contestó: “Escucho y obedez­co.” Y cogió el cajón, y mandó a sus hombres que lo llevaran, y después de haber colmado de hono­res a Kuat Al-Kulub, le rogó que le acompañase al palacio del Emir de los Creyentes, y todos se alejaron, no sin haber saqueado antes la casa de Ghanem, según había ordenado el califa.

Cuando Giafar sé presentó entre las manos de Harún Al-Rachid, le contó todo lo ocurrido, enterándose de que Ghanem se había marchado a Damasco y que la favorita se hallaba en palacio. Pero el califa estaba convencido de que Ghanem había hecho con Kuat Al-Kulub todo cuanto se puede hacer con una mu­jer hermosa que pertenece a otro, y ni siquiera quiso ver a Kuat Al­-Kulub, y mandó a Massrur que la encerrase en un cuarto obscuro, vigi­lada por una vieja encargada de estas funciones.

Y envió jinetes para que buscasen por todo el mundo a Ghanem. Tam­bién se lo encomendó al sultán de Damasco, su vicario Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, para lo cual cogió el cálamo, el tintero y un pliego de papel, y escribió la carta siguiente:

“A SU SEÑORÍA EL SULTÁN MoOHAMMAD BEN-SOLEIMÁN EL-ZEINÍ, VICARIO DE DAMASCO, DE PARTE DEL EMIR DE LOS CREYENTES HARÚN AL-RACHID, QUINTO CALIFA DE LA GLORIOSA DESCENDENCIA DE LOS BE­NI-ABBAS.

“EN NOMBRE DE ALAH, EL CLE­MENTE SIN LÍMITES Y MISERICOR­DIOSO.

“Después de pedir noticias de tu salud, que nos es querida, y de rogar a Alah que te conserve largos días en la dilatación y el florecimiento,

“Sabe, ¡oh nuestro vicario! que un joven mercader de tu ciudad, llamado Ghanem ben-Ayub, ha venido a Bagdad y ha seducido y for­zado a una de mis esclavas. Y ha huido de mi venganza y de mis iras, y se ha refugiado en tu ciu­dad, donde debe estar en estos mo­menos con su madre y su hermana.

“Te apoderarás de él y le manda­ras dar quinientos latigazos. Y luego le pasearás por todas las calles mon­tado en un camello. Y delante irá un pregonero, gritando: “¡Este es el castigo del esclavo que roba los bie­nes de su señor!” Y después me lo enviarás, para darle el tormento que se merece y hacer de él lo que haya de hacerse.

“Y saquearás su casa, destrozán­dola desde los cimientos hasta la te­chumbre, y harás desaparecer el ras­tro de su existencia.

“Y te apoderarás de la madre y hermana de Ghanem, y durante tres días las expondrás desnudas a la vista de todos los habitantes, y luego de eso las arrojarás de la ciudad.

“Pon gran diligencia y celo en ejecutar estas órdenes.

“¡Uassalám!”

Un correo fue el portador de esta carta, y viajó con tal celeridad, que llegó a Damasco a los ocho días, en vez de tardar veinte cuando menos.

Y cuando el sultán Mohammed tuvo en sus manos la carta del califa, se la llevó a los labios y a la frente. Y luego de leerla, ejecutó sin nin­guna tardanza las órdenes. Y las pregoneros anunciaron por todas partes: “Los que quieran saquear la casa de Ghanem ben-Ayub, vayan a saquearla a su gusto!”

Inmediatamente el sultán se diri­gio en persona a la casa de Ghanem, ''acompañado de los guardias. Llamó a la puerta; y Fetnah, hermana de Ghanem, salió a abrir. Y preguntó: ¿Quién llama?” Y el sultán respon­díó: “Yo soy.” Entonces Fetnah abrió la puerta, y como nunca había visto al sultán Mohammed, se tapó la cara con una punta del velo y corrió a avisar a su madre.

Y la madre de Ghanem estaba sentada bajo la cúpula del sepulcro que había mandado construir en recuerdo de su hijo, al cual creía muerto, pues desde un año que no sabía nada de él. Y no hacía más que llorar, y apenas comía y bebía: Y ordenó a su hija Fetnah que dejase entrar al sultán. Y el sultán entró en la casa, llegó hasta la tumba, y vio a la madre de Ghanem que llora­ba. Y le dijo: “Vengo a buscar a Ghanem, pues lo reclama el califa.” Y ella respondió: “¡Desdichada de mí! Mi hijo Ghanem, fruto de mis entrañas, nos abandonó hace más de un año, y no sabemos lo que ha sido de él.”

Pero el sultán Mohammed, a pesar de su generosidad, tuvo que ejecutar lo ordenado por el califa. Y mandó que se apoderaran de las alfombras, jarrones, cristalería y de­más objetos preciosos, y después echó abajo toda la casa, y arrastra­ron los escombros fuera de la ciudad. Y aunque le repugnara mucho ha­cerlo, mandó desnudar a la madre de Ghanem y a su hermana la her­mosa Fetnah, y las expuso tres días en la ciudad, prohibiendo que se las cubriera ni con una camisa sin man­gas. Y después las expulsó de Da­masco. Así fueron tratadas la madre y la hermana de Ghanem, por el odio del califa.

En cuanto a Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub, al salir de Bagdad con el corazón hecha trizas fue caminando sin comer y sin beber. Y al terminarse el día estaba muerto de cansancio. Así llegó a una aldea, y entró en la mezquita, cayendo extenuado sobre una esterilla, apoya­da contra la pared. Y allí permaneció sin sentido, palpitándole desordena­damente el corazón y sin fuerzas para hacer un movimiento ni nada. Los vecinos del pueblo que fueron a orar a la mezquita por la mañana lo vieron tendido y exánime. Y comprendiendo que tendría ham­bre y sed, lo llevaron un tarro de miel y dos panes, y le obligaron a comer y beber. Después le dieron para que se vistiera una camisa sin mangas, muy remendada y llena de piojos. Y le preguntaron: “¿Quién eres, ¡oh forastero! y de dónde vie­nes?” Y Ghanem abrió los ojos, pero no pudo articular palabra, no ha­ciendo más que llorar. Y los otros estuvieron allí algún tiempo, pero acabaron por irse cada cual a sus quehaceres.

Las privaciones y el dolor hicie­ron que Ghanem cayera enfermo, y siguió echado sobre la esterilla de la mezquita durante un mes, y se debilitó su cuerpo, cambió de color, y le devoraban las pulgas; Al verle reducido a tan mísero estado, los fieles de la mezquita se concertaron un día para llevarlo al hospital de Bagdad, que era el más próximo. Y fueron a buscar a un camellero, y le hablaron así: “Colocarás a este joven en tu camello, lo llevarás a Bagdad y lo dejarás a la puerta del hospital. Y seguramente el cambio de aires y los cuidados del hospital acabarán por curarle del todo. Y vendrás después a que te paguemos lo que se te deba por el viaje y por el camello. Y el camellero dijo. “Es­cucho y obedezco.” Y ayudándole los demás, cogió a Ghanem y la esterilla en que estaba echado y lo colocó sobre el camello, sujetándole bien para que no se cayese.

Y cuando iban a marchar, lloraba Ghanem sus desdichas, y entonces se aproximaron dos mujeres misera­blemente vestidas que estaban entre la muchedumbre. Y al ver al enfermo, exclamaron: ‘¡Cuánto se parece a nuestro hijo Ghanem! pero no es posible que sea este joven reducido a su sombra.” Y aquellas dos muje­res, que estaban cubiertas de polvo y acababan de llegar al pueblo, se pusieron a llorar pensando en Gha­nem, pues eran su madre y su her­mana Fetnah, que habían huido de Damasco y seguían ahora, su camino hacia Bagdad.

En cuanto al camellero, no tardó en montar en el burro, y cogiendo al camello del ronzal, se encaminó hacia Bagdad. Y en cuanto llegó, se fue al hospital, bajó a Ghanem del camello, y como era muy temprano y el hospital no estaba abierto toda­vía, lo dejó en la escalera y se vol­vió al pueblo.

Y allí permaneció Ghanem hasta que los vecinos salieron de sus casas. Y al verle echado en la esterilla y reducido al estado de sombra, empe­zaron a hacer mil suposiciones. y mientras tanto, pasó uno de los jei­ques entre los principales jeiques del zoco. Apartó la muchedumbre, se acercó al enfermo, y dijo: “¡Por Alah! Si este joven entra en el hos­pital, lo veo perdido por falta de cuidados. Lo voy a llevar a mi casa, y Alah me premiará en su Jardín de las Delicias.” Mandó, pues, a sus esclavos que cogieran al joven y lo llevasen a su casa, y él los acompa­ñó., Y apenas llegaron, le preparó una buena cama, con magníficos colchones y una almohada muy lim­pia. Y luego llamó a su esposa, y le dijo: “He aquí un huésped que nos envía Alah. Lo vas a asistir con mucho cuidado.” Y ella respon­dió: Le pondré sobre mi cabeza y mis ojos.” Y se arremangó, mandó calentar agua en el caldera grande, le lavó los pies, las manos y todo el cuerpo. Le vistió con ropas de su es­poso, le llevó un vaso de sorbete y le roció la cara con agua de rosas. Entonces Ghanem empezó a respirar mejor y a recuperar las fuerzas poco a poco. Y con las fuerzas le acudió el recuerdo de su pasado y de su amiga Kuat Al-Kulub. Esto en cuan­to a Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub.

En cuanto a Kuat Al-Kulub, el califa se enojó tanto contra ella...

En este momento de su narración Schahrazada vio aparecer la mañana e interrumpió discretamente su re­lato.

PERO CUANDO LLEGó LA 42a NOCHE

Schahrazada dijo:

He llegado a saber, ¡Oh rey afor­tunado! que cuando el califa se en­colerizó tanto contra Kuat Al-Kulub la mandó encerrar en un cuarto obs­curo bajo la vigilancia de una vie­ja, la favorita permaneció allí ochen­ta días, sin comunicarse con nadie. Y el califa la había olvidado por com­pleto, cuando un día entre los días, al pasar cerca de donde estaba Kuat Al-Kulub, le oyó cantar tristemente algunos versos. Y oyó también que decía lo siguiente: “¡Qué alma tan hermosa la tuya, ¡oh Ghanem ben­-Ayub! y qué corazón tan generoso! Fuiste noble para aquel que te opri­mió. Respetaste la mujer de aquel que había de arrebatar las mujeres de tu casa. Salvaste del oprobio a la mujer de aquel que derramó la ver­güenza sobre los tuyos y sobre ti. Pero ya llegará el día en que tú y el califa os veáis ante el único Juez, el único Justo, y saldrás victorioso de tu opresor, con la ayuda de Alah y con los ángeles por testigos.”

Al oír el califa estas palabras, comprendió lo que significaban estas quejas, sobre todo cuando nadie po­día oírlas. Y se convenció de cuán injusto había sido con ella y con Ghanem. Se apresuró, pues, a volver a palacio, y encargó al jefe de los eunucos que fuese a buscar a Kuat Al-Kulub. Y Kuat Al-Kulub se pre­sentó entre sus manos, y permaneció con la cabeza inclinada, arrasados los ojos en lágrimas y el corazón muy triste. Y el califa dijo: “¡Oh Kuat Al-Kulub! He oído que te do­lías de mi injusticia. Has afirmado que obré mal con quien obró bien conmigo. ¿Quién ha respetado a mis mujeres mientras que yo perseguía a las suyas? ¿Quién ha protegido a mis mujeres mientras que yo des­honraba a las suyas?” Y Kuat Al­Kulub contestó: “Es Ghanem ben-­Ayub El-Motim El-Masslub: Te juro, ¡oh mi señor! por tus mercedes y tus beneficios, que nunca intentó forzarme Ghanem, ni cometió con­migo nada que merezca censura. No hallarías en él ni el impudor ni la brutalidad.” Y convencido el califa, disipadas todas sus sospechas, dijo:

¡Qué desventura la de este error, oh Kuat Al-Kulub! ¡Verdadera­mente, no hay sabiduría ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnisciente! Pídeme lo que quieras, y satisfaré todos tus deseos.” Y Kuat Al-Kulub dijo: “¡Oh Emir de los Creyentes! si me lo permites, te pedi­ré a Ghanem ben-Ayub.” Y el califa, a pesar de todo el amor que aún le inspiraba su favorita, le dijo: “Así se hará, si Alah lo quiere. Te lo prometo con toda la generosidad de un corazón que nunca se vuelve atrás de lo que ha ofrecido. Será colmado de honores.” Y Kuat Al­-Kulub prosiguió: “¡Oh Emir de los Creyentes! te pido que cuando vuelva Ghanem le hagas don de mi persona, para ser su esposa.” Y el califa dijo: “Cuando vuelva Ghanem, te conce­deré lo que pides, y serás su esposa y propiedad suya.” Y contestó Kuat Al-Kulub: “¡Oh Emir de los Cre­yentes! nadie sabe lo que ha sido de Ghanem, pues el mismo sultán de Damasco te ha dicho que ignoraba su paradero. Concédeme que lo pue­da buscar yo, con la esperanza de que Alah me permitirá encontrarle.” Y el califa dijo: “Te autorizo para que hagas lo que te parezca.”

Y Kuat Al-Kulub, con el pecho dilatado de alegría y regocijado el corazón, se apresuró a salir de pala­cio, habiéndose provisto de mil dina­res de oro.

Y recorrió aquel primer día toda la ciudad; visitando a los jeiques de los barrios y a los jefes de las calles. Pero les interrogó sin conseguir nin­gún resultado.

El segundo día fue al zoco de los mercaderes, y recorrió las tiendas, y fue a ver al jeique, a quien entrego una gran cantidad de dinares para que los repartiese entre los forasteros pobres.

El tercer día se proveyó de otros mil dinares, y visitó el zoco de los orífices y de los joyeros. Y se encon­tró con el jeique entre los principales jeiques, a quien entregó otra canti­dad de oro para que lo repartiese entre los forasteros pobres. Y el jeique le dijo: “¡Oh mi señora! Pre­cisamente tengo recogido en mi casa a un joven forastero y enfermo, cuyo nombre ignoro, pero debe ser hijo de algún mercader muy rico y de noble prosapia. Porque aunque está como una sombra, es un joven de hermoso rostro, dotado de todas las cualidades y de todas las perfec­ciones. Indudablemente debe estar en tal situación por grandes deudas o por algún amor desgraciado.” Al oírlo Kuat Al-Kuíub, sintió que el corazón le palpitaba violentamente y que las entrañas se le estreme­cían. Y dijo al jeique: “¡Oh jeique! Ya que no puedes abandonar el zoco, haz que alguien me acompañe a tu casa..” Y el jeique dijo: “Sobre mi cabeza y sobre mis ojos.” Y llamó a un niño, y le dijo: ¡Oh Felfel! lleva a esta señora a casa.” Y Felfel echó a andar delante de Kuat Al­-Kulub, y la llevó a casa del jeique, donde estaba el forastero enfermo.

Cuanto Kuat Al-Kulub entró en la casa, saludó a la esposa del jeique. Y la esposa del jeique la conoció, pues conocía a todas las damas nobles de Bagdad, a quienes solía visitar. Y se levantó y besó la tierra entre sus manos. Entonces Kuat Al-Kulub, después de los saludos, le dijo: “Buena madre, ¿puedes decir­me dónde se encuentra el joven fo­rastero que habéis recogido en vues­tra casa?” Y la esposa del jeique se echó a llorar y señaló una cama que allí había. Y dijo: “Ahí le tienes. Debe ser un hombre de noble estir­pe, según indica su aspecto.” Pero Kuat Al-Kulub ya estaba junto al forastero, y le miró con atención. Y vio un mancebo débil y enflaque­cido semejante a una sombra, y no se le figuró ni por un instante que fuese Ghanem, pero de todos modos le inspiró una gran compasión. Y se echó a llorar, y dijo: “¡Oh! ¡Qué desgraciados son los forasteros, aun­que sean emires en su tierra!” Y entregó mil dinares de oro a la mujer del jeique, encargándole que no esca­timase nada para cuidar al enfermo. En seguida, con sus propias manos, le dio los medicamentos, y cuando hubo pasado más de una hora a su cabecera, deseó la paz a la esposa del jeique, montó de nuevo en su mula y regresó a palacio.

Y todos los días iba a distintos zocos, en continuas investigaciones, hasta que un día la fue a busca el jeique, y le dijo: “¡Oh mi señora! como me has encargado que te pre­sente todos los extranjeros de paso por Bagdad, vengo a poner en tus manos generosas a dos mujeres, casa­da la una y soltera la otra. Y ambas son de categoría, pues así lo dan a entender su cara y su continente, pero van muy mal vestidas, y cada una lleva una alforja a cuestas, como los mendigos. Sus ojos están llenos de lágrimas. Y he aquí que te las traigo, porque sólo tú, ¡oh soberana de los beneficios! sabrás consolarlas y fortalecerlas, evitándoles el opro­bio de las preguntas impertinentes, pues no deben ser sometidas a tales indiscreciones. Y espero que, gracias al bien que les hagamos, Alah nos reservará un puesto en el Jardín de las Delicias el día de la Recom­pensa.” Kuat Al-Kulub contestó: ¡Por Alah! que me inspiras un ardiente deseo de verlas. ¿Dónde están?” Entonces el jeique salió a buscarlas, y las puso en presencia de Kuat Al-Kulub.

Al ver la hermosura de Fetnah y la nobleza que se adornaba en su madre, y ambas cubiertas de hara­pos, Kuat Al-Kulub se puso a llorar, y dijo: “¡Por Alah! Son mujeres de noble cuna. Vea en su rostro que han nacido entre honores y rique­zas.” Y el jeique exclamó: “¡Verdad dices, oh mi señora! La desgracia debe de haber caído sobre su casa. Les habrá perseguido la tiranía, arre­batándoles sus bienes. Ayudémoslas, para merecer las gracias de Alah el Misericordioso.” Y la madre y la hija prorrumpieron en llanto; y se acordaron de Ghanem ben-Ayub. Y al verlas llorar, Kuat Al-Kulub lloró con ellas. Y entonces la madre de Ghanem dijo: “¡Oh mi señora, llena de generosidad! ¡Plegue a Alah que podamos encontrar a quien buscamos con el corazón dolorido! ¡El que buscamos es el hijo de nues­tras entrañas, la llama de nuestro corazón, a nuestro hijo Ghanem ben­-Ayub El-Motim El-Masslub!”

Al oír este nombre, lanzó un gran grito Kuat Al-Kulub, pues acababa de comprender que tenía delante a la madre y a la hermana de Ghanem. Y cayó sin sentido. Cuando volvió en sí, se echó llorando en sus brazos, y les dijo: “¡Tened esperan­za en Alah y en mí, ¡oh mis herma­nas! pues este día será el primero de vuestra dicha y el último de vues­tras desventuras! ¡Salid de vuestra aflicción!”

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y cayó discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 43a NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que después que Kuat Al­-Kulub dijo a la madre y a la her­mana de Ghanem: “Salid de vuestra aflicción”, se dirigió al jeique, le dio mil dinares de oro, y le dijo: “¡Oh jeique! Ahora irás con ellas a tu casa, y dirás a tu esposa que las lleve al hammam, y les dé hermosos tra­jes, y las trate con toda conside­ración, sin escatimar nada para su bienestar.”

Al día siguiente, Kuat Al-Kuíub fue a casa del jeique a cerciorarse por sí misma de que todo se había ejecutado según sus instrucciones. Y apenas había entrado, salió a su encuentro la esposa del jeique, y le besó las manos y le dio las gracias por su generosidad. Después llamó a la madre y a la hermana de Gha­nem, que habían ido al hammam y habían salido de él completamente transformadas, con los rostros ra­diantes de hermosura y nobleza. Y Kuat Al-Kuíub estuvo hablando con ellas durante una hora, y después pi­dió a la mujer del jeique noticias del enfermo. Y la esposa del jeique res­pondió: “Sigue en el mismo estado.” Entonces dijo Kuat Al-Kulub: “Va­mos todas a verle y a tratar de animarle.” Y acompañada de las dos mujeres, que aún no lo habían visto, entró en la sala donde estaba el enfermo. Y todas le miraron con ternura y lástima, y se sentaron en torno de él. Pero durante la conver­sación se pronunció el nombre de Kuat Al-Kulub. Y apenas lo oyó el joven, se le coloreó el rostro y le pareció que recobraba, el alma. Le­vantó la cabeza, con los ojos llenos de vida, y exclamó: “¿Dónde estás, ¡oh Kuat Al-Kulub!?”

Y cuando Kuat oyó que la llama­ba por su nombre, conoció la voz de Ghanem, e inclinándose hacia él, le dijo: “¿Eres tú querido mío?” Y el contestó: “¡Sí! ¡Soy Ghanem!” Y al oírlo la joven cayó desmaya­da. Y la madre y la hermana de Ghanem dieran un grito y cayeron desmayadas también. Al cabo de un rato acabaron por volver en sí, y se arrojaron en brazos de Ghanem. Y sólo se oyeron besos, llantos y ex­clamaciones de alegría.

Y Kuat Al-Kuub dijo: “¡Gloria a Alah por haber permitido que nos reunamos todos!” Y les contó cuanto le había pasado, y añadió: “El califa, además de protegerte, te regala mi persona.” Estas palabras llevaron al límite de la felicidad a Ghanem, que no cesaba de besar las manos de Kuat Al-Kulub, mientras ella le besa­ba los ojos. Y Kuat les dijo: “Aguar­dadme.” Y marchó a palacio, abrió el cajón donde tenía sus cosas, sacó de él muchos dinares, y se fue al zoco para entregárselos al jeique, encargándole que comprase cuatro trajes completos para cada uno, y veinte pañuelos, y diez cinturones. Y volvió a la casa, y los llevó a todos al hammam. Y les preparó pollos, carne asada y buen vino. Y durante tres días les dio de comer y beber en su presencia. Y notaron que recuperaban la vida y les volvía el alma al cuerpo. Los llevó otra vez al hammam, les hizo mudarse de ropa, y los dejó en casa del jeique. Entonces se presentó al califa, se inclinó hasta el suelo, y le enteró del regreso de Ghanem, así como el de su madre y su hermana. Y el califa llamó á Giafar, y le dijo: “¡Ve en busca de Ghanem ben-Ayub!” Y Giafar marchó a casa del jeique; pero ya le había precedido Kuat Al-­Kulub; que dijo a Ghanem: “¡Oh querido mío! Va a llegar Giafar para llevarte a presencia del califa. Ahora hay que demostrar la elocuen­cia de tu lenguaje, la firmeza de tu corazón y la pureza de tus palabras.” Después le vistió con el mejor de las trajes que habían comprado en el zoco, le dia muchas dinares, y le dijo: “No dejes de tirar puñados de oro al llegar a palacio, cuando pases por entre las filas de los eunucos y servidores.”

Y cuando llegó Giafiar montado en su mula, Ghanem se apresuro a salir a su encuentro, le deseo la paz y besó la tierra entre sus manos. Y ya era otra vez el gallardo mozo de otros tiempos, de rastro glorioso y atractivo continente. Entonces Gia­far le rogó que lo acompañase, y lo presentó al califa. Y Ghanem vio al Emir de los Creyentes rodeado de sus visires, chambelanes, vicarios y jefes de sus ejércitos. Y Ghanem se detuvo ante el califa, miró un mo­mento al suelo, levantó en seguida la frente, e improvisó estas estrofas:

¡Oh rey del tiempo! ¡Una mirada bondadosa se ha dirigido a la tierra, y la ha fecundado! ¡Nosotros somos los hijos de su fecundidad feliz en tu reinado de gloria!

¡Los sultanes y los emires se te pros­ternan, arrastrando las barbas por el polvo, y como homenaje a tu grandeza te ofrecen sus coronas de pedrería!

¡La tierra no es bastante vasta ni el planeta bastante ancho para la formi­dable masa de tus ejércitos! ¡Oh rey del tiempo! ¡clava tus tiendas en las tierras planetarias del espacio que gira!

¡Y que las estrellas dóciles y los ástros numerosos se sumen a tu triunfo y acompañen a tu séquito!

¡Qué el día, de tu justicia ilumine al mundo! ¡Que acabe con las fecho­rías de los malhechores y recompense las acciones puras de tus fieles!

El califa quedó encantado con la elocuencia y hermosura de los ver­sos, su buen ritmo y la pureza de su lenguaje.

  En este momento de su narración, Schahrazada vio que aparecía la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.
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